Posteado por: M | 18 septiembre 2016

La Unión Europea confirma su crisis existencial en Bratislava

No resulta fácil calibrar el nivel del euroescepticismo en la opinión pública ni tomar el pulso a la empresa europea después de que los electores británicos decidieran abandonarla, pero la tediosa reunión del Consejo Europeo en Bratislava del 16 de septiembre confirmó que los jefes de Estado y de gobierno de los 27 Estados miembros de la Unión Europea (UE) no han encontrado la salida del laberinto. El presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker; el presidente francés, François Hollande, y la cancillera de Alemania, Angela Merkel, coincidieron en señalar “la crisis existencial” y “la situación crítica” del proyecto europeísta, el llamativo diagnóstico de una enfermedad grave que se compadece mal con la lasitud y los precarios remedios que se proponen para conjurarla.

La cumbre informal en el castillo medieval de la capital de Eslovaquia, a orillas del Danubio, apremiada por el presidente del Consejo, el polaco Donald Tusk, como una ocasión pintiparada “para retomar el control” después del Brexit, no fue más allá de las palabras rituales y la foto de familia. Ninguna iniciativa consistente para olvidar la situación caótica creada por la crisis de los inmigrantes, la débil recuperación económica, las demandas de una mayor seguridad interior, puesta en entredicho por los ataques terroristas, y el avance impetuoso de los populismos de derecha e izquierda que socavan los cimientos del proyecto común.

Si el portazo británico en el referéndum del 23 de junio fue como el ruidoso despertar de una pesadilla que se extiende por todo el continente, resulta obvio que los líderes europeos no han encontrado la convicción ni el impulso político pertinente para contrarrestarla. Las contradicciones norte-sur, este-oeste, siguen su curso inexorable. La persistencia de la cura de austeridad irrita a los líderes izquierdistas de la Europa del sur (Italia, Grecia, Portugal), pero carecen de fuerza económica y músculo financiero para torcer el rumbo impuesto por Berlín y sus aliados del norte.

La defección del Reino Unido, las pulsiones nacionalistas y el incremento de los sentimientos antieuropeos han insuflado nuevos ánimos a los partidos, las organizaciones y los comentaristas que abogan claramente por “El retorno de la Europa de los Estados-nación”, título de un llamativo artículo publicado en la influyente revista norteamericana Foreign Affairs por Jakub Grygiel, un analista del Center for European Policy Analisis. Un conjunto de Estados-nación bien coordinados, tejiendo alianzas ad hoc para proteger los intereses comunes y dispuestos a cooperar en los asuntos candentes, sería preferible, según el citado analista, que “la jungla anárquica de los gobiernos en pugna”.

La reunión de Bratislava concluyó con un comunicado anodino, señalando “una hoja de ruta”, y una nota discordante del jefe del gobierno italiano, Matteo Renzi, que abandonó precipitadamente el cónclave para protestar por la nula atención prestada a los problemas económicos y la marginación a que lo sometieron el presidente Hollande y la cancillera Merkel, quienes ofrecieron una conferencia de prensa conjunta para indicar de manera voluntarista que la locomotora franco-alemana sigue en marcha, a pesar de sus reiteradas averías. Renzi pretendía un directorio triangular, ya ensayado en Ventotene (Italia), a finales de agosto, y lógicamente se sintió preterido y quizá humillado por no haber sido invitado a la comparecencia ante los periodistas de los líderes francés y alemana.

La declaración conjunta con la hoja de ruta insiste en la gesticulación retórica y huera: “Estamos comprometidos a ofrecer a nuestros ciudadanos, en los meses venideros, la visión de una Europa atractiva en la que puedan tener confianza y a la que puedan apoyar.” Lo de los meses venideros encubre un aplazamiento sine die. Se trata de un reconocimiento implícito de que las cosas no se hicieron bien en los últimos años y el propósito de no repetir “los errores del pasado”. La previsión es que los líderes europeos vuelvan a reunirse en Malta, luego por dos veces en Bruselas y acaben su periplo en Roma, el 25 de marzo de 2017, para conmemorar el 60 aniversario de la firma del tratado fundacional de la Comunidad Europea en el Capitolio romano.

La inflación de las cumbres rutinarias resulta alarmante, por más que incluyan un recorrido turístico por el Danubio. ¿En qué consistirá el atractivo cuya concreción fue aplazada en Bratislava como en tantas otras ocasiones? ¿Qué pueden ofrecer a sus socios el presidente Hollande y la cancillera Merkel, cada día más impopulares, con el panorama político interno dominado por las campañas para las elecciones presidenciales y legislativas del año próximo?

La prioridad de los reunidos en Bratislava correspondió a la defensa y la seguridad, para responder a las inquietudes del Grupo de Visegrad, integrado por Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia, defensor acérrimo de la soberanía nacional, que se opuso con éxito a las cuotas de inmigrantes impuestas por la Comisión y obligó a Juncker a dar marcha atrás en su pretensión de repartirlos burocráticamente tras el caos fronterizo desatado en 2015, entre otras causas, por la política de puertas abiertas preconizada por Merkel y secundada a regañadientes por muchos de sus socios. En su discurso ante el Parlamento Europeo sobre el estado de la Unión, el 14 de septiembre, el presidente de la Comisión trató de zanjar la cuestión al reconocer que “la solidaridad no se puede imponer”.

El objetivo de la UE, como señaló el presidente Tusk, consiste en “no permitir nunca más la llegada incontrolada de refugiados”, que la cancillera Merkel expresó con menos intensidad: “Se ha decidido detener la inmigración irregular”, lo que equivale a una apuesta, aunque sea en diferido, en favor de “la Europa fortaleza”, aunque despojada de sus veleidades federalistas. Las fronteras se reforzarán con nuevas medidas y más presupuesto (guardia fronteriza, registros informáticos, acuerdo con Turquía), al mismo tiempo que se mejorarán los mecanismos de la lucha contra el terrorismo. Nada se avanzó sobre Libia y los deseables acuerdos con algunos países de África que se han convertido en plataformas de la emigración.

Los problemas de la UE ya no pueden resolverse con el arbitrio de “más Europa”, según el sueño de los federalistas, cuando resulta que el proyecto federal es una entelequia, cuando el sentimiento antieuropeo crece por doquier y que varios Estados miembros denuncian sin ambages “el gentil monstruo de Bruselas”, el ogro burocrático como sucedáneo del gran hermano, en la línea del intelectual alemán Hans Magnus Enzensberger, o reclaman abiertamente la devolución de algunas competencias que actualmente ejerce la Comisión con tantos funcionarios como escasa sensibilidad. Como confirman todas las encuestas, el exceso reglamentario de Bruselas y la hipertrofia burocrática, dos fenómenos entrelazados, tuvieron una influencia decisiva en el triunfo del Brexit.

Problemática política de defensa

Las cuestiones de la defensa ocuparon gran parte de las discusiones de Bratislava porque Francia propuso nada menos que la creación de un Cuartel General comunitario y un incremento sustancial de la cooperación militar. La idea de un Ejército paneuropeo es tan vieja como la de la unión económica, pero todas las propuestas en esa dirección fracasaron estrepitosamente desde que la Asamblea Nacional francesa guillotinó el proyecto de tratado de la Comunidad Europea de Defensa (CED), en agosto de 1954, por causa de la extraña alianza nacionalista de los seguidores del general De Gaulle con la izquierda comunista y socialista, cuando el jefe del gobierno a la sazón era Pierre Mendès France, tras el desastre de Diem Bien Fu que precipitó el fin de la guerra de Indochina.

Desde la creación de la OTAN (1949), Europa se encuentra bajo la tutela defensiva de EE UU, como se confirmó dramáticamente en las guerras que destruyeron Yugoslavia en los años 90 del pasado siglo y en la intervención contra la Libia de Gadafi  (2011), una operación concebida e impulsada por Londres y París, pero que tuvo que ser rematada por los norteamericanos. La idea de una política común de defensa fue recogida en el tratado de Ámsterdam (1999) que reformó las instituciones comunitarias, pero su realización es muy problemática cuando no inviable, muy debilitada por la defección del Reino Unido, el pacifismo alemán, la neutralidad irlandesa y la voluntad de todos los países de Europa central y oriental de mantener la absoluta primacía de la OTAN.

Las discusiones sobre la defensa se produjeron en un ambiente enrarecido por el reciente informe de la Cámara de los Comunes que denuncia en términos muy vigorosos la intervención franco-británica en Libia, de la que dice que fue lanzada de manera precipitada por David Cameron y Nicolás Sarkozy con pésima información sobre la situación interna del país. Las consecuencias están a la vista: el colapso político, la fractura del país, las tensiones interétnicas y la implantación del Estado Islámico en el norte de África.

En las actuales circunstancias, la autonomía defensiva de Europa es una quimera, pero la Unión Europea, sin tardar mucho, deberá responder a los dos grandes desafíos planteados por EE UU de manera apremiante: el traslado del esfuerzo militar norteamericano a la cuenca del Pacífico, según la estrategia iniciada por Barack Obama, y una mayor e inaplazable contribución de los europeos a los presupuestos de la OTAN como reclaman desde hace años el Pentágono y el establishment de Washington. La convulsión y las guerras en el Oriente Próximo, el terrorismo, las corrientes migratorias y el creciente poderío militar de la Rusia de Putin forzarán a la Unión Europea a definir su desempeño en un mundo cada día más complejo y agitado.

La salvaguardia de la seguridad, la protección del acervo común, la lucha contra el terrorismo, la influencia exterior, la consolidación del Estado del bienestar y la libertad del comercio y las comunicaciones dependerán en última instancia del tamaño, la composición y la moral de las fuerzas armadas, del hard power, del músculo militar, indispensable para que sea eficaz el ejercicio del soft power, el poder blando o cultural. Salvo que los europeos sigan secuestrados por la ilusoria pretensión de construir una Suiza neutral, refugio de los poderosos, de tamaño continental.

 

 

 

 

 

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Responses

  1. ESTE ARTÍCULO NOS DICE Y ENSEÑA LA VERDADERA REALIDAD YO POR MI PARTE TENGO QUE DECIR,QUE ESTOS SEÑORONES…A VECES SU COMPORTAMIENTO ES MAFIOSO.- http://www.viriato-viera.com. José Viera Gutiérrez.-


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