Posteado por: M | 21 enero 2017

Trump, la decadencia y el orden internacional

Pocas veces un presidente fue saludado con tanta hostilidad como Donald John Trump, con los servicios secretos enzarzados en la refriega política y algunos augures anunciando la llegada del gran desbarajuste, del manipulador en jefe. Los grandes rotativos liberales y las más influyentes cadenas de televisión, dominantes en las dos fachadas marítimas que concentran la población urbana, despidieron a Barack Obama con elogios sin mácula y balances positivos, con ditirambos de su elocuencia, comparada hiperbólicamente con la de Lincoln, pese a las innumerables sombras de su legado o los milagros del telepromter, y recibieron a Trump con cajas destempladas, con muy malos modos, críticas acerbas e informaciones no verificadas y malintencionadas sobre una supuesta orgía en un hotel de Moscú grabada por los servicios secretos rusos. Por los mismos días de la transición, las tropas norteamericanas de la OTAN se desplegaban en Polonia y los países bálticos con el propósito inconfesado de levantar toda clase de escollos para una mejora sustancial en las relaciones de EE UU con Rusia.

Los medios europeos, conservadores y socialdemócratas al alimón, se comportaron de manera mimética, con un ardor que no se recuerda desde la llegada del republicano Ronald Reagan a la Casa Blanca, el 20 de enero de 1981, tras haber derrotado al demócrata Jimmy Carter, cuando la prensa socialdemócrata impuso el mantra del “actor mediocre y el presidente reaccionario”, pese a las pruebas irrefutables de su exitoso desempeño como sindicalista en Hollywood y gobernador moderado de California. Luego resultó ser un presidente brillante en muchos momentos y sin duda meritorio, sensible a los consejos de Milton Friedman y regenerador de un sistema económico anquilosado, aliado con Margaret Thatcher y el papa Juan Pablo II en la ímproba e histórica tarea de derribar el muro de Berlín y provocar el hundimiento del comunismo tanto en la URSS, apodada “el imperio del mal”, como en la Europa oriental. Feliz resultado de la estrategia de “la paz a través de la firmeza”. Un camino virtuoso que persuadió incluso a simpatizantes tradicionales del Partido Demócrata.

Para la mayoría de los grandes periódicos europeos, Trump es “un ricachón zafio y peligroso”, excéntrico e imprevisible, sin experiencia en la vida pública, agitador de los agraviados y profanador de la corrección política, que amenaza con quebrar todas las reglas del gran tablero del mundo, sin preocuparse por seguir los consejos del establishment y del lobby académico-periodístico que establece e impone en Washington los cánones de la corrección política. Los mismos medios y los mismos políticos proclives a enmascarar la obviedad de que Trump no es el creador, sino el heredero político, de las profundas heridas que ensombrecen el futuro del país. Ése es el peor legado de Obama que no reflejan las encuestas, quizá para no empañar la extraordinaria popularidad del primer presidente negro de un país que gravitó durante demasiado tiempo sobre la esclavitud y la segregación racial. Por eso Trump insiste en su empeño de un cambio en profundidad para “reunificar el país” y hacerlo más grande.

En el discurso inaugural, Trump no dejó ningún resquicio para las interpretaciones benévolas, sino que repitió todos sus lemas y promesas de la campaña electoral, cuyo cumplimiento se plasmará en “un esfuerzo nacional para reconstruir nuestro país”, para reparar al menos las grietas más aparatosas del sistema. Fue un discurso duro, nacionalista, populista y aislacionista, en el que expuso “la nueva visión” que presidirá las políticas interior y exterior, bajo el imperativo del “American first” (América primero), es decir. Estados Unidos por encima de todo. Un discurso sin otras concesiones que las demandadas por la retórica electoral. Nada de gastar dinero, hombres y prestigio en las aventuras exteriores, “en mejorar la fortuna de otras naciones”, en subsidiar “los ejércitos de otros países”. Tras el repliegue estratégico de Obama, el nuevo presidente propugna el egoísmo nacional como principio director y supremo. Ni una sola referencia a los aliados europeos o asiáticos, que acogen con aprensión el anuncio de un final abrupto del orden liberal norteamericano.

También fue un discurso contra el establishment, para devolver el poder al pueblo, como preconizan los populistas de toda laya.”No estamos meramente transfiriendo el poder de una a otra administración o de un partido a otro –advirtió–, sino que lo transferimos desde Washington DC y se lo devolvemos al pueblo.”Algo muy parecido a la prédica en Europa de Syriza, Podemos, el Frente Nacional, el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP) o la Alternativa por Alemania, para citar sólo a los más beligerantes. Trump dijo en muchas ocasiones, durante la campaña electoral, que no era aislacionista, pero se mantuvo en sus trece en lo que concierna a su más aguerrida consigna: “América primero.” Veremos a ver lo que piensan los elegidos del Congreso, la clase política instalada, sobre este aparente recorte de sus prerrogativas, esta nueva versión digital del gobierno del pueblo para el pueblo y por el pueblo.

El nacionalismo del breve discurso (15 minutos, la mitad del de Obama en 2009) adquirió acentos patéticos al referirse a “la pobreza de nuestras ciudades, las fábricas como lápidas en el paisaje nacional, un sistema educativo que gasta mucho dinero pero deja a nuestros jóvenes estudiantes sin ningún conocimiento”. Tras referirse al crimen, las pandillas y las drogas, que han segado tantas vidas, Trump arremetió contra el sistema y prometió: “La carnicería contra Estados Unidos se va a detener justo aquí y ahora mismo.” La revista Time deplora “el rencoroso discurso” y asegura que “fue mucho más lejos que cualquier otro presidente en más de un  siglo”.

Ante ese aislacionismo recalcitrante, ni siquiera en Londres, pese a la nostalgia de la relación especial con Washington, se fían del nuevo presidente, del magnate que irrumpe en la política y provoca un estropicio, casi un pánico sin precedentes, como resume un comentarista del Financial Times: “Donald Trump no proyecta una imagen de socio en el que se pueda confiar. En casi todos los aspectos, desde el libre comercio, pasando por el cambio climático, la OTAN, Rusia o Irán, sus opiniones chocan con los intereses nacionales de Reino Unido. De hecho, los servicios secretos británicos se preguntan si a partir de ahora será seguro intercambiar su información confidencial con Washington.”

Una transición tempestuosa

Esta vez, la transición política en Washington resultó especialmente tempestuosa. Los muchos adversarios de Trump dentro del establishment, con el New York Times, la CNN y el Washington Post a la cabeza, la describieron como “caótica”. Algunos elegidos del Partido Demócrata, rompiendo con la tradición y los buenos modales, declararon que Trump era “un presidente ilegítimo”, sin explicar las motivaciones para un juicio tan enconado. Una condena preventiva, sectaria y sin apelación posible. Hasta el último suspiro, Obama mantuvo una actividad frenética y estuvo poniendo palos en las ruedas de la carroza de su sucesor, advirtiendo, en su última conferencia de prensa, que permanecería vigilante sobre las imaginarias veleidades antidemocráticas del nuevo inquilino de la Casa Blanca, y  que alzará la voz cuando crea que los valores fundamentales del país están amenazados. Ya sabemos cuál será su ocupación en el retiro: vigilante de las esencias, por más que éstas generen controversia.

Mientras los servicios secretos norteamericanos mantenían una extraña y vitriólica polémica en la plaza pública, sin que Obama pusiera orden y cordura, sino todo lo contrario, el presidente ruso, Vladimir Putin, supuesto amigo de Trump, fue vilipendiado como un autócrata por los medios liberales (izquierda) y demonizado hasta unos extremos realmente grotescos, como en los peores tiempos de la guerra fría, para justificar tanto la provocativa expansión militar de la OTAN cuanto unas sanciones que debilitan la economía rusa, pero que en ningún caso podrán modificar la situación de una Ucrania étnica e históricamente fracturada ni el pensamiento un poco paranoico pero dominante entre las élites rusas: la hostilidad de Occidente, el paneslavismo, la tentación asiática, la influencia irrenunciable sobre el extranjero próximo y la nostalgia del imperio.

No por casualidad, desde luego, la llegada al poder de Trump coincide con una efervescencia inusual en el mundo académico y periodístico, cuyos voceros más acreditados se declaran alarmados, analizan la situación de manera pesimista y reflexionan sobre la decadencia de Occidente y, ante todo, sobre la agonía del orden internacional liberal en el que hemos vivido, a través de la guerra fría, la distensión y la hegemonía estadounidense, desde el final de la Segunda Guerra Mundial (1945). Se supone con precipitación que el nuevo presidente va a provocar de inmediato un vuelco en los principios y en las líneas maestras de la política internacional. En ese sentido, para todos los instalados que se aferran a sus intereses inmediatos, Trump se perfila como el gran depredador.

El escritor Mario Vargas Llosa, siempre tan avizor y comprometido con su tiempo, publicó en El País un resonante y pesimista artículo, aunque de título poco novedoso: “La decadencia de Occidente” (20 de noviembre de 2016), en el que el triunfo del Brexit y la inesperada victoria de Trump, denostado éste como “gran demagogo”, se presentaban como los signos inequívocos de que “Occidente quiere dar una marcha atrás radical, refugiándose en lo que Popper bautizó la llamada de la tribu”. Porque la sociedad abierta, según el escritor hispano-peruano, está amenazada por el populismo de distinto signo, así en EE UU como en Europa.

El recuerdo de Oswald Spengler

 A principios de 2017, otro grito de alarma fue lanzado desde la atalaya parisiense, acompañado por el recuerdo punzante del libro famoso del pensador alemán Oswald Spengler titulado La decadencia de Occidente, cuya publicación coincidió con el cataclismo de la Gran Guerra (1914-1918). Un siglo después, el filósofo francés Michel Onfray publica un libro con un título contundente, Decadence (Editorial Flammarion), que está concebido como una especie de réquiem perentorio por la que llama civilización judeo-cristiana, una alegoría sobre el agotamiento de Occidente en un paisaje de ruinas. “Europa está para inquietarse, si no es para denunciar –-escribe Onfray–. El judeo-cristianismo es una potencia periclitada.” ¡Otro enterrador del legado cristiano! El pesimismo es total y sombrío: “Pienso que no se puede hacer nada para salvar una civilización que se muere”, resume Onfray en una entrevista periodística (Le Point, 14 de enero de 2017).

Predicaba Spengler sobre la decadencia de las culturas, asumiendo que todas ellas son como seres vivos que tienen una carrera vital predeterminada, con su orto, se esplendor y su ocaso. En el prólogo que puso a la traducción española del libro de Spengler, realizada por el profesor Manuel García Morente, en 1923, ya advirtió Ortega: “Estamos hoy alojados en el último estadio –en la vejez, consunción o decadencia (Untergang) de una estas culturas: la occidental.” Casi un siglo después volvemos a estar alojados, inquietos o desorientados, en la misma depresión de la decadencia, pero sin que nadie que nos ilustre a los españoles, como hizo Ortega, sobre “el problematismo de las ideas spenglerianas” o sobre una obviedad histórica: “Decadencia es un diagnóstico parcial, cuando no es un insulto que dedicamos a una edad. En las épocas llamadas de decadencia –concluía el filósofo— algo decae pero otras cosas germinan.” (Historia como sistema, 1941)

Los vaticinios de los economistas no son más halagüeños. Los tambores del nacionalismo, la xenofobia y el proteccionismo, tan determinantes en el Brexit y la elección de Trump, son el preludio de crecientes dificultades, en un momento en que la globalización pierde fuelle, la política monetaria está en el límite de sus capacidades y los conflictos se multiplican por doquier. El Occidente en general preserva la palanca de la innovación, pero ya no tiene el monopolio del capitalismo. El repliegue estratégico decidido por Obama se amplía con Trump al campo económico-comercial. En su discurso inaugural, la retórica antiglobalización fue contundente: “Recuperaremos nuestros trabajos, recuperaremos nuestras fronteras, recuperaremos nuestras riquezas”, reiteró Trump, y precisó: “Seguiremos dos simples reglas: comprar productos de EE UU y contratar estadounidenses.”

Los adversarios de Trump prevén una ola de proteccionismo y una guerra comercial entre EE UU y China, aunque son muchos los factores de la interdependencia que presionan en pro de la globalización. Los historiadores recuerdan que la Gran Guerra acabó con la incipiente mundialización de la economía y que, tras la gran depresión de 1929, el nacionalismo y el proteccionismo impulsados por las dictaduras desencadenaron una competencia encarnizada y abrieron las compuertas del infierno y la conflagración total. Los observadores  más neutrales auguran otra forma de capitalismo con un nuevo equilibrio entre los poderes del Estado y los del mercado.

La literatura sobre la decadencia es abrumadora, las lucubraciones intelectuales sobre el fin de los imperios o el agotamiento y el choque de las civilizaciones no son una novedad en Europa. En Estados Unidos, los decadentistas son legión, en la cátedra y en los medios de comunicación, que especulan ritual y periódicamente sobre el auge, el cansancio y el ocaso del imperio norteamericano, “el gendarme reticente”, que surgió como una consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, se consolidó durante le guerra fría y la distensión, en feroz competencia con la URSS, y acabó por proclamar su hegemonía incontestable tras la aparatosa caída del comunismo en un trienio prodigioso (1989-1991), bajo la presidencia de George Bush (padre).

El futuro del sistema internacional

La novedad de ahora consiste en que las reflexiones sobre la decadencia de la civilización occidental coinciden con los análisis geopolíticos que anuncian el inicio de una nueva era en las relaciones internacionales. La influyente revista Foreign Affairs dedica su último número (enero-febrero de 2017), bajo un titulo inquisitivo  –Out of Order?, sin orden y, desde luego, sin concierto–, analiza con un talante pesimista “el futuro del sistema internacional”. Tras acordarse insidiosamente de los pro alemanes y aislacionistas que se opusieron a la entrada de EE UU en la Segunda Guerra Mundial, el director de la publicación, Gideon Rose, advierte de que si Trump pone en práctica sus promesas electorales “pondrá en tela de juicio el papel crucial de EE UU como defensor del orden internacional liberal”.

El politólogo Joseph Nye, profesor en la universidad de Harvard, no hace previsiones categóricas: “¿Sobrevivirá el orden liberal?”, se pregunta, entre la retórica y el temor. Su respuesta es ambivalente. Reconoce que el orden mundial será diferente en el siglo XXI, pero se consuela pensando que “ningún país, ni siquiera China, está preparado para desplazar a EE UU de su posición dominante”. El problema esencial se resume en una ruidosa controversia: los populistas, así en EE UU como en Europa, están contra la globalización y la concordia comercial, dos de los pilares del orden liberal internacional que defienden las élites académicas y políticas. El profesor Nye, no obstante, tranquiliza a su parroquia: “Estados Unidos permanecerá como la primera potencia militar del mundo durante muchas décadas, y la fuerza militar seguirá siendo un importante componente del poder estadounidense”.

Sorprendente apelación a los efectos balsámicos de la fuerza militar por parte de un profesor muchas veces citado como el gurú del “soft power”, el poder blando o cultural, que debe prevalecer en las relaciones internacionales, ese concepto tan problemático –la confianza en las instituciones internacionales y el multilateralismo– que inspiró a Obama en su propósito frustrado de establecer un orden consensuado y más justo en medio de un gran repliegue estratégico, parlamentando incluso con los peores enemigos. La hegemonía cultural alimenta una doctrina pacifista y atrayente, pero al final resulta, como suponía Spengler, que “siempre un pelotón de soldados acaba por salvar a una civilización” decadente.

Los ataques contra la globalización, las diatribas contra los establishments de Washington o de Bruselas, el nacionalismo y los fantasmas del proteccionismo o el repliegue, tan agitados por el presidente norteamericano, presagian que el progreso ya no está garantizado, que la incertidumbre se ha incrustado definitivamente en el horizonte de la juventud. El populismo sentimental y simplista, enemigo de la razón democrática, parece haber arraigado en las sociedades occidentales que no acaban de superar la crisis que se inició en 2008. ¿Cuándo llegarán los bárbaros si es que ya no están dentro de nuestras fronteras físicas y mentales?

La revista británica The Economist, al final de 2016, se interrogaba con ansiedad sobre “El futuro del liberalismo” y su expresión política, las sociedades democráticas y abiertas, atacadas o puestas en entredicho aquí y allá, en Turquía, las Filipinas, en Rusia, en el mundo árabe-musulmán, en China, en más de medio mundo. Siguen las guerras, retrocede la libertad, los poderes autocráticos denuncian el liberalismo como una añagaza para encubrir la dominación. Después de su triunfo sobre el comunismo de estilo soviético, hace un cuarto de siglo, el liberalismo ha perdido impulso, “decayó en la pereza y la complacencia”. Luego de los triunfos del Brexit y Trump, “estamos alarmados –decía la revista—ante la mezcla actual de nacionalismo, corporativismo y descontento popular”.

La izquierda socialdemócrata europea experimenta en aparatoso retroceso electoral en todos los países, sobre todo, en la Europa occidental; asiste impotente a la erosión de su hegemonía cultural, sin encontrar una respuesta convincente contra el populismo rampante, tanto a su izquierda como a su derecha, que se alimenta de la protesta de las clases medias de identidad precaria, desorientadas por los efectos de la mundialización, de la revolución digital y del estancamiento o pérdida de sus niveles de renta desde la crisis que estalló en 2008, y dispuestas a escuchar los cantos de sirena de la xenofobia, el nacionalismo y la añeja utopía del comunismo propagada a través de las redes sociales. Como es notorio, la victoria de Trump se fraguó en esas redes sociales (Twitter), desde las que se desprestigia la democracia representativa. No cabe duda de que el nuevo presidente es un outsider y un populista de tomo y lomo.

Desde la presidencia de Harry S. Truman (1945-1951), todos los presidentes expandieron y protegieron el orden liberal democrático, crearon instituciones multilaterales, garantizaron la libertad de comercio, la libre circulación marítima, consolidaron alianzas con otros países, principalmente de Europa y Asia, para contener a la URSS, e intervinieron militarmente en varios países. La caída del comunismo fue la prueba irrefutable de que el gendarme estadounidense había actuado con eficacia, a pesar de algunos fracasos: la pérdida de China, las divisiones de Alemania y de Corea, la derrota de Vietnam, la supervivencia del comunismo en Cuba. En gran medida, todos los presidentes fueron internacionalistas y actuaron en  consecuencia, según el criterio de “The World first” (el mundo primero), la antítesis de la propuesta de Trump, según el análisis de Richard Haass, presidente del prestigioso e influyente Council of Foreign Relations.

¿Será posible que Trump imponga un cambio copernicano en la política exterior de la primera potencia mundial?  Me inclino a pensar que no será posible, al menos con el radicalismo de que hizo gala el presidente durante su campaña y en su discurso inaugural. Algunos de sus ministros (secretarios), en las audiencias parlamentarias de confirmación, han marcado las fronteras de la revuelta. Pero también creo que un orden internacional razonable y estable, para ser realista, no puede permanecer inmutable y que los cambios, por ende, serán inevitables. En otro artículo trataré de explorar los caminos que se ofrecen alternativamente.

 

 

 

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Responses

  1. Quina cosa! Agafo de la llibreria “La història de la bellesa d’Humberto Eco” per mirar les il·lustracions; hi trobo entre pàgines una pàgina del diari El PuntAvui del dia 6.8.11. De fa sis anys. Segurament l’havia guardat provisionalment perquè hi havia una carta d’un lector al director, molt estimable, titulada “La quimera de l’art”. Resulta però que a la mateixa pàgina hi veig una altra carta que es titula “Desglobalitzar el món”. M’entretinc a llegir-la per això del Trump. Hi diu: “… la globalització és un projecte ideològic imposat per les grans corporacions i financers internacionals que busca convertir el món en un gegantesc mercat desregulat. El fracàs d’aquest model, l’objectiu del qual és maximitzar beneficis sense importar el més mínim els costos socials i ecològics, és avui un fet palès. El que ha estat una festa per alguns ha estat un malson per a milions de persones … Davant d’aquest fracàs, en alguns països ja han aparegut veus que parlen obertament de desglobalitzar el món seguint el principi de produir i consumir localment: no té sentit consumir productes fets a milers de kilòmetres quan es poden obtenir a la vora. Els costos de la utopia del “lliure mercat” global ja els hem conegut de sobres aquests darrers anys. Firma la carta un veí de Sant Cugat.
    Et felicito per la teva magnífica anàlisi i resto pendent del teu pròxim article que anuncies.
    Abans es deia “Que Déu ens agafi confessats”,


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