Posteado por: M | 7 octubre 2016

Un portugués al timón de la ONU

Nuestros vecinos occidentales, los portugueses, están exultantes por la elección de António Guterres como secretario general de la ONU, el primer funcionario del mundo y el cargo más imposible de todos. La carga es ahora más pesada que nunca, no sólo porque la enorme responsabilidad de la secretaría general supera con creces sus limitadores poderes y su escaso presupuesto, sino por el desorden o el caos reinantes en muchas partes del mundo. La multiplicación de los actores en la escena internacional, los problemas acuciantes del terrorismo, las urgencias humanitarias de las migraciones y las agudas tensiones entre las grandes potencias, con Estados Unidos y Rusia forcejeando de nuevo en un dramático e incierto pugilato, pondrán a prueba la clarividencia y las convicciones del nuevo conquistador portugués.

La prensa de Lisboa saludó la elección de Guterres, nacido en Lisboa en 1949, ingeniero y profesor universitario, militante social, católico comprometido en la defensa de los oprimidos, ex primer ministro del Partido Socialista (1995-2002), como un éxito sin precedentes del elegido –“el mejor para el cargo”, subrayó el presidente de la República, Marcelo Rebelo de Sousa— pero igualmente de la diplomacia portuguesa que se movió con tino entre los intrincados conciliábulos y las tensiones que agitan en estos días de Asamblea General los despachos y las salas de reuniones del rascacielos de cristal y acero de Manhattan. Bajo la dirección del ministro de Exteriores, Augusto Santos Silva, al timón en el Palácio das Necessidades lisbonense, los agentes diplomáticos realizaron un impecable recorrido hasta la meta.

Fue, ante todo, el triunfo de un hombre de principios, caracterizado por “la pasión y el conocimiento profundo de la historia del mundo”, como subrayó el comentarista portugués Guilherme d´Oliveira Martins en el diario Público de Lisboa, pero dotado de una extraordinaria “capacidad de adaptación”, según la apología del actual secretario general, el surcoreano Ban Ki-moon, cuyo mandato expira el 31 de diciembre próximo. Un reputado, discreto y experimentado especialista en la lucha internacional contra “la globalización del sufrimiento”, del que el New York Times ensalzó “su experiencia, su energía y su finura diplomática”.

El ex presidente Jorge Sampaio, también del PS, destacó que la noticia saltó precisamente el 5 de octubre, el día en que Portugal conmemora la implantación de la República en 1910, fruto de una conspiración masónica; pero se olvidó de añadir que dos años antes fueron asesinados en Lisboa rey Carlos I y su heredero, un magnicidio que estremeció al país y aceleró el hundimiento de la dinastía. El régimen republicano, dirigido y desgarrado por las pugnas entre las logias, desembocó pronto en la ruina económica y se despeñó en el más absoluto descrédito, abonando el terreno para el golpe de Estado militar de 1926 y la larguísima dictadura civil del doutor António de Oliveira Salazar (1928-1970).

Guterres será el primer europeo que ocupa el cargo desde la controvertida experiencia del austriaco Kurt Waldheim (1972-1981), constantemente acuciado por su presunto pasado nazi y como oficial del ejército alemán en los Balcanes durante la Segunda Guerra Mundial, pero la Unión Europea volvió a dar pruebas fehacientes de sus contradicciones y su escasa cohesión diplomática. En una maniobra de última hora, la canciller de Alemania, Angela Merkel, y el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, auspiciaron la candidatura de la comisaria de Presupuesto y Recursos Humanos, Kristalina Georgieva, representante de Bulgaria, que compitió, a su vez, con otra búlgara, Irina Bukova, directora general de la UNESCO, ambas con un vehemente respaldo mediático del lobby feminista.

El ministro portugués de Exteriores, en sus primeras declaraciones en el diario Público, propinó la inevitable reprimenda a la diplomacia de Bruselas: “El nivel de respaldo de esa candidatura [la de Georgieva] por parte de los altos funcionarios de la Comisión Europea fue incorrecto, puesto que, habiendo varios candidatos de los países de la Unión, era exigible una imparcialidad total.” También explicó el ministro que la tarea más ardua fue la de convencer a Moscú, que propugnaba desde hacía varios años la candidatura de alguna personalidad de los países de Europa oriental.

António Guterres, cuyo éxito se debe en gran medida a su desempeño durante un decenio (2005-2015) al frente de la Alta Comisaría de la ONU para los Refugiados, obtuvo la unanimidad de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad. El portugués no tuvo verdaderos rivales. Las autoridades de Beijing siempre mantuvieron buenas relaciones con el que era jefe del gobierno en Lisboa cuando la colonia de Macao retornó a la soberanía de China en 1999. Menos clara parece la actitud favorable de Rusia, que preside actualmente el Consejo de Seguridad y que siempre había puesto el veto a que asumiera la secretaría general de la organización el representante de un país miembros de la OTAN. Parece evidente que el Kremlin no quiso cargar con el riesgo de la soledad diplomática.

Concebida como un instrumento para preservar la paz y “liberar a las generaciones futuras del azote de la guerra”, la ONU estuvo prácticamente paralizada, durante la guerra fría y la coexistencia pacífica, por el equilibrio del terror, la división maniquea del mundo y el derecho de veto de que disponen las cinco grandes potencias (EE UU, Rusia, China, Reino Unido y Francia) en el Consejo de Seguridad, el órgano ejecutivo que asume el monopolio de la violencia contra los agresores, un directorio en el que recae la responsabilidad de impedir la guerra, restablecer el orden e imponer la paz, por la fuerza si fuera necesario.

Tras el fin de la guerra fría y la superación de la coexistencia pacífica, la ONU pasó rápidamente de la parálisis a un intervencionismo frenético, hasta el punto de que en menos de un quinquenio (1988-1992) asumió 13 operaciones pacificadoras, tantas como en los 40 años precedentes. Los cascos azules recibieron el premio Nobel de la Paz en 1988. Por primera vez, el Consejo de Seguridad autorizó implícitamente, en noviembre de 1990, el empleo de la fuerza militar para liberar Kuwait de la invasión perpetrada por el ejército iraquí de Sadam Husein. La operación fue realizada por una coalición internacional dirigida por EE UU en 1991.

El prestigio de la ONU como garante de la paz internacional está asaz deteriorado por la proliferación de las guerras y su inoperancia en la crisis de los refugiados, en la protección de los derechos humanos o en la lucha contra el terrorismo. Los conflictos sangrientos de Siria, Yemen, Iraq y Libia tendrán la primacía en la agenda del flamante secretario general, que también tropezará pronto con la hermética aventura nuclear de Corea del Norte, el repliegue estratégico de EE UU, el activismo chino o la reparación del prestigio de las fuerzas de pacificación (cascos azules) tras las reiteradas acusaciones de abusos sexuales.

El impostado optimismo universalista reflejado en la Carta fundacional (San Francisco, 1945), sostenido por la frágil hipótesis de la solidaridad entre las cinco grandes potencias, ya no da más de sí. La ONU no puede actuar como bombero en todos los incendios del mundo, en todas las crisis al mismo tiempo, al menos, mientras no acometa la muy difícil empresa de reformar sus anquilosadas instituciones, la parte más visible de sus crisis estructural y el corolario del creciente desequilibrio entre la hipertrofia de sus obligaciones y la precariedad de los recursos disponibles, en un mundo desordenado cuando no caótico.

La ampliación del Consejo de Seguridad y, sobre todo, de sus cinco miembros permanentes, para integrar a Japón, Alemania, Brasil y Suráfrica, paso previo para la creación de un verdadero ejército onusiano, es un asunto vidrioso que figura casi ritualmente entre los planes de reforma y los remedios para los males que afligen a la ONU, sus valores y sus límites. Una puesta a punto tan ambiciosa como difícil de lograr, que debería ir acompañada por una verdadera regionalización de las operaciones para el mantenimiento de la paz.

Al frente de una organización envejecida y un poco anacrónica, António Guterres deberá hacer frente a los innumerables desafíos de un mundo cada día más peligroso y angustiado. Está muy bien pertrechado de ideales, conocimientos y práctica diplomática, pero no tiene el éxito asegurado.

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