Posteado por: M | 18 agosto 2016

Nacionalismo y aislacionismo, la política exterior de Trump

¿Hacia dónde va Estados Unidos? ¿Cuál será la política exterior del próximo presidente o presidenta? Estas son las dos preguntan que resumen el interés de los que no somos norteamericanos ante el aparatoso despliegue de la campaña electoral, el martilleo de las encuestas y el duelo muy desigual entre Hillary Clinton y Donald Trump, los candidatos de los dos principales partidos, que suscitan escaso entusiasmo en este “momento post-imperial”, expresión utilizada por el reputado analista Robert D. Kaplan para reflejar no sólo el rechazo creciente de la aventura exterior por parte de la opinión pública, sino también la fatiga y el repliegue protagonizados por Obama, cuyo corolario pesimista es la proyección declinante del poder norteamericano en todas las regiones del mundo.

En otras palabras, el orden de la posguerra fría con una única gran potencia ha periclitado. El internacionalismo pacifista de Obama, aunque con frecuencia revestido de realismo, entre retiradas, compromisos precarios y abandonos, lega una situación muy compleja y arriesgada, un tumulto sangriento en el Oriente Próximo, el avance del terrorismo islámico en Europa, el protagonismo inquietantes de China y el resurgir geoestratégico de Rusia. La influencia estadounidense entra en un período de retroceso, se contrae hasta unos niveles inquietantes porque el orden mundial, para bien o para mal, fue mantenido desde 1945 por la mano visible o invisible agitada desde Washington. Tras el ocaso del comunismo y la desintegración de la URSS (1991), EE UU se convirtió en la potencia hegemónica cuya primacía económica, militar y tecnológica era incuestionable y no admitía parangón. Y así sigue, aunque atenazada por el deterioro de la situación económica y las dudas sobre sus valores.

El poder económico y militar norteamericano tuvo un claro sentido global, fue el instrumento de “una república imperial”, título de un memorable ensayo de Raymond Aron; un imperio sin colonias, de nuevo cuño. Pero actuó como si no lo fuera, de manera indirecta o solapada, de acuerdo con sus aliados europeos, a través de la OTAN y de la Unión Europea, y de las instituciones internacionales, especialmente el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, cuando los kamikazes islamistas derribaron las torres gemelas, la hiperpotencia se convirtió en un gendarme agresivo, luego reticente, bajo el impacto de una grave crisis económica, en un mundo de varias guerras lejanas, tensiones innumerables y cada día más inestable.

No obstante, el presidente norteamericano, además de llevar consigo el maletín nuclear, la disuasión suprema, dirige la única potencia realmente global y manda a más de tres millones de soldados, miles de buques y aviones en todos los continentes, acompañados por unos servicios secretos exuberantes y una cohorte incontable de empresas globales, organizaciones no gubernamentales (ONG) y grupos de presión. Dispone de la más poderosa máquina de guerra de la historia y de una fuerza de intervención sin precedentes. Por eso resulta bastante lógico que la inquietud y el desorden se extiendan por el mundo en la misma medida en que decrece, se retrae o se erosiona el poder estadounidense.

La acción exterior, guiada muy frecuentemente por el pragmatismo y el consenso entre los dos grandes partidos, venció en la guerra fría, sin disparar un tiro, y tuvo un gran éxito en el mantenimiento de la paz y la estabilidad mundiales, pero coincidiendo con el ocaso de Obama y la campaña electoral la concordia ha sido reemplazada por el debate e incluso la alarma del establishment ante las posiciones heterodoxas y extravagantes de Trump, el multimillonario populista, el candidato que invoca los nuevos jinetes del apocalipsis: el miedo, la violencia, el caos de la decadencia, “la nación humillada”; el hombre imprevisible, que desconcierta a sus consejeros con sus improvisaciones, y al que todas las encuestas dan por derrotado el 7 de noviembre.

Impopulares ambos candidatos por razones muy diferentes, la aversión hacia Clinton es una de las pocas cosas que unen a los votantes tradicionales del Partido Republicano, la clase media blanca y protestante, mientras que las élites académica, periodística y funcionarial, sin duda aguijoneadas por la Casa Blanca, han forjado un cordón sanitario en torno de Trump, al que consideran un peligroso demagogo, oportunista e ignorante, que tiene “una visión totalmente distorsionada que contraviene los valores de Estados Unidos”, según el escolio del New York Times, el periódico entre los grandes medios que persiste en la más virulenta campaña, mordaz y descalificadora, contra las posiciones del aspirante republicano, rebautizado por los demócratas como “Donald, la amenaza”.

La imposible neutralidad de la prensa

La gran prensa y las mejores cadenas de TV no se entusiasman con Clinton, pero parodian cuando no desprecian a su adversario. Tras la consagración de Trump en la convención republicana de Cleveland, con el partido desgarrado, el avezado analista Fareed Zakaria, en el Washington Post, escribió que “la imagen de EE UU que se había presentado al mundo era la de una república bananera”. El discurso de aceptación del aspirante concitó muchas aprensiones, como subrayó el diario Los Angeles Times: “Su propósito no era otro que sembrar el miedo en el espíritu de los americanos, el miedo de los inmigrantes y los refugiados, el miedo de los musulmanes, el miedo de los socios comerciales de Estados Unidos y, por último, el miedo de Hillary Clinton.”

Ante el fenómeno de Trump, un candidato que pisotea o desdeña todas las convenciones, los periodistas que informan de la campaña se cuestionan su independencia y su neutralidad tradicional, el cumplimiento escrupuloso del código ético que dictamina que “los hechos son sagrados y las opiniones son libres”. “El hecho de cubrir a mister Trump como un candidato anormal y potencialmente peligroso es una prueba muy dura para el sistema periodístico”, resaltó el mediador o defensor del lector del New York Times, Jim Rutenberg, para luego enumerar los obstáculos que deben superar los esforzados periodistas dedicados a relatar lo que ocurre en torno del candidato, no a emitir opiniones. El equilibrio informativo ha sido prácticamente dinamitado por el outsider Trump.

La consecuencia inevitable es que Trump, desde que saltó a la palestra en 2015, aparece como el candidato con una actitud más antagónica hacia la prensa, a la que culpa de todos sus males y de los adversos resultados de las encuestas. Nadie cree que las críticas del candidato contra “los medios liberales” puedan tener algún efecto sobre la libertad de la prensa, tan arraigada y tan ritualmente protegida por los jueces en aplicación de la primera enmienda constitucional, en el país de uno de sus más ilustres valedores, Thomas Jefferson, redactor de la Declaración de Independencia, que sentenció: “Los ciudadanos son los únicos censores de sus gobernantes (…) Nuestra libertad depende de la libertad de prensa, que no puede limitarse sin perderse.”

Para envenenar aún más la atmósfera reinante entre la prensa y Trump, éste designó como jefe de campaña, el 17 de agosto, a un guerrillero del periodismo más agresivo, Stephen Bannon, ex oficial de los Marines, situado a la derecha de la derecha, que no es un analista político, como requiere la función, sino un polemista, especializado en la trinchera política, los altercados y los escándalos, un genuino agitador que hasta ahora dirigió el periódico digital Breitbart News. Su última hazaña es un vitriólico documental titulado Clinton Cash sobre los negocios reales o supuestos de la candidata demócrata. Sus detractores han descrito a Bannon como “el Leni Riefenstahl del Tea Party”, en alusión a la poderosa propagandista del nazismo.

¿Qué hay detrás del discurso plebeyo, muchas veces incendiario, megalómano y narcisista del candidato del Partido Republicano? Un populista vulgar que aniquila los consensos bipartidistas de la política exterior, levanta castillos de arena y se aprovecha del desasosiego de la clase media blanca, de su retroceso efectivo en el nivel de vida, para denunciar la decadencia del país, la perversidad de sus competidores y el egoísmo de sus aliados, platos fuertes de un deprimente espectáculo de xenofobia y flagelación de las élites económica y política que han conducido a la gran potencia al borde del abismo. Un candidato que cabalga sobre el corcel desbocado del pesimismo, la nostalgia y hasta la paranoia, que explota los sentimientos de esos ciudadanos (el 67 % de los preguntados, según las encuestas) que sospechan confusamente que el país va por mal camino.

¿Qué propone Trump en materia de política exterior? Nada que ver con la ideología y la ortodoxia republicanas fundadas en el libre mercado y el comercio libre, los bajos impuestos, un gobierno limitado, una política expansionista y una estrategia realista. Trump está en contra de la globalización, “que ha empobrecido a nuestra clase media”; critica los tratados de comercio multilaterales firmados por EE UU, como el de América del Norte con Canadá y México (NAFTA), y se propone enterrar la Asociación Transpacífica (TPP) de librecambio acordada con los principales países de Asia. En más de una ocasión insistió en que “China nos saquea”, las otras naciones “nos roban los puestos de trabajo” y los acuerdos comerciales “nos perjudican”. Un catálogo de las peores exigencias del nacionalismo parroquial.

En el polvorín de Oriente Próximo, Trump no fue más allá de algunas generalidades y bravuconadas, como la de aniquilar el Estado Islámico en menos que canta un gallo. En un primer momento trató de presentarse como neutral en el conflicto israelí-palestino, pero tuvo que rectificar al darse cuenta de que el Partido Republicano, aliado fiel de Israel, no estaba dispuesto a seguirle por ese camino. Declaró que siempre se había opuesto a la guerra de Iraq, pero la prensa demostró que no era cierto. Denunció el acuerdo nuclear con Irán, pero disparó todas las alarmas cuando propuso que algunos aliados de EE UU (Japón, Corea del Sur, Arabia Saudí), que aportan poco para la defensa común, se defiendan por sí mismos, aunque ello les obligue a entrar en el club restringido de países con armas nucleares.

El riesgo de la proliferación nuclear

Esa apelación estrambótica a la proliferación nuclear, una de las ocurrencias más comentadas y criticadas del candidato del apocalipsis, socavaría los fundamentos de la seguridad colectiva mundial, de la misma menara que la retirada de las tropas norteamericanas de Japón y Corea del Sur, también sugerida por el magnate inmobiliario, tendría profundas implicaciones en la estrategia asiática en el mismo momento en que Beijing mejora su potencia militar, reforma su economía y persiste en su determinación de extender sus avanzadillas en todo el mar de China Meridional por donde patrulla la VII Flota estadounidense.

Trump carece de cualquier ideología que no sea la del populismo, las consignas patrióticas y la designación simplista de los enemigos, ya se trate de los mexicanos, cuya inmigración debería ser contenida mediante la construcción de un muro fronterizo, o de los musulmanes a los que se prohibiría temporalmente la entrada en el país o se les obligaría a superar un examen de admisión. EE UU se convertiría así en un país aislado y de nuevo poderoso, una fortalece inexpugnable, pero esa visión de campanario encubre un pronóstico mediocre que choca frontalmente con cualquier análisis ponderado de la situación. La mejor idea del candidato republicano es la exhibición de su éxito comercial, proclamado desde el rascacielos que posee en la Quinta Avenida de Nueva York, receta aparentemente infalible para que el país recupere su grandeza perdida.

En una de sus peroratas, Trump colocó una bomba retórica en los cimientos de la OTAN al poner en tela de juicio la aplicación del artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte (1949) sobre la seguridad colectiva, en el cual se establece que un ataque contra un país miembro será considerado como una agresión contra todos los aliados, que deberán actuar en consecuencia. En unas declaraciones al New York Times, señaló que el compromiso de EE UU de defender a Estonia, Letonia y Lituania quedaría supeditado a que estos países “cumplieran sus obligaciones hacia nosotros”, es decir, que aumentaran su contribución al presupuesto de la Alianza. “El comentario más irresponsable hecho por un candidato presidencial en épocas modernas”, subrayó Fareed Zakaria.

En uno de sus discursos, Trump llegó a tildar de “free riders” (gorrones, oportunistas) a los aliados europeos y asiáticos de EE UU que viven confiados en la protección militar norteamericana, pero que no contribuyen como debieran a los gastos comunes de defensa. Cualquier rebaja disuasoria en ambos continentes entrañaría una brutal revisión del papel de EE UU como garante del statu quo, interpretada por los halcones del Pentágono, por lo que a Europa concierne, como una incitación para que Putin avance sus peones en el espacio postsoviético. EE UU corre con el 75 % de los gastos de la OTAN, una ecuación insostenible en las actuales circunstancias y que ocupará durante mucho tiempo un lugar destacado en la revisión inevitable de las relaciones transatlánticas.

La principal consigna o eslogan de Trump –“America first”, “Ante todo, América”— no es ninguna novedad en el panorama político norteamericano, sino la pancarta tras la que han desfilado los aislacionistas de todas las épocas. Ya fue utilizada por Charles Lindbergh en su campaña para mantener a EE UU fuera de la guerra desencadenada por Hitler en Europa en 1939. La comparación es hiriente y quizá anacrónica, pero está siendo utilizada por algunos analistas, Richard Haass entre ellos, para denunciar la peligrosa “tentación aislacionista” que ha hecho mella en el primario e inexperto Trump, pero que afecta igualmente a amplios sectores más sofisticados de los dos grandes partidos, como confirmó el relativo éxito de Bernie Sanders entre los jóvenes del Partido Demócrata.

En la influyente revista The National Interest, el profesor Barry R. Posen ha publicado un enjundioso ensayo con el siguiente título: “Los elevados costes y los limitados beneficios de las alianzas de Estados Unidos”, cuya conclusión es que los presupuestos norteamericanos van a estar sometidos a fuerte presiones en los próximos años y que, por ende, cualquier presidente “se verá forzado a una revisión para un reparto más equitativo de los gastos de defensa”. Los gastos militares estadounidenses superan en estos momentos la cifra estratosférica de los 600.000 millones de dólares anuales.

Hillary Clinton anuncia continuidad, pero no podrá sustraerse a algunas revisiones relevantes en la política exterior de Obama que ella tanto contribuyo a construir. Lo veremos con detalle en un próximo artículo.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: