Posteado por: M | 1 diciembre 2016

Fillon resucita a Reagan y Thatcher en Francia

Los resultados de las elecciones primarias de Los Republicanos, el gran partido del centro-derecha en Francia, asestaron un nuevo varapalo a los institutos de opinión que elaboran los sondeos y alteraron los cálculos de casi todos los opinadores y tertulianos de las televisiones y los periódicos que, una vez más, profirieron vaticinios totalmente errados. El triunfo de François Fillon, un conservador sin complejos, que obtuvo el 66 % de los votos emitidos, el 28 de noviembre, derrotando al centrista Alain Juppé en la segunda vuelta, fue un brusco viraje que, como en el caso de Donald Trump, dinamitó los consensos más notorios sobre la corrección política, la ideología de género, la inmigración, el modelo social francés, la defensa de un Estado hipertrofiado y la preterición de los valores tradicionales que casan mal con el multiculturalismo dominante. Todo ello acompañado por una sutil y extendida policía del pensamiento.

Durante la campaña, Fillon dijo muchas cosas que los franceses no escuchaban desde hace tiempo, pero que los electores de centro-derecha, según todo los indicios, deseaban ver planteados en el ágora televisiva. El candidato que las encuestas situaron en tercer o cuarto lugar acabó venciendo, como estrella ascendente de la nueva o tercera derecha; habló con serenidad y seriedad de los valores tradicionales, comparó al “totalitarismo islámico con el nazismo”, insistió en que Francia no es una suma de comunidades, como pretenden los apóstoles de la diversidad, sino una nación con una identidad sólida, unas costumbres y una cultura que los inmigrantes deben asumir, “al mismo tiempo la hija mayor de la Iglesia y el país de las Luces”; y abogó, en fin, por  “romper con el espíritu de mayo de 1968 para volver a los valores de la familia y de la educación, para renovar la alianza con una Francia que no tenga vergüenza de sus orígenes”.

Para muchos observadores franceses y europeos, el discurso de Fillon provocó una sorpresa mayúscula, un movimiento tectónico que sacudió las conciencias y motivó a los electores, hasta el punto de que el izquierdista diario Le Monde anunció a toda plana el comienzo de “una revolución conservadora”, sin duda con el recuerdo controvertido de Reagan y Thatcher que se extendió por todo el Hexágono. Resultó que un personaje en apariencia secundario, de 62 años, sobrio y preciso, enjundioso y elocuente en sus mejores momentos, se liberó del lastre de haber sido el primer ministro de Sarkozy (2007-2012), ahora su competidor, para cautivar a los electores tanto por el fondo como por la forma didáctica y seria de exponer su programa, por la extraña novedad de eludir los tópicos, de conocer los problemas reales y llamar a las cosas por su nombre.

Con un programa que, por su radicalidad, se consideraba invendible a priori, marginal en los circuitos parisienses del consenso, Fillon obtuvo el 44 % de los votos en la primera vuelta, en que la Sarkozy quedó eliminado, el 20 de noviembre, y una semana después aplastó en la final a Juppé, a pesar de la muy alta participación (4,3 millones de votantes), lo que en principio podía perjudicarle. El resultado fue considerado, en todos los sectores político-periodísticos, como el nacimiento de una tercera derecha y el comienzo quizá de una nueva época. También fue interpretado como una pausa, al menos, en “la frivolización progresiva de la esfera pública”, según la expresión del filósofo alemán Peter Sloterdijk, a la que aludió Le Monde en su editorial, y que parecía dirigida implícitamente contra Sarkozy, tan enérgico como volátil y gastado.

La tradición y los valores

Fillon convenció y venció con un discurso claramente conservador, tradicional, enérgico, muy distinto del vago centrismo idealista o socialdemócrata en que confluyen y se turnan las fuerzas del establishment, las llamadas “élites extractivas” que monopolizan la plaza pública. “Es un hombre de coraje y de perseverancia”, dijo de Fillon un parisiense de clase media que, al salir de la misa dominical en una iglesia de París, fue abordado por un periodista norteamericano que luego reprodujo la conversación en un reportaje del New York Times. Para el conservador Frankfurter Allgemeine Zeitung, el resultado de la elección primaria tuvo también un sentido revolucionario, fue “como un trueno, la versión francesa de la revuelta contra el establishment político”. “El hombre que debe salvar a Europa de Le Pen”, según el resumen perentorio del semanario alemán Der Spiegel.

Merece la pena recoger algunos de los temas preferidos en el discurso de Fillon para darse cuenta cómo son olvidados, preteridos e incluso censurados en otros países, singularmente en España, probablemente el país de la Unión Europea donde resulta más hegemónico y por ende agobiante el relato centrista, vagoroso, elusivo, ambiguo, lleno de lugares comunes, que atenaza a las principales fuerzas políticas, sin otros valores cívicos que los superficiales de la corrección política, la dictadura del género, la defensa a ultranza o utópica de unos derechos de nuevo cuño y de un Estado del bienestar a punto de naufragio. La impostada o hipócrita ejemplaridad que se exige al adversario sustituye a una justicia independiente, rápida y eficaz.

Fillon, que se declara católico practicante y tiene cinco hijos, repudió el aborto y defendió sin complejos los valores franceses (familia, escuela, nación, identidad), el restablecimiento de la autoridad, el mérito como ascensor social, el honor de la Iglesia católica y “el control administrativo estricto sobre el islam”, cuyo sector más radical “será combatido sin piedad”. Pretende que los musulmanes se comporten como los católicos, los protestantes o los judíos en un Estado neutral y una escuela laica. Frente a los partidarios del multiculturalismo, de la yuxtaposición de las comunidades cerradas y endogámicas, que han convertido a algunos suburbios en unos espacios al margen de la ley, Fillon confía en el poder de asimilación que la cultura francesa tuvo y debería recuperar sobre diversas oleadas de inmigrantes.

Varios observadores franceses señalaron que algunas organizaciones católicas, contrarias al aborto y al matrimonio homosexual, se movilizaron para respaldar a Fillon, en un movimiento bastante extendido por la Francia provincial, católica y patriótica, a veces menospreciada por el centralismo agobiante de París, sostenedora histórica del gaullismo, que encuentra su centro espiritual en la abadía benedictina de Solesmes, en el departamento del Sarthe, el centro más activo y perseverante de la restauración gregoriana, en el noroeste del país. Una Francia escondida siempre tras los escaparates deslumbrantes de París. Fillon fue diputado por el Sarthe antes de serlo por la capital en la actual legislatura, estuvo vinculado y sigue en la órbita del llamado gaullismo social y en la idea nacionalista de “la Europa de las patrias”, del Atlántico a los Urales.

El candidato supuestamente centrista, Alain Juppé, alcalde de Burdeos, que fue primer ministro con el presidente Jacques Chirac, cuya campaña estuvo signada por el prurito aproximarse a las posiciones socialdemócratas, quizá con vistas a una hipotética segunda vuelta de las elecciones presidenciales de mayo de 2017, fue derrotado ampliamente por Fillon (34 % y 66% respectivamente de los votos emitidos), probablemente porque muchos de los electores de la derecha pensaron que se había disfrazado de izquierdista y había preconizado un eventual acuerdo con los socialistas para derrotar a Marine Le Pen, la presidenta del Frente Nacional. Juppé defendió “una identidad dichosa”, que pocos saben qué significa; emitió un mensaje complaciente hacia la comunidad musulmana y abogó por dar nuevos pasos en el camino de la globalización.

Más libertad económica

El programa de Fillon fue resumido por la revista Le Point: “más liberalismo económico, pero menos liberalismo cultural”, o lo que es lo mismo: tradicionalismo social  y libertad económica. Sus propuestas económicas fueron las más polémicas porque representan un desapego del gaullismo, un intento radical de socavar  las posiciones e intereses creados de los sindicatos, la flexibilización del mercado de trabajo y la reducción drástica del sector público para sacar al país del estancamiento y el desempleo estructural, a fin de aproximarle, sobre todo, al modelo británico o canadiense. Esos objetivos implicarían abolir la jornada laboral de 35 horas, para pasar a 39; bajar el impuesto de sociedades del 33 % al 24 % y un recorte del gasto público de 100.000 millones de euros en cinco años, parcialmente cubierto por la supresión de 500.000 plazas de funcionarios.

Durante la campaña electoral, Fillon elogió en varias ocasiones a la ex primera ministra británica, Margaret Thatcher, una referencia poco usual en un país tan apegado al intervencionismo estatal, en el que los términos neoliberalismo o thatcherismo suenan como un insulto. Pero no se trata sólo de recortar el poder de los sindicatos o de ajustar bien las cuentas públicas, sino de introducir más libertad en un sistema anquilosado por el intervencionismo estatal. La nueva libertad se plasmaría en la autonomía de las escuelas, la liberalización del suelo a la libre asociación de los productores agrarios para negociar los precios, incluyendo alguna iniciativa para introducir en las pensiones públicas el método de capitalización. Fillon pretende nada más y nada menos que acabar con el inmovilismo.

Si Fillon llega a la presidencia, en mayo de 2017, como se reputa lo más probable si la izquierda persiste en sus tácticas suicidas, derrotando a Marine Le Pen en la segunda vuelta, será el momento de comprobar si su ambicioso programa de reforma radical resiste los embates de las fuerzas sindicales en ambos sectores de la economía, de la plétora funcionarial y de la oligarquía de los grandes commis del Estado surgidos de las prestigiosas escuelas y que pueblan los despachos de todos los ministerios. Como he reiterado en otros análisis, Francia es un país refractario de las reformas, quizá por el peso excesivo del sector público de la economía, el 57 % del producto interior bruto (PIB), un porcentaje sólo superado por Finlandia entre los países desarrollados (OCDE).

Con su intento de revitalizar a la derecha, Fillon obtendrá el respaldo de los sectores derechistas que abandonaron a Sarkozy y facilitaron el triunfo del socialista François Hollande en 2012, pero es más difícil que logre penetrar en la ciudadela del proletariado que antes votaba al PCE y que ahora se ha pasado al Frente Nacional en las regiones industriales declinantes del norte y el este de Francia, desde Pas de Calais hasta Alsacia-Lorena. La izquierda ya está agitando contra Fillon el fantasma de la amenaza contra el Estado del bienestar, una retórica que puede beneficiar a Marine Le Pen en la segunda vuelta, como siempre que se plantea el dilema de “la peste o el cólera”. Como un gran descubrimiento tipográfico, el izquierdista diario Libération publicó en primera página un fotomontaje con los rostros mezclados de Thatcher y Fillon. El arma arrojadiza de unos sindicatos en crisis.

En política exterior, por el contrario, Fillon se encuentra cómodamente instalado en los principios y las tácticas que elaboró el general De Gaulle y que fueron aceptadas tanto por la izquierda como por los veteranos  estrategas diplomáticos del Quai d´Orsay: más soberanía nacional, menos Bruselas, mediante la reforma del acuerdo sin fronteras de Schengen y la reducción de las competencias de la Comisión Europea, el monstruo burocrático dilapidador. También propone el levantamiento de las sanciones contra Putin y la reanudación de la vieja amistad con Rusia, pilar insustituible de la seguridad europea. El futuro de las relaciones franco-alemanas resultaría algo más incierto en la medida en que la República de Berlín, tras la retirada británica, se afianza como la potencia hegemónica en la Unión Europea, por más que mantenga un perfil bajo en todas las cuestiones internacionales.

 

 

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