Posteado por: M | 31 diciembre 2016

Tras su derrota en la ONU, los dilemas de Israel

La adopción por el Consejo de Seguridad de la ONU de la resolución 2334, el 23 de diciembre, que condena en términos muy severos la ocupación israelí de los territorios palestinos –-Cisjordania y la parte oriental de Jerusalén— provocó una fuerte tormenta política que empeoró, sobre todo, las ya  tensas relaciones del gobierno de Israel con el de Obama. La abstención de EE UU, que permitió aprobar la resolución por unanimidad de los otros 14 Estados miembros del Consejo, fue recibida como una afrenta por el primer ministro israelí, el derechista y nacionalista Benyamin Netanyahu, quien declaró de manera arrogante no sólo que proseguirá la colonización –la ocupación de tierras y la construcción de los llamados asentamientos–, sino que también acusó veladamente a Obama de colusión y traición por no haber hecho nada para impedir que la resolución fuera adoptada e incluso por haberla orquestado entre bastidores.

Tras su derrota en el Consejo de Seguridad de la ONU, el pueblo de Israel se encuentra de nuevo en una encrucijada, defendido por el ejército más poderoso del Oriente Próximo, pero hostigado por los vecinos, aislado diplomáticamente y con un gobierno situado en el banquillo de los que vulneran la legalidad internacional. Un gobierno arrogante, pero al mismo tiempo animado por el espíritu de Masada, de resistencia a ultranza frente a la hostilidad exterior y la disidencia interna, y unos ciudadanos que deberán resolver sin demora graves dilemas sobre la preservación de la democracia, las relaciones con los palestinos y el destino del sionismo.

Al fallar el resorte mágico o escudo protector del veto norteamericano, el gobierno israelí, más aislado que nunca, aprobó “una respuesta mesurada y vigorosa”, anunció la construcción de miles de viviendas en Jerusalén oriental –anexionado por el Parlamento en 1980–, se quejó ante los países amigos que apoyaron la resolución (Francia, Reino Unido, España, Nueva Zelanda), lanzó diversas advertencias, canceló la visita del primer ministro de Ucrania y censuró acerbamente a Washington, y con especial inquina al secretario de Estado, John Kerry. El embajador israelí en EE UU, Ron Dermer, llegó a decir que tenía pruebas de que el gobierno de Obama estaba detrás de la resolución del Consejo de Seguridad. En una maniobra diplomática sin precedentes, el ministerio israelí de Asuntos Exteriores convocó a los embajadores de varios países occidentales, el de España entre ellos, nada menos que el día de Navidad, para expresarles su malestar.

Según un portavoz del gobierno israelí, la hostilidad de Obama sólo es comparable con la del presidente demócrata Jimmy Carter (1977-1981) o el secretario de Estado James Baker, éste durante la presidencia del republicano George Bush padre (1989-1993), acusados perentoriamente de haber forzado la mano de la derecha israelí en los cónclaves diplomáticos como la conferencia de Madrid (1992) que, tras la primera guerra del Golfo (1991), precedieron a los acuerdos de Oslo firmados por el gobierno israelí de Isaac Rabin (laborista) y Yaser Arafat como presidente de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). Unos acuerdos que establecieron el principio de autonomía de los palestinos en Cisjordania y permitieron la firma del tratado de paz de 1994.

Un Netanyahu “fuera de control”, como lo describe el diario hebreo Haaretz, defendió las represalias, calificó de “inaceptable” la resolución de la ONU, que Israel no aplicará, y tronó bíblicamente con estas palabras: “Israel es un país con orgullo nacional y no va a ofrecer la otra mejilla.” El primer ministro añadió: “La administración Obama no sólo ha fracasado en la protección de Israel contra la liga antiisraelí de la ONU, sino que se ha asociado con ella entre bastidores.” La retórica estridente no puede enmascarar la realidad: el máximo responsable de la soledad diplomática de Israel no es otro que el gobierno de Netanyahu, encerrado en una inexpugnable trinchera en la que el autismo moral, el objetivo mesiánico y el desprecio de la ley internacional sostienen una estrategia de hechos consumados en Cisjordania que discrimina y ultraja a la población palestina.

Los amigos y comentaristas incondicionales de Netanyahu en la prensa occidental, que no necesariamente lo son de todos los israelíes, insisten estos días en la venganza o la traición de Obama para explicar el voto en el Consejo de Seguridad o explican la teoría conspirativa lanzada por el primer ministro israelí. Las insinuaciones sobre una confabulación de la Casa Blanca para perjudicar a Israel no sólo son ridículas y propagandísticas, sino que ignoran el dato fundamental de que los intereses de EE UU no coinciden siempre y necesariamente con los del gobierno de Netanyahu en su empeño por crear una situación irreversible y potencialmente explosiva en los territorios ocupados, cuyo objetivo último sería la recreación del Gran Israel. También cabe suponer que el afán anexionista del gobierno hebreo no cuenta con el respaldo de toda la sociedad israelí por más que ésta se encuentre bien instalada en el conformismo y la prosperidad ante la ausencia de otras alternativas.

Durante sus ocho años en el poder Obama ha mantenido unas relaciones conflictivas con Netanyahu, pero no por ello falló en la actuación consabida y reiterada de protector diplomático, armador generoso y amigo inquebrantable de Israel. Ante la violencia esporádica de los atentados o las escaramuzas bélicas desde y contra la franja de Gaza, el presidente declaró en numerosas ocasiones que las colonias judías en Cisjordania y la anexión del sector oriental de Jerusalén eran los principales obstáculos para establecer una paz justa y duradera con los palestinos, pero tropezó invariablemente con la férrea negativa del primer ministro israelí de aceptar la negociación según el principio de “paz por territorios”. No obstante, en el Consejo de Seguridad de la ONU, siempre con la amenaza del veto y las represalias, Obama bloqueó cualquier iniciativa contra la política israelí de colonización. En 2011, un proyecto de resolución en el Consejo de Seguridad, similar al aprobado ahora, pero más equilibrado, decayó por el veto norteamericano.

Kerry, contra los extremistas

La reconocida paciencia diplomática tiene un límite. En el ocaso de la administración de Obama, con una gran demora, aflora con ímpetu la frustración acumulada por los numerosos desencuentros con Netanyahu. En un discurso pronunciado el 28 de diciembre, John Kerry, portavoz tardío del desengaño, criticó con dureza la reacción del gobierno hebreo por el voto en el Consejo de Seguridad  y presentó en seis puntos los principios esenciales –parámetros, según la jerga diplomática estadounidense– para una solución del conflicto, que no difieren sustancialmente de los aceptados por la comunidad internacional: la coexistencia pacífica de dos Estados, ambos con capital en Jerusalén, en las fronteras de 1967; la igualdad de derechos de todos los ciudadanos, incluyendo la solución del problema de los refugiados palestinos, aunque no de su retorno; el fin de la ocupación y la desmilitarización del Estado palestino para satisfacer las demandas de seguridad de Israel; y el compromiso de que ambos Estados renunciarían para siempre a todas las reclamaciones.

El secretario de Estado justificó la abstención en el Consejo de Seguridad por la esperanza de salvar a Israel de “sus elementos más extremos”,  pues su gobierno es “el más comprometido con los asentamientos en la historia de Israel”. Aunque aceptan oficialmente la solución de los dos Estados, Netanyahu y sus ministros, en la práctica, están interesados, ante todo, en liquidarla, mediante una política anexionista que se propone “consolidar el control de gran parte de la Ribera Occidental [Cisjordania] para sus propios fines”. Kerry advirtió: “Si Israel persiste en el objetivo de levantar un Estado único, jamás alcanzará la paz con el mundo árabe.” La comprobación práctica de que el gobierno israelí abandona o socava la solución de los dos Estados, dando los pasos necesarios para la anexión de Cisjordania, explica los temores, las maniobras diplomáticas y, en último extremo, la actitud menos complaciente de la administración de Obama. “El voto en la ONU –aseguró Kerry—fue para proteger una solución viable de los dos Estados.”

Frente a las críticas de Donald Trump y de algunos líderes republicanos, Kerry defendió con vehemencia el comportamiento del gobierno de Obama con Israel y recordó el plan de ayuda militar de 10 años por 38.000 millones de dólares, firmado a principios de 2016, sin exigir nada a cambio. “Ninguna administración norteamericana ha hecho más por la seguridad de Israel que la de Obama, mediante una cooperación militar y de inteligencia sin precedentes”, señaló Kerry.

Netanyahu replicó inmediatamente al discurso de Kerry, al que acusó de “parcialidad”, así como de atacar a “la única democracia” existente en “una región en llamas”, y añadió: “Los israelíes no necesitan que los líderes extranjeros les den lecciones sobre la importancia de la paz”. Ciertamente, Israel es la única democracia en un entorno geopolítico en el que dominan las dictaduras, el fanatismo, la violencia y la guerra. Pero los principios de la democracia, de los que con tanta justicia se vanagloria el primer ministro israelí, no se aplican por entero a la minoría árabe del Estado ni mucho menos a los palestinos que viven en Cisjordania.

“Demasiado poco y demasiado tarde”, escribió en el New York Times el profesor palestino Rashid Khalidi, de la universidad neoyorquina de Columbia. En su opinión, Kerry no hizo otra cosa que “asumir lo que era obvio para la mayoría de los observadores desde hace años: que la construcción de los asentamientos judíos en la tierra palestina ocupada han destruido la solución de los dos Estados” Aunque supone que los parámetros de Kerry no van a cambiar la situación en Cisjordania, Khalili cree que la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU ofrece “la justificación legal” necesaria para que los Estados puedan imponer sanciones al gobierno israelí.

Los parámetros de Kerry son similares a los que el presidente Bill Clinton presentó en julio de 2000, en una conferencia celebrada en Cam David entre el gobierno israelí y la Autoridad Palestina, que estuvieron más cerca que nunca de llegar a un acuerdo definitivo. Durante la presidente de George W. Bush, la secretaria de Estado, Condoleezza Rice (2007-2008), pretendió reavivar un proceso de paz que estaba moribundo. La iniciativa de Kerry está abocada al mismo y triste destino, tendrá muy corto recorrido, pues el presidente electo, Donald Trump, ya trató de impedir el voto en el Consejo de Seguridad, luego criticó a Obama por su “menosprecio y falta de respeto” de Israel y finalmente utilizó Twitter para dar ánimos a Netanyahu: “Mantente fuerte, Israel, el 20 de enero está muy cerca” (el día de su toma de posesión).

Expansión israelí en los territorios ocupados

La expansión israelí en los territorios palestinos fue constante más allá de llamada línea verde, es decir, la frontera anterior a la guerra de junio de 1967, establecida por el armisticio de 1949, tras la primera guerra árabe-israelí, y reconocida internacionalmente. Según los datos que facilita la organización israelí Paz Ahora, que se opone a la colonización, en 2009, cuando Obama asumió la presidencia, 297.000 israelíes vivían en los asentamientos de la Ribera Occidental (the settlements in West Bank), expresión con la que se conocen en Israel las colonias de población situadas dentro de los territorios parcialmente administrados por la Autoridad Palestina, en aplicación de los acuerdos de Oslo (1993) y posteriores concordantes. Los colonos aumentaron hasta los 386.000 a finales de 2015. Otros 208.000 israelíes vivían en Jerusalén oriental en diciembre de 2014. Además, el ejército israelí mantiene sus posiciones estratégicas a lo largo del valle del Jordán.

Todos estos cálculos demográficos han sido superados ampliamente, hasta el punto de que el Estado palestino que preconiza la comunidad internacional se presenta como territorialmente inviable. Con más de 650.000 colonos israelíes, bien armados y radicalizados, con las mejores granjas en el valle del Jordán, viviendo junto a 3 millones de palestinos en Jerusalén y Cisjordania (término geográfico y geopolítico que designa el espacio “más acá del Jordán”), y  con el ejército (Tsahal) protegiendo las colonias y desplegado estratégicamente por doquier, en un territorio de tan sólo 5.860 kilómetros cuadrados, el nacimiento del Estado palestino se me antoja una empresa problemática y de muy alto riesgo. Dos millones de palestinos están hacinados y virtualmente encerrados en la franja de Gaza (360 kilómetros cuadrados), sometidos al régimen extremista de Hamas, y otros 2 millones forman la minoría más importante dentro del Estado de Israel, casi el 25 % de la población, muy concentrados en Galilea. Un mosaico endiablado que los militares israelíes vigilan sin desmayo. El 60 % aproximadamente de Cisjordania permanece bajo administración militar israelí

“Flagrante violación del derecho internacional”

La resolución de la ONU no se detiene lógicamente en esos problemas prácticos, mi dispone de una varita mágica para sellar la reconciliación y la paz entre las dos comunidades, pues se limita a recordar los imperativos jurídicos, considerando que la expansión israelí de Cisjordania y Jerusalén-Este “no tiene validez legal” y constituye “una flagrante violación del derecho internacional”, y especialmente de la cuarta convención de Ginebra de 1949 sobre los territorios ocupados militarmente. La situación de hecho es “un gran obstáculo que pone en peligro la viabilidad de la solución biestatal basada en las fronteras de 1967 y de una paz general, justa y duradera”. Aunque bien fundada, la resolución resulta muy poco equilibrada porque no impone ni recuerda ninguna obligación de los palestinos salvo una exhortación genérica, que se supone dirigida a ambas partes, “para prevenir los actos de violencia contra los civiles, incluidos los actos de terror, así como todos los actos de provocación y destrucción”. Sendas exhortaciones instan a las partes a la negociación y al respeto tanto del derecho internacional como de “sus acuerdos y obligaciones anteriores”.

La resolución reafirma “la inadmisibilidad de la adquisición de territorios por la fuerza” y condena con una dureza sin precedentes “todas las medidas que tienen por objeto alterar la composición demográfica, el carácter y el estatuto del territorio palestino ocupado desde 1967, incluido Jerusalén oriental, incluyendo, entre otras medidas, la construcción y expansión de los asentamientos, el traslado de colonos israelíes, la confiscación de tierras, la demolición de viviendas y el desplazamiento de civiles palestinos”. Una doctrina que se viene reiterando por la ONU desde la resolución 242 del Consejo de Seguridad que siguió a la derrota de los ejércitos árabes en la Guerra de los Seis Días (junio de 1967). La única novedad es que la última resolución hace un llamamiento a los Estados “para que distingan, en sus tratos relevantes, entre el territorio del Estado de Israel y los territorios ocupados desde 1967”.

Reproduzco a continuación los tres puntos de la parte dispositiva de la resolución que reputo más relevantes:

“Reitera su exigencia de que Israel ponga fin de inmediato y por completo a todas las actividades de asentamiento en el territorio palestino ocupado, incluido Jerusalén oriental, y que respete todas sus obligaciones jurídicas a ese respecto.

“Subraya que no reconocerá ningún cambio en las líneas del 4 de junio de 1967, incluso en lo que respecta a Jerusalén, que no sean acordados por las partes mediante negociaciones.

“Destaca que el completo cese de todas las actividades israelíes de asentamiento es fundamental para salvaguardar la solución biestatal, y pide que se adopten de inmediato medidas positivas para invertir las tendencias negativas sobre el terreno que hacen peligrar la solución biestatal.”

Nuevo brindis al sol para subrayar la obviedad de que las colonias son ilegales, según el derecho internacional, que no reconoce la ocupación o anexión de territorios por la fuerza armada, pero que Israel se niega a aplicar esgrimiendo razones muy complejas –seguridad, profundidad estratégica, legítima defensa, terrorismo palestino, hostilidad de los Estados vecinos— y sentimientos respetables, religiosos e históricos, pero que no pueden ser asumidos por la comunidad internacional, desde el recuerdo lacerante del holocausto a la reivindicación bíblica de Judea y Samaria, términos históricos con los que la tradición judía nombra a la Cisjordania ocupada, el exiguo territorio situado entre el Jordán y la frontera de Israel en 1967. Jerusalén oriental fue anexionado por Israel en 1980, mediante una votación parlamentaria, y sometido por tanto a la legislación israelí; pero Cisjordania permanece bajo ocupación militar desde 1967.

La virulenta reacción de Netanyahu, que también actúa como ministro de Asuntos Exteriores, se propagó a otros ministros, entre ellos, el de Defensa, el polémico Avigdor Liberman, que llegó a comparar la conferencia de paz de París sobre el conflicto árabe-israelí, que debe celebrarse el 15 de enero próximo, con “una nueva versión del proceso de Dreyfus contra todo el pueblo judío”, y pidió a los franceses israelitas que se trasladen a Israel. El ministro de Educación, Naftali Bennet, otro halcón, preconizó la anexión inmediata de la llamada zona C que, según el acuerdo interino de 1995, cubre el 62 % del territorio de Cisjordania y la mayor parte de las colonias. Netanyahu calificó el texto de la ONU como “parcial y odioso” y aventuró, introduciendo un complemento de emotividad en su diatriba, que su aplicación impediría el acceso de los judíos al Muro de las Lamentaciones, un asunto altamente simbólico no abordado en la resolución.

No toda la opinión pública israelí, al menos la publicada, sigue a los ministros en esa rebuscada paranoia oficial, como puede comprobarse en el diario liberal Haaretz, publicado en Tel Aviv, que en un resonante editorial subrayó que “Netanyahu trata de encubrir su derrota con una retórica huera y arrogante” por negarse a entender que “un acuerdo con los palestinos es de un supremo interés israelí”. Netanyahu está al frente de un gobierno claramente situado a la derecha de la derecha, nacionalista y anexionista, integrado por el veterano Likud y varias formaciones religiosas y extremistas, legítimamente elegido,  pero que dispone de una muy exigua minoría en la Kneset o parlamento (61 de los 120 diputados).

La solución de los dos Estados, en entredicho

Mi impresión es que la solución de los dos Estados, preconizada por la ONU, es inviable en las actuales circunstancias. Un analista del New York Times, Peter Baker, que escribe desde Jerusalén, afirma que la propuesta de seis puntos formulada por el secretario Kerry “suena más como un réquiem que como un plan”. Un resumen, una reiteración bien intencionada, tan antigua como fallida, bastante ilusoria, desconectada de la realidad. Kerry no pudo superar la contradicción de presentar como irrealizable la solución de los dos Estados y, al mismo tiempo, proponer un plan de seis puntos que el gobierno de Obama no se atrevió a formular en ocho años. La otra gran contradicción es que muchas de las colonias en Cisjordania están generosamente financiadas por las fundaciones y los grupos de presión norteamericanos.

Un representante de los colonos israelíes, que forman un poderoso grupo de presión, financiado por el sionismo norteamericano, dejó bien sentado que el discurso de Kerry fue “un elogio de la fórmula de los dos Estados, la cual constituye, en esencia, una receta para el desastre”. La solución de los dos Estados, que sigue siendo el objetivo de la ONU y de las principales potencias, carece de toda credibilidad en Israel y empieza a ser inservible para los palestinos. “La era de la solución de los dos Estados ha periclitado”, declaró recientemente el ministro de Educación israelí, Naftalí Bennet, partidario de la anexión de gran parte de Cisjordania. Y el mismo Netanyahu, necesitado del apoyo ruidoso de los colonos, describió a su gobierno como “el más comprometido con los asentamientos en la historia de Israel”.

Cabe encontrar otras voces en Israel, desde luego, que no respaldan el expansionismo oficial. Ehud Barak, ex primer ministro laborista, tras la resolución de la ONU, escribió en Twitter: “Bibi, al borde del abismo mesiánico, está determinado a seguir adelante.” Bibi es el apodo cariñoso con el que la prensa israelí se refiere a Netanyahu. En el periódico liberal Haaretz, varios comentaristas celebraron la resolución del Consejo de Seguridad y censuraron enérgicamente la reacción y la estrategia general del primer ministro. “El voto de la ONU: El mundo comienza a rescatar a Israel de sí mismo”, tituló su análisis el comentarista Amir Oren. El controvertido Gideon Levy, probablemente el cronista israelí que mejor conoce la realidad palestina, sentenció que “la resolución de la ONU es un soplo de esperanza en un mar de oscuridad y desaliento”.

El optimismo o la esperanza de estos analistas judíos, como el de Kerry, más parece una ilusión muy difícil de compartir. En la práctica, al gobierno israelí actúa sistemáticamente en contra de la solución de los dos Estados al incitar a sus ciudadanos y los eventuales inmigrantes a establecerse en el territorio que, en caso de solución del conflicto, debería pertenecer al Estado palestino, La Autoridad Palestina, Al Fatah y Hamas, principales representantes de la población palestina, por su parte, siguen anclados en una retórica de confrontación, completamente ilusoria, que ensalza la violencia como único medio para la liberación de toda Palestina y que lógicamente enardece a la opinión israelí y favorece a los extremistas.

Están por ver los efectos de la resolución de la ONU en la opinión pública israelí, donde la idea de la anexión de Cisjordania e incluso de la expulsión en masa de los palestinos hacia Jordania, sostenida por los colonos y los ministros más extremistas a los que se refirió Kerry, progresa tortuosamente entre el cansancio y el escepticismo de una situación aparentemente sin salida, mientras los palestinos se entregan a la desesperación y el odio. Salvo Kerry y quizá Obama, ahora que están a punto de abandonar el poder con más pena que gloria, puede asegurarse sin  temor a errar que los líderes mundiales, más allá de la sede confortable de la ONU, no creen en la fantasía de los dos Estados ni tienen ninguna urgencia en apostar por la solución de un problema enquistado por no decir insoluble.

Son los israelíes, en una posición de fuerza, los llamados a tomar las decisiones últimas, incluso las que puedan ser incómodas y hasta dolorosas. Los israelíes que llevan once años bajo la égida de Netanyahu, democráticamente reelegido. La solución de un Estado único en todo el territorio de la Palestina histórica, la del mandato británico que finalizó abruptamente en 1948, y que se avizora en las acciones y las declaraciones del gobierno israelí, está preñada de incertidumbre y plantea un dilema existencial, una elección traumática entre el Estado judío, con los palestinos en situación de apartheid, o la democracia con igualdad de derechos y sufragio universal. Porque en ese Estado único, la mayoría de la población sería muy pronto palestina y, por supuesto, musulmana. Ése es el futuro incierto y oscuro que Netanyahu y sus socios políticos preparan sin atreverse a proclamarlo, en una región tan convulsa como volátil.

 

 

 

 

 

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