Posteado por: M | 24 septiembre 2016

El régimen de Putin se aleja de Occidente

Las escaramuzas y la hostilidad de fondo entre Moscú y Washington, inaugurada poco después de la llegada de Vladimir Putin a la presidencia (2000), ha degenerado en una guerra sangrienta en Siria, territorio devastado y fragmentado donde los norteamericanos y los rusos combaten por fuerzas interpuestas para alivio y ventaja de su teórico archienemigo común, el denominado Estado Islámico. Las relaciones entre las dos grandes potencias no han hecho más que empeorar desde que Obama llegó a la Casa Blanca en 2009. Las elecciones legislativas en Rusia y la supuesta intromisión del Kremlin en la campaña electoral norteamericana enconaron el enfrentamiento y dieron pábulo en la prensa a las más extrañas lucubraciones sobre el creciente despotismo de Putin y los riesgos que Donald Trump entraña para el sistema liberal norteamericano.

La aplastante victoria de Rusia Unida, el partido de Putin, en las elecciones legislativas del 18 de septiembre, con el 54 % de los votos (algo más de 28 millones) y 334 (+105) de los 450 escaños de la Duma Estatal, la cámara baja del parlamento federal, corroboraron los más negros presagios sobre el avance del poder absoluto y por ende la destrucción paulatina de las esperanzas democráticas que surgieron tras la disolución de la Unión Soviética en 1991 y que acompañaron a Boris Yeltsin en su errática y tumultuosa presidencia. La crisis económica, las sanciones internacionales por la anexión de Crimea, el retroceso del nivel de vida de la naciente clase media y el acoso constante contra la disidencia, dividida y desprestigiada, lejos de desgastar el poder de Putin y sus protegidos, sólo han servido para aumentarlo y endurecerlo.

Sólo otros tres partidos de los 14 que se presentaban entraron en la Duma, y todos ellos retrocedieron aparatosamente. El segundo fue el Partido Comunista de la Federación Rusa (PCFR), del incombustible Guennadi Ziuganov, extraviado en la nostalgia pétrea, que obtuvo el 13,35 % de los sufragios y 42 diputados, 50 menos que en 2011. Le siguió el Partido Demócrata Liberal (PDLR), ultranacionalista, dirigido por el muy veterano y vocinglero Vladimir Zhirinovski, con el 13,16 % de los votos y 39 escaños, 17 menos que hace cinco años. Completó el hemiciclo el partido Justicia Rusa, que logró el 6,21 % de los votos y perdió la mitad de sus efectivos, pues pasó de 41 a 23 diputados.

Esos tres partidos están dentro del “sistema” del Kremlin y conforman el acompañamiento necesario como compañeros de viaje, aunque democráticamente inocuos, para preservar el simulacro democrático. Según el nuevo modo de escrutinio, la mitad de los diputados (225) se elige por listas de partidos en un colegio único estatal, y el resto, por mayoría simple en distritos uninominales. En un intento por eludir las protestas en numerosas ciudades que se sucedieron tras las elecciones de 2011, el Kremlin designó como presidenta de la Comisión Electoral Central a Ella Pamfilova, una personalidad respetada que desempeñó el cargo de directora del organismo ruso encargado de la protección de los derechos humanos. Aunque se visualizaron algunas irregularidades, la impresión general es que en esta ocasión no fue necesario recurrir al fraude para garantizar el triunfo de los que mandan.

Quizá lo más llamativo fue la raquítica participación, la más baja desde la caída de la URSS, que descendió del 60 % en 2011 al 47,8 % de los electores. El escaso interés de la consulta por el resultado más que previsible, la apatía de muchos electores y el desprecio de otros alcanzaron sus cotas más elevadas en las dos grandes urbes del país, Moscú y San Petersburgo, donde la tasa de participación no llegó al 40 % de los inscritos (60 % en 2011). Todas las regiones rurales o periféricas, por el contrario, votaron en masa a favor de Rusia Unida.

El triste destino de los liberales

Los partidos liberales y democráticos, homologables con los que gobiernan en el Occidente, fueron barridos del panorama político al no alcanzar el mínimo del 5 % de los votantes para entrar en la Duma. El más conocido de ellos, el Yabloko, Partido Democrático Unido de Rusia, que insiste cada día con menos convicción en la defensa del pluralismo y la necesidad de una economía de mercado, solo obtuvo poco más del millón de sufragios (1,99 % de los votantes) y quedó fuera de la cámara, como ya lo estaba desde 2011. Deplorable debilidad y triste destino de los liberales en Rusia, que no es de ahora, sino que se considera una de las causas del éxito de la llamada Revolución de Octubre, el golpe de Estado bolchevique de 1917. El Estado autocrático, también vituperado como asiático, siempre derrotó a los reformistas.

Los intentos por aclimatar en Rusia el sistema occidental de gobierno y de remediar su atraso son la historia de una frustración, de las tensiones crónicas entre eslavófilos y prooccidentales que en la época contemporánea se remontan a la emancipación de los siervos de la gleba en 1861, pero también de los estallidos de violencia incontrolada incubados por la desesperación de las masas o la congelación de las reformas tras largos períodos de despotismo despiadado. La cólera popular es el subproducto de la falta de una genuina alternativa política, de algún mecanismo para mitigar las tensiones sociales. Una de las principales preocupaciones de Putin y sus allegados son precisamente esas protestas populares, de origen incierto, como en Georgia o Ucrania, que pueden afectar a las grandes ciudades del país y poner en tela de juicio la estabilidad tan arduamente conquistada.

Con más de 16 años en la cúspide del poder, pues resultó elegido presidente por primera vez en marzo de 2000, Putin ha levantado un Estado autocrático, bendecido por la Iglesia ortodoxa, que se alimenta ideológicamente del paneslavismo, la nostalgia imperial y la restauración de la grandeza de la patria después de la liquidación de la URSS. Tras el desorden y la incuria, la privatización venal y precipitada de los bienes del Estado, la corrupción de los oligarcas y las humillaciones padecidas durante la presidencia de Yeltsin, Putin se presentó como el arquitecto de la restauración. Más del 80 % de los rusos aprueba la gestión de Putin precisamente cuando los líderes de Occidente le imponen sanciones y la prensa socialdemócrata lo denigra como un autócrata desalmado.

Para muchos rusos nacionalistas, Putin encarna además la revancha por la dolorosa derrota de la guerra fría. En los oídos de la intelligentsia rusa aún resuenan las palabras del presidente George Bush (padre) en su mensaje al Congreso sobre el estado de la Unión, en enero de 1992: “Gracias a Dios, Estados Unidos ganó la guerra fría.” Apenas un mes después de la caída de Gorbachov y de que la bandera roja con la hoz y el martillo fuera arriada en las almenas del Kremlin.

“La gente está insatisfecha, pero nos asusta el cambio. Gorbachov tenía buenas ideas, pero ya sabemos como terminó todo aquello. No quiero que Rusia sea destruida.” Estas palabras de una ciudadana moscovita, citadas por el corresponsal de la revista británica The Economist, resumen bastante bien la tesitura y los intereses inmediatos de muchos de los rusos que acudieron a votar en las grandes ciudades. La aceptación pasiva de un sistema autoritario como el de Putin, en el que la represión no es masiva, pero sí selectiva y suficiente, se fortalece, entre otros motivos, por el resentimiento antioccidental y el miedo al retorno de un pasado reciente que experimenta con especial acuidad esa clase media urbana, la que se abstiene o vota con los recuerdos vivos, las expectativas fallidas y la nariz tapada.

A Mijail Gorbachov le corresponde la gloria histórica de haber dinamitado un sistema que se proclamaba eterno y del que parecía imposible cualquier salida, pero también el tremendo error de no darse cuenta de que el comunismo, por su propia naturaleza, era irreformable. Gorbachov, a sus 85 años, sigue siendo uno de los hombres más vilipendiados de Rusia. Yeltsin izó las banderas de la Rusia eterna y la democracia prometida, fue aclamado como un héroe en EE UU, pero fue incapaz de domeñar las tensiones incoercibles que fueron desatadas por la destrucción del imperio, la lucha feroz de clanes y oligarcas, las guerras de Chechenia, la corrupción rampante, las humillaciones que le propinó Occidente y los estragos de su dipsomanía.

Como certifica el historiador Geoffrey Hosking, de la universidad de Oxford, “la panacea occidental resultó desastrosa al ser aplicada en Rusia”. Los jóvenes economistas que rodearon a Yeltsin, muy influidos por el “Consenso de Washington”, las recomendaciones neoliberales formuladas en 1989 por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, ejecutaron un programa masivo de privatización de las empresas estatales, rebajas arancelarias y liberalización de los precios, que implicaron la transferencia de inmensos recursos a los oligarcas, la ruina del Estado y la postración del temible Ejército Rojo en sus cuarteles destartalados. La hiperinflación acabó por generalizar el descontento.

Sobre esos escombros, Putin ha levantado de nuevo el Estado, un poder fuerte y centralizado, vertical, que controla todos los resortes políticos y administrativos; ha sometido a los oligarcas, por las buenas o por las malas, aunque siguen infiltrados en las altas esferas del Estado; terminó con la guerra de Chechenia, combate implacablemente al terrorismo y ha recuperado gran parte del terreno perdido en el frente exterior, como confirman la intervención en Siria, la aproximación a China, el alejamiento de Occidente, la amputación territorial de Georgia, la anexión de Crimea y la guerra larvada en las regiones orientales rusófonas de Ucrania. El Estado de derecho voló por los aires, los partidos políticos han dejado de ser representativos y florecen las camarillas clientelares que engrasan la corrupción, típicos ingredientes de un régimen de oligarquía y caciquismo.

La memoria de la guerra fría

Como si hubiéramos regresado a la guerra fría o la distensión, los académicos y analistas norteamericanos se interrogan sobre la Rusia de Putin, su pasado y su realidad euroasiática, sus ambiciones, sus poderes y debilidades, con el ciberespionaje y la máquina de propaganda catódica como nuevas herramientas de un sistema estrechamente vinculado con los aparatos de seguridad, en el mismo momento en que surgen rumores incontrolables sobre los arcanos del Kremlin y la probable creación de un nuevo KGB, el temible servicio secreto soviético en el que Putin inició su carrera. Vuelven a sonar los ecos de la política de contención del comunismo propugnada por el diplomático George Kennan, destacado en Moscú, en un artículo célebre publicado en la revista Foreign Affairs, titulado “Las fuentes del comportamiento soviético” (julio de 1947) y que guió la política exterior norteamericana de “contención del comunismo” inaugurada por el presidente Harry S. Truman.

Los analistas rusos exiliados ocupan el proscenio. Andrei Piontkovsky y Nina Jruschova, tras subrayar la reconstitución en marcha del régimen autocrático, coinciden en señalar que Putin, ante todo, está inquieto por su futuro personal, “por su deseo de gobernar Rusia mientras viva”. Joseph Nye, estudioso del poder político, profesor de Harvard, considera que Rusia, aunque es una potencia en declive, “aún representa una verdadera amenaza para el orden internacional en Europa y más allá”, aunque añade que sería un grave error el tratar de “aislarla por completo”. La audacia exterior de Putin, por tanto, estaría en contradicción con los recursos muy limitados de que dispone ahora que el precio del barril de petróleo se estrella en la barrera de los 50 dólares.

En general, la opinión sobre Putin forjada en Occidente ha experimentado un cambio radical, de manera que el líder modernizador, fiable, previsible y conciliador de sus comienzos se ha convertido en “un agresivo revisionista” del orden internacional. Otra conjetura occidental, sin embargo, sostiene que la agresividad exterior del Kremlin obedece al deseo de ocultar las debilidades de la gran potencia. Prevalece una visión muy negativa, hasta el punto de que el historiador Timothy Snyder acaba de publicar un largo artículo en el New York Times para divulgar la hipótesis de que “la persona que más influye en Putin no es Vladimir Lenin, el fundador del sistema comunista, sino más bien Iván  Ilyin, un profeta del fascismo ruso”, rehabilitado tras la disolución de la URSS.

Desde Moscú, la perspectiva cambia. Más que un líder revisionista del orden internacional, como lo presentan en Occidente, Fiodor Lukianov, director de la revista oficiosa Russia in Global Affairs, sostiene que Putin “meramente responde a las revisiones temporales del orden global que el Occidente ha tratado de hacer permanentes” para imponer la hegemonía norteamericana. Advierte Liukanov: “Al actuar en Ucrania y Siria, Rusia dejó clara su intención de restaurar su estatuto como gran potencia internacional, pero resulta poco claro el sopesar por cuanto tiempo podrá mantener sus recientes ganancias.” En opinión de este publicista ruso, la alarma en el Kremlin sonó cuando la OTAN intervino en la provincia serbia de Kosovo y bombardeó Belgrado para lograr la capitulación de Serbia ante los separatistas kosovares.

Al sustituir a Yeltsin, en marzo de 2000, Putin asumió una herencia desoladora y se revolvió contra el retroceso estratégico que implicaba el avance de la OTAN hacia las fronteras rusas o de su “extranjero próximo”, según la expresión en la que los analistas rusos engloban al conjunto de las ex repúblicas soviéticas. El jefe del Kremlin y sus asesores llegaron a la conclusión de que el expansionismo occidental, tanto de Estados Unidos como de la Unión Europea, desde los Balcanes a Ucrania y Georgia, sólo podría detenerse con “un puño de hierro”, según la expresión empleada en 2011 por el estratega ruso Serguei Karaganov, un reputado politólogo que sigue teniendo vara alta en los despacho de Putin y su ministro de Exteriores, el diplomático Serguei Lavrov.

Al ataque o a la defensiva, Putin y su régimen constituyen un arduo problema para EE UU y la Unión Europea. Aunque sea un poder decadente, empezando por su aparatoso declive demográfico, Rusia es físicamente tan grande y dispone de unos inmensos recursos naturales, que no puede ser tratada como un actor secundario o subordinado en la escena internacional. La Europa comunitaria y la OTAN fracasaron estrepitosamente en el empeño de promover la democracia, como confirma la completa eliminación de los partidos liberales y socialdemócratas en las elecciones para la Duma. El pensamiento geoestratégico que domina en el Kremlin se aleja de Occidente y preconiza “un duunvirato en Asia central en el que China provea las inversiones y los recursos y Rusia contribuya con la seguridad y la estabilidad geopolítica”, según el proyecto del ya citado Serguei Karaganov.

Europa debería realizar la reflexión y los esfuerzos pertinentes para contrarrestar las tendencias asiáticas que dominan sin antagonismo en el Kremlin. Los chinos no han asomado la coleta por los Urales, como presagiaba Ortega y Gasset al meditar sobre la unidad europea, sino que están aquí, entre nosotros, con dinero y grandes proyectos.

 

 

 

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