Posteado por: M | 7 agosto 2016

El terrorismo y la autocensura de libros en Francia

Desde la publicación de Los versos satánicos, una novela del escritor anglo-indio Salman Rushdie, en septiembre de 1988, no ha cesado de crecer y enconarse la controversia sobre el derecho de crítica y la libertad de conciencia y de expresión en relación con Mahoma, el islam y una abrumadora mayoría de la comunidad musulmana o de los creyentes mahometanos. A juzgar por las airadas y rituales protestas populares, promovidas desde las mezquitas, y las execraciones de las autoridades político- religiosas en tierras del islam, el mundo musulmán tiene un grave problema con la libertad de expresión según ésta se concibe en las sociedades occidentales fundadas sobre el liberalismo, la democracia y el respeto escrupuloso de los derechos humanos.

El problema del islam frente a la libertad de conciencia recorre Europa debido al miedo, la complacencia o la sumisión de las autoridades y los medios de comunicación, reacciones de sólito enmascaradas con los especiosos argumentos de que los asesinos son personas desequilibradas y/o marginadas, de que no hay que dar pábulo a las críticas o descalificaciones para no herir los sentimientos de la comunidad islámica, a la que se considera un bloque unido en la fe e inalterable en su furia, ni hacer el juego de la denostada extrema derecha, supuestamente atacada por el virus imaginario de la islamofobia. Los medios alineados con la corrección política, que son la mayoría, rechazan el menor atisbo islamófobo, pero silencian la cristofobia y los mensajes de odio contra Occidente que pueden escucharse en el agitado y bélico orbe árabe-musulmán, así en las mezquitas como en las redes sociales.

La falsificación bienpensante de una realidad conflictiva se parecen mucho a los vanos empeños de no agarrar al toro por los cuernos, o de ahondar en el derrotismo de la izquierda, cuyo discurso posmoderno encierra a los más débiles –no sólo los inmigrantes, los malditos de la tierra de la epopeya anticolonial, sino también los obreros que votaban al partido comunista y hoy lo hacen al Frente Nacional–, en la cárcel sin muros del resentimiento, el determinismo social y la alienación religiosa  aireada por Karl Marx en contra del cristianismo.

Tras el asesinato masivo de Niza y el degüello sacrílego de un sacerdote de 84 años en la iglesia de Saint-Étienne du Rouvray, cerca de Ruán, Francia recupera, entre el estupor, la cólera y la vergüenza, un nuevo episodio de la censura de un libro sobre el islam político, cuyo autor es el germano-egipcio Hamed Abdel-Samad: “Le Fascisme islamique”, ya editado y distribuido en Alemania y EE UU, pero que el próximo otoño no será publicado en francés, como estaba previsto. A finales de julio, Jean-Marc Loubet, director de una la modesta editorial parisiense, Piranha, comunicó a la alemana titular de los derechos su renuncia a publicar el libro, alegando que no podía exponerse al riesgo físico que entrañaría. Miedo físico harto comprensible de quien carece de medios o influencias para proteger su casa de las iras de los incendiarios de la yihad.

Entrevistado por el semanario Le Point, Hamed Abdel-Samad dice comprender el miedo del editor francés, pero se indigna porque éste se escude detrás del argumento, aparentemente moral, de “no aportar agua al molino de la extrema derecha”, y añade una reflexión que bien merece una cita extensa: “Soy un pensador libre, que no apela a la violencia, que no estigmatiza a los musulmanes –al contrario, los defiendo como seres humanos–, pero que ataca una ideología que considero violenta. Tengo el derecho, en Alemania, 200 años después de Kant y 230 después de Voltaire, de publicar estos pensamientos sin el temor de ser aterrorizado por ello. Por eso me siento irritado. Jean-Marc Loubet ha tratado de transformar el miedo en una acción virtuosa, lo que reputo muy peligroso. Der Spiegel [semanario alemán] lo ha explicado bien: es una derrota no sólo ante el islamismo sino también ante la extrema derecha.” No tengo noticia de que el libro vaya a ser publicado en español.

En su ensayo, Abdel-Samad establece un inquietante paralelismo entre los movimientos fascistas de los años 20 del pasado siglo y los Hermanos Musulmanes, la primera gran organización moderna del islam político, fundada por el egipcio Hasan el Banna, y advierte de que “el islamismo está presente en el mismo nacimiento del islam.” Analiza los puntos comunes entre el fascismo y el islamismo: el supremacismo (la comunidad islámica como la mejor de las conocidas), la cultura de la muerte, la idea del combate o guerra santa (Kampf en alemán y yihad en árabe); la idea de los enemigos interiores y exteriores, la deshumanización o animalización del enemigo, para mejor exterminarlo. Concluye el autor: “La historia es concebida como una sola línea directriz, y el enemigo es siempre el mismo; el Occidente será siempre el mal, y es inmutable.”

Como va siendo frecuente en Europa, nos topamos de nuevo con el muro de silencio o “el silencio ensordecedor de los intelectuales” que vienen denunciando con energía pero sin éxito el argelino Boualem Sansal, el tunecino Abdelwahab Meddeb, el sirio Adonis, la somalí Ayaan Hirsi Ali y otros ilustrados reformistas o disidentes del islam político. En nombre de la diversidad, según los dictados del multiculturalismo, la izquierda sedicentemente progresista ahorma un discurso que aspira a convertirse nada menos que en la religión de la humanidad. El profesor canadiense Mathieu Bock-Côté, que, desde luego, escribe con conocimiento de causa como ciudadano de un país de inmigrantes, acaba de publicar una apabullante requisitoria contra uno de los males del siglo, uno de los pilares de la ideología posmoderna: Le multicuturalisme comme religion politique (Editions du Cerf, París, 2016).

Rushdie fue acusado públicamente de haber cometido blasfemia y apostasía, dos pecados que, según la tradición musulmana, derivada de los hadices o dichos del Profeta, compilados en el siglo IX en la Sunna, merecen ser castigados con la pena capital. El ayatolá Jomeini, a la sazón la máxima autoridad religiosa de Irán, publicó en 1989 una fetua o sentencia de muerte que incluía un llamamiento a todos los musulmanes para ejecutar no sólo al escritor sino también a los editores que publicaran el libro y ofrecía una recompensa de tres millones de dólares para el ejecutor o ejecutores de un mandato supuestamente de inspiración divina.

La novela de Rushdie fue prohibida en la India, Suráfrica y varios países musulmanes, mientras proliferaban las manifestaciones que desembocaron en la violencia (quema de librerías y protestas ante las legaciones británicas), y los eruditos islámicos reiteraron la tradición que proscribe cualquier referencia o descripción del Profeta, incluso las elogiosas, o el empleo de las imágenes para representar la naturaleza y las figuras humanas, unas prácticas artísticas con las que se corre el riesgo de caer en la idolatría. El traductor de la obra al japonés fue asesinado en Tokio, en 1991, y el traductor italiano, apuñalado en Milán.

Las protestas y anatemas arreciaron cuando un periódico danés, el Jyllands-Posten (centro-derecha), publicó 12 caricaturas de Mahoma como ilustración satírica de un artículo sobre la autocensura y la libertad de expresión (30 de septiembre de 2005), rompiendo el tabú islámico de que la figura del Profeta no puede ser reproducida. Las protestas alcanzaron una violencia inusitada en el orbe musulmán y en Europa. La mayoría de los grandes periódicos europeos y norteamericanos rechazaron la reproducción de las caricaturas ni siquiera para solidarizarse con el editor danés amenazado. El diario parisiense France-Soir reprodujo las caricaturas, como muestra de solidaridad, pero el responsable de la publicación fue fulminantemente despedido.

La libertad de expresión y en general las manifestaciones artísticas se resienten con los imperativos religiosos en tierras del islam. Una vez más se puso de manifiesto con el clamor de indignación desatado por la publicación de las caricaturas del Profeta que el mundo árabe-musulmán en su opinión publicada o aireada supedita la libertad de conciencia y expresión a los dictados de un dogma inamovible, irreformable, y de unos sentimientos respetables pero cuyo respeto no puede imponerse a los infieles por la coerción y la violencia. La simple publicación de un dibujo amable de Mahoma suscita un rechazo generalizado, de manera que el autor y el publicista pueden ser condenados con el anatema teológico, el vituperio social o la pena de muerte.

Las reacciones ante la publicación de las caricaturas de Mahoma, así en el mundo árabe-musulmán como en Occidente, un grupo de doce intelectuales publicó en el semanario satírico francés Charlie-Hebdo un manifiesto en defensa de la libertad de expresión y en contra de la autocensura (1 de marzo de 2006): Manifiesto de los doce, juntos contra el nuevo totalitarismo. La mayoría de los firmantes proceden del mundo árabe-musulmán y están amenazados, a los que rindo tributo indicando sus nombres: Ayaan Hirsi Ali, Chahla Chafiq, Caroline Fourest, Bernard-Henri Lévy, Irshad Manji, Medi Mozaffari, Maryam Manazie, Taslima Nasrin, Salman Rushdie, Antoine Sfeir, Philippe Val, Ibn Warraq.

 

 

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