Posteado por: M | 8 diciembre 2016

    El italiano Renzi, aprendiz de brujo y víctima del referéndum

La manía, la plaga y el error de convocar un referéndum para resolver complejos problemas políticos, un procedimiento muy utilizado por los dictadores de toda laya, produce resultados indeseables en las democracias liberales y representativas, como comprobó el primer ministro británico, David Cameron, en el pasado mes de junio, y acaba de experimentar el presidente del Consejo italiano, el joven e impetuoso Matteo Renzi, humillantemente derrotado por 20 puntos de diferencia en la consulta del 4 de diciembre. El 60 % de los electores italianos rechazó enfáticamente una reforma de la Constitución de 1948, la más amplia e importante jamás intentada, bien concebida y elaborada por los juristas, pero desastrosamente gestionada por el primer ministro, quien reconoció que el  resultado había sido “increíblemente claro”, antes de entregar su dimisión al presidente de la República en el palacio del Quirinal. Todas las conjeturas previas se tornaron irrelevantes debido a la amplitud de la derrota.

Una vez más –como en el Reino Unido, Hungría, Grecia o Colombia–, ninguna encuesta o previsión había pronosticado que el frente del rechazo alcanzaría esa amplitud y con la misma intensidad en casi todo el país. Sólo los italianos expatriados votaron ampliamente en favor de la iniciativa del primer ministro, tan imprudente como altivo, que reconoció con tristeza: “Jamás habría imaginado que los italianos me detestaran tanto.” Si no hubiera actuado como un oportunista ensoberbecido pero imprevisor, un aprendiz de brujo, quizá el aborrecimiento de sus compatriotas hubiera sido menos acusado. Quizá si hubiera buscado un mínimo consenso en el parlamento, Renzi se habría ahorrado el referéndum y la derrota.

Una coalición disparatada de descontentos y amenazados por la reforma, de la extrema derecha a la extrema izquierda, desde la Liga Norte, antieuropea y xenófoba, hasta el Movimiento 5 Estrellas, populista, indignado y ruidosamente anti-todo, pasando por la derechista Forza Italia (Silvio Berlusconi), hizo morder el polvo al “bello Renzi”, caído en el precipicio del hombre imprescindible. Incluso el Partido Democrático (PD) del primer ministro, que se define como europeísta y de centro-izquierda, definitivamente liberado de la ganga comunista, con mayoría absoluta en la Cámara de Diputados y relativa en el Senado, quedó desgarrado por la batalla referendaria, de manera que los ajustes de cuentas se reputan inevitables antes o después de las próximas elecciones generales previstas en 2018, pero que podrían anticiparse. Dos influyentes correligionarios de Renzi, el ex primer ministro Massimo d´Alema y el ex presidente del partido, Pier Luigi Bersani, hicieron campaña por el no.

El Senado, punto fuerte de la reforma

La reforma afectaba nada menos que a 47 artículos de la Constitución y se proponía, como máximo designio, aliviar el presupuesto y simplificar el proceso legislativo mediante la drástica reducción de los poderes del Senado, que sería despojado de su poder legislativo y pasaría a convertirse en un órgano consultivo y de representación regional. Abolía el llamado bicameralismo perfecto o paritario, que otorga idénticos poderes a ambas cámaras; reducía de 135 a 95 el número de senadores, a los que dejaba sin sueldo, cooptados por los consejos regionales y los alcaldes; y eliminaba tanto la intervención del Senado en la investidura del presidente del Consejo como la figura del senador vitalicio.

Otro aspecto sustancial de la reforma era la revisión del título quinto de la Constitución para reforzar al Estado frente a las regiones mediante la recuperación por aquél de algunas competencias de éstas (energía, infraestructuras estratégicas y protección civil, entre otras) y otorgando a la Cámara de Diputados la capacidad de aprobar leyes en el ámbito competencial periférico, para evitar las duplicidades y reducir el gran artilugio burocrático. Con el mismo objetivo centralizador, de simplificación, eficacia y ahorro, quedaban abolidas las 110 provincias, focos intangibles del caciquismo, cuyas competencias están absorbidas y/o duplicadas por las regiones.

El resultado del referéndum y la dimisión del primer ministro, tras casi tres años de gobierno y una gestión mediocre, colocaron de nuevo a Italia en el territorio abrupto pero conocido, proverbial, de la inestabilidad, los cabildeos y las combinaciones, una situación  nada sorprendente en un país que ha conocido 63 gobiernos en los últimos 70 años, desde la proclamación de la República en 1946, un cambio de régimen también decidido por referéndum. Renzi esperaba inaugurar la Tercera República, pero de nuevo colocó al país en el atolladero, ahora en manos de la prudencia del presidente de la República, Sergio Mattarella.

La política italiana nunca fue fácil de manejar ni de entender por los no iniciados en la ímproba tarea de escapar del laberinto de un multipartidismo exacerbado por las corrientes, los personalismos y las clientelas dentro de cada formación. Los cambios introducidos en los años 90 del pasado siglo, por impulso de los jueces y fiscales de “mani pulite” (manos limpias), adecentaron los establos, liquidaron al partido socialista, dispersaron a la democracia cristiana y alumbraron retóricamente la Segunda República, pero no sirvieron para aventar los vicios más notorios del sistema. Las fuerzas políticas salvadas de la quema se reagruparon con otros nombres y nuevos personajes.

Tampoco hay novedades en la manifestación de la ira popular que se refleja en el resultado del escrutinio. Una contribución italiana al fenómeno de la insurrección populista o conservadora que recorre Europa. La alta participación en el referéndum (70 %) desveló hasta qué punto los ciudadanos, y muy especialmente los de la clase media golpeada por la crisis, están descontentos con la situación general y con los gestores de su desgracia. La vieja presunción de que los hijos tendrían mejor nivel de vida y mejores oportunidades que sus padres ha desaparecido del horizonte vital de las clases medias europeas en muchos países –Italia, Francia, España, Portugal— y ha destruido en parte la armonía social que resulta esencial para la preservación del orden liberal y democrático. El masivo desempleo de los jóvenes está minando la estabilidad social.

La mala situación económica

La caída de Renzi, tras mil días en el palacio Chigi, se explica, ante todo, por la mala situación económica que hace de Italia uno de los puntales más débiles y preocupantes de la eurozona. La crisis estructural derivada de las discrepancias entre los prestamistas (Alemania y los países del norte) y los deudores (la Europa del sur) alcanza su máxima expresión en Italia con un endeudamiento gigantesco (133 % del producto interior bruto o PIB). El eslabón más débil es el sistema bancario, cuyos créditos fallidos o problemáticos alcanzan la fabulosa cifra de 360.000 millones de euros, una espada de Damocles en el momento en que empiezan a subir los tipos de interés. Entre otros infortunios, Renzi fracasó en su intento de rescatar con dinero público el banco Monte dei Paschi, en estado de quiebra enmascarada, con los tenedores de los bonos, muy extendidos entre las familias de clase media, al borde de un ataque de pánico.

El débil crecimiento de los últimos tres años ensombrece inevitablemente el balance de Renzi, que no consiguió la prosperidad y los empleos prometidos con bastante desenvoltura. Durante la larga campaña electoral del referéndum el primer ministro multiplicó los anuncios triunfales sobre la resurrección de la economía, pero los datos macroeconómicos certifican que sigue moribunda. El crecimiento será del 0,8 % este año y del 1 % el año próximo, muy por debajo de la media de la eurozona (1,7 %). El paro está ligeramente en retroceso, pero aún afecta al 11,6 % de la población y al 35 % de los menores de 25 años.

El nivel de vida se ha degradado imparablemente en el último decenio. En 2004, los italianos ganaban anualmente de media unos 1.000 dólares menos que los alemanes, pero esa diferencia alcanza ahora los 10.000 dólares. En el mismo lapso de tiempo, los españoles redujeron la diferencia de sus ingresos con respecto de los italianos de 5.000 a 1.700 dólares, pese a que España sufrió con idéntica fuerza los embates de la crisis. Esa situación “ha cavado una fosa entre la opinión pública y Matteo Renzi –según escribe Antonio Polito, respetado editorialista del diario milanés Corriere della Sera–. El cansancio se transformó en rabia.”

Renzi, ex alcalde de Florencia, el primer ministro más joven, con sólo 41 años y aspecto apolíneo, con un estilo dinámico, llegó al poder en febrero de 2014, tras imponerse sin miramientos en el partido, enarbolando un programa de reformas radicales y de “rottamazione”, es decir, de cambio generacional, de jubilación de la vieja clase política y de las antiguas costumbres. Apodado “el desguazador” por sus ínfulas de reforma, con él llegó la esperanza de cambios sustanciales, y con su caída se agravan las dificultades económicas y crece la frustración. Los más veteranos de la clase sonríen taimadamente ante el descalabro del joven líder que sólo ha durado mil días, pero cuyo retorno a la primera línea no es improbable.

La mayor equivocación de Renzi fue la personalización del referéndum, su transformación en un plebiscito, como si fuera un remedo de dictador, al anunciar que dimitiría en caso de triunfo del no. O yo o el caos, repitió en formulaciones diversas. Sus adversarios más extremos llegaron a denunciar su comportamiento mussoliniano, un epíteto de oprobio, y añadieron gasolina al incendio de la cólera popular por la morosidad económica, la persistencia del desempleo, el decaimiento de muchos negocios, las fuertes discrepancias regionales y la oleada de inmigrantes. Hasta el ex primer ministro Mario Monti volvió a la palestra para denunciar hiperbólicamente la deriva autoritaria escondida en las reformas.

Tras una frenética campaña electoral de dos meses, con las retóricas habituales inflamadas, y ante la amplitud de la derrota, el jefe del gobierno no tenía otra opción que la de dimitir. En vez de utilizar los mecanismos tradicionales del partido y sus terminales, sin hacer mucho ruido, Renzi se empecinó en el one man show, el espectáculo personal, de manera que dio pábulo a las insidias sobre sus propósitos e introdujo en las filas de su partido la cizaña de la división. Teniendo en cuenta la complejidad de la reforma y la personalización de la campaña, el escrutinio se transformó en plebiscito, en un voto de confianza sobre la gestión controvertida del jefe del gobierno.

Un diario tan influyente como La Repubblica, abogado de la reforma, trató de explicar lo ocurrido como un efecto más de “la victoria de Trump en EE UU, que los partidarios del no interpretan como una condena de los establishments nacionales y juzgan que el día del referéndum será el del castigo para Renzi”. En cualquier caso, cabe recordar que el presidente Obama llamó a votar sí en el referéndum italiano con ocasión de una visita que Renzi y su esposa realizaron a los Obama en la Casa Blanca, donde, con desprecio de cualquier protocolo, manifestaron su fervor por Hillary Clinton. La victoria de Trump, en efecto, fue acogida con vítores entre las huestes de Beppe Grillo, el cómico que dirige el Movimiento 5 Estrellas.

La nueva ley electoral, llamada Italicum, que entró en vigor en julio último, afecta a la Cámara de Diputados, pero no al Senado, puesto que éste estaba llamado a perder sus poderes legislativos y quedar prácticamente transformado en un órgano consultivo de las regiones, según lo previsto en la reforma constitucional. La ley electoral, en conexión con la reforma constitucional, otorga una prima de escaños al partido vencedor (55 % de los escaños a la lista que supere el 40 % de los votos), siguiendo el modelo griego y con el mismo objetivo de reforzar al Ejecutivo y garantizar la estabilidad gubernamental. Pero la ley está recurrida ante el Tribunal Constitucional y además no afecta al Senado porque éste era uno de los principales destinatarios de la reforma. El presidente de la República advierte de que no convocará nuevas elecciones mientras no se levante la hipoteca electoral con una nueva ley aplicable a ambas cámaras.

 

Tras el anuncio de los resultados del referéndum, el proceso político se aceleró de forma inesperada. El mismo lunes, día 5 de diciembre, Renzi presentó su dimisión, pero el presidente Mattarella le pidió que la aplazara hasta la aprobación de los presupuestos. El miércoles, día 7, el Senado aprobó in extremis el presupuesto y el primer ministro volvió a entregar oficialmente la dimisión, esta vez aceptada. La iniciativa queda ahora en manos del jefe del Estado, que deberá proponer un nuevo gobierno para que gestiones una transición de varios meses hasta que se puedan celebrar unas elecciones ligeramente anticipadas.

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