Posteado por: M | 10 diciembre 2016

Cuba hace 20 años

            En diciembre de 1996 y enero de 1997 pasé 15 días en La Habana, como turista, acompañado por mi mujer, y al regreso a Barcelona escribí un reportaje que sólo se publicó parcialmente en tiempos profesionalmente difíciles. Ahora lo recupero en su integridad para comprobar que la dictadura sigue, una vez muerto el dictador máximo, y que la vida de los cubanos no ha variado mucho bajo la represión y la penuria. Lo incluyo en el blog, 20 años después, en la creencia de que conserva algún interés.

Cuba hace 20 años      

Penuria y desencanto bajo el imperio del dólar

La Habana, enero de 1997.

“Todo lo que no está prohibido es obligatorio”, se lamentan los cubanos, parafraseando uno de los lemas de la perestroika lanzada en 1985 por Mijail Gorbachov: “Lo que no está prohibido está autorizado.” A los siete años de la caída del muro de Berlín, cinco después de la desintegración de la URSS, los habaneros de diversa condición, aunque tomen algunas precauciones, no tienen inconveniente en comentar su penosa situación ante el extranjero que los visita, a pesar de que el régimen comunista persiste en mantener una dictadura sin resquicios bajo la obsesión y el imperio de la seguridad.

Luego de acumular abundante información durante el último lustro de estado de emergencia en la isla, de colectivismo retórico pero de transacción con el capitalismo internacional, una visita como turista a la capital del castrismo, a principios de 1997, me permitió trazar esta radiografía aproximada de la abrumadora pobreza y del desencanto generalizado, del abatimiento, también de la comprensión y la simpatía hacia los que sufren.

La irritación ante el corsé ideológico y, sobre todo, ante la opresión creciente de las necesidades se extiende y se encona entre los ciudadanos en el llamado “periodo especial en tiempos de paz”, declarado en 1991 para afrontar el hundimiento del comunismo en Europa oriental, la pérdida del 80 por ciento de los intercambios comerciales y la supresión de las subvenciones soviéticas (unos 5.000 millones de dólares anuales). El aislamiento y la austeridad degeneran en un eufemismo entre cínico y numantino esgrimido por el gobierno para disfrazar las penalidades inacabables.

“Éste no es sólo el período más difícil de la revolución, sino el periodo más difícil de la historia de Cuba”, proclamó Castro ante la Asamblea Nacional, el 29 de diciembre de 1991, cuatro días después de que la bandera roja de la hoz y el martillo fuera arriada en las almenas del Kremlin. Desde entonces, el panorama diplomático ha experimentado un giro de noventa grados y la situación interna de Cuba se ha degradado vertiginosamente, pero el castrismo sigue fiel a su consigna de entonces: resistid. Socialismo o muerte.

–Los cubanos han dejado de creer a Fidel Castro, incluso cuando dice la verdad –me advirtió un joven economista mientras desgranaba sus frustraciones–. La crisis económica recorta drásticamente las bases sociales del régimen.

El dilema económico socava los cimientos de la revolución y esa reflexión está al alcance de cualquier somero análisis: para que la economía crezca y eludir la asfixia financiera, sin las subvenciones soviéticas y sin acceso al crédito internacional, el gobierno no ha tenido más remedio que reducir la dieta del racionamiento, ya insuficiente para la supervivencia, y cercenar los programas sociales (hospital, escuela, despensa, jubilación), que funcionan bajo  mínimos. Los niños ya no desayunan en los comedores escolares, la leche se ha convertido en una rareza, los trabajadores no almuerzan en los lugares de trabajo, los ancianos se resignan en la desgracia, el trueque se generaliza. En suma, los cubanos viven aplastados por una economía de guerra para preservar el decrépito sistema que los oprime.

“Tenemos y tendremos socialismo”

Desde la llegada al aeropuerto José Martí de La Habana, de instalaciones destartaladas, de autobuses renqueantes, y luego de sufrir el bautizo de las colas (filas, dicen los cubanos) para pasar el control de la policía, el viajero queda advertido: Cuba no ha dejado de ser comunista. En la sala de espera, los monitores de televisión reiteran las excelencias del sistema, con especial énfasis en el deporte. Del comunismo no se regresa, como predicaba el esclerótico Leonid Brezhnev. “Tenemos y tendremos socialismo”, recalca uno de los grafitis inspirados por el gobierno, o lo que es lo mismo: abandonad toda esperanza, como a las puertas del infierno. Superado el moroso examen policial de los pasaportes, la aduana es un trámite que parece raudo, pero, una vez en el exterior, la guagua (autobús) tarda más de una hora en arrancar y algunos viajeros optan por recurrir al taxi.

 La policía reaparece al llegar al hotel. Los teléfonos móviles al servicio de la seguridad aumentan en la zona de los grandes hoteles a la caída de la tarde, por donde pululan jóvenes jineteras, turistas en busca de aventura y descarados traficantes del mercado negro de puros y ron. Hay como una especie de ostentación innecesaria, burocrática, intimidatoria, de los agentes de paisano, quizá para recordar a los cubanos los límites estrictos en que se mueven y advertir a los turistas de que cualquier desviación de su visado puede acarrearles desagradables incomodidades. Los más sensibles denuncian la vigilancia constante del gran hermano.

No obstante, muchas personas me comunicaron, aliviadas, que los temidos comités de defensa de la revolución (CDR), aunque siguen instalados en cada cuadra o manzana, en todos los barrios, han rebajado su ardor vigilante, su sectarismo y sus denuncias. Tampoco los esbirros del régimen han podido escapar de la penuria y la picaresca. La represión o el temor varían con el humor o las necesidades del jefe de cuadra, y en cualquier caso, las tremendas contrariedades del periodo especial ejercen una influencia mitigadora de los rigores ideológicos, así en las empresas como en las casas de vecindad.

Aunque el dato es inverificable, me aseguraron que los militantes del PC han descendido por debajo de los 500.000, unos 100.000 menos que en 1990. Se aflojan los controles sociales, pero devienen más rígidos el centralismo y la vigilancia ideológica entre los funcionarios. Cualquier contestación interna, según se insinúa entre líneas en las publicaciones oficiales, se reputa intolerable por cuanto debilitaría a la revolución en sus momentos más comprometidos. La consigna del castrismo para exigir la obediencia es la misma de siempre: el imperialismo no descansa.

Tres monedas, tres taxis, tres sociedades

 Otra originalidad en la isla más grande del Caribe resulta chocante. La Habana es la bella y decadente capital de un país con tres monedas, tres clases de taxis, tres o cuatro mercados, tres sociedades y un solo periódico diario. El dólar, otrora la divisa enemiga, cuya posesión fue legalizada en julio de 1993, domina por completo las transacciones y convierte en una ficción irrisoria la soberanía y el patriotismo puntilloso de que hace gala el gobierno. El peso y el peso convertible conservan una circulación harto restringida, mientras que el billete verde rige todos los desplazamientos y todas las relaciones comerciales, sexuales y amistosas entre el turista y los habaneros.

Los turistaxis, los más nuevos y más caros, de marcas japonesas o europeas, provistos de taxímetro, con tarifas semejantes a las de España, pagaderas sólo en dólares, se encuentran en abundancia en las puertas de los grandes hoteles o en los lugares más concurridos de la ciudad vieja. Algunos de sus conductores quizá estén al servicio de la policía, pero otros no ocultan su frustración cuando explican, aunque sea sardónicamente, las condiciones de trabajo. La empresa estatal les paga 17 centavos de peso por cada dólar que recaudan.

–Nos explotan. Lo que nos pagan es una miseria que nos fuerza a vivir de la caridad del turista–, se quejó ante mí, amargamente, sin aspavientos, como si cumpliera con una enojosa rutina, el conductor de un turistaxi. También me aseguró que no ingresaba más de 20 dólares al mes de salario oficial, si bien se consideraba un privilegiado por su trato directo con los turistas y la posibilidad de la propina.

Los panataxis, viejos Ladas soviéticos, que deben su nombre a que fueron adquiridos por el gobierno con motivo de los Juegos Panamericanos en 1991, son un poco más baratos que los turistaxis y pagaderos igualmente en dólares, pero sus conductores se resisten a circular con los turistas como clientes, según las zonas y las horas del día, porque prefieren ceder la carrera a los llamados taxis particulares con los que están conchabados, formando una próspera sociedad de socorros mutuos. Los taxis particulares, sin taxímetro, cuestan la mitad que los panataxis, pero su recaudación no está fiscalizada por la empresa estatal.

Esos taxis particulares constituyen uno de los fenómenos más fascinantes, tanto por su increíble vetustez cuanto por la estratificación social que proyectan. Muchos son automóviles norteamericanos de los años cincuenta, anteriores al triunfo del castrismo en 1959, de carrocerías imponentes, multicolores y cochambrosas, con faros agresivos, cuya circulación es un milagro de la técnica y una confirmación del ingenio de los cubanos. Algunos de sus propietarios se muestran abiertamente orgullosos de poseer una pieza de museo.

Los conductores de los taxis particulares, algunos de los cuales me dijeron que pagaban una licencia o patente en pesos, pertenecen a una clase media funcionarial o profesional definitivamente proletarizada por el periodo especial, la penuria y la cerrazón ideológica y social del régimen. Entre esos chóferes encontré un extenso muestrario de los universitarios educados en la revolución: un abogado que había abandonado el ministerio de Trabajo y que estaba tramitando su marcha a México; un médico cardiólogo, que taxeaba, según me dijo, en sus ratos libres, con el automóvil de su esposa, una funcionaria; un economista, una profesora universitaria, junto a jóvenes que admitían conducir por cuenta ajena, algo estrictamente prohibido por el prurito socialista del régimen. En esos taxis escuché las críticas más acerbas de la situación.

Quizá la razón última de que los conductores de taxi sean universitarios radica en que la ley prohíbe a éstos expresamente que trabajen por cuenta propia en otros negocios, el único resquicio abierto en el laberinto económico. También abundan los universitarios entre los empleados en el sector del turismo: guías, recepcionistas,  camareros, mozos de hotel, donde tienen algunas oportunidades de salir de la pobreza y de hacer algunas amistades interesantes.

Pero lo cierto es que la policía cierra los ojos ante las infracciones y la competencia desleal para los taxis estatales. Las válvulas de escape de la corrupción son imprescindibles para prevenir un estallido social y evitar que aumente el descontento entre los sectores más educados, mejor informados y más desilusionados de la población. Una lata de cerveza cubana cuesta doce pesos, el equivalente del sueldo diario de un médico o un profesor universitario, y el salario medio mensual no alcanza los 200 pesos (10 dólares).

El extranjero de visita no oficial aprende inmediatamente que el dólar equivale legalmente a veinte pesos, pero que éstos sirven para muy poco. Algunos conocidos le aseguran por experiencias desagradables que lo mejor para su bolsillo es no salirse del circuito del dólar y mantener la prudencia ante el agobio del omnipresente mercado negro y las amables palabras de los transeúntes. Si deambula por las cercanías de su hotel, por el Malecón, por la Quinta avenida de Miramar o por la plaza de Armas y la ciudad vieja recibirá innumerables propuestas para comprar o cambiar ron, tabaco, langostas, camarones o PPG5, un espurio elixir de la juventud.

Los ciudadanos de a pie hacen colas interminables para utilizar el escaso y desvencijado transporte público, las guaguas o autobuses ahora rotulados como metro-bus, apodados camellos, extraños vehículos, de exasperante lentitud e incomodidad, formados por la unión de dos carrocerías de diferente altura enganchadas a la vetusta cabina de un camión, para aumentar su capacidad. Los habaneros relatan con sorna que esos autobuses son como la película del sábado: contienen sexo (por los toqueteos y apretujones), violencia y lenguaje para adultos. Resulta difícil admitir que ahorren combustible, como asegura el gobierno.

Mientras tanto, la gasolina es un producto característico del mercado negro, pues los trece millones de toneladas consumidas en 1991, facilitadas a buen precio por la URSS, quedaron reducidas a poco más de seis millones de toneladas en 1996. La crisis energética es una amenaza persistente para la vida de los ciudadanos y de la producción. El gas doméstico y el agua están sometidos también a grandes oscilaciones, cortes repetidos, por lo que resulta normal que los habaneros tengan que cocinar o ducharse de madrugada. Los propietarios de vehículos reciben una cuota ridícula de veinte litros de gasolina cada dos meses.

El racionamiento y los tres mercados

Para comprender el valor de cada moneda hay que tener en cuenta la existencia de al menos tres mercados. El mercado oficial, a través de las bodegas o colmados gubernamentales, con cartilla o libreta de racionamiento y precios baratos en pesos, dispone cada vez de menos artículos y de una calidad ínfima. Además, la cartilla no permite una alimentación suficiente, y ante la voracidad recaudatoria de dólares que guía la acción del gobierno, cada vez más productos desaparecen o se enrarecen para pasar a los rastros o mercadillos paralelos. Las tiendas en pesos cubanos están desiertas y la dolarización aumenta la escasez.

En los llamados mercados campesinos, también en pesos, pero con precios caros, pueden encontrarse esporádicamente algunos alimentos que jamás aparecen en el racionamiento, también de mala calidad. Asistí deprimido y temeroso al despliegue de uno de esos mercados nada menos que en la plaza de la Revolución de La Habana, ámbito mítico del sistema, ágora del castrismo, y quedé sorprendido por el primitivismo de la oferta. En los alrededores, numerosos grafitis gubernamentales, de espaldas a la realidad: “Cuba, firmeza y dignidad”, “Patria o muerte, venceremos.” Una propaganda realmente patética.

En el tercero y cada vez más importante mercado, en dólares, la divisa del enemigo, en las tiendas de los hoteles y en algunas otras del centro urbano, llamadas “tiendas de recuperación de divisas”, según la cínica jerga oficial, se pueden encontrar electrodomésticos, productos alimenticios y algunas ropas, pero a precios internacionales y, por ende, prohibitivos para la inmensa mayoría de los ciudadanos. La discriminación ya no la establece el pasaporte, como hace unos años, sino la posesión del billete verde.

El comercio en dólares no se parece al de un bazar del lujo, de la tentación consumista y contrarrevolucionaria, sino al de un zoco humilde y de fortuna en que se pueden adquirir algunos artículos de primera necesidad, como el jabón, la pasta de dientes, el papel higiénico, las aspirinas, las camisas o las zapatillas, prueba corrosiva de la inopia crónica y del fiasco irremediable de la producción. La artesanía es escasa o de mala calidad. Las tiendas en dólares o los restaurantes de los hoteles resultan ser también una caja de sorpresas: venden guayaberas, la prenda cubana por excelencia, pero fabricadas en Corea, o sirven carne de cerdo, pero procedente del Canadá.

–Con las tiendas desiertas y las guaguas convertidas en camellos, La Habana parece ubicada en el Sahara–, bromean los habaneros.

Un economista que en su juventud fue un ardoroso simpatizante de Fidel me recordó que la intervención o nacionalización del pequeño comercio, decidida en 1968, señaló el irreversible camino hacia la ruina económica. Yo no sabía que un tal Benigno (Dariel Alarcón Ramírez), castrista de la primera hora, compañero del Che en Bolivia, que rompió con el régimen y se exilió en 1995, cuenta en un libro de recuerdos (edición francesa titulada Vie et mort de la revolution cubaine, 1996) la reunión del politburó del PCC en que la vieja guardia comunista (Carlos Rafael Rodríguez, Blas Roca, José Ramón Machado Ventura) rechazó la nacionalización del pequeño comercio propuesta por Fidel. A la postre, éste impuso su criterio como siempre, “por mis cojones”.

La desaparición progresiva de los artículos de primera necesidad de la libreta de racionamiento, es decir, con precios subvencionados, repercute automáticamente en un descenso del poder de compra que se agrava en el caso de los jubilados y desempleados que no tienen acceso a los mercados paralelos o ilegales. El gobierno reconoce un paro del 8 % de la población activa, una tasa en aumento por la reconversión, pero otras estimaciones la elevan hasta el 25 %.

Tres sociedades y una burocracia

 Al menos tres sociedades coexisten en La Habana, me advirtió un sacerdote católico: la de los diplomáticos y periodistas extranjeros, en contacto con los funcionarios, que les facilitan cifras y estadísticas en las que nadie cree, y que viven casi encerrados en un gueto; la de los turistas, portadores del billete verde, la mayoría con poco interés por lo que ocurre en la isla, que se mueven en la irritante opulencia de los hoteles; y la del pueblo cubano, sumido en la indigencia, bajo la vigilancia policial y la aflicción. A los cubanos sólo llegan las migajas de lo que deja el maná del turismo, salvavidas del castrismo. El mismo turismo que había sido condenado por explotador e inmoral en los años relucientes y agresivos de la revolución que no quería ser satélite de nadie.

Todos los cubanos encuentran enormes escollos para vestirse y para comprar alimentos, mientras que el cambio o mejora de vivienda es una aspiración inalcanzable, incluso para la nomenklatura de bajo nivel, como ese diplomático conocido, embajador que fue en Europa, ya jubilado, que acude a las recepciones de las embajadas para llevar algo a su estómago y su despensa. La desmoralización se generaliza.

Caído el culto de Marx y Lenin, forzado el gobierno a multiplicar los llamamientos a la resistencia, al nacionalismo desesperado, el culto del dólar se esparce por doquier y compite con el que los medios oficiales consagran a Fidel. El fidelismo reemplaza progresivamente al comunismo.

Hay una arraigada penuria de todos los productos apetecibles, por sencillos que nos parezcan a los europeos. La dictadura planificadora ha llevado a su paroxismo el desequilibrio consustancial de la organización del socialismo real entre los bienes de producción y los de consumo, con el agravante de que Cuba carece incluso de materias primas y planifica desastrosamente la austeridad. Los dólares transferidos por la diáspora a sus familiares (unos 500 millones anuales) y los aportados por el turismo contribuyen a retrasar la asfixia de un régimen apolillado.

Los habaneros viven en un endiablado laberinto comercial y también en la estrechez, en casas de vecindad o inquilinatos, hacinados, en condiciones insalubres, entre cucarachas, en inmuebles apuntalados que se degradan por momentos e incluso se derrumban en algunos sectores de La Habana vieja y colonial, pese al patrocinio de la Unesco o a las ayudas de algunos gobiernos europeos para la rehabilitación del centro histórico-artístico.

Las viviendas comunitarias, el desgraciado invento bolchevique abandonado incluso en la URSS de Jruschov y Brezhnev, se perpetua en Cuba, con las consecuencias de un deterioro rápido de los apartamentos, una superficie irrisoria por persona y una reducción drástica y alarmante del número de hijos entre las parejas, que hacen de Cuba uno de los países con más bajo índice de natalidad (después de Italia y España), según oí comentar en la misma televisión local.

El clima benigno y el ocio forzoso, debido al cierre o reestructuración de muchas empresas, conceden a los cubanos alguna ventaja y la posibilidad de sobrevivir con una dieta baja en calorías. No hay nada que hacer, ni se sabe muy bien a donde ir, mientras se extiende la nada cotidiana, según la experiencia narrada por la novelista Zoé Valdés. La mayoría de las citas y casi todas las conversaciones tienen algo que ver con la lucha por la supervivencia. La televisión lleva treinta años de retraso con idéntico discurso, ahora con la cantilena del período de excepción y la enemiga del neoliberalismo.

Los dirigentes comunistas civiles y militares, por el contrario, viven como privilegiados en los barrios de Atabey o El Laguito, cerca del palacio de Convenciones, en chalets, con las calles cerradas permanentemente al tráfico de vehículos o de personas por motivos de seguridad. La de Fidel Castro y su vida privada y familiar siguen siendo los arcanos mejor guardados de la isla, incluso después de que su hija Alina huyera a los Estados Unidos.

Los sufridos ciudadanos se las ingenian para hacer frente a los cortes intermitentes de agua, de luz y de gas, y por la noche, algunos van cambiando de habitación y de enchufe la única bombilla (bombillo, dicen los cubanos) de que disponen, en una peripatética ceremonia de funambulismo. Porque con frecuencia no hay lámparas en las tiendas. Y no es seguro que la indigencia generalizada esté engendrando una nueva solidaridad, como podría creerse a primera vista, según me advirtieron algunos, sino una competencia feroz, una pavorosa deshumanización.

La ciudad queda medio a oscuras con el crepúsculo, y las bicicletas circulan sin luces identificadoras, a veces con mortales consecuencias para los esforzados émulos de la vía china. Las colas de las guaguas se alargan hasta dar la vuelta a la manzana. Los grandes hoteles se convierten en islotes de luz y abundancia, rodeados por la oscuridad general, la miseria, el mercado negro, la prostitución y las más extravagantes iniciativas.Prosigue sin tregua la carrera del dólar.

Una bella ciudad colonial devastada

 Un paseo detenido por La Habana vieja puede resultar deprimente y ofrecer un ejemplo de los efectos devastadores de la incuria sobre una de las perspectivas urbanas más bellas de América. Tras las delicias coloniales harto deslucidas del paseo del Prado (José Martí), los hoteles Sevilla e Inglaterra, los palacios que fueron los poderosos centros Gallego y Asturiano, la sede expropiada de la empresa Bacardí, y una vez pasado el mimético y pretencioso Capitolio, la avenida de Salvador Allende señala el límite de lo tolerable, el comienzo de un paisaje urbano casi bélico.

El abandono y la cochambre aumentan en las zonas próximas a la estación central de ferrocarril y el puerto. Derribos, ruinas, cascotes, baches innumerables, fachadas renegridas y con boquetes, troneras, calles cortadas, suciedad, basura a la vista, van concretando la pesadilla. La sensación de peligro físico se hace desagradable en algunos momentos, mitigada por la compañía de un habanero, licenciado en Bellas Artes, un guía amable que a veces se regodeaba en la metáfora de vincular las ruinas de los edificios con las de todos sus sueños de juventud. El cataclismo parece inexorable. Cuando le dije a este guía privado que algunas calles recordaban a las de Sarajevo tras los bombardeos, me replicó: “Más bien a las de Ruanda y Burundi.” Me refirió que un turista japonés, al recorrer la zona, señaló: “La guerra aquí debió ser muy dura.”

Una dejadez similar se observa en la llamada La Habana centro, en las calles más allá del paseo del Prado o detrás del monumento a Maceo, y en la fachada marítima del Malecón, con sus casas pintadas de colorines hace seis años, ahora víctimas de los desconchados aparatosos, la humedad y la usura del tiempo. El Malecón de desmorona como un escaparate con los cristales rotos, corroído por el salitre. Pasado el promontorio espléndido del restaurado hotel Nacional, la maleza invade las mansiones y quintas del Vedado convertidas en inquilinatos. La decrepitud deviene una característica estructural.

Según cálculos aproximados y oficiosos, unos 80.000 edificios de La Habana amenazan ruina o se hallan gravemente deteriorados. Barrios enteros parecen a punto de desplomarse. No son pocos los habaneros que, en horas de melancolía, consumido el segundo mojito que desata la lengua, relacionan las heridas y las injurias en las edificaciones de su hermosa ciudad con las abiertas por el régimen en sus 39 años de dominación.

Las plazas de Armas y de la catedral, las dos zonas donde más actúa la rehabilitación internacional, son dos bulliciosos enclaves relativamente limpios, invadidos por los mercaderes de toda laya, con predominio del librero de lance improvisado que monta su tenderete sobre estantes carcomidos. La catedral barroca, de coral ennegrecido por la humedad, permanece normalmente cerrada, según me comunicaron, para evitar que los vendedores se instalen en sus naves.

El bibliófilo, sin embargo, pronto se siente defraudado entre tantos puestos de libros callejeros y vendedores improvisados que confirman la aparatosa proletarización y la desdicha colectiva. Una vendedora de la calle 23 me ilustró patéticamente sobre las reflexiones íntimas que había trasladado a los márgenes de un libro que le había sido muy querido, un pequeño volumen de poemas de Virgilio Pereira, escritor afecto en principio a la revolución pero luego marginado por el régimen, del que estaba dispuesta a desprenderse por poco dinero en esta época de tribulación.

En la plaza de Armas, una persona culta y relativamente bien vestida, al darse cuenta de mi interés por los libros, me dirigió la palabra y se hizo pasar por un historiador oficial, profesor universitario, para venderme dos volúmenes por diez dólares, en un fìngimiento culterano que debe representar con frecuencia ante los turistas españoles. La picaresca se ceba especial y cariñosamente en los españoles, los más sensibles a las penalidades cubanas, aunque sólo sea por la comprensión y la solidaridad que promueve el idioma común.

En las librerías oficiales, las estanterías están semivacías. Las ediciones son en rústica, de mala calidad, y cuestan entre cinco y diez dólares algunas obras de Alejo Carpentier o Nicolás Guillén, las dos grandes estrellas. Los escritores del exilio siguen proscritos. Los volúmenes más reiterados y baratos recogen la historia del castrismo y las soflamas de Fidel. La historia me absolverá, El grito del Moncada, Agresiones de los Estados Unidos a Cuba, las denuncias del imperialismo, los libros sobre Ernesto Guevara en este “Año del guerrillero heroico”, en el trigésimo aniversario de su caída y muerte en Bolivia.

A la llegada a La Habana, la aduana de Cuba advierte al turista que no permitirá la salida de los libros editados antes de 1940 o de “los que pertenezcan a alguna entidad o biblioteca que tengan el sello”. El viajero bibliófilo o aficionado sospecha que ya ha pasado la época de las buenas ocasiones. Sobre el material impreso ejercen una influencia perniciosa los 39 años de revolución, censura y sectarismo. Cuando el régimen desea publicar un libro de alguna calidad, para divulgar sus opciones políticas o diplomáticas, lo imprime en Madrid, como pude comprobar, aunque el sello editorial radique en La Habana.

Como Cuba no importa ningún libro, el aislamiento intelectual se hace agobiante. Están de moda, en los subterráneos de la libertad, los libros de George Orwell, 1984 y La granja de los animales, pero resultan inencontrables o circulan en régimen de préstamo entre amigos. Tampoco encontré ningún samizdat, la autoedición clandestina de libros prohibidos que proliferó en la URSS antes de 1985. Los puestos de libros o de cosas viejas, en la zona de los hoteles turísticos Habana Libre (antes Hilton), Nacional y Capri, se utilizan como puntos de contacto para otros tráficos inocentes o pecaminosos.

Los intelectuales y los periódicos

Los intelectuales y los escritores sobreviven, a veces como funcionarios, cobrando un sueldo irrisorio, que nunca supera los veinte dólares mensuales, por ostentar cargos en instituciones culturales que no funcionan o está cerradas/sacrificadas en el periodo especial. La concesión de automóviles, que proliferó en el trienio 1990-91, y los viajes al extranjero, a cargo del poder, como válvula de escape, han sido  suprimidos, se hacen muy raros o están supeditados a una invitación. El verbo sobrevivir, según me advierten, es el que más se conjuga en los ambientes ilustrados de La Habana. Cualquier saludo entre amigos o conocidos entraña una dosis considerable de pesimismo.

–¿Cómo estáis?

–Seguimos en la sobrevivencia.

El sometimiento o el conformismo están garantizados a través de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), cuyo presidente, Abel Prieto, es miembro del politburó del PC. Mantiene entre los intelectuales una fidelidad de fachada a los objetivos de la revolución. Cuba es proporcionalmente y quizá en términos absolutos el país del mundo con más intelectuales y escritores en el exilio.

La falta de papel y la atonía ideológica tienen efectos sorprendentes. Los periódicos están sometidos a una brutal cura de adelgazamiento, que reduce tanto el formato como la paginación, triste castigo por su irrefrenable retórica y su acostumbrada logomaquia de hace unos años sobre la perversidad intrínseca del imperialismo norteamericano. El diario único Granma, órgano oficial del PC, lleva la única verdad, voluntarismo seudorrevolucionario en exceso, pero muy pocas noticias. Algunos viejos lo vocean por las calles de La Habana vieja y no les importa venderte un número atrasado. ¡Siempre es lo mismo!

A veces, pese al férreo control del PC sobre las publicaciones, salta la sorpresa, como ocurrió en diciembre de 1996, pocos días antes de mi llegada, con un número de Tribuna de La Habana, un semanario que publicó un artículo titulado “¿Quién dijo que usted tenía que dar dinero para los Cuadernos Martianos?”, firmado por un tal Juan O. Pérez, que resultó ser el colmo de la heterodoxia por ingenuo que resulte para un observador extranjero. Tanto el autor como la dirección del periódico fueron destituidos y enviados al paro.

El artículo se refería, en tono burlesco, a una campaña para recoger dinero con destino a la publicación de unos cuadernos (libros de edición barata) sobre obras de José Martí. El promotor de la campaña de esa especie de cuestación es Cintio Vitier, un intelectual católico atormentado, exégeta de Martí, que siempre se mostró favorable al régimen, pero su realizador y vigilante es Juan Continuo, coordinador nacional de los comités de defensa de la revolución, por lo que los ciudadanos asocian esas recolectas de fondos con una acción del gobierno destinada a recoger un poco del dinero circulante en exceso.

La salvación por el turismo 

El turismo es una panacea y un maná, después de haber sido denostado por la revolución como un símbolo de la decadencia y la opresión. Según las cifras oficiales publicadas por el Granma (31 de diciembre de 1996), poco más de un millón de turistas llegó a Cuba en 1996, con los italianos en cabeza (l85.000 visitantes), seguidos por los canadienses (l56.000), los españoles (l13.000) y los alemanes (75.000). Los mexicanos (36.000) son los más numerosos entre los latinoamericanos.

El otro sector presentado por Castro como estratégico para la supervivencia, el de la biotecnología, no ofrece resultados tangibles en sus productos, aunque si un faraónico Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología en las afueras de la capital. Su logro más ensalzado, el medicamento o placebo conocido como PPG5 (policosanol), extraído de la caña de azúcar, no está homologado en otros países y su venta se limita a Cuba, donde se utiliza paradójicamente para combatir el exceso de colesterol entre una población con una dieta forzosamente hipocalórica. Pero se vende a los turistas en las farmacias, en los hoteles, y sobre todo, en el mercado negro, como fármaco natural, inofensivo, elixir de la juventud y estimulante sexual. Médicos españoles me aseguraron que el problema internacional del PPG5 es que las pruebas no son convincentes.

El turismo sexual se extiende como mancha de aceite, como una afrenta para la revolución. “El burdel de América”, como se decía en los años cuarenta y cincuenta, vuelve de unas prolongadas y forzosas vacaciones. Miles de jineteras invaden las aceras de La Habana, esperan en los taxis privados e incluso entran en los hoteles, cuando llega la noche, pese a que una ley, esporádicamente aplicada, establece cuatro años de cárcel para las que ejerzan la prostitución.

La tolerancia social y oficial resultan evidentes. Los policías se hacen los distraídos ante la creciente osadía de las prostituidas, quizá porque forman parte del negocio. La situación debe ser más descarada en Varadero, la principal playa del país, donde, según el semanario Juventud Rebelde, la policía desmanteló en octubre de 1996 una red de proxenetismo que ofrecía los servicios de 7.000 jóvenes, esforzadas “recuperadoras de dólares”, como las denominan algunos sarcásticos.

Otros cubanos y cubanas, de los más afectados por el síndrome de claustrofobia política y social, aspiran a casarse con un extranjero como medio para salir de la isla. Si alguien desea recibir proposiciones matrimoniales, por muchas canas que peine, que viaje a La Habana, desde luego. Otros buscan la salida sin importarles el precio. Como siempre ocurre, la realidad de algunos casos referidos al viajero improvisado y clandestino supera en angustia la ficción de los relatos de Zoé Valdés o Jesús Díaz.

La pobretería, la economía sumergida y el calvario de los consumidores generan, o estimulan la corrupción, el robo al Estado, el engaño del turista, la obsesión por la propina. El mismo gobierno cubano se queja del robo más o menos organizado, empezando por la gasolina, pero no sabe cómo combatirlo o no puede corregirlo. Lo reconoce el mismo Carlos Lage Dávila, vicepresidente del Consejo de Estado, responsable de las reformas económicas. La reciente adopción de un “código de ética”, con destino a los dirigentes del partido, confirma que la corrupción anida en la nomenklatura.

La crisis ideológica del castrismo avanza imparable. El régimen ha renunciado a las grandes movilizaciones y al trabajo voluntario. Algunos de mis interlocutores insistieron en la esclerosis o la esquizofrenia del comandante, que hasta ha dejado de fumar, según se anuncia oficialmente. Los trabajadores del sector del turismo y de las empresas mixtas reciben algunas recompensas por su productividad, como una llamada bolsa de estimulo mensual con diversos productos de tocador o alimenticios inencontrables en los mercados. El empleado pierde la bolsa si falta un solo día al trabajo, ejemplo de la crueldad que caracteriza al capitalismo de los camaradas.

La posesión del dólar dispara las diferencias sociales, ahonda la desmoralización de los sectores sacrificados, aunque los altavoces oficiales siguen encomiando el igualitarismo y la planificación de la miseria. Fidel Castro insiste, imperturbable, directamente o a través del Granma, en la resistencia para defender las conquistas de la revolución: “Vamos a soportar las penurias con la dignidad de los que no se rinden, de los que jamás se arrodillan”, gritaba en septiembre último.

Los grafitis y las pintadas más agresivas, de inspiración gubernamental, están dirigidos contra la ley Helms-Burton, denominada “la ley de la ignominia”, que hace más riguroso el bloqueo norteamericano y se utiliza como coartada nacionalista. Un grafiti cerca del paseo del Malecón representaba al senador Helms, ataviado con el sombrero del dólar, declarando: “Yo tengo resuelta la democracia en Cuba…Nosotros ponemos los ricos y los cubanos los pobres.”

Según la legislación más reciente, está severamente penada “toda forma de colaboración” susceptible de favorecer la aplicación de la ley Helms-Burton. Un nuevo motivo de temor y de control. Los funcionarios reconocen que la política norteamericana, aunque la ley no se aplica en sus disposiciones más polémicas,  entorpece las inversiones extranjeras.

El trabajo por cuenta propia

 Unos 200.000 cubanos son cuentapropistas, neologismo aplicado a los que trabajan por cuenta propia, previo pago de una patente o impuesto estatal, cuya cantidad varía en función de la clase de negocio y de la moneda en que se cobren los servicios (a partir de 200 pesos). El gobierno autoriza pero mira con recelo esta novedad laboral, temiendo que abra grietas en el carcomìdo edificio de la igualdad, el desinterés y el conformismo, y por eso no permite que los titulares contraten mano de obra ajena, incapaz de definir en qué consiste “el leninismo de mercado”.

Los negocios más conocidos son las peluquerías y los restaurantes, éstos llamados paladares, nombre sacado de un culebrón brasileño muy popular, que se están convirtiendo en una alternativa simpática para los turistas, donde degustar los frijoles con arroz o el pargo. Quedan limitados a doce cubiertos y teóricamente no pueden servir langosta, camarones y carne de bovino, los tres manjares prohibidos que cautivan la imaginación de los habaneros. Los locales suelen estar limpios, pero las cocinas y el menaje son prerrevolucionarios. Si uno invita a algún autóctono, no debe extrañarse de que este se haga envolver media ración para llevársela a casa como preciado regalo para la familia.

Según las cifras oficiales, el número de cuentapropistas ha disminuido ligeramente en 1996. La verdad, según me dijeron, es que, ante la multiplicación de las multas, los impuestos y los controles, algunos de estos empresarios autónomos, principalmente los fontaneros y los taxistas, se han pasado al sector clandestino y siguen ofreciendo sus servicios.

Mientras tanto, el discurso oficial vuelve a sus rigores y canta las excelencias de la empresa pública, pese al evidente y ruidoso fracaso productivo del aparato estatal. Algunos funcionarios aseguran que las realizaciones revolucionarias se aprecian mejor en la provincia, donde la garra del partido es más rígida que en La Habana, territorio menos controlable. El gobierno explota demagógicamente y sin pudor el temor que tienen algunos sectores populares ante los supuestos deseos de venganza o de recuperación de sus mansiones por los ricos de Miami.

Los dos escaparates propagandísticos del castrismo, la escuela y el hospital, están de capa caída, sin libros y sin medicinas, mientras los médicos y los profesores, principales reservas de la moral revolucionaria, se sienten maltratados por la necesidad cuando no explotados por el Estado.

Algunos dirigentes apuntan hacia el doble sistema y los logros económicos de China, pero retroceden tan pronto como su interlocutor les señala las diferencias insalvables, la proximidad de Miami y la ausencia en Cuba de un sector privado significativo. No se atreven a una reforma que amenazaría su control político. Hasta las bicicletas han disminuido ostensiblemente en las calles de La Habana. El intento de remedar a los chinos pierde fuerza desde que se autorizó la posesión de dólares.

La resurrección de la Iglesia católica

 Signo inequívoco tanto de los nuevos tiempos excepcionales cuanto de la crisis del régimen y de sus fundamentos éticos, las diversas iglesias ganan adeptos. Tras la visita de Fidel Castro al Vaticano y su entrevista con el Papa, el 19 de noviembre de 1996, el cardenal arzobispo de La Habana, Jaime Lucas Ortega y Alamino, apóstol de la reconciliación entre los cubanos de Cuba y del exilio, hombre de síntesis, se ha convertido en el principal interlocutor del gobierno, muy bien respaldado por el vicario general de la diócesis, Carlos Manuel de Céspedes, descendiente de un histórico patriota cubano. El órgano diocesano Palabra Nueva publica unos 7.000 ejemplares que se distribuyen en las parroquias.

Según fuentes eclesiásticas, los católicos son poco más del 60 por ciento de los ciudadanos, aunque no es menos cierto que una gran parte de los creyentes practica ritos sincréticos afrocubanos, como la santería, favorecidos hasta ahora por el régimen con el claro objetivo de perjudicar y dividir a la Iglesia católica. Los católicos y los adeptos de la santería se confunden durante la peregrinación anual en diciembre al santuario de san Lázaro, también venerado como Babalu Aye, divinidad de origen africano reputada por sus poderes curativos.

El número de bautismos se ha quintuplicado en los cuatro últimos años, lo mismo que el de catecúmenos, y el 70 por ciento de las familias demanda funerales religiosos. El obispado de la capital registró 35.000 bautizos en 1996, el doble que en 1986. Un párroco de La Habana me aseguró que había doblado en los dos últimos años el número de feligreses. Los periodistas que trabajan en las publicaciones diocesanas fueron autorizados en noviembre último a constituir la Unión Católica de la Prensa de Cuba.

El régimen, tras haber incluido y explotado a la santería en su delirio nacionalista, trata ahora de descubrir extrañas concomitancias con el mensaje de la Iglesia, a cuyos representantes había perseguido con saña en los tiempos de euforia revolucionaria. En un documento publicado por el comité central del Partido Comunista Cubano (PGC), en agosto último, podía leerse: “El aumento de las prácticas religiosas no constituye un problema para la revolución, en la medida en que promueven el amor al prójimo, el desinterés, la protección de los más débiles, la unidad de la familia, la justicia social, las virtudes morales, el amor y el sacrificio por la patria.”

Algunos clérigos, además de subrayar las incongruencias o la desfachatez del dictador, me recordaron el triste balance, la persecución inicua o la expulsión dolorosa. Otro me habló de la paranoia de Castro, de su enfermizo egotismo y de su empecinamiento en huir de la realidad, sin importarle los sufrimientos, la resignación o las tragaderas del pueblo, y coincidió con algunos funcionarios en vaticinar que el comandante en jefe morirá en la cama. Los sacerdotes, en general, no creen que la oposición interna, diezmada por el exilio y la represión, con frecuencia infiltrada por la policía, ofrezca una alternativa al castrismo.

Los 850 sacerdotes que vivían en Cuba en 1959, a la llegada de Castro al poder, están reducidos ahora a 250. Su situación ha mejorado, las iglesias abren sus puertas mucho tiempo entornadas, pero el régimen mantiene las cortapisas para la entrada y permanencia de más sacerdotes. Las fiestas religiosas siguen proscritas. Los  funcionarios del partido replican que la Iglesia cubana siempre fue muy pobre, no de recursos, sino de inteligencia ante la revolución. Unos y otros parecen condenados a buscar una intrincada convergencia.

En todo caso, aunque los sacerdotes critiquen en privado las esencias del régimen y sus dolorosas implicaciones prácticas, la jerarquía eclesiástica insiste en su neutralidad política, asegura que no tiene ninguna vinculación pública con los opositores y persevera en su propuesta de “reconciliación nacional”. No obstante, se abstiene de aclarar cuáles son los polos extremos de esa reconciliación.

Varias personas en La Habana, al abordar el tema de la eventual visita de Juan Pablo II, se mostraron escépticas o discutieron su oportunidad. Un librero de lance me recordó que Castro desoyó la petición de clemencia del Papa para que no fusilara al general Arnaldo Ochoa Sánchez, en julio de 1989, un episodio que puso en evidencia la decisión de los hermanos Castro y su círculo intimo de derramar sangre antes que tolerar la pérdida del monopolio de la verdad o el menor quebranto de la dictadura personal del Líder Máximo.

El anacronismo político

 La dictadura marxista-leninista, especialmente castrista o fidelista, resulta tanto más anacrónica cuanto más habla el turista con cubanos cultos, muchos de ellos universitarios, hijos de la revolución y de las innegables ventajas educativas hoy en entredicho. Protestan cuanto pueden, están dolidos, y aunque no lo digan, muchos de ellos miran hacia la cercana Miami, meca del exilio. El nuevo acuerdo migratorio (5 de diciembre de 1996), en virtud del cual los Estados Unidos podrán repatriar a los inmigrantes ilegales, cayó como una maldición en algunos ambientes habaneros.

Los funcionarios comunistas, conocedores de la irritación que prevalece y se palpa en La Habana, insisten ante los periodistas extranjeros en que deben desplazarse a las provincias para apreciar los logros de la revolución, pero inmediatamente la voz de la calle sale al paso de esa añagaza y porfía por hacernos comprender que la desdicha es casi universal y que la ortodoxia del aparato del partido es tanto más asfixiante cuanto más lejos de la capital.

La crisis ideológica adquiere tintes extravagantes en el Granma, el único periódico diario en La Habana, una ciudad de más de dos millones de habitantes, que me hizo recordar los versos terribles de Dámaso Alonso sobre el Madrid de la posguerra española. O la tristeza reciente de María Elena Cruz Varela, poetisa y disidente: “Y soy esta ciudad que se derrumba. Y soy este país de locos náufragos. Dejados en su nave a la deriva.” O el recuento de los fugitivos y de los aspirantes a la huida de una revolución que creyeron salvadora.

El noticiario internacional del Granma y de la radio está compuesto habitualmente por huelgas, secuestros, protestas, desempleo, criminalidad en diversos países del mundo, en contraste subliminal con “la alegría, y el patriotismo” que imperan, en Cuba. Algunas crónicas desde diversos países de Iberoamérica refieren machaconamente que “la criminalidad es la otra cara del neoliberalismo”. Bajo el título “Seamos mejores”, el órgano del PCC felicitaba a sus lectores el año nuevo 1997 y les deseaba con palabras de Fidel: “Que cada año sea mejor, que cada uno de nosotros sea cada vez más patriota, más revolucionario, que seamos mejores trabajadores y mejores combatientes.” Los presagios económicos, sin embargo, parecen sombríos.

Crecen sin pausa la indignación, la aflicción y la claustrofobia de los sectores ilustrados, cuyas referencias a George Orwell se vuelven obsesivas. Los locutores del noticiario televisivo están macilentos y fúnebres, tienen también cara de periodo especial, me aseguraron los más coléricos. Mientras dos cubanos desgranaban ante mí todas las humillaciones materiales y morales a que se encuentran sometidos, sin esperanza de liberación, una emisora especial derramaba noticias balsámicas sobre los turistas que se encontraban en la piscina del hotel.

Pese a las interferencias sistemáticas, las emisiones de Miami llegan a buena parte de la población habanera, a las llamadas tertulias muy discretas que dejan el regusto de la clandestinidad. Los gusanos (exiliados de Miami) devienen amables capitalistas que corrigen con sus dólares las deficiencias revolucionarias. Las canciones alcanzan la máxima audiencia, pero los chistes u ocurrencias anticastristas de Ninoska Pérez Castellón y sus heterónimos también corren como reguero de pólvora, grabados por los que disponen de buenos receptores.

Sólo las ideas del comandante en jefe circulan sin freno por la isla, pero no son las únicas, desde luego, y cada día están más gastadas e interesan menos. La consigna de “salvar la patria, la revolución y el socialismo” resuena mordaz. El viejo lema de “socialismo o muerte” resiste mal la erosión del tiempo y los embates del nuevo imperio del dólar. Como si la historia de la revolución fuera a cerrarse con un baldón de oprobio. La isla de la esperanza se ha transformado progresivamente en la isla de la desolación. El rango de Castro en la historia del hemisferio entra definitivamente en la zona de las sombras.

 

 

 

 

 

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