Posteado por: M | 18 diciembre 2016

La caída de Alepo y el colapso del orden internacional

Las imágenes apocalípticas de Alepo, una ciudad dividida y devastada, componen un escenario ignominioso en el que se representan en directo la vesania humana y el hundimiento del orden internacional, el fracaso ruidoso y reiterado de la ONU, los escrúpulos y el desistimiento de Barack Obama, la decadencia de Europa, la guerra de religión dentro del islam (chiíes contra suníes), la derrota del terrorismo islamista y, por supuesto, la brutalidad del régimen de Bachar Asad y sus patrocinadores internacionales, Rusia e Irán en primera línea. Los funcionarios de la ONU han descrito la situación en la ciudad siria como “un completo colapso de humanidad”, el advenimiento ineluctable de la barbarie, pese al acuerdo de capitulación rebelde y evacuación alcanzado por mediación de Turquía y Rusia el 14 de diciembre.

La recaída en las conductas bárbaras se recrudece en una región con tres guerras en marcha –Siria, Iraq y Yemen— y varios conflictos amenazantes, empezando por el de los kurdos en Turquía, donde arrecian los atentados terroristas. En el mismo momento en que la evacuación de los civiles de Alepo ofrecía nuevas imágenes para la pornografía del horror, una niña de 7 años entró en una comisaría de un barrio de Damasco, alegando que estaba perdida, y explotó el cinturón de explosivos que le habían adherido los fanáticos del martirio ajeno, los yihadistas o terroristas que se confunden con los opositores y que, al sentirse derrotados, recurren al crimen más horrendo para dar señales de muerte.

Cualquiera que sea el destino final de Siria y sus diversas facciones cainitas, del dictador Asad y sus enemigos, la parte oriental de Alepo, una ciudad con 4.000 años de existencia, cuna de la civilización, entrará a formar parte de los anales de la infamia, del martirio de las poblaciones civiles en violación flagrante de las llamadas leyes de la guerra, como en tiempos recientes ya había ocurrido en Grozni (Chechenia), Ruanda, Somalia, Sudán, Srebrenica y Sarajevo. La victoria pírrica de Asad, su régimen y sus esbirros se asienta sobre una montaña de ruinas, un país fragmentado y una población diezmada. ¿Acaso llegarán algún día las excavadoras de la reconstrucción?

Los arúspices occidentales de los gobiernos y medios de comunicación que vaticinaron al unísono, en la primavera de 2011, la caída de Asad, el dictador que debía ser literalmente arrastrado por el fervor de la primavera árabe, como había ocurrido con Ben Alí en Túnez o Mubarak en Egipto, sufrieron un nuevo fiasco porque desdeñaron la complejidad étnico-religiosa de Siria, el pánico que se apoderó de las minorías (chií. alauí y cristiana, entre otras) y el temor generalizado de un problemático hundimiento de las fronteras trazadas después de la Gran Guerra (1919). Por eso los gobiernos occidentales auparon y respaldaron precipitadamente a los insurgentes y luego les escatimaron los apoyos necesarios para completar la tarea de derrocar al dictador y su partido Baas. Los supuestos demócratas sirios se sintieron traicionados y sus valedores occidentales trataron de ocultar que los combatientes sitiados en la parte oriental de Alepo no eran guerreros de la democracia, sino del califato, mayoritariamente yihadistas que tenían secuestrada a la población civil.

Si el orden internacional se hunde, el Consejo de Seguridad de la ONU, garante de la paz, pero dependiente del consenso de las cinco grandes potencias con derecho de veto, merece el oprobio del desastre. Cuando la capitulación de Alepo ya era inminente, el Consejo se reunió una vez más en su sede de Manhattan para certificar el desacuerdo y por ende su parálisis. Dirigiéndose a los representantes de Rusia y China, que estaban impidiendo con su veto cualquier acción internacional, la embajadora de EE UU, Samantha Power, les increpó, en la sesión del 13 de diciembre: “¿Son ustedes realmente incapaces de sentir vergüenza?”

En septiembre de 2005, aún vivo el recuerdo del genocidio de Ruanda, de las matanzas en la ex Yugoslavia o Sudán, y ante la reiterada impotencia del Consejo de Seguridad, paralizado por el derecho de veto, la Cumbre Mundial de las Naciones Unidas aceptó por consenso la nueva doctrina de “la responsabilidad de proteger”, que abogó por la intervención de la comunidad internacional en casos de extrema necesidad, intervención armada si fuera necesarios, cuando un Estado no sea capaz de proteger a sus ciudadanos del genocidio, los crímenes de guerra, la depuración étnica y los crímenes de lesa humanidad. En el caso de Siria, más de cinco años de guerra civil, unos 300.000 muertos y más de cuatro millones de refugiados no han bastado para agitar las conciencias y promover una acción de socorro humanitario. Las emociones, la indignación y las lágrimas de las opiniones públicas o publicadas (televisadas) occidentales ante la barbarie desatada en Alepo o la tragedia de los refugiados encubren la hipocresía de todos los confortablemente instalados, apaciguadores y pacifistas.

La desvergüenza, en verdad, está muy extendida. Reunidos en Bruselas el 15 de diciembre, en otra cumbre anodina, los jefes de Estado y de gobierno de los 28 países de la Unión Europea (UE), se limitaron a deplorar la situación en Alepo, pero no adoptaron ninguna decisión susceptible de influir sobre los acontecimientos o, al menos, de amonestar a los principales responsables de tanto desafuero, de tantas atrocidades, en medio del frío y el hambre, a pesar del patético llamamiento de auxilio y recriminación formulado en persona por un representante del comité local de los barrios rebeldes de la ciudad mártir. Hacía meses que la voz de Europa era inaudible. La situación es trágica –reconocían cínicamente los portavoces bruselenses–, pero no hay nada que hacer, nadie está dispuesto a enviar un cuerpo expedicionario. ¿Acaso hay europeos dispuestos a morir por Alepo?

Ante el espeso silencio comunitario, el líder de la derecha francesa, François Fillon, que se encontraba en Bruselas, en una reunión del Partido Popular Europeo, se atrevió a “mettre les pieds dans le plat”, según la expresión utilizada por la prensa francesa, es decir, “meter la pata”, cometer una indiscreción imperdonable, abordar con franqueza brutal una cuestión muy delicada o romper los tabúes de la hipocresía diplomática o la corrección política: “Estamos obligados a constatar el fracaso de la diplomacia occidental, y singularmente de la diplomacia europea. La indignación es necesaria, pero jamás ha salvado una vida humana.” Un editorial de Le Monde fustigó a los occidentales, en diatriba genérica, por actuar como “espectadores estupefactos del drama”, y aseguró que “Alepo habrá sido una de las tumbas del derecho internacional, de la ONU, del mínimo de decencia y de humanidad”. 

La responsabilidad de Obama 

La mala conciencia envuelta en hipérboles o subterfugios es muy antigua, como reconoció el presidente Obama en su última conferencia de prensa del año, el 16 de diciembre: “Durante años, hemos trabajado para detener la guerra civil en Siria y aliviar el sufrimiento humano. Ha sido una de las cuestiones más duras a las que tuve que enfrentarme como presidente. Mientras hablamos, el mundo está unido en el horror ante el salvaje asalto de la ciudad de Alepo por el régimen de Siria y sus aliados rusos e iraníes.” Como el presidente norteamericano propende a enmascarar con bellas o rebuscadas palabras sus propios fracasos o la retirada del campo de batalla, dando rienda suelta a su aversión por el riesgo, conviene recordar someramente lo ocurrido en Siria para distribuir equitativamente las responsabilidades.

A finales de agosto de 2013, luego de un ataque con armas químicas en un suburbio de Damasco, perpetrado por las milicias del régimen de Asad, EE UU y Francia llegaron a un acuerdo para lanzar unos bombardeos de represalia, primer paso para una intervención occidental; pero exactamente en el último minuto, el presidente Obama dio marcha atrás, suspendió los preparativos militares y decidió llegar a un acuerdo con Rusia para la eliminación del arsenal químico de Siria. La diplomacia francesa sigue denunciando ese repliegue infausto. El apaciguador Obama asestó un duro golpe a las esperanzas de los rebeldes moderados del Ejército Sirio de Liberación (ESL), brazo armado del Consejo Nacional Sirio (CNS); debilitó a la coalición internacional y dejó expedito el camino para el protagonismo exclusivo del Kremlin, cuando ya se vislumbraba en el horizonte la amenaza del autoproclamado Estado Islámico, así en Iraq como en Siria. La Casa Blanca y los medios afines siguieron con sus filípicas contra el dictador Asad, reclamando su desalojo del poder, pero sin hacer nada para lograr ese ambicioso objetivo.

En los tres años transcurridos desde el brusco cambio de opinión de Obama, con olvido de las líneas rojas que él mismo había trazado, la credibilidad de EE UU ha experimentado un duro quebranto, hasta el punto de que la inicial cautela de Putin se trocó a partir de octubre de 2015 en una intervención sin tapujos y aparentemente sin límites, en connivencia con los ayatolás de Teherán, para salvar provisionalmente al régimen de Asad y con el propósito de perpetuar su presencia y su influencia en el Oriente Próximo, vieja aspiración de la diplomacia rusa para escapar del frío glacial y aproximarse al Mediterráneo. En los frentes de batalla, la llamada oposición moderada siria, incluidos los Hermanos Musulmanes, fue perdiendo efectivos y eficacia, a pesar del apoyo logístico y económico de Arabia Saudí, Qatar, Turquía y otros países del golfo Arábigo mayoritariamente suníes, de manera que la guerra empezó a ser dirigida por los grupos más extremistas: la franquicia de Al Qaeda (Frente al-Nusra, ahora rebautizado Frente Fatah al-Sham, Frente de la Victoria), las milicias del Estado Islámico y numerosos grupos salafistas.

Algunas publicaciones occidentales consideraron que Obama era uno de los principales responsables del desastre. Escribió la revista británica The Economist: “El presidente norteamericano trató la guerra de Siria como una trampa que debía evitar (…) Obama intentó pasar de un sistema en el que Estados Unidos con frecuencia actuaba en solitario para defender sus valores a otro en el que la protección de las normas internacionales incumbiría a todos, porque todos se benefician de esas reglas. Alepo es la consecuencia del fracaso de esa política.” Es decir, que si el gendarme y sus aliados desisten de imponer el orden, o simplemente se muestran reticentes para cumplir con sus obligaciones o compromisos estratégicos, si el conformismo internacional se convierte en pauta de comportamiento, el mundo aceleradamente se queda sin ley, deviene una jungla, se desangra y se hunde en el caos.

Al desorden moral y político contribuye la ausencia de informaciones fidedignas de lo que ocurre en los teatros de operaciones, dejando el campo libre a la intoxicación, las exageraciones y la propaganda  en las llamadas redes sociales, cuando no a la patraña descarada. Ninguna agencia internacional estuvo presente en el este de Alepo durante los días de la última ofensiva, de manera que los despachos y las crónicas del meltdown (el fin del mundo), del espanto y la cólera, provenían primordialmente de Beirut o de organizaciones sospechosas de estar al servicio de uno de los bandos, como el Observatorio Sirio de los Derechos Humanos, con sede en Londres, a los llamados Cascos Blancos, de la defensa civil. En las redes sociales y en algunas televisiones, “el último hospital de Alepo” fue destruido en imágenes en numerosas ocasiones. La imagen desgarradora de una niña que corría para sobrevivir, después de haber perdido a toda su familia, resultó estar sacada del videoclip promocional de una cantante libanesa.

Después de más de cinco años de guerra, no parece prudente hacer algún vaticinio sobre lo que pueda ocurrir. Lo único seguro es que la guerra y la carnicería proseguirán con similar ferocidad y que no será fácil compaginar los intereses y ambiciones de Rusia, Turquía e Irán. La victoria de Asad en Alepo está lastrada por múltiples hipotecas territoriales, étnico-religiosas y geopolíticas. El régimen de Damasco controla ahora los principales centros urbanos, incluyendo las cuatro ciudades más pobladas, la única garantía real para evitar la partición del país que auguran los más pesimistas.  El Estado Islámico, que la semana pasada volvió a capturar Palmira, impone la ley coránica (sharia), mantiene su cuartel general en Raqa y aún domina amplias zonas en el este del país, aunque escasamente pobladas. Los diferentes grupos insurgentes están concentrados en la provincia de Idlib, limítrofe con la de Alepo, donde se aprestan a resistir. Los turcos y los kurdos mantienen sus posiciones en los enclaves septentrionales fronterizos con Turquía.

Ante la extrema división del país en cantones y plazas fuertes, el temor más extendido es que la agonía de Alepo pueda repetirse en Douma, Raqa e Idlib, principales enclaves de la resistencia, si no se produce un acuerdo diplomático que establezca una tregua definitiva, vigilada por una fuerza internacional, y termine con la efusión de sangre y el calvario o el éxodo de las poblaciones civiles. El presidente electo Donald Trump amenazó durante la campaña electoral con retirar su apoyo a la llamada oposición moderada siria para concentrar todos los esfuerzos norteamericanos en la derrota del Estado Islámico, probablemente de común acuerdo con Putin. Sería, desde luego, la gran oportunidad para que el dictador Asad consolidara su poder y lo extendiera a todo el país, o quizá para que renunciara en aras de la paz y la reconstrucción.

 

 

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