Posteado por: M | 16 noviembre 2016

Las incógnitas de la política exterior de Trump

¿Qué hará Trump en política exterior? Ésta es la pregunta que recorre las cancillerías de todo el mundo con la aprensión que se deriva de sus heterodoxas y hasta estrambóticas declaraciones durante la campaña electoral. Aunque el presidente actúa condicionado por los otros poderes del Estado, el sistema norteamericano reserva un protagonismo excepcional al jefe del Ejecutivo y comandante en jefe en materia de acción exterior, corolario tanto del aumento de las prerrogativas presidenciales como del compromiso mundial de EE UU, la potencia hegemónica o imperial, aunque a veces reticente, desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Las promesas de Trump y su programa electoral rezuman un aislacionismo persistente, un nacionalismo barato, una voluntad inequívoca de cuestionar el orden internacional vigente y alterar el curso de la globalización capitalista.

Como consecuencia de su escasa formación académica y de sus declaraciones en la campaña electoral, en las que demostró una notoria ignorancia sobre las cuestiones internacionales candentes, se teme que la inexperiencia política, diplomática y militar de Trump provoque más de un altercado con los aliados europeos y asiáticos, pero también se confía en que los secretarios (ministros), subsecretarios, consejeros y expertos de los departamentos de Estado, Defensa y Seguridad Nacional, dentro de una estructura poderosa y con unos procedimientos muy sofisticados, mitiguen las propuestas más osadas o extravagantes en la escena internacional y ponderen con discreción y mesura el papel que EE UU viene desempeñado en el mundo desde hace más de 70 años.

El problema, como señala el veterano diplomático Dennis Ross, es que “la comunidad internacional no tiene ni idea de lo que puede esperar de Trump”. La prensa europea, recordando las declaraciones más nacionalistas y antiglobalización del presidente electo, hace predicciones catastrofistas en forma de una abrupta postergación de las negociaciones del tratado transatlántico de libre comercio, la denuncia del Transpacífico y su eventual corolario: una guerra comercial a ambos lados del Atlántico, que se extendería a China, Japón y otros países asiáticos, y un frenazo en el proceso de globalización en marcha.

En un artículo publicado en el Washington Post, el famoso periodista Bob Woodward, uno de los reveladores del escándalo del Watergate (1971-1972), informa  de “los profundos secretos” de la nación y “los extraordinarios poderes” de que goza el jefe del Estado y que Trump tendrá que conocer antes de jurar el cargo. Entre esas prerrogativas destacan las que conciernen a la abrumadora máquina militar, la más potente del mundo; los planes contingentes sobre las armas nucleares, la interceptación de comunicaciones y, por supuesto, la actuación de los drones y las operaciones encubiertas de la CIA y otros organismos de información, espionaje y contraespionaje. Se supone que todos esos mecanismos y poderes, a veces enfrentados o en sorda competencia, lógicamente pueden rebajar las ínfulas heterodoxas del próximo presidente.

Rememora Woodward lo ocurrido en parecidas circunstancias, la transición ahora en marcha, con el presidente electo Barack Obama. Tras haber asistido a una sesión informativa sobre los servicios secretos y las operaciones en curso, en diciembre de 2008, en un lugar secreto de Chicago, Obama comentó irónicamente: “Menos mal que las ventanas de esta habitación tienen barrotes, porque de no ser así, hubiera podido tener la tentación de saltar fuera”, dando a entender que estaba aterrado. Entre otras minucias, Trump será informado de que el presidente es “el primer consumidor” para la comunidad de inteligencia, los varios servicios secretos, cuya primera obligación es responder a cualquier pregunta o sugerencia que le formule aquél, quizá con informes farragosos y de difícil digestión para un presidente poco curtido en esas lides.

Pese a las restricciones lógicas del gigantesco aparato burocrático, policíaco y de seguridad, los cambios parecen inevitables con la administración que entrará en funciones a partir del 20 de enero de 2017. En un concienzudo análisis titulado “Course correction” (Corrección de rumbo), publicado en la revista The National Interest, antes de la victoria del candidato republicano, Dimitri K. Simes, Pratik Chougule y Paul J. Saunders criticaron la estrategia de Obama, abogaron por “una revisión de la política exterior de Estados Unidos que abandone los clichés triunfalistas” y preconizaron con sólidos argumentos un exhaustivo estudio de la situación del mundo “porque los líderes de EE UU necesitarán definir los intereses vitales con una jerarquía realista de las prioridades internacionales”. Y refiriéndose al candidato republicano precisaban: “Trump ha ofrecido atrevidas propuestas, pero no ha explicado cómo su administración las aplicaría, o cómo podría  integrarlas en una estrategia coherente.”

Es decir, que está todo por pensar, por revisar y en su caso por ejecutar, precisamente cuando el orden internacional liberal conocido y respetado, fundado en la alianza militar, diplomática y cultural de EE UU con la Europa occidental, protegido por la OTAN, hasta llegar a Afganistán y extenderse por África, está en riesgo de sufrir una traumática convulsión. Los cambios son inevitables, aunque se dilaten en el tiempo, y las decisiones unilaterales de Washington parecen las más probables y las más incómodas para los aliados europeos. Los consensos serán más difíciles de alcanzar. Pero la política exterior es un asunto demasiado importante para dejarlo en manos del Trump más imprudente o menos cooperativo.

Una amenaza para el orden internacional

Algunos especialistas, sin duda escocidos por la derrota de Clinton, se muestran especialmente sombríos. Así, Stewart M. Patrick, en el blog que publica en el Council of Foreign Affairs (The Internationalist), teme que “el triunfo de Trump acelere la desintegración del orden internacional, deteriorando la red de normas, instituciones y alianzas que doce presidentes, tanto demócratas como republicanos, alimentaron desde 1945”. Tras pasar revista a las prioridades expresadas por Trump, vincula a éste con la llamada “tradición jacksoniana”, en referencia al presidente Andrew Jackson y su doble presidencia (1829-1837), abogado del aislacionismo, en contraste con el internacionalismo intervencionista inaugurado por Roosevelt y Truman y aún vigente.

De similar opinión es el canciller de la universidad de Oxford, Chris Patten, quien asegura que “Occidente”, en cuanto una construcción geopolítica bajo el liderazgo de EE UU, ”fundamento del orden global”, está en grave riesgo, según señala en un artículo publicado por Project Syndicate. Añade que la elección de Trump “amenaza todo el sistema”, si lleva a cabo lo prometido durante la campaña electoral. Un eminente profesor de Harvard, Joseph Nye, de gran predicamento en las cuestiones internacionales, teórico del “poder blando”, sentenció perentoriamente: “Trump desafía a las alianzas y las instituciones que sustentan el orden mundial liberal.”

Se trata de una corriente de opinión interesada y exageradamente pesimista, probablemente movida por el error clamoroso del pronóstico o por las simpatías hacia Clinton, que atribuye a Trump un poder excesivo y rupturista, pero que se ha instalado en los círculos académicos y periodísticos que apostaron decididamente por la candidata demócrata y quedaron muy mal retratados por el resultado electoral. Los medios y los personajes arrogantes que fueron dialécticamente derrotados por un hombre al que tildan de ignorante, vulgar y demagogo, cuyo aislacionismo militante conecta con los intereses inmediatos de amplios sectores sociales.

 

No obstante, me cuesta trabajo imaginar a Trump demoliendo las instituciones y arrasando el sistema al que debe tanto su éxito personal como su ascensión política, pero sospecho que su ruidosa disidencia puede ser vista como una amenaza por sus detractores: los prebendados del establishment, los adalides de la corrección política, los liberales (izquierdistas) desencantados, los intervencionistas neoconservadores y los apóstoles de la globalización. El célebre Francis Fukuyama, arúspice malogrado en su presagio, en un artículo en la revista Foreign Affairs, y tras recordar los compromisos empresariales del presidente electo, cree que existe “un verdadero riesgo de que el gobierno de EE UU sea capturado por poderosos grupos de interés”.

Después de que el Reino Unido se pronunciara por el Brexit, asestando un duro golpe a la integración europea, la elección de un presidente norteamericano poco convencional, por no decir iconoclasta, y desde luego aislacionista, pone en tela de juicio algunas tendencias que parecían consolidadas, especialmente las concernientes a la globalización, el protagonismo de EE UU en el mundo, las alianzas tradicionales y la cooperación multilateral. ¿Acaso el repliegue iniciado por Obama preparó el terreno para una revisión en profundidad de la política exterior estadounidense que nos devolvería al aislacionismo nefasto del período de entreguerras (1919-1939), corregido a duras penas por Franklin D. Roosevelt?

Para esa corriente de opinión liberal e intervencionista, a la que Clinton dio toda clase de garantías, el problema es el mismo Trump, tan neófito y tan imprevisible, tan populista como aislacionista, cuyo éxito electoral desconcierta a sus adversarios intelectuales. Como subraya Jeffrey Frankel, otro profesor de la universidad de Harvard, “jamás EE UU tuvo un presidente tan sin experiencia política o militar, ni que tan rutinariamente se contradiga, distorsione la verdad y asuma las teorías de la conspiración” sobre una escena internacional terriblemente compleja. También cabe argüir. Teniendo en cuenta la fragilidad intrínseca de las promesas electorales, que el presidente Trump quizá no se parezca tanto como muchos temen al impetuoso candidato.

En varios momentos de la campaña electoral, Trump dejó bien sentado que EE UU no ejercerá más como “un policía mundial”, sino que actuará como una compañía privada de seguridad que vende a buen precio sus servicios de protección. Un nuevo y poderoso ejército mercenario, desplegado por todo el mundo, que ejerce un claro dominio sobre los mares. También aseguró que “Arabia Saudí debería pagar por la seguridad norteamericana” y dio a entender que podría retirar las tropas estacionadas en Japón y Corea del Sur, en la última frontera de la guerra fría. Retirado el paraguas de seguridad norteamericano, esos dos aliados asiáticos se verían abocados a entrar en una costosa carrera armamentística, incluyendo el arma nuclear, mientras Beijing prosigue con su modernización militar y su exhibición de fuerza en el mar de China meridional y todo el sureste asiático.

Oriente Próximo y Europa

Muy probablemente, la nueva administración procederá a una significativa revisión de los compromisos norteamericanos en el gran Oriente Próximo, sin descuidar en ningún momento la firme alianza con Israel. Está en el aire, por tanto, el acuerdo nuclear con Irán, muy criticado por el gobierno israelí, y que Trump se ha comprometido a modificar o enterrar. Podría producirse una conjunción de EE UU con Rusia para liquidar militarmente al llamado Estado Islámico –una de las propuestas más reiteradas durante la campaña electoral– y mantener a Asad en el poder en Siria, a condición de que rebaje o abandone su alianza con el Irán e Iraq, los dos estados de la región dominados por los chiíes. Los perdedores de esa iniciativa serían Arabia Saudí y sus aliados suníes, entre los que habría que incluir a la Turquía de Erdogan. “Si soy elegido –prometió Trump–, el Estado Islámico desaparecerá rápidamente, muy rápidamente.” Nada es menos seguro.

A diferencia de Bush y Obama, el presidente electo no tiene ninguna doctrina y rechaza el intervencionismo, hasta el punto de que los neoconservadores que predicaban la redención por la democracia en el orbe árabe-musulmán, instigadores de la invasión de Iraq, se pasaron a Clinton con todo su bagaje en medio del fragor de la campaña electoral. Trump se mostró abiertamente anti-musulmán en varios discursos y amenazó con imponer una nueva frontera a los inmigrantes que profesen el islam. También dijo que estaba convencido de llegar a un acuerdo con Putin, al que trató como “gran amigo”. Según sus declaraciones, no tiene otro objetivo que la protección y promoción de los intereses norteamericanos, pero la tremenda complejidad geopolítica y religiosa de la región le obligarán a realizar peligrosos ejercicios de equilibrista para no perder el norte. Los analistas tenemos prohibido hacer cualquier vaticinio sobre la región más explosiva del mundo que atraviesa por una de las peores crisis de su tumultuosa historia.

La Unión Europea, aún convaleciente del varapalo del Brexit, tiene nuevos motivos de preocupación, sobre todo, por lo que respecta a su defensa. Durante la campaña electoral, Trump aseguró que la OTAN estaba “obsoleta”, no sabemos si anticuada o inservible, y enarboló el más duro garrote al proclamar que no aplicaría el automatismo del artículo 5 del tratado fundacional, según el cual el ataque contra un país miembro de la alianza se considera un ataque contra todos los demás, que vienen obligados a replicar mancomunadamente contra la agresión. ¿Quiere esto decir que las garantías norteamericanas en Europa, incluido el escudo nuclear, ya no son creíbles? Tampoco tenemos ninguna certeza.

Nada sabemos de lo que piensa en realidad Trump de los dirigentes europeos que le vilipendiaron directamente o por medios interpuestos durante la campaña electoral y cuyos embajadores hacen cola estos días en su cuartel general de la Quinta avenida de Nueva York para rendir pleitesía al presidente-electo y abogar cínicamente por la cooperación. Los ministros de Exteriores de la Unión Europea (UE), reunidos de urgencia en Bruselas, no se atrevieron a decir nada en público sobre los efectos del terremoto político acaecido en el poderoso aliado. En resumen, que no deseaban la victoria de Trump, que no estaban preparados para recibirla con normalidad y que temen un cambio radical en las asimétricas relaciones a partir del 20 de enero próximo.

Trump ha prometido acabar con la asimetría del gasto, que juzga escandalosa, entre EE UU y sus aliados europeos. O ustedes pagan más por la defensa común –vino a decir a los europeos–, o la alianza “obsoleta” quedará inservible, como un recuerdo histórico que fue de gran utilidad durante la guerra fría, pero que no tiene otro enemigo que el escurridizo terrorismo islámico y no puede vivir casi exclusivamente del presupuesto del Pentágono. Ocurre, sin embargo, que los dirigentes europeos, estrechamente condicionados por la corrección política, el pacifismo, el buenismo, el invierno demográfico, el aluvión de refugiados, la economía menguante y el estado del bienestar creciente, no se atreven ni siquiera a sugerir la necesidad de aumentar los gastos militares ante unas opiniones públicas mantenidas en el continente de las maravillas.

Por si no bastara con las deficiencias estructurales y notorias de la UE, los socios europeos de la OTAN afrontan en orden disperso la eventual negociación con la nueva administración norteamericana. Francia, Alemania, Italia y España persisten en la nebulosa burocrática de una poder militar estrictamente europeo, un cuartel general del que no se dice nunca cómo sería financiado, ni qué tropas mandaría, embrión de un ejército europeo. Por otro lado, el Reino Unido y la mayoría de los países que conocieron el yugo soviético rechazan esa idea franco-alemana por considerar que duplicaría las funciones de la OTAN y aumentaría innecesariamente las gabelas burocráticas. ¿Cómo negociar con un Trump firme y envalentonado?

 

 

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