Posteado por: M | 25 octubre 2016

De Alepo a Mosul, la guerra sin fin, el futuro incierto

Esta crónica está dedicada a mi buen amigo Manel Navarro, ávido lector.

Seguimos informando de las batallas de Alepo y Mosul como si se libraran en dos países geográficamente bien delimitados, con gobiernos y ejércitos regulares y una relativa homogeneidad social y religiosa, cuando es evidente que las fronteras trazadas por los europeos hace un siglo (acuerdo secreto franco-británico de  Sykes-Picot), para crear los mandatos de Siria e Iraq, se han evaporado. Ni las fronteras ni las autoridades reconocidas internacionalmente, ni las identidades nacionales siempre problemáticas se corresponden con una realidad terriblemente compleja en este brusco descenso a los infiernos de la violencia, el tribalismo, el odio interétnico, la intervención exterior  y, por encima de todo, la lucha secular y sin cuartel entre las dos grandes ramas del islam, la mayoritaria suní y la chií.

Muy amplias zonas del territorio de ambos países escapan del control de sus gobiernos respectivos. El vacío político, la fractura étnico-religiosa y la impotencia militar generan o contribuyen a la proliferación de las milicias, las organizaciones terroristas, las brigadas internacionales y los diversos grupos armados que ejercen el poder local o regional, o prosperan merced a la ayuda de las potencias extranjeras que intervienen en el conflicto. Un desbarajuste generalizado, un genuino pandemónium, con las estructuras estatales por completo dislocadas, que abarca todo el territorio –las que fueron provincias del Imperio otomano hasta 1918, las cuencas del Éufrates y el Tigris entre Turquía e Irán– y que afecta a las dos capitales, Damasco y Bagdad, bastiones de dos poderes siempre a punto de naufragar, sometidas a la crónica sangría de los atentados terroristas. Un puzle o mosaico caótico y violento.

Las escalofriantes imágenes que nos llegan de los efectos de los bombardeos de Alepo, de los niños ensangrentados y de los hospitales en ruinas; de los crímenes de guerra más evidentes o de los atentados suicidas con coches bomba en Tikrit, Faluya, Ramadi, Bagdad o los suburbios de Damasco, nos alertan del retorno del salvajismo en un vasto territorio de topónimos bíblicos, de ruinas memorables, en la antigua Mesopotamia, cuna de civilizaciones precristianas, sometido por el islam desde el siglo VII e integrada en el Imperio otomano desde el siglo XV.

Como nos aleccionó John Gray en un libro luminoso (El silencio de los animales. Sobre el progreso y otros mitos modernos, edición española de 2013), “la barbarie no es una forma de vida primitiva, sino que se trata de un desarrollo patológico de la civilización”. En eso estamos: 250.000 muertos y casi diez millones de desplazados o exiliados, la mitad de la población siria antes de la calamidad. El analista francés Nicolas Baverez, al referirse a “la guerra sin límites” de Siria, acaba de recordar en Le Point que “el genocidio ya no es una aberración política ni una monstruosidad moral, sino un arma al servicio de la propaganda”.

La ferocidad de los combates, el fanatismo ciego de muchos combatientes y el poder destructor de las armas más modernas han creado un reino del terror que nos alecciona a diario sobre la logomaquia diplomática y nos retrotrae a los momentos más aciagos de la reciente historia europea (el Holocausto),  los crímenes del estalinismo o el maoísmo, los genocidios de Camboya y Ruanda o las guerras fratricidas, igualmente alimentadas desde el exterior, que destruyeron Yugoslavia en el último decenio del siglo XX. Quizá porque los dos grandes bandos en la guerra de Siria son conscientes de su debilidad, de su incapacidad para alcanzar una victoria decisiva, los jefes y los combatientes propenden naturalmente al extremismo de la conflagración total, de la devastación y la tierra calcinada, sin respetar las llamadas leyes de la guerra.

Empecemos el análisis por Siria, después de seis años de guerra civil y unos 250.000 muertos, cuya suerte final parece depender en estos momentos del desenlace de la llamada batalla de Alepo, la que fue la ciudad más poblada y capital económica del país, hoy dividida en dos sectores aparentemente irreconciliables, como estuvo Berlín, pero sin muro de separación: el occidental, en el que prevalecen el ejército del presidente Bachar Asad y las milicias de las minorías que le apoyan (chií, alauí, cristiana, kurda); y el oriental, ocupado por los diversos grupos de la oposición, todos suníes, con los terroristas de Al Qaeda y el Estado Islámico en primera línea, objetivos de los bombardeos continuos y demoledores de los aviones rusos con el propósito de forzarles a la rendición o la retirada y la evacuación de los civiles (unos 250.000) atrapados en el infierno de la desesperación.

Atmósfera de guerra fría y parcialidad

Los noticiarios televisivos y los periódicos que se nutren de las agencias norteamericanas y de los portavoces de las ONG que permanecen en medio del caos reflejan una atmósfera de guerra fría y burda parcialidad, en la que la propaganda tergiversa o esconde la realidad, de manera que Vladimir Putin y su sedicente marioneta Asad aparecen como los únicos carniceros del espantoso matadero de Alepo. Simpleza y maniqueísmo. Baste con recordar que la insurgencia contra Asad, patrocinada por algunos gobiernos árabes con el beneplácito de los gobiernos occidentales, irrumpió en  marzo de 2011, en plena efervescencia de la dizque “primavera árabe”, pero los bombardeos rusos contra las posiciones del Estado Islámico y otros grupos rebeldes, en un viraje crucial en la guerra, empezaron en septiembre de 2015, cuando Siria llevaba más de cuatro años bajo el fuego cruzado de los terroristas y de los clientes de dos potencias regionales: Arabia Saudí en contra de Asad e Irán a favor.

El presidente sirio fue salvado por los ayatolas de Teherán y las milicias del Hizbolá libanés cuatro años antes de que Putin imprimiera un giro decisivo a la contienda. Durante todo ese tiempo, el presidente Obama y los gobiernos europeos actuaron restrictivamente, persuadidos de que la caída de Asad era “una mera cuestión de tiempo”, con propuestas tan estrambóticas como la de un cambio de régimen en Damasco mediante un gobierno provisional, la retirada de Asad y unas elecciones democráticas en un país derrumbado. Lamentable error estratégico que se superpuso a la aversión del riesgo de Obama y sus asesores, el temor insuperable de quedar atrapados en una nueva pesadilla como las de Afganistán e Iraq.

El Ejército Libre Sirio, el brazo armado de los grupos de la oposición moderada y suní con respaldo occidental, muchos de ellos herederos de los Hermanos Musulmanes, fue perdiendo efectivos y eficacia al mismo tiempo que la guerra se recrudecía, y ahora está marginado, como subsidiario del Frente al-Nusra, antigua franquicia de Al Qaeda que ha cambiado su nombre por el de Frente para la Conquista del Levante, receptor de armas y dinero de Arabia Saudí y los emiratos del golfo Pérsico, aliados de EE UU, banqueros del islamismo integrista y adversarios declarados del régimen chií y por tanto herético de Irán. Esa coalición heteróclita anti-Asad, dominada por los extremistas de Al Qaeda y el Estado Islámico, sigue atrincherada en el sector oriental de Alepo, con los civiles como escudos.

La intervención directa de Rusia en el conflicto se inició dos días después de que Putin y Obama, reunidos en la ONU, en septiembre de 2015, fracasaran en su intento de organizar una coalición internacional contra el Estado Islámico tanto en Iraq como en Siria. El líder ruso propuso una operación conjunta para combatir al terrorismo islamista, pero su interlocutor condicionó cualquier acuerdo a la dimisión inmediata o diferida del dictador sirio, viejo aliado, cliente y protegido del Kremlin. Las vacilaciones de varios dirigentes occidentales, ante la mano tendida de Putin, se estrellaron contra las vacilaciones estratégicas de Obama y su exigencia de la caída del dictador de Damasco.

El 19 de septiembre de 2016, un convoy humanitario de la ONU fue incendiado parcialmente cuando se dirigía a la ciudad sitiada, pero seguimos sin saber quién es el responsable de tan bárbaro acto. Washington culpa a los aviones rusos, pero Moscú replica que fueron los rebeldes los que encendieron la mecha del incendio de los camiones. Al día siguiente, el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, en su discurso ante la Asamblea General, clamó y acusó: “Presentes  en esta sala están los representantes de algunos gobiernos que han ignorado, facilitado, financiado e incluso participado en la planificación y ejecución de atrocidades infligidas a los civiles sirios por todas las partes implicadas en el conflicto de Siria.”

La destrucción sistemática de Alepo, reproducida cotidianamente en los noticiarios de las principales cadenas de televisión, ofrece una visión harto maniquea del conflicto, pone en la picota la política de “manos fuera” de Barack Obama y aumenta las presiones de los liberales y los neoconservadores en favor de una intervención estadounidense, de la utilización de la potencia de fuego sin parangón del arsenal de EE UU para hacer recapacitar al Kremlin y forzar una negociación sin restricciones que lógicamente plantearía la sustitución del régimen de Asad por una coalición inevitablemente heteróclita y frágil, antirrusa y antiiraní, dependiente del apoyo exterior y rechazada igualmente por los grupos terroristas.

La estrategia del Kremlin está muy clara. El mantenimiento del régimen de Asad, cliente del Kremlin desde los años 70 del pasado siglo, con Leonid Brezhnev y Hafez Asad (padre de Bachar) en el poder, no sólo le permite influir en todo el Oriente Próximo, sino que igualmente le garantiza y refuerza la continuidad de las bases costeras aeronavales de Tartus y Lataquia, desde las que Rusia puede disputar a la OTAN el control del Mediterráneo oriental, aspiración secular del imperio ruso, en estrecho contacto con la flota del mar Negro con base en Sebastopol. Los observadores de Washington denuncian una escenificación aparatosa del retorno de la guerra fría. Además, no cabe duda de que Putin está en la primera línea del combate contra el radicalismo islamista, tan arraigado en algunas de las repúblicas asiáticas ex soviéticas y en las regiones autónomas rusas del Cáucaso, especialmente en Chechenia y Dagestán.

Turquía y las milicias kurdas

 Al norte de Alepo y lo largo de la frontera sirio-turca, la situación sobre el terreno se complica hasta la exasperación por la intromisión de dos actores con aliados enfrentados y objetivos contradictorios: los milicianos kurdos, empujados por el viejo anhelo de construir un Estado propio, y el gobierno de Ankara cuyo mayor objetivo es impedir precisamente que los kurdos hagan realidad el sueño frustrado por el tratado de Lausana (1923), en la época de Ataturk, que revocó un tratado anterior (Sèvres) que había creado la república del Kurdistán. Los peshmergas (Los que desafían a la muerte) o guerrilleros kurdos, cuyo nacionalismo prevalece sobre la cuestión religiosa, armados y apoyados por la CIA, han sido hasta ahora la fuerza más efectiva contra los milicianos del Estado Islámico en el norte de Siria.

Mientras el Pentágono arma y entrena a las Unidades de Protección Popular (YPG), los peshmergas kurdos, estrechamente vinculados al Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), de orientación marxista, proscrito en Turquía, la diplomacia norteamericana presiona en Ankara para que el ejército turco expulse de la zona fronteriza a los soldados del califato, en la perspectiva de crear la zona de exclusión aérea que preconiza Hillary Clinton. Una contradicción flagrante y un dilema estratégico que la administración de Obama no ha podido resolver, de manera que la catástrofe siria alcanza una nueva y peligrosa dimensión al norte de Alepo.

Las últimas noticias, en medio de la confusión habitual, confirman que la aviación turca bombardeó el 20 de octubre las posiciones de los milicianos kurdos para impedir que éstos se apoderaran del corredor estratégico que enlaza ambas orillas del Éufrates. Como la aviación rusa controla los cielos de todo el sector nororiental de Siria, los peshmergas kurdos están persuadidos de que Turquía tuvo que informar a los rusos antes del bombardeo. A cambio del favor ruso, el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, podría colaborar con Putin e indirectamente con su hasta ahora archienemigo Asad para expulsar de Alepo a los milicianos del Estado Islámico y sus aliados del Jabhat Fatah al-Shame, el Frente para la Conquista del Levante, antes conocido como Frente al-Nusra, franquicia de Al Qaeda. Un objetivo compartido por EE UU y la ONU, aunque sólo sea para acabar con el martirio del sector oriental de Alepo.

La intervención de las tropas turcas fue decisiva para que el 16 de octubre los soldados del Estado Islámico abandonaran precipitadamente la localidad símbolo de Dabiq, al norte de Alepo y cerca de la frontera, que según un hadiz o dicho del Profeta, es el lugar en que deberá librarse la batalla del final de los tiempos, una apocalíptica confrontación entre las huestes del califato y los cruzados occidentales. Los estudiosos del islam fueron sorprendidos por la escasa resistencia de los yihadistas en un lugar tan cargado de resonancias proféticas, que además es el nombre de la revista teórica y propagandística del Estado Islámico. El semanario británico The Economist anunciaba con gruesos titulares, el 24 de octubre: “Queda pospuesto el apocalipsis mesiánico del Estado Islámico.”

La batalla por la reconquista de Mosul, en poder de los islamistas desde junio de 2014, fue anunciada con gran fanfarria tanto en Washington como en Bagdad el 17 de octubre, pero la concertación internacional está siendo perturbada por las pretensiones imperiales de Erdogan, quien recordó en un discurso reciente, inflamado y revisionista, que “nosotros no aceptamos voluntariamente las fronteras de nuestro país” y que Turquía “tiene históricas responsabilidades en la región”, una declaración que provocó una respuesta inmediata, airada y contundente, por parte del primer ministro iraquí, el chií Haider al Abadi: “Si las fuerzas turcas intervienen en Mosul, no será en un pícnic –señaló–. Estamos preparados, y no se trata de una amenaza, sino de la dignidad iraquí.”

Al contrario de lo que ocurre en el frente occidental, al norte de Alepo, donde las tropas turcas tratan de maniatar y bombardear a los peshmergas kurdos, en el frente oriental, al norte de Mosul, Turquía mantiene excelentes relaciones con el gobierno regional del Kurdistán iraquí, dirigido por Masud Barzani, y cuenta con unos 800 militares en la base de Bashika, equipados con tanques y artillería, que oficialmente se encargan de entrenar a la Guardia de Nínive, una milicia suní de unos 4.000 hombres que reclaman su parte del botín en la reconquista de Mosul. La solidaridad religiosa de kurdos y turcos, que son suníes, les opone al ejército regular iraquí, integrado mayoritariamente por chiíes.

El hecho de que Mosul sea la capital de la provincia de Nínive, rica en petróleo, y que perteneciera al Imperio otomano hasta 1923, aviva las ambiciones del suní  Erdogan, pero puede poner en pie de guerra tanto a Iraq como a Irán, los dos Estados dominados por el chiismo. Cualquier error de cálculo por parte del presidente turco, famoso por sus excesos retóricos, por su flamígero nacionalismo, no sólo pondría en un brete a Obama, que ha comprometido 5.000 soldados norteamericanos en la operación televisada de Mosul, sino que encendería la mecha de una nueva guerra dentro de la que se libra contra los islamistas. Una nueva conflagración de raíz religiosa, pues Mosul es una ciudad predominantemente suní, mientras que sus eventuales conquistadores profesan el chiismo.

La ofensiva sobre Mosul estuvo precedida por los llamamientos fervientes de los jefes religiosos y muy especialmente del ayatolá Ali Sistani, la más alta autoridad del chiismo en Iraq. Las Unidades de Movilización Popular, nombre que reciben las milicias chiíes, se han hecho famosas por sus métodos expeditivos, abiertamente ilegales, y su crueldad manifiesta contra la población suní. Su entrada triunfal en Mosul, si no respetan las instrucciones del ejército regular iraquí, podría provocar otro baño de sangre y empañar la gesta heroica tan minuciosamente preparada con gran repercusión mediática. Cuando Mosul cayó en poder de los yihadistas, que pusieron en fuga al ejército iraquí, en junio de 2014, fueron recibidos como “libertadores” por una gran parte de la población suní.

Una liberación problemática

 Los fervorines patrióticos del presidente turco causaron una honda preocupación en Washington, hasta el punto de que un editorial del New York Times advirtió el 24 de octubre de que “el escenario de pesadilla es ahora mucho más probable tras la decisión de Turquía de echar un pulso con Iraq”. Todo parece indicar que las recientes visitas a Ankara y Bagdad del secretario de Defensa norteamericano, Ashton Carter, no han servido para calmar los ánimos entre unos aliados tan levantiscos ni para coordinar su actuación en la tan cacareada reconquista de Mosul, la ciudad predominantemente suní que fue bastión del dictador Sadam Husein y de su partido Baas. “La batalla por expulsar al Estado Islámico de Mosul podría convertirse en un desastre”, titulaba The Washington Post antes de que comenzaran los combates.

El desenlace militar no ofrece muchas dudas. Una coalición de 60 países al mando de EE UU, con unos 5.000 soldados norteamericanos al mando de las operaciones, debe lograr su objetivo de expulsar de Mosul a unos 4.000 yihadistas, por muy encarnizada que sea su resistencia. Pero el éxito militar podría encubrir una victoria pírrica o un precio exorbitante. Lo que está en juego es la unidad del Iraq, su supervivencia como Estado, y el equilibrio de fuerzas en todo el Oriente Próximo. En un territorio donde Turquía e Irán se enfrentan por fuerzas interpuestas. No cabe ninguna duda de que los avances de los kurdos, más allá de las fronteras administrativas del Kurdistán iraquí, debilitan aún más el poder central de un Estado delicuescente.

La esquizofrenia recíproca que aqueja a Turquía y los kurdos –aliados en Iraq, enemigos acérrimos en Siria— no es la única contradicción que se cita en la encrucijada de Mosul. Obama se ha comprometido a alcanzar un éxito con el que cerrar su presidencia, pero no le será fácil el preservar la concordia entre aliados coyunturales con objetivos en conflicto. Turquía y Arabia Saudí, por un lado, e Irán por el otro esperan obtener algún beneficio de la batalla entablada como una mera operación táctica, sin un plan estratégico para reconstruir el Estado iraquí sobre cimientos más sólidos que superen el sectarismo étnico-religioso, la supremacía chií y el reparto siempre enconado del petróleo.

Junto a las tensiones étnico-religiosas, las intervenciones de Turquía, Rusia y otras potencias de la región (Arabia Saudí e Irán, ante todo) en la doble guerra de Siria e Iraq, los dos países desgajados del Imperio otomano, complican aún más la situación sobre el terreno y ensombrecen cualquier pronóstico. Puede anticiparse, por tanto,  que las batallas de Alepo y Mosul, cualesquiera que sean sus desenlaces, no podrán resolver los innumerables problemas que han hecho de Siria e Iraq dos Estados árabes fallidos y en guerra en la región más turbulenta del mundo. La ofensiva sobre Mosul, dirigida por EE UU, depende de la lógica militar, pero no va acompañada por una estrategia coherente sobre el futuro de la ciudad y de sus habitantes. Para éstos se preparan simplemente nuevos campos de refugiados.

 

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