Posteado por: M | 12 noviembre 2016

La victoria de Trump y sus numerosas víctimas en un país fracturado

La sorprendente victoria de Donald Trump confirmó la fuerza y la extensión de la furia populista , anticipó una profunda mutación del paisaje político de la superpotencia, agravó las incertidumbres que pesan sobre el orden mundial de la posguerra fría y causó innumerables víctimas: la candidata demócrata, Hillary Clinton, definitivamente jubilada; los gobiernos extranjeros, desconcertados por su imprevisión; los grandes medios de comunicación y los encuestadores, que no supieron tomar el pulso al país o que despreciaron de manera parcial y enconada a las muchedumbres movilizadas detrás de un candidato al que descalificaron o insultaron de manera insistente. Fue también la derrota del progresismo militante y dominante en los medios, de la agobiante corrección política, de la ideología de género, del multiculturalismo, de la globalización y de los tópicos sobre la cuestión migratoria. Demasiados cadáveres provocados por las urnas tras una electrizante campaña electoral, en un país frustrado y dividido.

El “Make America Great Again” (Hay que recuperar la grandeza de América), el gran lema de la campaña de Trump, caló hondo entre las clases media y trabajadora blancas que le dieron el triunfo no sólo en el sur profundo, sino también en la mayoría de los estados del medio oeste. Fue la venganza del hombre blanco, del trabajador de la industria en recesión o de las zonas rurales, sobre los habitantes multirraciales de las grandes urbes en las dos fachadas marítimas, la llamada coalición arcoíris, los grandes escaparates para el consumo exterior de Nueva York y California, los únicos estados, junto con el distrito federal de Washington, en los que Clinton obtuvo sus más amplias y consoladoras victorias.

Esos triunfos en las metrópolis costeras explican que la candidata demócrata (60.071.781 votos, 47,7%) aventajara ligeramente al republicano (59.791.135 votos, 47,5%) en el voto popular. En cuanto a los compromisarios de cada estado para la elección definitiva, Trump obtuvo 290 y Clinton 228, una diferencia contundente. El Partido Republicano retuvo la mayoría en ambas cámaras del Congreso, lo que en principio debería facilitar la inmediata aplicación del programa del nuevo presidente. No obstante, el sistema de rígida separación de poderes, de enrevesado equilibrio institucional (checks and balances) constituye un eficaz antídoto contra cualquier tipo de aventura por parte de un presidente que sigue siendo una figura enigmática y contradictoria.

Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, los electores norteamericanos eligieron un presidente que prometió apartarse del intervencionismo global practicado por todos sus predecesores, pero no sabemos con certeza si han votado por un simple relevo de presidente, de partido y de gobierno, o por un cambio de sistema, es decir, si Trump va a convertirse en un genuino contrarrevolucionario que practique el aislacionismo, retire a los soldados de las diversas marcas del imperio y se revuelva contra la globalización, como tantas veces prometió durante la campaña, en un intento desesperado por reavivar y revitalizar el sueño americano.

La situación no puede compararse con la que heredó Reagan en 1980, en los estertores de la guerra fría, de un Carter desorientado y, por ende, no creo que el Partido Republicano, aunque se encuentra muy dividido, pueda acompañarle en ningún alboroto o venganza. Consumada la catarsis electoral, recuperados tirios y troyanos de la sorpresa o la contrariedad, las aguas agitadas comenzarán pronto a volver a su cauce. La historia confirma que el populismo siempre decae cuando se enfrenta a instituciones sólidas, a problemas muy complejos o promesas falsas por imposibles.

Trump pronosticó que su triunfo sería “un Brexit elevado al cubo”, pero la comparación, como tantas otras de su inflamada retórica, se me antoja hiperbólica y, por supuesto, harto problemática cuando no irrealizable. El Reino Unido pretende separarse aún más del continente, obedeciendo a pulsiones anacrónicas y xenófobas, pero EE UU no se podrá retirar del mundo, ni económica ni militarmente, salvo que atente contra sus intereses vitales, un límite que el candidato electo nunca podrá traspasar. Los imperios no se retiran, como dictaminaba el neoconservador Robert Kagan. Las baladronadas estratégicas de Trump, comandante en jefe del ejército más poderoso del mundo, no podrán cumplirse y, en todo caso, el Congreso se encargará de rebajarlas hasta un nivel compatible con el estatuto de superpotencia imprescindible a su pesar.

Los resultados confirman, en todo caso, que el Partido Demócrata no sólo acompaña en la derrota a Clinton y Obama, sino que deberá renovar con urgencia sus estructuras, sus mensajes y sus candidatos. Porque están en juego tanto la vitalidad del sistema norteamericano, asentado sobre el liberalismo y la democracia bipartidista, como la posición de EE UU en la escena mundial. Quizá porque Clinton no era una buena candidata, el partido no logró movilizar al electorado que había elegido a Obama en 2008 y 2012 y perdió votos incluso en sus bastiones tradicionales de la costa atlántica, Una mayoría abultada de los electores blancos (58 %) votó en favor de Trump, que se vio muy favorecido igualmente por el deseo de cambio tras ocho años de frustraciones continuadas.

El naufragio académico-periodístico

El nacionalismo de campanario, la crítica sorda de la mundialización y la nostalgia del destino manifiesto que arrastraron a las grandes muchedumbres radicalizadas detrás de Trump propinaron  una atronadora derrota tanto a los medios de comunicación, extrañamente alejados de la realidad, como a los institutos demoscópicos que están encargados de animar la campaña electoral con sus pronósticos. “Un golpe humillante para los medios de comunicación, los encuestadores y la dirección demócrata dominada por Clinton”, reconoció el New York Times en un editorial. El otro gran diario de la costa este, el Washington Post, trató de explicar lo ocurrido por la cólera de los electores del Rust Belt, el cinturón de la chatarra, la región desindustrializada del noreste, cuyos obreros se sienten marginados o excluidos por el establishment político y esperan utópicamente que Trump les devuelva la prosperidad.  El naufragio académico-periodístico, tan remedado en Europa, adquiere perfiles inquietantes.

Lo que no dicen los grandes rotativos es que, al denigrar a Trump como un payaso y un demagogo, perdieron la capacidad de análisis, volvieron la espalda a la cólera popular y se inundaron de propaganda. Los electores han demostrado, entre otras cosas, que no se fían ni siguen los consejos de los gurús mediáticos. Porque, en realidad, el triunfo del candidato republicano se gestó en todos los sectores sociales, no sólo en los golpeados por la crisis industrial, sino hasta en las minorías frustradas por Obama: los negros, que no acudieron en masa a las urnas, como se esperaba, y los hispanos recelosos ante la perspectiva de una nueva oleada inmigratoria.  Casi el 30 % de los hispanos y el 81 % de los cristianos evangélicos votaron por Trump. Como señalaba Le Monde, la veterana estrella mediática europea del progresismo, “Obama fracasó exactamente en las cuestiones en que se esperaba más de él: reagrupar a un país dividido”.

La irritación contra el gobierno estaba bastante generalizada, aunque por motivos contradictorios, pero los medios de comunicación, en vez de ponerla de manifiesto, como era su deber, se dedicaron a ocultarla o mitigarla para persistir en su defensa a ultranza de la representante del establishment, de la continuidad y el statu quo. La vieja coalición que hizo la fortuna electoral de Roosevelt (1933-1945) perdió definitivamente uno de sus pilares –los trabajadores industriales blancos– y está dislocada en cuanto al apoyo sin fisuras de las minorías raciales, religiosas o culturales. El nuevo EE UU que estaba en gestación desde Ronald Reagan culmina ahora con la elección como presidente de un político excéntrico que desafía todas las tradiciones y amaga con dar la vuelta a la tortilla, si lo dejan.

El New York Times, gran abanderado del progresismo y de la candidata demócrata durante toda la campaña, reconoció que el triunfo de Trump entrañaba “no sólo la repudiación de Clinton, sino igualmente del presidente Obama, cuyo legado se encuentra súbitamente amenazado”. No sólo asistimos al final abrupto y melancólico de la dinastía de los Clinton, sino a la clausura de ocho años de progresismo, aislacionismo y repliegue en todo el mundo sólo compensado por la acción mortífera de los drones, la guerra a distancia, sin frentes y sin riesgo, y los acuerdos polémicos con Irán y Cuba. Sin poder apagar los numerosos incendios declarados en todos los continentes, especialmente en el Gran Oriente Próximo.

Jamás los grandes periódicos y las televisiones anduvieron tan desorientados, ni siquiera cuando dieron a John Dewey como seguro vencedor contra el presidente Harry S. Truman en 1948. La elección de Donald Trump, el payaso de las bofetadas de la prensa más sesuda, como el 45 presidente de EE UU, el 8 de noviembre, fue un castigo a la ceguera de los medios, el desprecio de las élites, la arrogancia de los Clinton y la intromisión de los Obama. El resultado les sumió en la desolación y una mal disimulada rabia contra los electores que repudiaron a las élites y provocaron un seísmo electoral, a la espera de un cambio profundo como el de Reagan en los 80.

El penúltimo error de Obama

Muchos periódicos trataron a Trump como a un vulgar enemigo, no como un aspirante con muy visibles simpatías populares. Siguiendo a Barack Obama, la comunidad académico-periodística hizo una apuesta muy arriesgada y ahora se halla ante la imperiosa necesidad de modificar el discurso para  salvar los muebles y evitar que el país se asome al precipicio. La victoria de Trump, pese a los escándalos machistas y los fraudes fiscales, tan ruidosamente propalados, se fraguó en una apabullante respuesta populista y por ende simplista al profundo malestar que recorre la sociedad norteamericana.

Obama prestó un mal servicio al país, abandonó por completo la neutralidad y la mesura que se esperan de un presidente para lanzarse, en compañía de su esposa y de todos los terminales de la Casa Blanca, a una trepidante cruzada contra el outsider y ahora triunfador inesperado. Durante sus ocho años en el poder, Obama agudizó las divisiones del país, al que impuso sin consenso algunos proyectos muy polémicos, como el de la reforma del sistema sanitario, cuya gestión desembocó en un desastre y de cuya derogación hizo Trump uno de los principales temas de su exitosa y frenética campaña. Algo parecido puede decirse de los acuerdos comerciales negociados en Asia y con Europa, o del repliegue estratégico, interpretados por muchos de los seguidores de Trump como un signo inequívoco del apaciguamiento o la decadencia.

El apresuramiento de Obama por recibir a Trump en el despacho oval, 24 horas después de que éste proclamara su victoria, resultó patético y oportunista. Porque no es fácil dilucidar si la derrota debe adjudicarse a Clinton u Obama, o quizá a ambos, habida cuenta de que la primera se presentó como heredera del segundo, siguió sus pasos, recabó su apoyo y confió en su tirón electoral con las minorías. Clinton, a quien los columnistas norteamericanos describen como “una liberal intervencionista”, incluso con proclividades militaristas, asumió el programa pacifista y aislacionista de Obama que tanto incomoda a los norteamericanos que sospechan que el establishment de Washington se ha vuelto pusilánime y está perdiendo el liderazgo en un mundo crecientemente hostil. Éstos son los efectos indeseados de la obamanía, otra víctima notoria de las elecciones.

 

 

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