Posteado por: M | 6 enero 2017

Esperando a Trump, con el poder de Putin en alza

Esperando a que Donald Trump se instale en la Casa Blanca, el 20 de enero, con Vladimir Putin al alza y en la fila cero del espectáculo, las incertidumbres, los pronósticos y las cábalas sobre las expectativas de la nueva situación mundial se agolpan y se entrecruzan tanto en las cancillerías como en los medios de comunicación. Las preguntas y las incógnitas se imponen sobre las demás consideraciones. ¿Cumplirá Trump sus promesas más controvertidas? ¿Cuál será el papel que EE UU desempeñará en la escena mundial? ¿Mejorarán las relaciones de EE UU con Rusia o persistirá la guerra de nervios desencadenada por las nuevas sancione impuestas por Obama en una maniobra de última hora? Ante el repliegue norteamericano en todo el orbe, capítulo esencial del balance del presidente, la enérgica y en muchos casos coercitiva diplomacia del líder del Kremlin no sólo causó desconcierto en Europa y la OTAN, sino que alteró sustancialmente la distribución de fuerzas en el avispero del Oriente Próximo.

Luego de un intercambio de acusaciones y de que la prensa norteamericana próxima al Partido Demócrata denunciara ruidosamente la cibernética injerencia rusa en la campaña electoral, supuestamente en perjuicio de Hillary Clinton, Obama ordenó el 29 de diciembre más sanciones ”de una severidad inédita” contra el Kremlin: expulsión de 35 diplomáticos rusos de Washington y California, en un plazo de 72 horas, y el castigo contra los servicios de seguridad mediante el cierre de sus instalaciones en Maryland y Nueva York, dos dachas camufladas como lugares de ocio y descanso de los funcionarios, anacrónicos vestigios de la guerra fría, utilizadas tanto por el Servicio Federal de Seguridad (FSB), heredero del KGB, como por el GRU (información del ejército). Casi simultáneamente, algunos medios periodísticos disparaban contra la “heavy metal diplomacy”, la diplomacia coercitiva de Putin, invariablemente denostado como un autócrata sediento de poder.

El primer ministro, Dmitri Medvedev denunció “la agonía antirrusa” del gobierno norteamericano y el ministerio de Asuntos Exteriores reaccionó con dureza en un primer momento, acusando a Obama de lanzar “sus últimas bombas con efecto retardado” antes de hacer mutis; pero cuando todo el mundo esperaba que se produjeran las simétricas represalias tradicionales, anticipadas por algún medio, Putin decidió rectificar el tiro: “No expulsaremos a nadie”, declaró, dando a entender que no deseaba levantar ningún obstáculo en la mejora de relaciones entre los dos países preconizada por el presidente electo. La rama de olivo reemplazó al ojo por ojo, de manera que Trump y su secretario de Estado designado, Rex Tillerson, magnate petrolero, tengan mayor margen de maniobra para evitar la guerra cibernética o el recrudecimiento de la guerra fresca.

Las relaciones entre EE UU y Rusia atraviesan por su peor momento desde que cayó el muro de Berlín, terminó la guerra fría y se desintegró la URSS, ahora hace 25 años. El inicial intento de Obama y Hillary Clinton por mejorar las relaciones con Moscú concluyó en un fiasco. Hay tremendas disputas en el núcleo de la élite político-académica norteamericana, entre los realistas de la escuela de Henry Kissinger, adalides de un acuerdo geopolítico con Moscú, sin descartar un nuevo reparto de las zonas de influencia –¿una nueva Yalta?— y los liberal-internacionalistas demócratas, aliados con un sector del Partido Republicano (John McCain, Lindsey Graham y otros), que siguen denunciando el activismo bélico-diplomático o las provocaciones del Kremlin –-la anexión de Crimea, la guerra del este de Ucrania, la intervención directa en Siria— o los que, con Obama a la cabeza, ponderan los réditos de una diplomacia multilateral y de un orden económico globalizado.

Las sanciones decretadas por Obama, además de un intento por sembrar de escollos el camino de Trump, llegan demasiado tarde y no contribuyen ciertamente a degradar la imagen internacional de Putin, sino todo lo contrario, incluso en Europa. El diario francés Le Monde, que no tiene ninguna simpatía por el líder del Kremlin, publicó un resonante editorial el 30 de diciembre titulado: “Putin, hombre del año”, con la siguiente justificación: “Si bien Donald Trump monopolizó las portadas de la actualidad de 2016, el verdadero hombre del año que se acaba es Vladimir Putin. La carrera de fondo que el presidente ruso emprendió hace ahora 16 años, para situar a su país en el centro del juego, está a punto de producir sus frutos de manera espectacular.” La revista Time designó a Trump su “hombre del año 2016”.

La penúltima y airada decisión de Obama se produjo en un momento especialmente delicado para la diplomacia norteamericana, embarcada en una agria disputa con el gobierno israelí, tras la condena de la colonización en Cisjordania por el Consejo de Seguridad de la ONU, y desplazada inesperadamente de la negociación para un cese de hostilidades en Siria. Tras la caída de Alepo en manos de las fuerzas del presidente Asad, corolario de la decisiva intervención rusa, Putin prefirió negociar el cese de hostilidades con Teherán y Ankara, marginando por completo a Washington. Una prueba concluyente de la retirada de la primera superpotencia, en este caso involuntaria, de la escena mundial, así como de su aparatosa pérdida de influencia en Turquía, pese a ser ésta un país aliado de la OTAN.

Vista desde Moscú, la situación se juzga con distintos parámetros y los analistas subrayan, ante todo, la agresividad de EE UU y sus aliados europeos, que llevaron las legiones de la OTAN a las mismas fronteras de Rusia, corazón del continente Euroasiático, destruyendo la profundidad estratégica que los rusos, rememorando las acometidas de Napoleón y Hitler, reputan imprescindible para defender un país que carece de fronteras naturales. No es ningún secreto que los occidentales alentaron y financiaron las revoluciones de colores en Georgia (2008) y Ucrania (2014), dos república ex soviéticas y dos territorios que siempre formaron parte de la esfera de influencia rusa. En Kiev, los servicios secretos norteamericanos y europeos multiplicaron los esfuerzos para derribar al gobierno de Yanukovich, aliado de Moscú, y sustituirlo por otro pro europeo. La anexión de Crimea, península rusa durante siglos y habitada mayoritariamente por rusos, se orquestó desde Moscú como una consecuencia más de la agresividad occidental.

No se trata, desde luego, de abandonar los ucranianos a su suerte, en contra de su voluntad, como insisten algunos gobiernos y medios occidentales, sino de sacar las lógicas consecuencias de una realidad harto compleja: Ucrania es un país histórica y culturalmente dividido, poblados en sus regiones orientales por rusos ortodoxos que no desean alejarse de Rusia. Unos argumentos similares suele esgrimir el Kremlin cuanto se trata de Bielorrusia, Georgia o Moldavia, repúblicas ex soviéticas, países identificados con la religión ortodoxa y el paneslavismo. El cambio presidencial en Washington y las discrepancias europeas en cuanto a las sanciones sin duda van a ofrecer nuevas oportunidades para que Rusia mejore sus posiciones en el que sus estrategas denominan “el extranjero próximo”.

Las relaciones con el Kremlin, por razones históricas, son las que más preocupan al establishment norteamericano de seguridad, las que consumen más espacio en los medios de comunicación, las que más se prestan a las lucubraciones de los pundits, los columnistas aparentemente nostálgicos del “peligro rojo” y los más alarmistas que vaticinan una confrontación de Rusia con la OTAN en el Báltico. Los más recalcitrantes sovietólogos piensan, remedando la famosa cita de Winston Churchill, que el Kremlin está lleno de fantasmas o que Rusia es “un acertijo, envuelto en un misterio, dentro de un enigma”.

Pero Rusia no es necesariamente el enemigo y ni siquiera el competidor estratégico de EE UU, pues sus problemas internos son tan pavorosos que la inclinan a colaborar con Occidente, pese a las suposiciones de los que presentan Putin, ritualmente, como un autócrata expansionista. Necesitada Rusia de un impulso reformista y modernizador que sólo podrá surgir y prosperar si se estabilizan los frentes exteriores, parece lógico explorar otras oportunidades. “Dejemos de aguijonear al oso”, recomienda el analista Robert W. Merry en un provocativo artículo publicado en la revista norteamericana The National Interest. Si Putin no desea verse envuelto en una pesadilla como la de EE UU en Iraq, que hundiría sus proyectos de recuperación nacional e influencia internacional, parece razonable buscar un entendimiento con él, tanto para destruir al Estado Islámico como para negociar el problemático futuro de Siria.

Iván Krastev, un analista búlgaro que escribe en el New York Times, considera que el viejo relato de la guerra fría “se está convirtiendo en un factor de la creciente influencia internacional de Rusia. La actual obsesión de Occidente con Putin está en el corazón del poder blando recién descubierto del presidente ruso.” Su mensaje es que si nos ocupamos menos de Putin, su influencia decrecerá automáticamente; porque su preeminencia no depende de la ideología, sino de su imagen. Según Krastev, la mayoría de los búlgaros están satisfechos con la vinculación de su país a la OTAN e incluso a la Unión Europea, pero “por razones culturales e históricas la mayoría prefiere no ver a Rusia como un enemigo”. Algunas de esas razones búlgaras son tan evidentes y arraigadas como la común religión ortodoxa y el alfabeto cirílico de su idioma eslavo.

Los realistas que giran en la órbita de Kissinger abogan igualmente por dar una oportunidad a la diplomacia, la diplomacia de Trump y Tillerson y su apuesta por un nuevo deshielo que rompa el cerrojo de los inmensos recursos naturales del país más extenso del mundo. Otros analistas, como los de Stratfor, sacan a relucir el concepto de “Peace through Strength”, la paz a través de la fuerza, popularizado por el presidente Ronald Reagan en sus relaciones con la Unión Soviética en los años 80 del pasado siglo. La primera premisa de esa supuesta doctrina es que el poder militar y económico de EE UU era necesario para mantener la paz y la estabilidad internacionales mediante la demostración de que era perfectamente fútil cualquier desafío. Gorbachov comprendió inmediatamente la situación e inició un programa de reformas, un proceso tortuoso que en menos de un lustro forzó su dimisión y selló la descomposición del imperio.

Ahora no sabemos cuál será el camino de Trump, un presidente que carece de experiencia política y que comparece ante el mundo como un enigma, según la descripción empleada por el periodista John Andrews, Durante la campaña electoral, la retórica del próximo presidente fue nacionalista, aislacionista, anti-OTAN y antiglobalización, pero no sabemos si se mostrará radical o conciliador, ni qué ocurrirá cuando esos difusos compromisos choquen con la realidad en un mundo en el que los avances tecnológicos presionan contra de las barreras, las fronteras y las promesas populistas. Por si esos frenos no fueran suficientes, conviene recordar que el presidente norteamericano actúa dentro de un sistema de equilibrio de poderes, de unos medios poco complacientes y de un escrutinio permanente de los humores de la opinión pública.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Responses

  1. En algun lloc he llegit que tot això d’exclamar-se de la manipulació russa de les eleccions americanes és una immensa presa de pèl i tant més si tenim en compte que la complicitat dels EEUU va ser clau per facilitar la victòria fraudulenta de Ieltsin contra els comunistes l’any1996. Sembla que el Big Brother i el seu control total global pels americans és un fet i per tant queixar-se com es queixen és una postureta de cara a la galeria.


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