Posteado por: M | 20 julio 2016

El terror en Niza y el repliegue de Occidente

“Hemos entrado en una nueva era y Francia deberá acostumbrarse a vivir con el terrorismo”. Esta frase poco afortunada o poco meditada del primer ministro francés, Manuel Valls, en sus declaraciones tras el atentado de Niza del 14 de julio, levantó una polvareda de censuras e interpretaciones, pero no cabe duda de que refleja la embarazosa situación, la rutina retórica y el desconcierto moral y cultural en que se hunden los dirigentes europeos ante el fenómeno reiterado pero imprevisible del terrorismo islamista. En una entrevista posterior con el semanario Journal du Dimanche, el 17 de julio, ya sin la emoción y la confusión de los primeros momentos, Valls insistió en que “el terrorismo formará parte de nuestra vida cotidiana por mucho tiempo”. El mismo lúgubre pronóstico con otras palabras.

Manuel Valls advirtió a los franceses de que tendrían que aprender a vivir con el terrorismo, porque la única respuesta digna consiste en que los ciudadanos sigan confiando en el espíritu del 14 de julio, “lo que significa una Francia que permanezca unida en torno de sus valores”: libertad, igualdad, fraternidad. Es decir, que hay que prepararse para otros atentados y debe mantenerse el estado de derecho –democracia, libertad y tolerancia– como antídoto esencial contra los designios liberticidas de los terroristas. No obstante, el presidente de la República, François Hollande, decidió prorrogar por tres meses el estado de emergencia, que otorga poderes especiales a la policía, “porque no se puede aplicar la misma ley en todas las circunstancias”. ¿En qué quedamos?

No todo el mundo en Europa y EE UU, improvisados campos de batalla del yihadismo, está dispuesto a compartir ese resignado discurso oficial. Muchos piensan que sería preferible que los gobiernos promovieran el rearme moral, ideológico y técnico contra las redes del terror. La oposición moderada interpretó las palabras de Valls como un reconocimiento de la impotencia o la pusilanimidad del gobierno en la guerra declarada contra el terrorismo islamista, en vez de preparar el terreno para la defensa y el contraataque. “Si se hubieran adoptado todas las medidas pertinentes, probablemente el atentado de Niza no se hubiera producido”, señaló el ex primer ministro Alain Juppé”, del centro-derecha, alcalde de Burdeos y aspirante a la presidencia en las elecciones del próximo año, tras exigir “una mejor coordinación de nuestros servicios de inteligencia”.

Menos circunspecta estuvo Marine Le Pen, presidenta del Frente Nacional (extrema derecha nacionalista), en alza en las encuestas, que declaró en Twitter, nada más producirse el atentado: “La lucha contra el fundamentalismo religioso debe en fin comenzar”, una frase que entraña una dura requisitoria contra todo el ejecutivo, acusado éste de no utilizar los medios necesarios para ganar la guerra que el presidente Hollande declaró tras el atentado contra el semanario Charlie-Hebdo, hace ya 18 meses. Otro dirigente del Frente Nacional, Eric Domard, reaccionó con desdén ante el discurso oficial: “Ahórrennos la indignación de los buitres de los principales partidos que permitieron que los lobos llevaran a cabo la carnicería”.

El atentado de Niza hizo saltar en pedazos la unidad nacional en la lucha contra el terrorismo islamista, “la unión sagrada” que se manifestó espontáneamente con motivo del atentado contra el semanario satírico Charlie-Hebdo y el asalto contra un supermercado israelita (7-9 de enero de 2015), en París, que causaron 17 muertos. La cohesión nacional, al menos entre la clase política tradicional, resistió tras la carnicería del 13 de noviembre del mismo año provocada por varios ataques terroristas, simultáneos y perfectamente coordinados, en el estadio de fútbol de Saint-Denis, algunas terrazas callejeras y, sobre todo, la sala de fiestas Bataclan, en el centro de la capital, con no menos de 130 víctimas mortales. Unos atentados que conmocionaron a toda Europa.

La oposición de centro-derecha fustigó tanto la hiriente inopia del gobierno, los supuestos fallos en el dispositivo de seguridad, como las discrepancias palpables entre las reacciones del primer ministro, Manuel Valls, y el ministro del Interior, Bernard Cazeneuve, sobre los antecedentes y la meteórica radicalización del autor del atentado, Mohamed Lahouaiej Bouhlel, un tunecino de 31 años, con residencia oficial y trabajo en Francia, que condujo durante casi dos kilómetros el camión de 19 toneladas, convertido en arma de destrucción masiva, con el que atropelló a la multitud congregada en el paseo de los Ingleses de Niza, presenciando los fuegos artificiales, en una carrera infernal y asesina que causó al menos 84 muertos y más de 200 heridos. Fue la hipérbole del terror, el crespón luctuoso de la fiesta nacional francesa, el 14 de julio, que conmemora la toma de la Bastilla en 1789 y el comienzo de la revolución.

El autor material de la masacre, en trámites de divorcio, tenía antecedentes penales por robo y violencia, pero no figuraba entre los sospechosos de islamismo radical controlados por los servicios de inteligencia. Por eso el ministro del Interior se vio forzado a precisar: “Se trata de un nuevo tipo de atentado [cometido por] individuos sensibles al mensaje del Daesh, que desencadenan acciones extremadamente violentas sin haber participado necesariamente en los combates ni haber sido entrenados (…) Parece ser que se radicalizó muy rápidamente.” Demasiadas conjeturas para un ministro. Poco después, los altavoces del Estado Islámico aseguraron que el terrorista era “un soldado de la guerra santa” contra los infieles, sus ejércitos y sus cómplices. Una retórica habitual para recoger los dividendos, desgranar la apología del terrorismo o recuperar la siembra del odio.

La visión pacifista de Obama

El desánimo empieza a cundir en Occidente ante la guerra que le tienen declarada las diversas facciones del salafismo, del islam político y radical, con Al Qaeda y el Estado Islámico como las más poderosas o propagandísticas en la nebulosa del terror. El director de la Inteligencia Nacional de EE UU, el teniente general James Clapper, señaló pocos días antes del atentado de Niza, en unas declaraciones al diario The Washington Post, que EE UU no puede “arreglar” el Oriente Próximo, epicentro caótico y sangriento del islam político, del salafismo y el terrorismo islamista, de la guerra entre las dos principales ramas de la religión de Mahoma. Esta confesión de impotencia de los que están en la primera línea del frente alcanza perfiles patéticos cuando se traduce en las opiniones de los líderes políticos.

En sus primeras declaraciones sobre el atentado de Niza, Barack Obama se empeñó, una vez más, en negar la evidencia, en no llamar a las cosas por su nombre, al insistir en que el islam y la cultura islámica son esencialmente pacíficos y no plantean ninguna amenaza para el Occidente. El mismo 14 de julio, en una recepción al cuerpo diplomático en la Casa Blanca, se refirió a “esos individuos y esas redes que son una afrenta para toda la humanidad”, pero eludió cuidadosamente cualquier referencia sobre el “terrorismo islámico”, su expresión tabú, vetada en los discursos oficiales, y reiteró su apoyo a “los aliados musulmanes de EE UU y Francia”, para acabar con la siguiente frase: “El islam es una religión que enseña paz, justicia y compasión.” No hace falta ser muy ilustrado o perspicaz para saber que es también la religión de la guerra santa, que predica la sumisión de los infieles.

Los diplomáticos de todo el mundo asistieron a un pregón presidencial y apologético que se explica por la emoción del momento, pero que la oposición republicana interpretó como encubridor de una rendición cultural. Si el islam no plantea ningún problema, como repite Obama cada vez que se produce un atentado; si no se puede hablar del conflicto de religiones y culturas a que se refirió el profesor Samuel P. Huntington en un famoso ensayo, El choque de civilizaciones (1997), en el que vaticinaba muchos conflictos aunque de pequeñas dimensiones, resulta comprensible, aunque no deja de ser contradictorio, que se ponga en marcha una Alianza de Civilizaciones, con patrocinio de la ONU, que no ha servido absolutamente para nada. Un signo más del repliegue o declive de Occidente que también pronosticó Huntington.

No pretendo juzgar los sentimientos de Obama, sus creencias más íntimas, sino subrayar simplemente que sus palabras me parecen fuegos fatuos, que chocan de manera aparatosa y reiterada con la realidad y, por ende, provocan la frustración inherente al desajuste psicológico y político que se disimula tras el relativismo, el multiculturalismo y la llamada corrección política, algunas de las ideas dominantes en el paisaje moral inventado por el progresismo. No sólo porque los terroristas actúan contra los infieles en nombre de un religión que reputan verdadera y superior, según confirma su obsesiva propaganda, sino porque el salafismo, el integrismo y el islam político forman parte de una cultura cuyos principios resultan parcialmente antagónicos de aquellos que conforman la liberal y democrática de Occidente.

Los yihadistas no tienen dudas, desprecian las conquistas de la razón o de la reforma religiosa, abominan del liberalismo en cualquiera de sus manifestaciones. En efecto, el islamismo rechaza el libre examen, la secularización de las instituciones y el respeto de los disidentes; confunde la ley con los preceptos coránicos y su exégesis rigorista (la sharia); defiende, en suma, la primacía del poder religioso, que impone sus dogmas en la constitución política y la vida civil de unas sociedades cada día más complejas. O reviste al jefe político con el carisma religioso. En la práctica, el sector dedicado a la yihad se comporta con un oportunismo recalcitrante, de manera que no es posible conocer con precisión cuáles son los atentados que preparó y de cuáles se apropió. Los yihadistas en Europa actúan por adoctrinamiento lejano e inducción.

Las palabras de Obama, actuando como jefe simbólico del mundo libre y capitalista, son la expresión exacta del repliegue y el declive de Occidente, no sólo militar y estratégico, sino, ante todo, cultural. El presidente norteamericano es el máximo representante político del llamado pensamiento débil o posmoderno, fruto del relativismo, según el cual no existen buenas razones para juzgar y mucho menos para ponderar o jerarquizar las civilizaciones. Los más osados llegan a presentar el relativismo como el fundamento de la democracia, pero, como señala Marcello Pera, citando al papa Ratzinger, “si el relativismo afirma que no existen los fundamentos, entonces ni siquiera el relativismo puede ser el fundamento de la democracia”.

Olvidan los relativistas y los adalides de la corrección política, huérfanos de certezas, que no todos los valores son iguales y que no todos pueden coexistir: así, por ejemplo, la teocracia es incompatible con la democracia, la igualdad jurídica no consiente la discriminación de las mujeres, la libertad de conciencia resulta inaceptable para los que postulan la pena de muerte contra los apóstatas o lapidan a la adúltera. De la misma manera que unas conductas privadas son más ejemplares que otras. Sobre los países aliados a que se refiere Obama recae la responsabilidad última de la expansión del salafismo, esa tumultuosa cohorte político-teológica en la que se sucedieron los Hermanos Musulmanes, Al Qaeda y el Estado Islámico. Arabia Saudí es un aliado firme de EE UU desde hace más de 70 años, pero su régimen político y su integrismo religioso resultarían abominables para los norteamericanos.

La defensa de la libertad

El relativismo que invade todo el espacio público es el que impide precisamente que el Occidente defienda con energía sus valores frente al fanatismo religioso y cualquier otra forma de extremismo. Como subraya el liberal israelí Carlo Strenger en su libro Le mépris civilisé (El desprecio civilizado, 2015), para defender su libertad y su modo de vida, “los occidentales deben acabar con la obsesión del arrepentimiento y una falsa concepción de la tolerancia, a fin de volver al camino de la Ilustración”, es decir, a recuperar el proyecto universalista que concierne tanto a la búsqueda de la verdad como de un orden político justo. “La hegemonía de Occidente no está fundado sólo en una superioridad tecnológica y militar –proclama Strenger–, sino igualmente en una exigencia moral y civilizadora.”

La izquierda neomarxista o neocomunista, o simplemente populista, sigue en sus trece, superando a Obama en el desistimiento cultural, tratando de cargar sobre el Occidente colonialista o intervencionista todos los males del mundo, y entre éstos, la culpa de la guerra que le tiene declarada el salafismo, el islam político. La señal la dio en noviembre de  2015, el filósofo marxista esloveno Slavoj Zizek, que describió los atentados de París como “unas reacciones ante las brutales intervenciones europeas”. La izquierda bienpensante insiste, contra las pruebas abrumadoras, que Europa no tiene problemas con el islam, sino sólo con los extremistas que dicen actuar en nombre de la religión, de un dios rencoroso y vengativo.

El problema es el islam, que rompe la cohesión cultural, que llega en tropel con una tasa de natalidad abrumadora a una Europa bajo el signo del invierno demográfico. El problema es que Francia cuenta con siete millones de musulmanes, muchos de los cuales, movidos por las creencias y la tradición, desprecian los principios en que se asienta la sociedad liberal, democrática y secular en que viven, trabajan y procrean. Esa cultura del rechazo, la marginación y el rencor es la dominante en la predicación de los imanes que parece haberse adueñado de las mezquitas en los numerosos barrios de la banlieue parisiense, donde la escuela laica, uno de los pilares de la República, sin rezos y sin pañuelo, sin discriminación por razón del sexo, se convierte en una afrenta para los futuros militantes de la yihad. El problema es que la libertad individual, al contrario de lo que ocurre en Occidente, no es la piedra angular de la cultura del islam.

“El subyacente problema de Occidente –escribió Huntington—no es el fundamentalismo islamista, sino el islam mismo, una civilización diferente cuyas gentes están convencidas de la superioridad de su cultura y obsesionadas con la inferioridad de su poder. El problema para el islam no es la CIA o el departamento de Defensa de EE UU, sino el Occidente, una civilización cuyas gentes están persuadidas de la universalidad de su cultura y de que su poder superior, aunque declinante, les impone la obligación de extender esa cultura por todo el mundo.” La verdad es que desde que escribió Huntington el libro citado, hace más de 15 años, los occidentales han dejado de creer en la universalidad y superioridad de su cultura para entregarse a la inanidad cómoda del relativismo.

Siguiendo el modelo del crimen homófobo de Orlando (EE UU), en un primer momento se presentó al asesino del camión de Niza como “un lobo solitario”, un desequilibrado que no iba a la mezquita ni cumplía con los preceptos del buen musulmán, un psicópata que nada tuviera que ver con el islam, cuando precisamente una de las características del Estado Islámico o del islamo-fascismo es la captación e instrucción de sus potenciales esbirros a través de las redes sociales por las que circulan sus soflamas y sus órdenes para organizar la carnicería y causar el mayor número de víctimas, sin contacto directo con los jefes, sin afiliación. Lo explicó con detalle el filósofo francés Bernard-Henri Levy: “Daesh es el califato más Twitter (…) Es la influencia sin contacto, por contagio y sugestión rápida (…) Se puede ser un soldado del nuevo ejército sin jamás haber sido reclutado, formado, ni siquiera contactado.”

En Europa, la movilización contra el fanatismo islamista es muy minoritaria. Según la encuesta reciente del Pew Research Center, la mayoría de los europeos occidentales defiende la idea del apaciguamiento, de que no se debe utilizar la coerción o la fuerza militar contra “los pobres islamistas”, a los que una parte significativa de la opinión considera como las víctimas tardías de la perfidia del Occidente cristiano. La izquierda española más superficial y menos ilustrada, más apegada al simplismo propagandístico, a la algarabía televisada, mantiene la hemiplejia moral y trata de buscar a los culpables entre los líderes occidentales que promovieron la guerra de Iraq, los denostados Bush, Blair y Aznar, como si el terrorismo suicida hubiera nacido en 2003.

Y para que la soflama se cuele en el espacio público, los fiscales de Occidente se olvidan de tres hechos fundamentales: la invasión soviética de Afganistán (1979), que desencadenó la revuelta de los talibanes y creó la primera gran plataforma para el lanzamiento del yihadismo actual; la guerra civil entre las dos ramas principales del islam, chiíes y suníes, declarada tan pronto como cesó la tiranía de Sadam Husein, que sigue empobreciendo y martirizando a los iraquíes; y la llamada primavera árabe que, en vez de promover la libertad y los derechos humanos, puso alas al movimiento islamista. En la situación actual, no se vislumbra en el panorama turbulento del Oriente Próximo y el norte de África ninguna fuerza social y política dispuesta a combatir el fanatismo religioso y sus secuelas criminales desde dentro del islam.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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