Posteado por: M | 22 agosto 2016

Diplomacia y poder militar en el mundo de Clinton

Frente a la inexperiencia política y la excentricidad de Trump, la candidata del Partido Demócrata a la presidencia, Hillary Rodham Clinton, atesora una descollante hoja de servicios como primera dama de EE UU (1993-2001), senadora por Nueva York (2001-2009), aspirante frustrada a la Casa Blanca en 2008 y secretaria de Estado durante el primer mandato de Barack Obama (2009-2013), de manera que conoce todos los entresijos del peso de la púrpura y puede considerarse como un arquetipo del establishment, más familiarizada con Wall Street que con Main Street (la calle del común de los mortales), como arguyen sus críticos y algunos de sus correligionarios. Primera mujer que logra la designación como aspirante presidencial por uno de los dos grandes partidos, si consigue sentarse en el despacho oval, ahora que parte como favorita, habrá culminado con admirable tenacidad su brillante cursus honorum, como los patricios de Roma. ¿Qué política exterior cabe esperar de ella en una época muy turbulenta, incierta y arriesgada?

Un amplio sector de la opinión publicada tiende a ver en Clinton la continuadora de Obama, aunque con más experiencia y más edad (69 años); pero existe una considerable distancia entre el carácter y las opciones estratégicas de ambos, como se deduce de la mera lectura del libro de aquélla, titulado Hard Choices (Decisiones difíciles), el segundo volumen de sus memorias (2014), en el que ofrece un relato pormenorizado de su gestión como secretaria de Estado, una crónica pro domo sua de la marcha del mundo: visitó 112 países y recorrió más de un millón de kilómetros, según recuerdan sus hagiógrafos. Su victoria no significará un tercer mandato de Obama, ni mucho menos una mimética continuidad.

No obstante, está abierto y hasta enconado en época electoral el debate sobre si fueron más relevantes sus aciertos que sus errores, aunque nadie puede negarle el conocimiento de los problemas mundiales y su agotadora experiencia diplomática con los grandes líderes. “Todos los norteamericanos necesitan un campeón, y yo deseo ser ese campeón”, puede escucharse en uno de los vídeos difundidos en las redes sociales con el que pide el voto. Trump y sus corifeos republicanos tratan de vincularla con todos los fracasos que atribuyen a Obama, desde Siria y Libia al llamado e-mailgate, el escándalo de los mensajes a través de un servidor privado.

La campaña electoral de Clinton está perturbada por dos cuestiones vidriosas que afectan a su honradez personal y su comportamiento heterodoxo como secretaria de Estado. Durante muchos años, la fundación de los Clinton (Bill, Hillary su hija Chelsea) recibió donaciones multimillonarias de países (Arabia Saudí, Qatar, Kuwait, Omar, Brunei y Argelia) y personas (un oligarca ucraniano y un empresario libanés-nigeriano) susceptibles de recibir un trato de favor por parte de la administración norteamericana. Arabia Saudí fue el más generoso de los donantes, entre los 10 y los 25 millones de dólares, según los cálculos del New York Times, un periódico generalmente positivo y complaciente con la candidatura de Clinton. Probablemente se trata de donaciones legales, pero muy sospechosas de buscar recompensas.

La imprudencia de los mensajes

 El segundo problema que ensombrece su gestión concierne a la galaxia digital. Consiste en que durante sus cuatro años al frente del departamento de Estado, en contra de las advertencias expresas de sus consejeros y de las normas oficiales, Clinton siguió utilizando un servidor privado de internet para canalizar algunos de sus mensajes, fácil presa de los piratas informáticos y, por ende, creando un riesgo innecesario para la seguridad nacional. El 19 de agosto, un juez federal citó a Clinton para que preste declaración bajo juramento sobre las razones que la llevaron a utilizar un servidor privado para enviar y recibir mensajes, una práctica imprudente en contravención de los criterios establecidos por el departamento de Estado, investigada por el FBI. El archivo compilado por Wikileaks contiene más de 30.000 mensajes y documentos enviados o recibidos por Clinton a través de un servidor privado mientras fue secretaria de Estado.

Frente a la visión de un país decadente y el mensaje pesimista de Trump, la candidata del Partido Demócrata pretende transmitir confianza en el futuro, pero no logró vencer las resistencias que le opusieron en la convención de Filadelfia los más recalcitrantes partidarios del también aspirante Bernie Sanders, senador por Vermont, los jóvenes airados, defensores de un socialismo vegetariano y pacifista, que llegaron a abuchearla cuando se supo que el comité nacional del partido, en vez de mantener la neutralidad entre los candidatos, la había favorecido descaradamente. Distante, reservada y a veces esotérica, no despierta un gran entusiasmo, ni siquiera entre los demócratas, y la mitad aproximadamente de los encuestados en todo el país tienen de ella una opinión francamente mejorable, si no negativa.

En 1964 formó parte de las jóvenes que apoyaron al candidato presidencial republicano, Barry Goldwater, senador reaccionario y guerrero, pero pronto se convirtió al progresismo en los asuntos internos, probablemente influida por el ambiente de la facultad de derecho de la universidad de Yale, donde se hizo abogada. Manifestó su admiración por el presidente demócrata Lyndon Johnson (1963-1969), que sacó adelante la ley de derechos civiles, y no puede decirse que tuviera gran interés por la política exterior, ni que participara de la fiebre antibelicista que se apoderó de muchos estudiantes norteamericanos amenazados por la guerra de Vietnam. Los biógrafos la presentan como más implicada en la defensa como abogada de los Panteras Negras, o como acusadora en el proceso de impeachment (destitución) contra el presidente Nixon, que en las manifestaciones contra la guerra de Vietnam.

En el primer volumen de sus memorias, Living History (Historia viva), Clinton se refirió a la guerra de Vietnam como “un trágico error”, al que apenas si dedicó dos de las 600 páginas de la edición española, olvido y desdén incomprensibles sobre el acontecimiento decisivo de los años 60 del pasado siglo, la primera conflagración perdida por Estados Unidos, en el paroxismo de la guerra fría, que costó la vida a unos 60.000 soldados norteamericanos y tres millones de vietnamitas, provocó la devastación aquel país con unos bombardeos terroríficos y removió hasta tal punto la conciencia de muchos norteamericanos que produjo punzantes e inolvidables relatos en la literatura, el documental y el cine.

¿Cuáles son sus ideas sobre la política exterior? Al igual que su marido, Hillary Clinton está situada en el campo de los llamados liberales intervencionistas o internacionalistas, una tendencia muy fuerte en el Partido Demócrata desde Franklin Roosevelt (1933-1945), con frecuencia disfrazada o envuelta en principios morales y democráticos, cuya correspondencia europea sería la socialdemocracia más templada, pero no pacifista ni apaciguadora. En la dicotomía y la controversia tradicional entre idealistas y realistas, con Thomas Woodrow Wilson y Henry Kissinger, respectivamente, a la cabeza de esas escuelas o tendencias, la ex secretaria de Estado se sitúa en una posición intermedia, siguiendo la estela de su marido, persuadida de que la política exterior necesita apoyarse tanto en los intereses como en los principios si desea captar la imaginación popular y justificar los estratosféricos gastos militares.

Cree en la diplomacia siempre que esté respaldada por el poder militar y considera la OTAN como un instrumento imprescindible de la acción exterior y la cooperación con los aliados. Al señalar sus divergencias con Obama, muy marcadas en las crisis de Siria, Iraq y Libia, un editorialista del New York Times señalaba con precaución: “Ella {Clinton] se muestra algo más inclinada a intervenir militarmente”. Pero no puede olvidar que un sector muy relevante del Partido Demócrata, más amplio que el de los seguidores de Sanders, está contagiado por el virus aislacionista y xenófobo, antiglobalizador, que Trump exhibe y propaga sin complejos.

Otros comentaristas menos cautelosos la retratan vestida con el uniforme militar y recuerdan que votó en el Senado en favor de la invasión de Iraq (2003), “más halcón que la mayoría de los demócratas, pero menos de lo que desearían la mayoría de los republicanos”, según la expresión de James M. Lindsay, del Council of Foreign Relations. El diplomático y analista Richard Burt se expresó con más claridad en una entrevista publicada en The National Interest . “Ella [Clinton] está claramente inclinada a utilizar el poder norteamericano y, si fuera necesario, a aplicar una política unilateral para promover no tanto los intereses como los valores de Estados Unidos en el extranjero.” La diplomacia, según Clinton, sería inoperante sin la fuerza militar. Parece claro que no se arredra ante la guerra, sino todo lo contrario, es decir, que le van las operaciones militares, sobre todo, si tienen éxito.

Rememorando su actitud poco comprometida sobre la guerra de Vietnam, y tras analizar su desempeño como secretaria de Estado durante cuatro años, el profesor David Bromwich, de la universidad de Yale, en un retrato poco complaciente publicado en la revista The National Interest, presenta a Clinton como muy bien avenida con la guerra, o su invocación, acompañante inseparable de su acción diplomática. Tras explicar la catástrofe de Libia, en la que la secretaria de Estado desempeñó un papel decisivo, Bromwich termina sugiriendo que esas inclinaciones belicistas explican que varios notorios neoconservadores, con Robert Kagan a la cabeza, hayan declarado que “una presidencia de Clinton sería agradable para ellos”.

En cualquier caso, su nombramiento como secretaria de Estado en 2009 no fue una consecuencia de su preparación académica, ni siquiera de su interés intelectual por la geopolítica, sino el resultado de una maniobra del equilibrista Obama para cerrar las heridas abiertas en el Partido Demócrata por la dureza de la campaña de las elecciones primarias. Fue la recompensa ofrecida generosamente por el vencedor a la derrotada. Durante sus cuatro años en el cargo, Clinton fue fiel a las líneas maestras de la política exterior diseñadas por la Casa Blanca, pero las discrepancias estuvieron latentes y hoy podemos inventariarlas con precisión porque figuran en los libros, los informes diplomáticos y los discursos de los protagonistas.

Clinton presionó infructuosamente para aumentar el contingente militar en Afganistán en 2009, para mantener las tropas en Iraq después de 2011, para crear una zona de exclusión aérea en Libia y para armar y apoyar a los rebeldes sirios en 2011, cuando se produjo el alzamiento suní contra el régimen de Bachar Asad, pero tropezó con la resistencia o el rechazo de Obama y sus consejeros, como lamenta en sus memorias: “El fracaso en organizar una fuerza de combate creíble con los dirigentes de las protestas contra Asad creó un enorme vacío que los yihadistas se apresuraron a colmar”, aunque no está segura de que una intervención militar norteamericana hubiera servido para evitar el desastre. No obstante, reconoce que el de Siria es “un problema endemoniado”, intratable.

El poder inteligente

A la famosa dicotomía de hard power-soft power (poder duro, coercitivo o militar y poder blando o persuasivo), establecida por el profesor Joseph Nye en un libro publicado en 1990, la secretaria de Estado añadió un nuevo concepto, el de smart power o poder inteligente, una mezcla de ambos que incluye tanto los instrumentos militar y económico cuanto la innovación, la credibilidad, el espíritu empresarial y las nuevas tecnologías. En opinión de Clinton, el poder inteligente no se opone al militar, sino que lo precede o complementa, y alcanzó su genuina expresión en la guerra de Libia librada por la OTAN para derrocar a Gadafi en 2011.

Más intervencionista que realista, y aunque a veces utilizó los términos de “guerra humanitaria”, para referirse a la de Libia, Clinton evitó cuidadosamente cualquier referencia o alusión al programa de “Responsabilidad para proteger”, un compromiso global aprobado por la Asamblea General de la ONU en 2005, fundado en la limitación de la soberanía en casos de extrema gravedad, con el objetivo de proteger a las poblaciones de los crímenes y devastaciones de la guerra, las atrocidades y la violación de los derechos humanos, aunque la autorización para una intervención militar sigue exclusivamente en manos del Consejo de Seguridad y sometida el veto de las cinco grandes potencias. Los responsables de la política exterior con los últimos dos presidentes siempre han sido reticentes a una internacionalización de los conflictos que pudiera arrastrar a EE UU a una intervención militar no deseada o inconveniente.

Al igual que Obama, la candidata demócrata considera que “gran parte la historia del siglo XXI va ser decidida en Asia” y que, por ende, el eje de la estrategia se trasladará a la cuenca del Pacífico, donde la VII Flota norteamericana, cuya base principal se halla en Yokosuka (Japón), sigue garantizando el floreciente comercio y todos los intercambios entre el este y el oeste. Los grandes estrategas de Washington siguen empeñados en desmentir o contrarrestar la idea nacional-comunista de Mao Zedong de que “el Oriente es rojo”.

En 2011, Clinton escribió un artículo titulado “America´s Pacific Century”. El futuro de todos se juega en el Pacífico, el océano avistado por el español Núñez de Balboa y bautizado por el portugués Fernando de Magallanes. Un sector muy importante del Partido Demócrata compite con Trump en oponerse al Trans Pacific Partnership (TPP), el tratado comercial con los países de la cuenca del Pacífico. Si llega a la Casa Blanca, Clinton deberá componer no sólo con los republicanos en ambas cámaras del Congreso, sino con los poderes fácticos dentro y fuera de su propio partido. Un futuro muy enrevesado y apasionante.

 

 

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