Posteado por: M | 12 noviembre 2016

La campaña infame y populista que encumbró a Trump

La campaña electoral que encumbró a Donald Trump, el controvertido candidato del Partido Republicano, fue un espectáculo deplorable, violento  y sórdido, degradado por el oprobio y el desprecio del contrincante, que, no obstante, ejercerá una perniciosa y duradera influencia sobre la ejecutoria del 45 presidente de Estados Unidos e incluso sobre la política exterior, dominio reservado de la presidencia imperial. Una campaña y un desenlace que pondrán a prueba la fortaleza del más viejo sistema democrático asentado en el imperio de la ley y el equilibrio de poderes. Una campaña, en fin, radicalizada por el populismo del demócrata Bernie Sanders, insurgente académico, apóstol tardío del socialismo, y, sobre todo, de Trump, denigrado por la gran prensa como estrella fugaz de la basura televisiva, extravagante, lenguaraz, marrullero fiscal y magnate fanfarrón del negocio inmobiliario, “con una inteligencia política diabólica”, según la descripción de Le Monde.

En vez de auscultar al país y emitir un pronóstico ponderado, la gran prensa norteamericana y europea se dedicó a dibujar un retrato esperpéntico y vitriólico del candidato republicano, como si las opiniones y la parcialidad descarada del areópago de papel y digital pudieran determinar el resultado.  Un capítulo más de la historia universal de la infamia. Parece obvio, sin embargo, a juzgar por el escrutinio, que el país emitía en otra longitud de onda, que el norteamericano medio no estaba incluido en las crónicas y los editoriales enconados, ni en las encuestas. Fue una derrota del progresismo, de lo políticamente correcto, del feminismo militante, del establishment. “Nuestro desconocido país”, fue el título del artículo de Paul Krugman, gurú del progresismo económico, en el New York Times, como un extraño y temprano reconocimiento de la incompetencia en el análisis, del pronóstico fallido, del sectarismo como artículo de fe.

Cuando el pueblo no les gusta, como sugirió Bertold Brecht en ocasión memorable, los dictadores y en este caso los cronistas más conspicuos propenden a reemplazarlo por otro. O lo insultan o desprecian, como hizo Krugman: “Ha quedado claro que hay un gran número de personas –blancos que viven principalmente en áreas rurales– que no comparten nuestra idea de lo que es Estados Unidos. Para ellos, se trata de sangre y estiércol, de patriarcado tradicional y jerarquía racial.” En otras palabras, que los que votaron a Trump son gente despreciable porque no piensan como Krugman, premio Nobel de Economía y fallido augur periodístico. También algunos periódicos provincianos españoles y la caterva digital, que se muestran complacientes o comprensivos con los electores de Podemos o la CUP, cargaron las tintas contra los norteamericanos por no haber seguido sus consejos. Estrictamente ridículo.

Un riesgo para la democracia

Pocas veces la prensa se mostró tan hostil con uno de los candidatos. Los grandes periódicos pusieron toda la carne en el asador para zaherir y descalificar al aspirante republicano, un outsider político, presentado como el enemigo público número uno, el emisario que anuncia el Apocalipsis. “Una campaña que ha lesionado la imagen de Estados Unidos” en el mundo, decretó el New York Times en uno de los muchos editoriales que dedicó a llamar la atención sobre “la catástrofe nacional” que entrañaría un triunfo de Trump. Y la revista Time publicó un extenso debate electoral para demostrar  que “Trump socava la tradición democrática”. El pronóstico y la advertencia hiperbólica del mexicano Enrique Krauze, en un artículo en El País, resultaron especialmente sombrías: “Si gana el candidato republicano, habrá un riesgo mayor para la democracia, porque intentará convertirse en el primer dictador de la historia estadounidense.” Un dictador en la Casa Blanca.

Las exageraciones ante el fenómeno de Trump fueron la nota dominante en los medios, como si el sistema estadounidense hubiera perdido súbitamente su capacidad para contrarrestar las mayores excentricidades. Los columnistas se olvidaron del comedimiento y cualquier atisbo de imparcialidad. Algunos republicanos con experiencia en los organismos de la seguridad nacional abjuraron de la neutralidad y firmaron una carta advirtiendo de que Trump sería “el presidente más irresponsable en la historia del país”. No sería arduo contradecirles con un libro de historia en la mano.

En el Financial Times londinense, Edward Luce aseguró que “la democracia de EE UU afronta su mayor reto” desde la guerra civil del siglo XIX y argumentó con la premisa de que “el sistema democrático estadounidense se tambalea, gane o pierda Trump”, porque los republicanos se han comprometido a bloquear todas las iniciativas de la presidenta. Con Trump en la Casa Blanca hubiera sido la catástrofe, pero con Clinton pueden sobrevenir el caos y la parálisis porque las termitas están erosionando los cimientos del sistema. Pienso, no obstante, que también se puede sostener un pronóstico menos truculento, confiando en la estabilidad del sistema en los tiempos de la gran tribulación.

Tan fuerte fue la convulsión en los medios ante el triunfo inesperado de Trump, que el editor y el director ejecutivo del New York Times dirigieron una carta abierta a los lectores para recordar la imparcialidad y la precisión informativa que presiden la historia del rotativo, pero preguntándose retóricamente si no habían “desestimado el respaldo de que Trump gozaba entre los votantes norteamericanos”. Los directivos prometen “seguir informando a América y todo el mundo con honradez, sin temor o favor”, unas bellas palabras que encubren una palinodia en toda regla y preparan el camino para la rectificación.

Un fuerte impulso aislacionista

La legitimidad de los procedimientos y la representatividad democrática fueron puestas en entredicho desde los extramuros del sistema, tanto por Sanders como por Trump, de manera harto demagógica, pero con un mensaje que caló hondo en buena parte del electorado, sobre todo, entre los sectores de la clase media blanca y anglosajona, en evidente retroceso demográfico y social. El discurso electoral también generó nuevas tensiones raciales y migratorias que estaban olvidadas o mitigadas bajo la benevolente presidencia de Obama.

Todos los arúspices de los grandes medios de comunicación, seguidores confesos de Clinton, quedaron derrotados por Trump. Las pancartas, los gritos y los lemas más repetidos reflejaron un fuerte impulso aislacionista, más nacionalista que imperialista. Tensiones raciales azarosas, exacerbadas por las tragedias recientes o las conflictivas relaciones de algunos cuerpos de policía con las comunidades negras, fueron explotadas sin escrúpulos por el presidente electo. “Hay pocas dudas de que Estados Unidos emergerá de esta elección como un país dividido con un gobierno dividido”, fue el vaticinio pesimista de  Richard N. Haass, presidente del influyente Council of Foreign Relations.

Hasta una típica representante del statu quo y el establishment como Clinton, abrumada por un pasado problemático, sospechosa de venalidad , poco dotada para la oratoria y manifiestamente impopular, con fama de gélida, vindicativa y ambiciosa, fue arrastrada por el ventarrón populista que le llevó a abrazar algunas de las promesas de sus adversarios contra el librecambio, el multiculturalismo y la globalización, tres de los chivos expiatorios del populismo así de izquierdas como de derechas, de los tribunos y sus cuates que disparan al unísono contra las élites y las instituciones. El populismo que parecía trasnochado y en vías de extinción reapareció como uno de los males del siglo, cargado de proteccionismo y xenofobia, entre los electores y los militantes de la primera potencia mundial.

Las fuerzas políticas que sustentan el sistema democrático en Occidente se enfrentan a la urgente tarea de organizar la derrota o al menos la retirada temporal del populismo de todas sus exhibiciones en los escenarios más relevantes. Antes de que arruine el futuro de todos. Pero me parece obvio que no será fácil, a juzgar por la intensidad y la extensión del mal. El corresponsal de la revista británica The Economist en Washington cree que son los sectores de las clases medias trabajadoras los que engrosaron las filas de los partidarios de Trump, los mismos que hicieron posible el Brexit y conforman los movimientos nacionalistas y antiinmigración en Francia y Alemania, censores superficiales pero eficaces del multiculturalismo y la globalización.

El  populismo crece en la misma medida en que menguan las oportunidades de alcanzar el sueño americano, en un momento histórico caracterizado por el estancamiento de los salarios, la disminución de los buenos empleos y, en general, el retroceso del nivel de vida de la inmensa mayoría, a pesar de casi el pleno empleo. El sociólogo e historiador holandés Ian Buruma, al estudiar el fenómeno en relación con la campaña de las elecciones norteamericanas, denunció el “populismo de los ricos” como el subproducto de una amalgama entre la ansiedad económica de las masas y la cólera de los arribistas de la élite. Añado que de los cada vez menos ricos. Otros analistas sostienen, por el contrario, que los movilizados por Trump son los “blancos pobres” o marginados, muy religiosos, víctimas de la decadencia industrial que resulta palpable en Detroit o Filadelfia y en algunos estados del medio oeste, también en el “profundo sur” que hace tiempo abandonó a los demócratas para pasarse en masa al Partido Republicano, de la mano de la Biblia.

Tras un selectivo repaso histórico en el que aparecen Hitler y Ceaucescu, Berlusconi y el tailandés Shinawatra, la conclusión de Buruma contiene una exigencia apremiante e incierta: “En Europa y Estados Unidos, los demagogos sólo pueden ofrecer sueños (…) Para impedir que esos sueños se conviertan en una pesadilla, se necesita algo más que habilidad tecnocrática o llamamientos para la moderación y el civismo. El pueblo iracundo no puede ser persuadido con luminosas razones. Debemos ofrecerle una visión alternativa.” Visión, proyecto, objetivos, se supone que el profesor holandés no preconiza una nueva sociedad ni un hombre nuevo, empresas que siempre condujeron a la catástrofe, la pobreza y el despotismo. “Hasta el sueño americano fue hecho añicos por  la acometida del populismo”, señaló, alarmado, el analista francés Nicolas Baverez.

Las contradicciones de Clinton

Literalmente puesta en la picota por los seguidores izquierdistas de Sanders y luego por las legiones de Trump, la ex primera dama se vio forzada a acumular las contradicciones, a prometer la apertura comercial, el equilibrio presupuestario, los recortes en la seguridad social y hasta las operaciones encubiertas de la CIA ante los representes de Wall Street –en discursos hurtados a la prensa, pero revelados por Wikileaks– para a renglón seguido remedar el mercantilismo zafio de su contrincante y denigrar el Acuerdo de Asociación Transpacífico, máximo exponente de la estrategia de Obama en Asia, por el que antes había abogado con entusiasmo. Con todos los tenores entonando la impostada canción del proteccionismo, ¿cómo defenderá el nuevo presidente el protagonismo de EE UU en la dirección del capitalismo globalizado?

El terremoto populista, de fuertes raíces en el país, llegó de improviso e impetuosamente para quedarse y ejercer una influencia que será desestabilizadora, hasta el punto de que la prestigiosa revista Foreign Affairs, producto alquitarado del establishment político y académico, dedicó su número de noviembre-diciembre al análisis severo del “poder del populismo” no sólo en Estados Unidos, sino en todo el Occidente desarrollado. La primera e inquietante consecuencia es que “el estridente populismo” de Trump — según la adjetivación del director de la publicación– introdujo el germen de la división y la discordia en las filas del Partido Republicano, uno de los pilares del sistema.

El populismo sigue bien de salud, como reflejan algunas publicaciones izquierdistas. Leo en la web de The Nation, un periódico que se presenta como el abanderado del progresismo, que muchos de los jóvenes que impulsaron la candidatura de Bernie Sanders estaban sumamente irritados por tener que votar a Clinton como el mal menor.  El artículo estrella de ese diario, firmado por Nicole Aschoff  y Bhaskar  Sunkara, llevaba un título tan llamativo como anacrónico en la meca del capitalismo: “Sólo el socialismo puede derrotar al trumpismo”, es decir, que la ex primera dama y su cohorte –el clintonismo— están mal preparados para producir el antídoto a largo plazo del veneno destilado por Trump,  es decir, para capitanear una genuina alternativa.

¿Cuáles son las raíces y los intereses que han movido a las muchedumbres radicalizadas y las más entusiastas detrás de Trump? Un candidato al que la mayoría de los periódicos y las televisiones del país presentaron como un cacique de extrema derecha, racista, antisemita y misógino, azote de los inmigrantes, depredador sexual, en supuesta connivencia con el Ku Klux Klan, que amenazó nada menos que con meter en la cárcel a su oponente si salía elegido. La caricatura y el esperpento de un líder político que dejan flotar en la atmósfera poselectoral enrarecida una pregunta inquietante: ¿Acaso han perdido colectivamente el juicio los norteamericanos blancos, anglosajones y protestantes, los tradicionales wasps?

Clinton cometió el craso error de demorar durante varios meses el reconocimiento de su responsabilidad, insistiendo, ante el inevitable acoso periodístico, en que el escándalo de los correos electrónicos había sido manufacturado por sus enemigos políticos y algunos medios de comunicación, o quizá por los piratas informáticos dirigidos desde el Kremlin. Al final, en septiembre, la candidata cambió de opinión, reconoció que su práctica heterodoxa con los servidores de internet, vulnerando los procedimientos oficiales por motivos de seguridad, había sido “una equivocación” que lamentaba. Demasiado tarde y poco convincente.

 

 

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