Posteado por: M | 30 julio 2016

El contragolpe de Erdogan entierra el legado de Ataturk

A juzgar por las gigantescas dimensiones de la purga, que afecta tanto a los militares como a los principales cuerpos de la administración civil, el contragolpe del presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, conoce un éxito sin precedentes. Los islamistas en la calle aclamando al líder –una de las variantes que hicieron fracasar el mal planeado y peor ejecutado intento de golpe de Estado militar del 15 de julio–, las consignas y los enormes retratos que cuelgan de las fachadas de la plaza Taksim y de la calle Istiqlal, en el centro de Estambul, confirman la fuerza alcanzada por el programa de reislamización de la sociedad, puesto en marcha en 2003, y el comienzo de la última etapa en la liquidación del sistema laico y europeizante iniciado por Mustafá Kemal (Ataturk) en 1922-1924, años de la supresión del sultanato, la proclamación de la República y la abolición del califato.

La aparatosa marcha atrás emprendida por Erdogan tiene ahora el camino expedito y remacha el último clavo en el ataúd del kemalismo, el proyecto de secularización y occidentalización, de la eliminación del islam de la esfera pública con el que Ataturk pretendió curar los males crónicos del sultanato declinante. Frente al laicismo impuesto por Ataturk y sus seguidores, Erdogan sitúa de nuevo al islam más conservador como el eje sobre el que giran el sistema educativo, los protocolos del gobierno y hasta la política exterior. Los cursos de religión, la apologética suní, volvieron obligatoriamente en todos los escalones de la enseñanza pública y para todos los alumnos, según las instrucciones del Consejo Supremo de Educación en diciembre de 2014.

La piedad y la ostentación religiosa islámicas –el ejemplo digno de imitar es el de la esposa de Erdogan ritualmente ataviada en público con pañuelo– tienen premio y ofrecen ventajas en el mercado de trabajo, la función pública, los contratos de servicios públicos, la promoción social o política. A pesar de que la Constitución sigue proclamando el laicismo del Estado y la separación rigurosa de los poderes civil y religioso, un principio teórico extraño al islamismo y en vías de revisión. Como buen islamista, el presidente Erdogan propugna la confusión entre su palacio y las mezquitas, en detrimento de la autonomía de éstas.

La hegemonía cultural islamista

Después de 13 años de reislamización rampante, de hegemonía cultural islamista, el golpe fallido sitúa a la defensiva cuando no el ostracismo a los sectores liberales y occidentalizados de la sociedad otomana. “Las fuerzas convocadas por Erdogan para detener a los golpistas no son las fuerzas de la democracia y el liberalismo –escribió el comentarista turco Soner Cagaptay–, ni siquiera las fuerzas conservadoras del AKP, sino que todo parece indicar que fueron los islamistas y en algunos casos los yihadistas los que tomaron las calles.” Salvado por los servicios de inteligencia de la garra de los golpistas, la arenga de Erdogan desde Estambul no fue para defender la democracia, sino para involucrar a todos los imanes en apoyo del gobierno. Esa radicalización islamista fomentada por el presidente sirve para detener a los tanques, mas ha hecho de Turquía una de las principales plataformas para la recluta de los soldados del califato.

La primera y más deplorable consecuencia del intento de golpe de Estado es el retroceso de las libertades públicas. El gobierno anunció inmediatamente la suspensión de la Convención Europea de los Derechos Humanos y Amnistía Internacional informó de que algunos de los detenidos estaban siendo torturados. Bajo el estado de emergencia, decretado el 20 de julio, y marginado el parlamento o Asamblea Nacional, la operación de limpieza o depuración prosigue de manera implacable y afecta no sólo a los militares implicados en el putsch fallido, sino a todos los adversarios políticos de Erdogan y por añadidura a los seguidores del clérigo suní Fethullah Gülen, predicador islamista de 75 años, exiliado en Estados Unidos desde 1999, a quien se acusa oficialmente de ser el instigador de la revuelta militar y al que las multitudes injurian en las calles y apostrofan como “Perro de Satán”, el insulto más grave para un musulmán piadoso. No obstante, el movimiento de Gülen se apresuró a condenar “cualquier intervención armada en los asuntos internos de Turquía”.

Nada menos que unas 70.00 personas –militares, jueces, policías y profesores– se vieron afectadas por la represión de la intentona golpista. Más de 2.000 jefes y oficiales de las fuerzas armadas fueron destituidos y mucho de ellos encarcelados, además de los 49 generales y almirantes. La tempestad represiva afectó a 35.000 maestros, 1.500 profesores de universidad y 2.745 jueces y fiscales. Un decreto del gobierno, en aplicación del estado de emergencia, clausuró 3 agencias de noticias, 16 canales de televisión, 45 periódicos, 15 revistas y otras 29 publicaciones, supuestamente vinculadas con el movimiento de Gülen. También fueron detenidos 47 periodistas, gülenistas e izquierdistas. Dos de los generales más importantes en la jerarquía militar, no implicados en el golpe, dimitieron sin dar explicaciones tras parlamentar con el viceprimer ministro. Se trata de cifras provisionales que confirman la amplitud de la purga y el riesgo de que afecte gravemente al funcionamiento de la administración en todos sus niveles.

El intento de golpe militar y la represión en marcha poco tienen que ver con el tradicional antagonismo entre seculares y religiosos, conservadores e izquierdistas. La lucha por el poder se dirime ahora entre islamistas. La historia de las relaciones de Erdogan y Gülen es la de una alianza político-religiosa que evolucionó hasta convertirse en una confrontación personal, una aparente y encarnizada pugna por el control de los aparatos del Estado. Erdogan y los seguidores de Gülen llegaron juntos al poder, en 2003, confundidos dentro del movimiento islamista, con un programa de reislamización que incluía la revisión y hasta la supresión del secularismo y el socialismo introducidos por Ataturk y sus herederos en las instituciones del Estado, principalmente en el ejército, la judicatura, la clerecía, el bazar y el profesorado.

Erdogan, alumno ideológico de los Hermanos Musulmanes, primer ministro desde 2003, fue elegido presidente de la República por sufragio universal en 2014, pero hasta ahora no dispuso en la Asamblea Nacional de la mayoría necesaria para cambiar la Constitución y sustituir el sistema parlamentario por otro presidencialista, declarado objetivo gubernamental. La prensa turca lucubra sobre la convocatoria de unas elecciones anticipadas o de un referéndum plebiscitario para acelerar el proceso de cambio de régimen. La reforma constitucional, en efecto, debe ser aprobada en la Asamblea Nacional por una mayoría de dos tercios de los 550 escaños, de la que no dispone el partido de Erdogan.

El Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), cuyo líder es Erdogan, y el movimiento o congregación religiosa de Gülen, llamado Hizmet –palabra turca que significa “servicio”– actuaron mancomunadamente en la caza de brujas desencadenada contra los kemalistas, laicistas radicales y miembros de la minoría alauí en el ejército, los servicios de inteligencia y los principales cuerpos de la administración civil, a través de algunas operaciones judiciales (las llamadas Sledgehammer y Ergenekon, principalmente) que desembocaron en juicios masivos y penas de prisión de los generales y otros mandos del ejército y la judicatura con reputación de ser fieles a los ideales del kemalismo. Ambos procesos afectaron a más de 400 jefes y oficiales, y a principios de 2013, más del 10 % de los generales y almirantes estaban encarcelados.

Los generales y los jueces caídos en desgracia fueron acusados de conspirar contra el gobierno, mediante pruebas amañadas y testigos secretos, según sus defensores. En 2010, replicando a las supuestas intenciones golpistas, nunca suficientemente probadas, Erdogan procedió a una reforma en profundidad de las estructuras militares que le permitió colocar a personalidades afines en los principales puestos de mando. Los procesos judiciales y la propaganda islamista redujeron considerablemente la influencia de los militares en la política turca, alteraron la jerarquía de mando en todos los niveles e introdujeron en el ejército, principal pilar de la república, símbolo de la identidad otomana, el virus de la división que se manifestó trágicamente durante la intentona golpista.

Una crisis histórica de las fuerzas armadas

Las fuerzas armadas turcas (TSK), con casi 700.000 soldados, son las segundas de la OTAN en cuanto a los efectivos personales (tras las de EE UU), pero padecen “una crisis histórica y están en franco declive”, según el diagnóstico del analista turco Kadri Gürsel, y están desgarradas por las hostilidades contra los insurgentes kurdos. Una opinión compartida por Tim Arango y Ceylan Yeginsu, cuya crónica en el New York Times (26 de julio) enarbolaba un título asaz pesimista: “Con el desorden que reina en el ejército, yace en quiebra un pilar de la Turquía moderna.” La institución más prestigiosa que fue a los ojos del pueblo sufre una aparatosa pérdida de reputación y legitimidad cuando libra constantes escaramuzas con los separatistas kurdos en el sureste del país.

La máxima autoridad militar, el general Hulusi Akar, fue sorprendida en su despacho por los militares golpistas, que le conminaron a punta de pistola para que se sumara a la rebelión, pero aquél replicó que en cualquier caso se mantendría fiel al poder civil, según el testimonio filtrado y repicado en la prensa del régimen. El gobierno asegura que sólo unos 9.000 soldados participaron en la revuelta. Según datos oficiales, una vez fallido el golpe militar, fueron detenidos 124 de los 358 generales y almirantes de las TSK, aunque no se aclara cuántos son los que realmente estaban con los golpistas y cuántos fueron víctimas de la mera sospecha o de su vinculación con el movimiento Hizmet. Muchos de los ahora destituidos fueron ascendidos después de la purga de 2013 que diezmó a los kemalistas.

Paralelamente, desde que Erdogan llegó al poder, el movimiento de Gülen prosiguió con su infiltración en los medios de comunicación, el profesorado, las empresas, la judicatura y la policía, hasta que logró organizar una potente y muy discreta red de influencias que empezó a ser considerada como “un Estado dentro del Estado”, un Estado paralelo. Las operaciones Sledgehammer y Ergenekon sirvieron para debilitar primero y diezmar después, mediante las jubilaciones, las condenas y las sustituciones pertinentes, al cuerpo de oficiales que desde la revolución de Ataturk se había atribuido la misión de tutelar el poder civil a fin de proteger los principios seculares de la república contra “el fanatismo islamista”.

La occidentalización de Turquía experimentó un fuerte impulso tras la revolución de Ataturk –escuela laica, vestimenta occidental, alfabeto latino, emancipación de la mujer. Esos ideales son defendidos políticamente por el Partido Republicano del Pueblo (CHP), fundado por Ataturk en 1923, actualmente catalogado de socialdemócrata, la segunda fuerza política en la Asamblea Nacional, que obtuvo el 25 % de los votos y 134 de los 550 escaños en la Asamblea Nacional, muy por detrás del AKP de Erdogan (49,5 % y 317 escaños). Se opone a la represión indiscriminada, pero carece de fuerza parlamentaria y quizá de convicción para frenar o detener la pleamar islamista.

Erdogan, por el contrario, lleva 13 años en el poder empeñado en recuperar las tradiciones islámicas, de manera que sus adversarios sospechan que su sueño político es una presidencia autoritaria y finalmente la restauración del sultanato. Los que salieron a las calles esta vez fueron los islamistas, convocados por el presidente y su partido, cuando era ya evidente que los golpistas estaban muy lejos de controlar la situación. Tras escapar de los golpistas, avisado probablemente por los servicios de inteligencia, Erdogan llegó a Estambul en la madrugada del 16 de julio, arengó a sus partidarios y aseguró que el fracaso del putsch era “una victoria de la democracia”, pero añadió que era “un regalo de Dios”, convertido aceleradamente en un pretexto para el furor inquisitorial. Un regalo para castigar a sus adversarios reales o supuestos.

La primera intervención militar contra el poder civil se produjo en 1960, dirigida por el general Cemal Gürsel. El primer ministro, Adnan Menderes, conservador e islamista, peón de EE UU en la guerra fría, fue acusado de violar la Constitución, sometido a juicio, condenado a muerte y ahorcado junto con dos de sus ministros. El golpe de Estado militar de 1971 también derribó al gobierno, pero fue menos sangriento. El último putsch castrense de orientación kemalista se remonta a 1980, pero también en 1997, mediante una maniobra entre bastidores, los generales forzaron la dimisión del primer ministro, el islamista Necmettin Erbakan, mentor ideológico de Erdogan. Bajo presión norteamericana y de la OTAN, todas las intervenciones militares desembocaron en la convocatoria de elecciones y la devolución del poder a los civiles.

Los funerales del kemalismo

Ahora, la novedad sustancial es que las fuerzas armadas, por primera vez, dispararon contra el pueblo, causando unos 250 muertos, y se mostraron divididas y vacilantes cuando el país se debate entre fuertes tensiones: guerra de Siria, tres millones de refugiados, insurrección de parte de la minoría kurda, terrorismo, declive económico. Aunque pueda parecer paradójico, “todas las intervenciones militares contribuyeron a fortalecer el movimiento islamista”, según recuerda Can Dündar, redactor en jefe del diario opositor Cumhuriyet  (La República), de tendencia liberal progresista, que se edita en Estambul. Ahora pudiera ocurrir que Erdogan aproveche la situación para precipitar los funerales del kemalismo, aunque ciertamente el golpe militar no fue protagonizado por los kemalistas.

La ruptura entre Gülen y Erdogan se consumó en 2013, cuando los seguidores del primero en la policía y la judicatura abrieron un proceso por corrupción contra algunos familiares y colaboradores del segundo. A partir de ese momento, el imán exiliado en Pensilvania (EE UU) se convirtió en el archienemigo del presidente. La ruptura coincidió con las maniobras de Erdogan para ceder la jefatura del gobierno y convertirse en presidente de la República, a la espera de que una reforma de la Constitución le permita organizar un régimen presidencialista y autoritario. El gobierno adoptó duras medidas contra los gülenistas en la policía y la judicatura, pero la represalia no llegó hasta los militares.

La prensa turca ha coincidido en señalar que Erdogan estaba preparando una maniobra contra los mandos gülenistas en el ejército, un reajuste en los escalafones, y que el golpe frustrado tenía connotaciones estrictamente profesionales, corporativistas. Otros analistas sugieren fuertes divergencias dentro de las fuerzas armadas sobre las operaciones militares contra los insurgentes kurdos en el sureste del país, ya que algunas de las unidades sublevadas procedían de la región de Diyarbakir, el Kurdistán turco, de donde despegaron los aviones para unirse a la intentona. Los más osados apuntan a una operación de los servicios de inteligencia al servicio de Erdogan para urdir los infundios, extender los agravios del estamento castrense y cortejar a todos los descontentos.

La rapidez del contragolpe y, sobre todo, el gran número de destituidos, detenidos y encarcelados en muy pocas horas sugieren que las listas de los purgados estaban confeccionadas con antelación. En el discurso-sermón pronunciado en la mezquita Fatih de Estambul, vituperó a los gülenistas como “un virus, como si fuera un cáncer, que se propagó por todo el Estado.” ¿Por qué no detuvo a tantas personas malignas antes de que los militares expresaran su cólera y se presentaran como salvadores de la democracia?

 

Estados Unidos y la Unión Europea (UE), aliados de Turquía en la OTAN y al menos teóricamente en el combate contra el Estado Islámico, no pudieron o no quisieron frenar las tentaciones pretorianas de los militares turcos y ahora asisten impasibles a un contragolpe que acentúa la radicalización religiosa en el país y le aleja de la cultura y los valores liberales y democráticos de Occidente. La pretensión turca de incorporarse al club de Bruselas se debilita en por causa de la tentación autocrática de Erdogan, una deriva muy antigua pero que se manifiesta ahora sin disimulo y con todas sus consecuencias.

Las relaciones entre Washington y Ankara sufrirán un nuevo deterioro mientras Erdogan siga pidiendo la extradición de Gülen, a sabiendas de que la justicia norteamericana no la concederá, y los medios de comunicación que le son fieles, ahora hegemónicos, persistan en la intoxicación, sin ninguna prueba, de que los norteamericanos estaban detrás de los militares sublevados.

 

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