Posteado por: M | 7 septiembre 2016

Obama se despide de Asia con más pena que gloria

Barack Obama se despidió de Asia, con escalas en Hangzhou (China) y Vientiane (Laos), y regresó a Washington con las manos vacías. Todos los problemas mundiales que ensombrecen el balance en política exterior del primer presidente negro –el tumulto de Oriente Próximo, el caos de Libia, la guerra larvada de Ucrania, las tensiones en el mar de China meridional, la pesadilla de Corea del Norte– siguen como estaban antes de la primera conferencia cumbre del G-20 celebrada en China. Triste sino diplomático de un presidente en los compases finales de su segundo y último mandato.  Obama se propuso dar seguridad a sus aliados en la región, para contrarrestar el ascenso de China; pero su mensaje principal quedó diluido en medio de la confusión o el fracaso de casi todas las iniciativas.

La entrevista con Vladimir Putin terminó como el rosario de la aurora y demostró, una vez más, la confrontación estratégica y, sobre todo, el insalvable abismo psicológico que separa a ambos jefes de Estado, como en los peores tiempos de la guerra fría. No fueron capaces de acordar un cese de hostilidades para detener la carnicería en Siria, por razones humanitarias, ni mucho menos para acabar con la guerra intermitente que se vive en las regiones orientales de Ucrania. Obama llegó al poder con el objetivo expreso de mejorar las relaciones con el Kremlin, de abrir una nueva etapa en favor de la cooperación y el desarme, pero deja la situación mucho peor de lo que estaba hace ocho años y confirma el retroceso estratégico que tanto le reprochan sus adversarios políticos internos y algunos de sus aliados.

Los líderes del G-20, integrado por los 20 países más desarrollados o de economías emergentes, ni siquiera aceptaron un plan ideado por China para estimular el raquítico crecimiento mundial y se limitaron a una suave reprimenda del proteccionismo en un comunicado anodino, insuficiente a todas luces para contrarrestar el recelo creciente ante la globalización que se manifiesta tanto en EE UU como en la Unión Europea. Los acuerdos comerciales transatlántico y transpacífico están en el aire, tanto por la oposición interna como por la reluctancia de algunos aliados. Una demostración suplementaria y palmaria de que el G-20 es incapaz de asumir la dirección estratégica de la economía mundial.

El nivel del termómetro de las relaciones de Estados Unidos y China, las dos primeras economías, resulta determinante para la salud general del mundo. Y Obama no ha sabido o podido mejorar la situación de profundo recelo y escaramuzas diversas. Ambas potencias económicas coinciden y rivalizan con la tercera, el Japón, en la llamada cuenca del Pacífico, el océano del porvenir, el espacio de confluencia y conflicto, el objetivo principal y declarado de la estrategia global del presidente norteamericano, cuya salida del escenario se representó precisamente en una gran urbe china, Hangzhou, bella ciudad en el delta del Yangtsé, el “río largo” que divide al país en dos y le suministra toda clase de recursos, con motivo de la cumbre del llamado G-20, el foro que reúne a los dirigentes de los 20 países con las mayores economías para la coordinación de sus políticas.

Desde Hangzhou, algunos de los participantes en la cumbre del G-20, con Obama a la cabeza, se trasladaron a Vientiane, capital de Laos, un país que sufre el régimen comunista más hermético, represivo y paranoico, si se exceptúa el de Corea del Norte, para asistir a la conferencia anual de la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN), uno de esos organismos burocratizados, pomposos e inoperantes, creado en 1967 por iniciativa de EE UU, en el paroxismo de la guerra de Vietnam, pero que hoy acoge a 10 países, algunos de ellos comunistas –Camboya, Vietnam, Laos–, pero de capitalismo disfrazado de “nuevo mecanismo económico”, empeñados en promover la cooperación regional y sacar partido de la rivalidad creciente entre Washington y Beijing.

La visita de unas horas de Obama a Vientiane estuvo presidida por los malos recuerdos de la guerra de Vietnam, la voluntad de restañar las heridas morales y desactivar las bombas sin estallar que siguen matando a campesinos laosianos 40 años después del fin de la conflagración. Laos ostenta un récord siniestro: el del país más bombardeado de la historia en términos relativos (toneladas de bombas por habitante), víctima colateral de la guerra de Vietnam, santuario del Vietcong, pequeño territorio en el que se desarrolló una guerra secreta del ejército y los servicios especiales norteamericanos contra los comunistas vietnamitas y sus aliados laosianos. Obama expresó sus remordimientos, como corresponde con su talante, y prometió 90 millones de dólares de ayuda en tres años, además de la cooperación necesaria para impedir que las proyectadas presas en el río Mekong y sus afluentes provoquen un conflicto con los vecinos y un desastre ecológico.

El optimismo interesado de Biden

El undécimo viaje de Obama a Asia será el último de los que realice como presidente, pues se halla a cuatro meses de su mutis definitivo del tablero mundial con un balance decepcionante si se juzga por las expectativas entusiastas y exorbitantes que su llegada a la Casa Blanca suscitó en enero de 2009. El vicepresidente Joseph Biden, luego de ocho años a la sombra de Obama, como manda la tradición, acaba de publicar en la revista Foreign Affairs (número de septiembre-octubre de 2016) un largo adiós que también es una apología de su gestión: “Ningún país está mejor posicionado que Estados Unidos para mandar [dirigir] en el siglo XXI. Pero vale la pena recordar que nuestro papel indispensable en el mundo no es inevitable.”

Un juicio cauteloso y realista que, sin embargo, se acompaña con un pronóstico expresa y exageradamente optimista, como cabía esperar del político secundario en el trance de su despedida: “Por nuestras inversiones internas y nuestros compromisos exteriores –escribe Biden–, Estados Unidos está llamado a permanecer como el poder preeminente en los decenios venideros. En más de 40 años de servicio público, nunca fui más optimista sobre el futuro de nuestro país, a condición de que mantenga su liderazgo.”

En cualquier caso, la presidencia de Obama se cierra con un gran interrogante en medio del fragor de muchas batallas y el ruido de innumerables conflictos. Inclinado temperamentalmente hacia el compromiso y el apaciguamiento, en la conferencia de prensa de la cumbre de Hangzhou, el presidente norteamericano evitó cuidadosamente cualquier referencia a los asuntos conflictivos con China. Una escapatoria diplomática para no empeorar la situación. Pero no pudo evitar un  deplorable incidente con el presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, después de que éste rechazara airadamente, con insulto incluido, una sugerencia de la Casa Blanca para la suspensión de la campaña de ejecuciones extrajudiciales contra los narcotraficantes (2.000 ejecutados en tres meses), que aparentemente cuenta con el respaldo de los electores y la opinión pública filipinos.

Cuando el presidente filipino pidió perdón por el exabrupto, ya era demasiado tarde. Obama canceló la entrevista programada con Duterte, que debía celebrarse en Laos, y cuando se le preguntó por las relaciones entre EE UU y Filipinas, se perdió en generalidades y lugares comunes para no decir nada sobre las tensiones en el mar de China meridional y la resolución reciente de la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya en favor de la reclamación presentada por el gobierno de Manila y en contra de las pretensiones de Beijing. El encontronazo con el presidente filipino reafirmará las críticas de los que consideran que la Casa Blanca asistió sin mover un dedo a la militarización por China de los islotes artificiales en las aguas tan duramente disputadas con los otros países ribereños, crónico motivo de fricción.

¿De qué liderazgo escribe Biden cuando es evidente que la política exterior norteamericana de los últimos ocho años ofrece un balance objetivamente muy poco halagüeño? El repliegue militar, el pacifismo y el apaciguamiento, la constante invocación del derecho internacional sin coerción, el empeño en rebajar o enmascarar la amenaza del terrorismo islamistas, el diálogo exasperante con los enemigos y las vacilaciones o pasividad ante las potencias emergentes dieron un vuelco a la situación internacional en perjuicio de la credibilidad, la influencia y el liderazgo de EE UU. El único gran éxito de Obama fue el de convencer a la opinión pública de que con Bush fue mucho peor, pero el descrédito del intervencionismo de éste no puede ocultar la carencia de una alternativa coherente.

La guerra general en el Gran Oriente Próximo, el caos de Libia, el precario acuerdo nuclear con Irán, las pésimas relaciones con Rusia, las tensiones crecientes en el mar de China meridional y el camino revisionista-militar emprendido por el Japón confirman la fatiga imperial que acompañó a Obama y el amenazante panorama en que habrá de moverse su sucesor. Si el XX fue “el siglo estadounidense”, ¿a qué país se adjudicará la centuria en que vivimos?  China no está preparada para asumir esa muy pesada carga y su eventual expansionismo más bien sería un problema para EE UU que una solución., pues las rivalidades en Asia son tan acusadas que reclaman un árbitro exterior para mitigarlas. No obstante, y principalmente en razón de sus fabulosas reservas de divisas, el régimen comunista chino, que no ofrece ningún signo de apertura, recibe tantos halagos como peticiones de préstamos.

Según Biden, EE UU será la potencia indispensable pero no inevitable, entre otras razones, porque está actualmente sacudida por las turbulencias de la introspección interna, el populismo y el aislacionismo. Una crisis espiritual y social alimentada por las lucubraciones del mundo académico y refrendada por el empobrecimiento y el desasosiego de la clase media que reflejan todas las encuestas.

Nada más tomar posesión, Obama anunció a bombo y platillo un viraje estratégico para responder al creciente poderío de Asia, con China a la cabeza, quizá por contraste con la pérdida de impulso por parte de la vieja Europa, claramente fatigada. El diplomático y ensayista Kurt Campbell, que fue subsecretario de Estado para los Asuntos de Asia y el Pacífico y consejero del presidente, acaba de explicar y defender ese cambio de orientación en el libro titulado The Pívot. The Future of American Statecraft en Asia (2016), que podríamos traducir como “El Eje. El futuro de la política de EE UU en Asia”, cuya conclusión es que el porvenir norteamericano vendrá determinado inexorablemente por los acontecimientos en Asia y el Pacífico, bajo el impacto duradero de la emergencia de China como gran potencia competidora en todos los órdenes.

Ante el protagonismo geopolítico de China, Obama descartó cualquier idea de confrontación y buscó el apaciguamiento y el diálogo a través de un foro bilateral –Diálogo económico y estratégico EE UU-China— cuya última sesión se celebró en Beijing el 6 y 7 de junio de 2016 con resultados precarios. Las dificultades económicas por las que atraviesa China y la campaña electoral norteamericana dejaron en suspenso todos los asuntos espinosos: las tensiones en el mar de China meridional, el protectorado que China ejerce sobre Corea del Norte, las alianzas militares de EE UU con Japón y Corea del Sur, el ciberespionaje, los problemas comerciales bilaterales y la defensa de la globalización.

El resultado no fue mejor en la entrevista que Obama mantuvo con el presidente chino, Xi Jinping, al margen de la cumbre del G-20. Los funcionarios chinos y norteamericanos sólo coincidieron en susurrar que no se había realizado ningún progreso para aplacar las tensiones, “la discordia y la creciente animosidad” en las cuestiones comerciales o estratégicas. La Casa Blanca y el ministerio chino de Asuntos Exteriores, en declaraciones paralelas, emplearon el mismo término para describir el encuentro: “candid” (franco, sincero), lo que en la jerga diplomática significa “tensas conversaciones y escasos resultados”. La cooperación entre ambos presidentes se limitó a la ratificación del acuerdo de París (2014) sobre el cambio climático, en un acto protocolario en vísperas de la inauguración de la cumbre económica de Hangzhou.

Desacuerdo general con Beijing

El ambiente fue el propio de un fin de reino. Obama se marcha y Xi Jinping tendrá que parlamentar con su sucesor en la Casa Blanca, que probablemente será menos entusiasta con el balance del coste/beneficio de la globalización. Según los comentaristas chinos, citados por el diario hongkonés South China Morning Post, el presidente norteamericano insistió en la seguridad marítima en el mar de China meridional y el respeto de los derechos humanos, asuntos de discordia antigua y persistente, pero se mostró más preocupado por su legado diplomático sobre el cambio climático. “Aparentemente, lo mejor que China y EE UU pueden hacer en estos momentos es coincidir en su desacuerdo sobre casi todos los asuntos bilaterales”, recalcó un analista de la Universidad de Beijing.

Las tensiones en el mar de China meridional son el fruto envenenado de un contencioso complejo y multilateral que ensombrece las relaciones entre los dos países, aunque no los enfrenta directamente, sino a través de terceros. Washington reitera que no tiene pretensiones territoriales en la región, pero reclama el respeto escrupuloso de la libertad de navegación y sobrevuelo. China y varios países del sureste asiático se disputan la soberanía o el interés económico de numerosos islotes en los archipiélagos de las Spratley y las Paracelso, sus reservas pesqueras y los probables yacimientos de gas y petróleo. Desde 2014, Beijing procede a construir diversas instalaciones en unos islotes artificiales que le permiten reforzar su presencia militar en la zona, pero la reciente resolución de la Corte Permanente de Arbitraje (12 de julio de 2016), aceptando la reclamación de Filipinas, dejó bien sentado que la soberanía china no puede conculcar los derechos marítimos de los países ribereños.

La Corte de Arbitraje declaró por unanimidad que los pretendidos “derechos históricos” de China sólo son atendibles si no están en contradicción con lo dispuesto en la Convención de la ONU sobre el Derecho del Mar (CDM o UNCLOS en sus siglas en inglés), aprobada en 1982 y en vigor desde el 16 de noviembre de 1994, ratificada por China en 1996. Es decir, la norma internacional codificada por las Naciones Unidas, que revisa, ordena y actualiza toda la legislación marítima anterior, prevalece sobre unos sedicentes derechos históricos de muy difícil concreción, esgrimidos de manera intermitente o abusiva y en perjuicio de los intereses legítimos y compartidos de otros países ribereños. “Si esos derechos existieron en algún momento –arguyeron los magistrados de La Haya–, se extinguieron en la medida en que son incompatibles” con lo estipulado en la citada convención.

Lejos de resolver el problema, el veredicto internacional, inmediatamente recusado por los dirigentes chinos, exacerbará probablemente las tensiones en una de las áreas más conflictivas del mundo, donde chocan directa o indirectamente los intereses, las alianzas, los cálculos estratégicos y las pasiones de China y EE UU. Beijing acusa a Washington de tomar partido en las disputas e intervenir subrepticiamente detrás de las maniobras de la VII Flota. La Casa Blanca, por su parte, recuerda a los dirigentes chinos que deben respetar la legislación internacional y terminar con las medidas coercitivas contra sus vecinos ribereños. Una escalada de acusaciones y agravios que desemboca en un genuino diálogo de sordos.

Las cuestiones económicas, lejos de aproximar a las dos primeras potencias, las separan ostensiblemente y las abocan al conflicto, como reflejan cotidianamente los discursos y las encuestas de la campaña electoral norteamericana. En los últimos meses, el secretario norteamericano del Tesoro, Jacob Lew, criticó acerbamente “la distorsión” causada en los mercados mundiales por la superproducción china, sobre todo, en lo que concierne al acero y el aluminio. China produce la mitad del acero mundial, pero su consumo interno no es suficiente para absorber esa producción, a pesar del efecto multiplicador sin precedentes derivado de la desenfrenada construcción de viviendas e infraestructuras diversas.

Tanto el candidato del Partido Republicano, Donald Trump, como gran parte del Partido Demócrata, incluida la candidata Hillary Clinton, han hecho de “la agresividad comercial china” uno de los motivos cruciales de sus críticas contra la globalización y el dumping. Puede anticiparse, pues, que el próximo presidente de EE UU, aunque mantenga la estrategia del “eje asiático”, se mostrará mucho menos complaciente que Obama en sus relaciones con los dirigentes chinos. Beijing replica que EE UU y las potencias europeas aplaudieron cuando China se convirtió en la locomotora del crecimiento mundial y contribuyó de manera decisiva a mitigar los desastres de la crisis que estalló en todo Occidente en 2008.

China se presenta, además, como defensor a ultranza de la globalización y dinamizador económico de todos los países de la zona de su mayor influencia, algunos de ellos aliados de EE UU, a través del Banco de Inversión para las Infraestructuras Asiáticas, y acelera sus gestiones para que el yuan se convierta en una divisa internacional, en competencia con el dólar. La moneda china ya forma parte, junto con el dólar, el yen y el euro, de la cesta de divisas que sirven al Banco Mundial para calcular los derechos especiales de giro (DEG), conocidos en inglés como Special Drawwing Rights (SDR), una unidad de cuenta utilizable en el comercio internacional por los países miembros del Fondo Monetario Internacional (FMI).

Los planes de Beijing para construir una nueva ruta de la seda, un nuevo ferrocarril que comunique China con Occidente, a través de Asia central, con un presupuesto de 1,4 billones de dólares, pueden tener un impacto en Asia muy superior al que el Plan Marshall tuvo en Europa después de 1945, según los cálculos de las autoridades chinas. El gigantesco proyecto, conocido como One Belt, One Road (OBOR), que incluiría una ruta marítima, probablemente a partir de Hong Kong, fue anunciado por el presidente chino en septiembre de 2013 y está siendo utilizado, con resultados discretos, para promover la cooperación con los países asiáticos que se verían afectados o beneficiados.

 

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