Posteado por: M | 28 noviembre 2016

La historia ya condenó a Castro, ¿para cuándo la libertad en Cuba?

Ante la muerte de Fidel Castro Ruz (1926-2016), anunciada en La Habana el 25 de noviembre, me veo en la tesitura de reiterar con algunos añadidos y matizaciones el juicio que me suscitaba su inacabable dictadura, escrito en 2006, cuando traspasó el poder a su hermano Raúl, y en parte anticipado en un extenso reportaje que publiqué en enero de 1997, coincidiendo con el anuncio de la visita a Cuba del papa Juan Pablo II. Luego de una provechosa estancia en La Habana, entre entrevistas y observación de la vida cotidiana, sostuve entonces y me reafirmo en la conclusión de que la historia no podrá absolver al dictador más longevo de América Latina, mero adaptador del sistema soviético en el Caribe, vástago y actor impetuoso de la guerra fría, quien en 1962, en colaboración con Nikita Jruschov, situó al mundo al borde del apocalipsis nuclear, pero mantuvo en pie el mito de la revolución frente a la hostilidad de diez presidentes de EE UU. Me atrevo a vaticinar que la historia lo condenará por haber confiscado las libertades por más tiempo que ningún otro caudillo suramericano.

Lo más extraordinario de Castro y el castrismo es su perduración durante 57 años como icono y modelo revolucionario, de indiscutible resonancia internacional como heraldo del antiimperialismo y la liberación de los países del Tercer Mundo, que otorgó a Cuba un protagonismo insólito y una influencia notable que desbordaron cualquier previsión geopolítica sobre un pequeño país del Caribe, con sólo diez millones de habitantes, transformado en un bastión comunista y un desafío persistente para la superpotencia mundial. América Latina y África fueron los escenarios principales de la solidaridad internacional preconizada desde La Habana, ya en connivencia con la URSS estancada de Leonid Brezhnev, el gran burócrata que había suplantado a Jruschov en 1964.

En agosto de 1968, Castro pagó las subvenciones del Kremlin (unos 5.000 millones de dólares anuales) aplaudiendo de forma escandalosa el secuestro de Alexander Dubcek, líder del partido comunista checoslovaco, y el aplastamiento de la primavera de Praga por los tanques soviéticos y de otros países del Pacto de Varsovia, en aplicación de la espuria doctrina de la soberanía limitada. De esa manera tan poco decorosa, el líder cubano, supuestamente antiimperialista –en realidad, anti-EE UU– se solidarizó con el imperialismo soviético y blindado en los países de la Europa oriental.

El dictador desaparecido fue, ante todo, un obseso del poder por el poder, sabiondo universal de extravagantes ideas económicas y un superviviente que se presentó con arrogancia imperturbable como la esperanza de todo el continente. El comandante o Líder Máximo desempeñó un papel destacado en todas las turbulencias de la segunda mitad del siglo XX, a pesar de que su régimen autocrático de “socialismo o muerte”, exuberante de retórica pero de expectativas fallidas, degeneró aceleradamente para abismarse en la esclerosis ideológica, el despotismo y la miseria. Un final poco glorioso para un comandante orgulloso y petulante, reticente ante cualquier cambio, incluso a los muy prudentes, por no decir cosméticos, impulsados por su hermano y heredero.

Guerra fría y revolución mundial

Como símbolo impostado de la revolución mundial, en sus días de gloria fue el líder más popular de América Latina y entre algunos jóvenes europeos, tuvo muchos admiradores entusiastas y variopintos imitadores, pero sólo Hugo Chávez alcanzó éxito con los mismos resultados: el despotismo político y la ruina económica, la transformación igualitaria de la sociedad empobrecida y la concentración del poder en una oligarquía de nuevo cuño que incluye a los militares. Che Guevara, en busca de la gloria de la insurrección planetaria, abandonó Cuba en 1965 con el propósito quimérico de crear “varios Vietnam” en América Latina, quizá decepcionado por el remedo mecánico del sistema soviético, pero fue capturado en Bolivia y ejecutado por los militares (1967).

En su primera etapa, al menos teóricamente, el castrismo exaltó los incentivos morales preconizados por el Che Guevara, un anarco-comunista iluminado, para la creación de “un nuevo hombre” a través de la escuela y el trabajo, la abolición de la propiedad privada, el adoctrinamiento general y la recogida didáctica de la cosecha de la caña de azúcar (la zafra). El genuino impulso revolucionario, expuesto en el escaparate del régimen, no pudo resistir los rigores de la guerra fría y quedó frenado por el acuerdo Kennedy-Jruschov, sellado a espaldas de Castro, que lo interpretó como una afrenta, en octubre de 1962. Jruschov retiró los misiles y Kennedy se comprometió a no invadir la isla. Para mayor aflicción, la zafra de los diez millones de toneladas fue un completo fracaso.

En ese momento comenzó el gran viraje del castrismo, que se instaló en el mimetismo soviético, de la cuna a la sepultura, y organizó la supervivencia del régimen –socialismo, patria o muerte— con una legitimación simbólica que descansó en dos premisas llevadas hasta sus últimas consecuencias: la libertad política fue sacrificada supuestamente en aras de la soberanía nacional, y la justicia social, en su modalidad de distribución del ingreso, sirvió como coartada para sofocar los valores liberales y los principios democráticos. Castro realizó un viaje triunfal por Rusia, en abril de 1963, se mostró obsecuente con sus anfitriones y fue proclamado “héroe de la Unión Soviética”. El nacionalismo cubano salió mal parado de esa sumisión y Castro, que había proclamado que “Cuba no será satélite de nadie”, volvió a mostrar su proclividad oportunista.

El mismo Castro reconoció el fracaso del sistema perpetuado en la isla con la ayuda y la fidelidad de los militares y la policía política. En unas sorprendentes declaraciones que hizo al periodista norteamericano Jeffrey Goldberg, su invitado en La Habana, aseguró que “el modelo cubano ya no funciona, ni siquiera para nosotros”. La entrevista fue publicada en la revista The Atlantic, en septiembre de 2010, y reproducida en la mexicana Letras Libres en enero de 2011. También resultaron contradictorias con la retórica habitual las palabras que pronunció sobre la crisis de los misiles de 1962. Cuando Goldberg le recordó que había enviado una carta a Jruschov en la que le recomendaba lanzar un ataque nuclear contra EE UU si éstos atacaban a Cuba, Castro replicó: “Después de haber visto todo lo que he visto, y de saber todo lo que sé ahora, pienso que no valió la pena.”

Esas sibilinas rectificaciones no hicieron mella en la admiración y el respeto de muchos de sus partidarios, aun a sabiendas de que el dictador y su régimen habían perdido fuelle ideológico y habían entrado en una decadencia irremediable. En la izquierda no instalada y en parte de la instalada la figura de Castro se había convertido en una reliquia que permite reanimar, aunque sea con respiración asistida y aplazada indefinidamente, la utopía marxista. Muy lejos de la Europa bienpensante, desde luego, como suele ocurrir desde que Jean Paul Sartre publicó su “Huracán sobre el azúcar”, unos meses después de que la revista Time retratara al guerrillero de Sierra Maestra, con barba y con uniforme color verde oliva, como “el revolucionario vengativo”, tras su entrada triunfal en La Habana, en enero de 1959.

Con motivo de la muerte del dictador, una buena parte de la prensa europea, con la española en primera línea, nos ofreció una melancólica versión de “La grande parade” (La grana mascarada), para decirlo con el título del libro que el libérrimo Jean-François Revel utilizó para fustigar “la supervivencia de la utopía socialista” en Europa. El editorialista de un periódico de Barcelona, más fanático que despistado, presentó al dictador como un benemérito reformista “que permitió a los cubanos salir de la miseria”, cuando jamás la sufrieron tan persistente, y la TVE montó un verdadero espectáculo circense para no llamar a las cosas por su nombre, para enmascarar el despotismo y ensalzar la dimensión histórica del fallecido, con desprecio absoluto del pueblo cubano afligido, sin libertad, o exiliado.

Mi malestar moral y profesional lo encontré reflejado en un escrito del filósofo francés Michel Onfray, quien denunció la ceguera de los comentaristas, “la indecencia de los homenajes”, y señaló sus límites: “Un dictador es un  dictador, cualesquiera que sean los objetivos que proponga.” En realidad, el personaje histórico que encarnó Castro no necesita panegiristas de su gestión deplorable, sino un nuevo Gabriel García Márquez que presente en su otoño al patriarca decrépito, o un Mario Vargas Llosa dispuesto a repetir el deslumbrante relato de La fiesta del chivo. Onfray señalaba el camino de la narración al denunciar que Castro era “como un nabab que vivía como un príncipe de las monarquías petroleras. Nada faltaba en su mesa, vivía de manera suntuaria mientras que los cubanos carecían de mantequilla.” La telenovela podría añadir que el dictador tuvo al menos ocho hijos con al menos tres mujeres y conquistó a muchas más.

Los pelotones de fusilamiento y las purgas

Efectivamente, el proceso revolucionario no se inició a la manera romántica y generosa que cantaron algunos corifeos, sino que estuvo escoltado por los juicios sumarios, las ejecuciones, las expropiaciones masivas, la cárcel y el exilio. En la fortaleza de San Carlos de La Cabaña, a las órdenes de Che Guevara, los pelotones de ejecución comenzaron a fusilar a los supuestos “enemigos de la revolución” inmediatamente después de la toma del poder. Se sabe que Castro elaboraba las listas de los represaliados, de los que entre 5.000 y 15.000 fueron ejecutados. La variedad de las fuentes y la ocultación oficial no permiten una mayor precisión en ese capítulo siniestro de los inicios del castrismo. En junio de 1959, seis meses después de la huida del dictador Fulgencio Batista y de la entrada de los barbudos en La Habana, Castro abandonó su promesa de celebrar elecciones libres. “Primero la revolución y después las elecciones” fue la consigna oficial.

No faltaron al castrismo las luchas intestinas y los procesos amañados en el más puro estilo estalinista. Camilo Cienfuegos, el héroe de la marcha guerrillera sobre La Habana, desapareció en un accidente de aviación en circunstancias nunca aclaradas. Otro líder guerrillero, Hubert Matos, el más estrecho colaborador de Che Guevara, fue encarcelado en octubre de 1959 por haber manifestado su oposición a la deriva comunista del régimen y pasó veinte años entre rejas. El poeta Heberto Padilla, detenido en 1971, se vio forzado a escenificar una autocrítica denigrante a cambio de su libertad. En una célebre conferencia de prensa, Padilla dio las gracias a la policía política, por haberle devuelto al buen camino, y denunció a su esposa y sus mejores amigos como “enemigos de la revolución”. Este escándalo abrió los ojos a muchos intelectuales europeos que hasta entonces habían defendido al castrismo.

Sus admiradores incondicionales reiteran el encomio de Castro como liberador de la isla, comandante victorioso del combate contra el imperialismo, consagrado en la bahía de Cochinos (1961), y apóstol de la revolución universalmente pendiente; pero sus detractores, incluida la legión de los exiliados, lo vituperan como un déspota violento, egocéntrico e histriónico que encerró al país en un férreo círculo de opresión política, miseria económica e indigencia moral. En la frialdad de la cronología aparece como un liberal de origen burgués, educado por los jesuitas, pasado con armas y bagajes a la guerrilla y la revolución, líder de una férrea dictadura comunista que utilizó la hostilidad de Estados Unidos como pretexto y artimaña patriótica para consolidarse en el poder, pero fracasando en el intento de extender la agitación revolucionaria por todo el continente. También en el exterior, un profeta airado pero fallido en casi todos sus vaticinios.

Las relaciones borrascosas con EE UU

La historia y las muchas biografías del personaje no han podido resolver uno de los enigmas más controvertidos: si Castro ya era comunista en la Sierra Maestra, y disimuló para no alarmar a EE UU, o si se hizo comunista después de tomar el poder, por necesidad estratégica y de supervivencia. Che Guevara, que sí se declaraba marxista, se refirió a su jefe con estas palabras: “Siempre he considerado a Fidel Castro como un auténtico líder de la burguesía de izquierdas.” En cualquier caso, la guerra fría y la confrontación Este-Oeste no ofrecieron muchas opciones a los jóvenes cubanos alzados contra la dictadura de Batista, desde la primera hora arrastrados por el torbellino revolucionario y la represión indiscriminada contra la burguesía y el clero de la Iglesia católica.

No cabe duda, sin embargo, de que logró fascinar y engañar a un veterano periodista del New York Times, Herbert Matthews, que lo entrevistó en la Sierra Maestra, en febrero de 1957, y lo lanzó al estrellato como un héroe romántico, guerrillero adepto de la democracia y de las elecciones, que estaba dispuesto a liberar a los cubanos de la dictadura, un abogado “liberal y, por ende, anticomunista”. El periodista norteamericano sería perseguido hasta su muerte por el fantasma del Castro “anticomunista” que creyó descubrir entre los barbudos. Otros norteamericanos llegaron a ensalzarlo como si fuera el George Washington cubano. Esta profesión mía, cuando abandona el relato de lo que realmente ocurrió, se adentra en un terreno pantanoso en el que pululan los profetas fallidos y los aprendices de brujo.

El culto de la personalidad, subproducto de la ideología comunista, le rodeó hasta su muerte, convertido desde 2006 en consejero áulico e infalible de su hermano Raúl, y no tiene parangón en América Latina, tan proclive a caer en la degradación populista. Tras su jubilación oficial en 2008, el decrépito caudillo cambió el uniforme militar por el chándal de una firma capitalista, pero siguió impartiendo doctrina desde las escasas páginas del periódico único, el Granma. Sus interminables peroratas ideológicas, desde la habanera plaza de la Revolución, de la que cuelga un retrato gigantesco de Che Guevara, encuentran su refutación más hiriente e indiscutible en la vida azarosa cuando no miserable de los millones de cubanos que no forman parte de la oligarquía o nomenklatura cívico-militar del régimen, pero sufren de su incuria y de la penuria que genera.

Al sacrificar la libertad y la democracia en el falso altar de la igualdad y la justicia, el castrismo se quedó sin referencia axiológicas, en un régimen policíaco, y acabó como vulgar administrador de la penuria instalada en la isla. A pesar de las rectificaciones burocráticas introducidas en el decenio transcurrido desde que Raúl sucedió a Fidel, el resultado calamitoso de la economía administrada no ha podido ser corregido, sólo mitigado. Los coqueteos retóricos con el modelo chino, el trabajo por cuenta propia, concedido de manera cicatera o corrupta, y el despido de funcionarios son las más recientes maniobras para ocultar el agotamiento ideológico, el fracaso económico-financiero y los prejuicios anacrónicos contra la empresa privada.

Castro no fue un ideólogo, sino simplemente un vocero del catecismo marxista-leninista acuñado en Moscú y en su versión tropical, según el cual no es posible la revolución sin teoría revolucionaria, de manera que el castrismo fue elaborando sus mitos en correspondencia dialéctica con su práctica política. Por lo tanto, el Líder Máximo suscitó escaso interés como pensador o teórico, a pesar de su irrefrenable facundia, pero fue el conductor de una excepcional experiencia política de más de medio siglo, realzada por el enfrentamiento con la primera potencia mundial, y exhibió dotes innegables de astucia, liderazgo y oportunismo. El dictador combinó con suma habilidad la cerrazón ideológica y el sectarismo cruel con la improvisación permanente.

La pervivencia del castrismo durante 57 años  sería incomprensible sin tener en cuenta las borrascosas relaciones con EE UU. La unión opción de Washington, hasta la apertura iniciada por Obama, fue la de mantener cuando no reforzar el aislamiento comercial, el famoso embargo, y la aplicación de una diplomacia del garrote adaptada a nuestra época con la añagaza de la solidaridad democrática y la defensa de los derechos humanos. La ley Helms-Burton (1996), aprobada durante la presidencia de Bill Clinton, vuelta de tuerca del embargo, fue el último subproducto de las pulsiones irracionales que provocaba en Washington la supervivencia del comunismo a 150 kilómetros de Florida, exacerbadas por la impaciencia y el radicalismo de más de dos millones de exiliados.

La retórica cainita radiada desde Miami, utilizada también como coartada electoral, sólo sirvió para perpetuar el inmovilismo de los Castro, la defensa numantina, la propaganda de un régimen caduco. Una estrategia equivocada, sin duda. Porque las dictaduras no se derriban con sanciones económicas, que golpean a los más afligidos, sino con la apertura y los contactos que socavan sus cimientos ideológicos. Fue el razonamiento que llevó al presidente Obama a contactar con Raúl Castro y probablemente con los militares cubanos, para restablecer las relaciones diplomáticas e incluso a realizar una polémica visita a La Habana (2015-2016).

Los efectos de la “perestroika” 

La perestroika iniciada en la URSS por Mijail Gorbachov, en 1985, tuvo los efectos de un ciclón en todos los países de la órbita soviética, en Europa oriental y, por supuesto, en Cuba. “Éste no es sólo el período más difícil de la revolución, sino el período más difícil de la historia de Cuba”, proclamó Castro el 29 de diciembre de 1991, cuatro días después de la desaparición oficial de la URSS. Castro injurió a Gorbachov y tuvo que organizar la supervivencia sin las subvenciones y el comercio favorable de la Rusia de Yeltsin. La situación interna de Cuba se degradó hasta extremos sin precedentes de pobreza, de opción cero y glaciación política, de realidad social depresiva. El producto interior bruto (PIB) reculó el 38 % en cinco años (1991-1994).

La perestroika fue la causa indirecta de una convulsión interna, una purga sangrienta que se ensañó con los militares. En junio de 1989, el diario Granma anunció con toda la artillería tipográfica el arresto de una veintena de generales y altos oficiales de las Fuerzas Armadas, a los que se acusaba nada menos que de deslealtad o traición y tráfico de drogas. El jefe de la supuesta conspiración era el prestigioso general Arnaldo Ochoa Sánchez, “héroe la revolución”, que había mandado el cuerpo expedicionario cubano en África (Angola y Etiopía) y gozaba de gran predicamento entre la oficialidad. Se rumoreó entonces que Ochoa, influido por la perestroika y su eventual aplicación en Cuba, estaba conspirando para derrocar a Fidel, pero se trataba de bulos sin otra explicación que la paranoia y los celos de los Castro. Tras un simulacro de consejo de guerra, Ochoa y tres altos oficiales de las Fuerzas Armadas fueron condenados a muerte y pasados por las armas el 13 de julio de 1989.

Después del fusilamiento de Ochoa y sus compañeros, el comandante valetudinario y sus herederos improvisaron otro viraje ideológico que les llevó a recalar en el modelo chino de “un país dos sistemas”, una transacción con el denostado capitalismo mediante las empresas mixtas, el turismo y el dólar. Y en esas estamos en el momento de su mutis definitivo, toda vía muy lejos de Beijing, muy cerca de Pyongyang, y sobre todo, con muy fuerte presencia en Caracas.

Tras la herencia dictatorial sólo se percibe una montaña de incertidumbres, ni se tiene ningún anticipo de la llegada de la libertad, pues sabido es que el comunismo se define como totalmente refractario de las reformas, no puede reformarse sin provocar su destrucción, como aprendió con mucho retraso Gorbachov, que al final se quedó en la estacada. La misma conciencia dolorosa, la cautela, el sarcasmo y el escepticismo que adivino en la disidencia, como puede comprobarse en el escrito de la benemérita bloguera Yoani Sánchez, del que me complazco en reproducir dos párrafos:

“La eterna pregunta que tantos periodistas extranjeros hacían, ya tiene respuesta. “¿Qué pasará cuando se muera Fidel Castro?”. Hoy sabemos que lo cremarán, pasearán sus cenizas a lo largo de la Isla y las colocarán en el cementerio de Santa Ifigenia, a pocos metros de la tumba de José Martí. Habrá lágrimas y nostalgia, pero su legado se irá apagando.

“El Consejo de Estado ha decretado duelo nacional durante nueve días, pero el panegírico oficial durará meses, el tiempo suficiente para tapar con tanta algarabía la chata realidad del postfidelismo. Un sistema que el actual presidente intenta mantener a flote, agregándole remiendos de economía de mercado y llamados al capital extranjero que su hermano abominaba.”

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