Posteado por: M | 24 julio 2016

El terrorismo islamista, la democracia y la sociedad multicultural

Ya nos enseñó Arnold Toynbee, antes de que surgiera la plaga de la corrección política y el multiculturalismo, y ahora nos recuerda Giovanni Sartori, que “por primera vez en la historia ha surgido una civilización de carácter planetario que no conoce fronteras”, la civilización occidental, cuya radiaciones culturales llegan a todos los confines del mundo, aunque con intensidad muy variada. Frente a esa realidad y esa superioridad cultural y geopolítica del orden liberal y democrático, el islamismo en cuanto ideología política promotora de la violencia plantea un desafío global, cultural, democrático e incluso religioso, ya que los extremistas musulmanes no sólo propugnan la teocracia –“en el Corán está la solución”– y recurren al terrorismo, el arma de los débiles, sino que además describen a todo el Occidente como “el gran Satán”.

Basta reflexionar sobre las endémicas guerras entre suníes y chiíes o sobre los movimientos migratorios, invariablemente de oriente hacia occidente, para deducir que algo marcha mal en la civilización islámica. “¿Qué ha fallado?”, se preguntó el profesor norteamericano Bernard Lewis, uno de los grandes especialistas en la historia y la cultura musulmanas, en un libro breve y enjundioso, al reflexionar sobre “el desequilibrio cada vez mayor entre el islam y el mundo occidental” (¿Qué ha fallado?, Siglo XXI, Madrid, 2002). En la búsqueda de los responsables o culpables de esa asimetría dolorosa –sucesivamente los turcos, los imperialistas, los judíos, los norteamericanos–, los islamistas dirigen ahora su rencor y su discurso contra todo el Occidente y propugnan un retorno al pasado, al genuino islam primitivo y expansionista. Todos los rituales del islamismo incluyen una glorificación paralizante del pasado que se remonta a los siglos VII y VIII.

Las realizaciones contemporáneas del orden político en los países árabe-musulmanes acumulan los fracasos y responden a un patrón fatalista de opresión, pobreza e ineficacia, refractario de la modernización. Tras aludir al descrédito irremediable del nacionalismo y el socialismo en el universo árabe musulmán durante el siglo XX, yuxtapuestos en el naserismo, el profesor Lewis llegó a la siguiente conclusión: “Para un observador occidental, educado en la teoría y la práctica de la libertad, es precisamente la falta de libertad –libertad de pensamiento respecto de la coacción y el adoctrinamiento, para preguntar, cuestionar y hablar; libertad de la economía respecto de la mala administración, corrupta y generalizada; libertad de las mujeres respecto de la opresión masculina; libertad de los ciudadanos respecto de la tiranía— lo que subyace en muchos de los problemas del mundo musulmán.”

No es la economía ni el petróleo, es la libertad. Los informes de la ONU sobre el Desarrollo Humano de los países árabes  –“escritos por árabes para árabes”– vienen identificando desde 2002 tres “déficits de desarrollo” que han adquirido un carácter crónico: el conocimiento (enseñanza), la situación de la mujer y la libertad. El último informe data de 2015, pero aún no ha sido publicado, “debido en parte al juicio severo que emite sobre las élites del poder”, según indica uno de sus relatores, el economista de origen árabe Ishac Diwan, de la universidad de Harvard, quien ha detectado, no obstante, la existencia de “una mayoría silenciosa” con “una mentalidad más liberal, especialmente entre los jóvenes”, que considera una esperanza y, desde luego, la mejor defensa contra el radicalismo suicida.

Como sugerencia de futuro, el profesor Diwan invita a esa supuesta mayoría a romper el silencio para evitar que “la revuelta contra un inaceptable status quo siga dirigida por los extremistas que sólo tienen agravios pero no aspiraciones”. Una propuesta atractiva, en la que los deseos están muy por encima de la realidad contrastable, y cuya única aplicación práctica se ha producido en Túnez, no sin dolores y crímenes, y con toda clase de reservas e incertidumbres. ¿Qué ocurre con esa mayoría silenciosa, teóricamente opuesta al terrorismo, entre los mil millones de mahometanos que viven en los países situados entre Indonesia y el Magreb? ¿Por qué no actúan más enérgicamente contra los soldados del califato de Mosul?

El silencio adopta con frecuencia las formas de la condescendencia, la indiferencia o la complicidad en nombre del credo religioso común e inmutable, o de la justicia histórica reparadora, pero también la muy moderada e inoperante reacción de las organizaciones oficiales que repiten invariablemente tras cada atentado que la mayoría de los mahometanos está en contra del terrorismo. ¿Por qué no imponen su ley a los yihadistas? Hay que rendir tributo, sin embargo, a los musulmanes en franca minoría que abogan por una reforma en profundidad, un islam de la Ilustración, muchos de ellos acusados de apostasía y amenazados de muerte, así como a los que arriesgaron sus vidas para salvar a otros de la ignominia y el terror, entre ellos, el tunecino Abdesattar Ben Moussa, premio Nobel de la Paz en 2015 por su defensa benemérita de los derechos humanos.

La vida política en la mayoría de los Estados árabes y musulmanes sigue dominada por el despotismo, la corrupción, la opulencia de unos pocos y la miseria de la inmensa mayoría, cuando no por la guerra devastadora e inacabable. El dilema ya se planteó en Egipto: o la dictadura de los Hermanos Musulmanes, salida de las urnas, o la férula de los militares. Una disyuntiva que también se vislumbra en Turquía, una sociedad cada día más desgarrada como secuela de la reislamización rampante impulsada por el presidente Erdogan. Y la situación puede empeorar. Allí donde medran o dominan los islamistas más radicales, en Siria e Iraq, pero también en Gaza, Yemen, Libia o Nigeria (Boko Haram), la vida cotidiana discurre bajo el signo de la sumisión de la mayoría y la brutalidad contra los infieles y los tibios. Los árabes no han logrado crear un Estado eficaz que respete la separación de poderes, la seguridad jurídica y la libertad de los ciudadanos, y que sirva de modelo. La herencia política occidental desembocó en el más completo desastre.

La integración de los musulmanes en Europa

Las investigaciones sociológicas confirman que la religión crea barreras cada día más visibles e infranqueables, culturales y económicas, para la integración de los inmigrantes musulmanes en Europa. Tres profesores norteamericanos, Claire L. Adida, David D. Laitin y Marie Anne Valfort, en un libro titulado Why Muslim Integration Fails in Christian-Heritage Societies (Por qué la integración musulmana fracasa en las sociedades de tradición cristiana, Harvard University Press, 2016), luego de una encuesta cuidadosa, sostienen que los recién llegados africanos de confesión mahometana encuentran más dificultades que los cristianos de la misma procedencia para acomodarse o integrarse en los países de acogida en toda Europa y particularmente en Francia.

Los tres universitarios antecitados reparten las culpas de ese fracaso de la integración, establecen un juicio salomónico en cuanto a las causas, en el que fustigan tanto la supuesta islamofobia de los europeos como la tendencia de los musulmanes a identificarse con sus comunidades de origen más que con la del país en que residen, y su deducción es inquietante: “Europa está creando una clase de inmigrantes subempleados que siente poca o ninguna conexión con sus sociedades de acogida.” No me parece nada arriesgado el sugerir que entre esa clase de inmigrantes de segunda o tercera generación mal o poco integrados, residentes en los barrios periféricos de las grandes ciudades europeas, se mueven como peces en el agua los imanes y los yihadistas que lanzan soflamas contra la marginación, predican el odio contra Occidente y se dedican al reclutamiento de soldados para la guerra santa.

Es palpable en toda Europa el fiasco del multiculturalismo, entendido éste como la coexistencia entre las comunidades de culturas diferentes en el mismo espacio político. Ese pluralismo cultural exacerbado por la globalización y las corrientes migratorias plantea innumerables problemas en Europa, donde hasta ahora prevaleció un acervo cultural cuyas raíces son la filosofía griega, la religión de Cristo y el derecho romano. En muchas cuestiones que van desde el estatuto personal al derecho de familia, pasando por el papel de la religión en la vida pública, la cultura islámica se presenta como antagónica de la europea tradicional, de manera que la coexistencia o concurrencia de ambas resulta conflictiva o por lo menos problemática. Y así fue siempre desde que los musulmanes pusieron pie en la Hispania visigoda (711).

¿Cómo una comunidad musulmana cerrada sobre sí misma puede practicar en Europa algunas costumbres que contravienen las leyes nacionales? ¿Hasta qué punto se puede ejercer la tolerancia, una virtud democrática, con los que son abiertamente intolerantes? ¿Cómo puede un Estado tolerar en su seno un espacio de impunidad para los que discriminan a la mujer, imponen el matrimonio de los jóvenes o perpetran un crimen de honor? ¿Cómo en nombre de una sedicente autonomía cultural se pueden tolerar en Europa algunas costumbres bárbaras como la ablación del clítoris, la poligamia, los matrimonios de menores amañados o la lapidación de la adúltera? Por muy indiferente que se manifieste la opinión pública, el Estado no puede cerrar los ojos ante la crueldad o el crimen con el pretexto de un falso prurito de sensibilidad cultural sin fronteras o el respeto de unos rasgos culturales que degradan a la persona. Cuando todo está tolerado, la misma tolerancia pierde su razón de ser.

En nuestras sociedades europeas del Estado del bienestar, confiadas y adictas del “poder blando”, asaz pacifistas, la tolerancia y la protección de los derechos de los acusados, aunque sea de delitos de terrorismo, alcanzan con frecuencia unos niveles que resultarían grotescos si no entrañaran un peligro evidente. Así, por ejemplo, la policía belga no estaba autorizada a realizar registros de madrugada, para no molestar a los vecinos, y el abogado de Salah Abdeslam, el presunto cerebro de los atentados de París de noviembre de 2015, extraditado a Francia, presentó una denuncia por un supuesto atentado contra su vida privada en razón de la videogilancia a que había estado sometido. En las redes sociales se discutió acaloradamente sobre la presunción de inocencia del asesino del camión de Niza, pero no de que los jueces y la policía deben ser dotados de medios proporcionales y adecuados en función de la terrible amenaza del terrorismo de masas.

Las raíces cristianas de Europa, en discusión

 Aunque los europeos parece que avanzan por una senda poscristiana en algunas de sus más estridentes manifestaciones culturales, me parece incuestionable que “la identidad de Europa sería incomprensible sin el cristianismo”, según leo en una exhortación pastoral del papa Juan Pablo II (2004). La Unión Europea parece que niega o reniega del cristianismo para no ofender a los musulmanes. No debemos olvidar el desistimiento o la indiferencia generalizados. Así, por ejemplo, los constituyentes europeos, presididos por el ex presidente francés Valéry Giscard d´Estaing, suprimieron del preámbulo de la Constitución europea fallida una tímida referencia a “las raíces cristianas de Europa”, en contra de los deseos y la recomendación apremiante del papa Benedicto XVI. Una Constitución rechazada en sendos referendos por los franceses y los holandeses, en 2005. En España, también en referéndum el mismo año, la Constitución europea fue aprobada por el 77 % de los votantes, pero la participación fue de sólo el 42 % de los inscritos, la más baja desde que se instauró la democracia.

Pese al fiasco constitucional, desde las instituciones comunitarias se propugna un cambio radical del individualismo al comunitarismo de consecuencias imprevisibles. La sociedad plural, abierta, liberal y democrática, asentada sobre la libertad del individuo, está siendo reemplazada en el discurso oficial por la sociedad multicultural, en la que las diversas culturas  –la musulmana en el caso europeo– suplantan al individuo, literalmente encierran a éste dentro de su comunidad, una dictadura subestatal. Un procedimiento insidioso y relativista para menoscabar la libertad de conciencia, pilar de la ilustración y la democracia, que se justifica por los dirigentes políticos para no herir la sensibilidad o la susceptibilidad de los mahometanos.

Una actitud que no es nueva en Europa, sino que tiene unas raíces intelectuales que se remontan hasta Erasmo de Rótterdam, abogado ferviente de la reforma y la purificación del cristianismo, pero que, al mismo tiempo, desaconsejaba la guerra contra el amenazante Imperio otomano, porque “lo que se consigue por la espada se pierde por la espada”, y propugnaba nada menos que la resignación ante la eventual conquista de los turcos. Una manera extraña para devolver la Iglesia a las catacumbas. Los sarracenos fueron derrotados en Lepanto (1571) pero se extendieron por los Balcanes y por dos veces sitiaron Viena (1529 y 1683), la capital del Imperio de los Habsburgo, aunque no lograron su objetivo.

La Iglesia católica del papa Francisco no va más allá del apaciguamiento y la promoción del diálogo. No sin asombro leo una Carta dominical del arzobispo de Barcelona, Juan José Omella, titulada “El necesario diálogo con el islam” (17 de julio de 2016), en la que asegura que “el diálogo se interrumpió en 2011, a raíz de unas declaraciones de Benedicto XVI tras un atentado en la catedral copta de Alejandría”. Añadía el prelado barcelonés, de manera que reputo injusta, que “el discurso de Benedicto XVI en la universidad de Ratisbona también contribuyó a dificultar el diálogo y el acercamiento entre las dos religiones”. Tras cargar sibilinamente las culpas del desencuentro sobre las anchas espaldas del papa Ratzinger, el arzobispo Omella se felicita porque el diálogo se reanudó en 2016 con una visita al Vaticano del gran imán de la mezquita Al Azhar, de El Cairo, Ahmad al-Tayyib, al que describe como “máxima autoridad del islam suní”.

El papa Francisco, que no vacila en enmendar la plana a su predecesor en cuanto se refiere al diálogo con el islam, de manera incondicional, y que llega a declarar que “el dinero es el estiércol del diablo”, no muestra la misma contundencia en la esperada denuncia del exterminio de los cristianos, en Oriente Próximo o en África, precisamente a manos de los grupos islamistas, o en la exigencia de reciprocidad en las relaciones entre las autoridades de las dos religiones, cuando es notorio que la misión de la Iglesia católica en la mayoría de los países musulmanes es prácticamente inviable o está sometida a unas cortapisas que vulneran las convenciones internacionales..

A pesar de los sangrientos atentados y las declaraciones emotivas del presidente Hollande, la izquierda socialdemócrata, cuya hegemonía cultural en Europa es incontestable, evita hablar de guerra, la guerra declarada por los islamistas, y prefiere abogar por la diversidad, en favor de todos los inmigrantes y el multiculturalismo, con un retroceso evidente del proyecto racionalista y universalista que los europeos defendieron con ahínco, aunque sin mucho éxito tras la emancipación de los pueblos colonizados en Asia y África (años 60 y 70 del siglo XX). Para hacer la apología del multiculturalismo, la opinión europea políticamente correcta recurre a falsos ejemplos históricos, como el de la España musulmana, presentada como un paradigma de tolerancia y pacífica convivencia en la diversidad de judíos, moros y cristianos, las tres “castas” que centraron la investigación literaria de Américo Castro.

Resulta muy difícil escapar de los imperativos de la corrección política, hasta el punto de que un reputado ensayista francés, el liberal Guy Sorman, se adhiere a la tesis de la extrema izquierda sobre la culpabilidad del Occidente y puede escribir apodícticamente que “el terrorismo es, en gran medida, el resultado de una descolonización fallida”, después de la cual las potencias occidentales siguieron interviniendo en el mundo árabe-musulmán. Más de medio siglo después de esa “descolonización fallida”, de la retirada franco-británica al este de Suez (1956), muchos de los países descolonizados siguen sumidos en el despotismo, la miseria y el fanatismo religioso. Sorman recurre a un juego de palabras: “No es el islam el que conduce al terrorismo, sino que los criminales se envuelven en la bandera con los colores del islam”. ¿Cómo explicar entonces que se propague el salafismo y se cometan tantos crímenes en nombre del islam, al grito de “Alá es grande”? Sólo los terroristas islámicos recurren al suicidio.

La violencia tiene unas raíces muy antiguas. El poeta árabe Alí Ahmad Said Esber, de origen sirio, más conocido por Adonis, en un libro estremecedor titulado Violencia e islam, editado en España por la editorial Ariel (2016), nos advierte de que “en el islam la violencia es sobre todo la violencia del conquistador (…) Toda la historia es testigo de ello. El islam se impuso por la fuerza; se convirtió en una historia de conquista. Los pueblos debían convertirse o pagar un tributo. Así, la violencia en el islam coincide con su fundación.” En contra de la creencia muy extendida de que existen dos islams, uno moderado y otro extremista, Adonis llega a la conclusión de que solo hay un islam, confiscado por el poder político, y los mahometanos siguen pensando que “es la única religión verdadera, la religión completa, la que Dios ha elegido para sus fieles. Como si fuera imposible vivir sin el islam”.

Ese pensamiento absolutista extraído de un libro sagrado que no admite reforma ni otra interpretación que la literal conduce a una visión dogmática del universo y al rechazo de las conquistas del espíritu posteriores al nacimiento del islam, en el arte, en la filosofía, en la política. Explica Adonis que el texto fundador (el Corán) es extremadamente violento, y añade: “El individuo musulmán en el seno de una cultura que elogia el suplicio está condenado a someterse a los preceptos de la religión. Toda desviación del camino marcado por el islam es condenada. Y el islam sigue siendo la única religión aceptable.” La condena de la apostasía es reiterada, lo que de hecho equivale a coartar o sofocar la libertad del individuo, de manera que la religión, en vez de liberar al hombre, lo conduce a la servidumbre. Ese islam de la conquista y la sumisión dejó muchas huellas en la Hispania medieval, a la que bautizó Al Andalus.

El mito del paraíso andalusí

Siguiendo los pasos del profesor Serafín Fanjul (Al Andalus contra España, 2000), Darío Fernández-Morera, educado en Harvard y profesor en la universidad de Northwestern, en Chicago, acaba de publicar una monografía académica titulada The Myth of Andalusian Paradise, en el que desmonta el mito anacrónico de la España musulmana (Al Andalus) como un paraíso multicultural e ilustrado en el que los judíos, los moros y los cristianos convivieron en armonía. El paraíso de pacífica coexistencia, la supuesta benevolente y tolerante civilización islámica en España nunca existieron, nos recuerda Fernández-Morera, puesto que los musulmanes trataron con gran violencia a los cristianos y los judíos para someterlos, esquilmarlos, aniquilarlos o expulsarlos hacia el norte de África. Del mito andalusí sólo resta la caricatura o la falsificación elaboradas por los apresurados adalides de la corrección política.

¿Por qué, entonces, la persistencia del mito?, se pregunta el profesor Fernández-Morera, pese a la innegable superioridad cultural de los hispano-romanos sobre los invasores. Al final de su estudio, la explicación puede resultar polémica, porque se aparta ostensiblemente de la corrección política, y bien merece que la recoja en extenso: “La exaltación de Al Andalus ofrece la doble ventaja de favorecer subrepticiamente el multiculturalismo y atacar a la Cristiandad, que es uno de los cimientos de la civilización occidental. Ese mecanismo no es improbable que anide en la mente de aquellos a los que desagrada tan intensamente la cultura occidental, pero que con la caída del comunismo se encontraron sin una clara alternativa y por eso se agarran al islam como un náufrago lo hace a cualquier cosa que flota.” Por ese mismo mecanismo se produce la extraña confluencia entre los islamistas y los neocomunistas que se extiende por algunos países del sur de Europa.

La realidad inmediata, la que refleja la cadena de los atentados en toda Europa, o el reclutamiento de yihadistas en suelo europeo o la vida cotidianas en los guetos de la inmigración, confirma el fracaso de la integración de los musulmanes y, por ende, del multiculturalismo. Los inmigrantes recién llegados, que desbordaron todas las previsiones sociales y urbanísticas, viven en comunidades cerradas, aisladas, con frecuencia sometidos a la férula del imán o de los militantes islamistas, expuestos de inmediato a la propaganda del odio y la guerra santa, en los barrios de París, Londres, Bruselas, Milán o Barcelona.

La oleada inmigratoria y los atentados terroristas de inspiración islámica tienen un doble efecto contradictorio en Europa: favorecen el discurso de los partidos xenófobos y derechistas en Francia y todos los países del norte, pero, al mismo tiempo, aumentan los partidarios del apaciguamiento y el multiculturalismo entre los simpatizantes de la izquierda política, los socialdemócratas y los neocomunistas. Un estudio del Pew Research Center (julio de 2016), un institución norteamericana especializada en el análisis de las tendencias de la opinión pública, concluye que “la oleada de refugiados entrañará más terrorismo y menos empleos”, según la opinión que prevalece en los diez países investigados, entre ellos, España.

Según la misma encuesta, el punto de vista sobre los musulmanes es más negativo en el sur y el este de Europa que en el norte. Hungría es el país con una visión más negativa de los inmigrantes musulmanes (72 %), seguido por Italia (69 %), Polonia  (66 %), Grecia (65 %) y España (60 %). La opinión es menos negativa en Holanda (34 %), Suecia (35 %), Francia (29 %), Alemania (29 %) y Reino Unido (28 %). A pesar de los atentados de París, el 26 % de los franceses considera que la diversidad cultural hace de Francia un país mejor para vivir, el 24 % piensa lo contrario y la mayoría se muestra indiferente (48 %). Sólo los españoles tienen una opinión más positiva sobre la diversidad (30 %). Los ciudadanos de Polonia, Hungría, Italia y Grecia son mucho menos optimistas sobre la diversidad, con índices de rechazo en torno del 40 %.

De todas maneras, la situación está evolucionando rápidamente, al mismo ritmo que aumenta la arribada de inmigrantes y refugiados, y los gobiernos manifiestan una creciente inquietud y fuertes discrepancias con la política común de acogida, sobre todo, en Europa central y oriental. El gobierno húngaro decidió celebrar un referéndum sobre la recepción de más inmigrantes y el ministro polaco de Interior, Mariusz Blaszczak, llamó la atención de los periodistas al asegurar que “no hemos aprendidos las lecciones de los atentados de París y Bruselas, que fueron una consecuencia del multiculturalismo y la corrección política”, en unas declaraciones tras la carnicería de Niza, recogidas por el diario Financial Times.

Lo más inquietante de la encuesta es que una abrumadora mayoría de los europeos sostienen que frente al terrorismo no debe utilizarse la fuerza, sino la persuasión y el apaciguamiento. Una opinión dominante, antimilitarista, que contrasta con el grito de alarma de algunos intelectuales, como el historiador y economista Nicolas Baverez, que abogan por “el rearme de Francia y Europa” después de 15 años, desde que se derrumbó el muro de Berlín, de haber asistido a un desarme acelerado tanto militar como moral y psicológico, porque los europeos se habían quedado sin enemigo. Tampoco tiene mucha resonancia la opinión del filósofo Pascal Bruckner que reclama: “Contra el islamismo, librar también la guerra de las ideas.” Ya se sabe que el apaciguamiento, para evitar que estalle el conflicto, conduce inexorablemente a la deshonra y la guerra.

Las iniciales puertas abiertas para los refugiados de la cancillera Angela Merkel (4 de septiembre de 2015), una decisión controvertida que exacerbó las tensiones dentro de la Unión Europea, empezaron a cerrarse a medida que aumentaban los temores y las críticas. Las protestas arreciaron en Alemania después de que un joven afgano de 17 años, armado con un hacha y un cuchillo, atacara a los pasajeros de un tren en Würzburg, hiriendo a cinco de ellos antes de ser abatido por la policía (17 de julio de 2016). Mientras preparaba el atentado, el joven afgano grabó un vídeo para expresar su fidelidad al Estado Islámico y advertir a sus anfitriones: “He vivido en vuestras casas y os voy a cortar el cuello.”

Los cálculos aproximados cifran en 55.000 el número de menores sin familia que han entrado en la UE desde septiembre de 2015. El sentimiento de inseguridad creció exponencialmente, a pesar del conformismo de los medios de comunicación, porque nadie sabe si los dos millones de musulmanes llegados a Alemania en menos de un año van a ser algo más y quizá menos tranquilizador que la mano de obra barata por las que suspiraban algunos empresarios. En el conflicto de culturas que se incuba en Europa, ¿qué camino tomarán los 50 millones de mahometanos? ¿Acaso la cultura planetaria y hegemónica a que se refería Toynbee está acosada por fuerzas incontrolables que preparan su decadencia inevitable?

 

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