Posteado por: M | 27 enero 2017

Trump abandona Asia, golpea en México y agrieta el orden mundial

El discurso de investidura de Donald Trump, al grito de “America first”, radicalmente aislacionista, y las primeras medidas anunciadas desde el despacho oval provocaron bastante confusión y un considerable revuelto en muchos países, sobre todo, en Europa, China y México, hasta el punto de que el vicecanciller alemán, el socialdemócrata Sigmar Gabriel, sin precauciones diplomáticas, criticó con dureza “la drástica radicalización” de la política exterior de Washington y añadió que Berlín está dispuesto a llenar el vacío que se avecina como secuela del repliegue norteamericano. El presidente francés, François Hollande, firme defensor de la globalización, quizá porque está sembrada por doquier en su país la cizaña del mercantilismo, señaló que “no es posible ni aconsejable el prurito de aislarse de la economía mundial”.

No sabemos si se producirá ese vacío o si, por el contrario, ante el horror que provoca, asistiremos a la llegada tumultuosa del “trop plein”, el “demasiado lleno”, como vaticinó el general De Gaulle cuando le preguntaron por su retirada después del descalabro de mayo de 1968. En Davos (Suiza), donde se encontraba asistiendo al cónclave anual del Foro Económico Mundial, el presidente de China, Xi Jinping, se apresuró a presentarse como el campeón del librecambio, el defensor de la globalización y el protector del medio ambiente. Colocado en una tesitura imposible por las baladronadas de Trump sobre el muro en la frontera, el presidente mexicano, Enrique Peña Nieto, canceló su visita a la Casa Blanca.

Los aspirantes a tomar el relevo se multiplican en el escenario asiático. Para referirse a Trump, algunos diplomáticos chinos, aunque sin identificar por los observadores occidentales en Beijing, han recuperado la anacrónica metáfora del tigre de papel para referirse a EE UU. Más allá de las declaraciones oportunistas del presidente Xi, lo cierto es que China no puede presumir de apertura económica, sino todo lo contrario, de intervencionismo desenfrenado, debido, entre otros motivos, a la jungla burocrática y la corrupción. El nacionalismo puntilloso cuando no la xenofobia, en línea con la tradición confuciana, están más incrustados en el partido comunista (PCCh) que la herencia marxista-leninista.

El orden liberal mundial, sostenido firmemente pero con fortuna diversa por EE UU durante 70 años, está en riesgo, agrietado,  y algunos destacados analistas norteamericanos lo reputan agonizante, de manera que podría finiquitar tras un proceso necesariamente lento pero de consecuencias imprevisibles. La cosmovisión errática y arbitrista de Trump, aunque pueda ser corregida o matizada en la práctica por los poderes fácticos tradicionales, tan influyentes en el Partido Republicano y el Congreso, imprimirá a la política exterior una orientación fundamentalmente nacionalista y presuntamente realista, que generará una alarmante incertidumbre, una dosis excesiva de volatilidad y confusión. El multilateralismo dentro o fuera de la ONU, tan cultivado retóricamente por Obama, parece que tiene los días contados.

Viraje radical en la política comercial

La retirada del TPP constituye un viraje radical de la política comercial de EE UU, orientada durante los tres últimos decenios hacia la reducción de aranceles en todos los continentes, el estímulo de los intercambios y la implantación de un capitalismo transnacional o globalizado. Trump rompe con la ortodoxia del Partido Republicano, según la cual la expansión del comercio es buena para EE UU y el mundo, y se aproxima a la izquierda, a un sector importante del Partido Demócrata y los sindicatos, que se apresuraron a aplaudir el entierro del TPP. Trump no es Reagan, éste un firme defensor de la libertad de los mercados, persuadido, como buen liberal en el sentido clásico, de que “el problema es el gobierno”. El presidente actual declaró ante los sindicalistas en la Casa Blanca que, a parir de ahora, sólo firmará acuerdos comerciales bilaterales con los países aliados. América primero y, además, en solitario.

Las aprensiones de Europa con el Brexit y ahora con la cruzada proteccionista de Trump están más que justificadas. El “American first” alimenta los temores de que EE UU se desenganche del escenario internacional agitado o belicoso, redoble sus exigencias en cuanto al reparto de los gastos militares, con la OTAN en el punto de mira, e incluso de que abandone a sus aliados tradicionales. El librecambio, la defensa de los valores democráticos y la integración de Europa bajo el paraguas nuclear norteamericana, pilares de la diplomacia y el acervo cultural de Occidente, van a ser sometidos a muy dura prueba cuando los europeos aún no han superado por completo la crisis del capitalismo globalizado que estalló en 2008 y asisten desconcertados a la fogosa acometida del populismo de extrema derecha o extrema izquierda.

¿Acaso se propone Trump abdicar de las responsabilidades mundiales asumidas y ejercidas con luces y sombras desde 1945, en esferas tan esenciales como la defensa, la disuasión, la proliferación nuclear, la libertad de comercio y la influencia cultural? ¿Se limitaré el ejército más potente del mundo, el llamado gendarme global, a proteger las fronteras interiores, como insinúa la retórica presidencial? No hay respuesta, por el momento, para unas inquietudes tan primordiales. Basta con pensar que la repatriación de las tropas norteamericanas destacadas en Europa, Corea del Sur y Japón provocaría un verdadero cataclismo estratégico, más profundo que el causado por la desintegración de la URSS en 1991.

La primera orden ejecutiva de calado expedida por Trump el 23 de enero, en el ámbito de la política exterior, fue la retirada unilateral del Trans Pacific Partnership (TPP), Asociación del Transpacífico, un pacto o tratado comercial firmado por EE UU y otros 11 países de la cuenca del Pacífico y Oceanía, el 4 de febrero de 2016, como parte del designio estratégico de Obama para contrarrestar las ambiciones económicas y militares de China, trasladando a esa zona el eje de la política exterior. Los otros 11 países firmantes del tratado (Japón, Australia, Nueva Zelanda, Canadá, Chile, México, Perú, Vietnam, Malasia, Brunéi, y Singapur) suman el 40 % de la actividad económica mundial. El mismo día, Chile también anunció su abandono del TPP.

Trump igualmente reiteró su objetivo de renegociar el Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, en su sigla inglesa) que vincula a EE UU con México y Canadá. Las declaraciones incendiarias sobre la terminación del muro de separación en la frontera del Río Grande, “que será pagado por los mexicanos”, han enconado los ánimos y presagian una vecindad muy conflictiva en la que volverán a cobrar actualidad los innumerables agravios históricos que pueden esgrimir los mexicanos contra el imperialismo yanqui.

El muro, concebido e iniciado por Bill Clinton por motivos de seguridad contra los carteles de la droga, creció y se fortificó durante las presidencias de George W. Bush y Obama mientras el negocio floreciente del narcotráfico gangrenaba las instituciones mexicanas por la corrupción y dominaba en los estados fronterizos un territorio sin ley, en los más de 3.000 kilómetros que van desde Tijuana (Baja California)  en el oeste hasta Laredo y el golfo de México. Ambos gobiernos discrepan sobre las causas y remedios de la creciente criminalidad en un océano de pobreza, extorsión e iniquidad, pero las razones y la indignación de México ante los exabruptos de Trump serían más convincentes si no planeara sobre el norte del país la lúgubre sospecha del Estado fallido.

El TPP fue promovido y firmado por Obama pero éste no se atrevió a presentarlo en el Senado para su ratificación, habida cuenta del rechazo que suscitaba dentro de su propio Partido Demócrata, tradicionalmente más proteccionista que el Republicano, de manera que Trump no ha hecho otra cosa que sacar las consecuencias  lógicas del fiasco de su predecesor y cumplir con su promesa electoral. Sin negar la importancia de la rebaja general de aranceles, el tratado fue concebido por el gobierno de Obama como una maniobra geopolítica en el marco de una estrategia global de largo plazo, resumida con la metáfora de poner un pie y dar una larga zancada en el patio trasero de China, significativamente excluida del TPP.

Salvo en los grandes medios liberal-progresistas, la opinión publicada en EE UU parece estar de acuerdo con el repliegue de Obama, ahora confirmado e intensificado por Trump, por aparatoso que pueda parecer a los europeos. Según una investigación realizada por el Pew Research Center en junio de 2016, la inmensa mayoría de los norteamericanos desea que el gobierno “se ocupe, ante todo, de los problemas propios del país”. El aislacionismo no es una novedad en la historia estadounidense, pues los ciudadanos de un país que es un continente, con inmensos recursos naturales y un progreso ininterrumpido, están muy imbuidos de su autosuficiencia, seducidos por la idea de erigir una fortaleza inmune a las guerras y las pandemias exteriores. Las draconianas medidas contra la inmigración forman parte del imaginario “país fortaleza”.

El aislacionismo en su versión más reciente se venía gestando desde el desastre de Vietnam, pero no alcanzó consistencia hasta la desaparición del enemigo de la guerra fría, la Unión Soviética, desintegrada en 1991. Consolidada la hegemonía norteamericana en todos los continentes tras la primera guerra del Golfo (1991), el avispado Bill Clinton, gobernador de Arkansas, aprovechó la oportunidad para presentarse en las elecciones de 1992 como el genuino arquitecto de la reconstrucción interna, de la prioridad de la economía nacional frente al internacionalismo que había capitaneado el presidente George Bush (padre), aunque éste portara con toda justicia los galones de vencedor de la guerra fría.

Una decisión unilateral y contradictoria

Con el trasfondo geopolítico de Asia, la decisión unilateral de abandonar el TPPT, dejando el campo libre a China en la región, parece harto contradictoria, ya que Trump se pasó toda su campaña electoral atacando las prácticas comerciales y las manipulaciones monetarias de Beijing, supuestamente responsables de la hemorragia de empleos en la industria y las manufacturas de EE UU. Las escaramuzas, agravadas por el conflicto multinacional en el mar de China Meridional, se convirtieron en hostilidades abiertas cuando Trump, luego de haber sido elegido, habló por teléfono con la presidenta de Taiwán, Tsai Ing-wen, cuyo Partido Democrático Progresista en el poder preconiza la independencia de la isla, una posición que enfurece a los dirigentes chinos. Como en otras cuestiones, Trump se muestra ambiguo en cuanto a la eventual revisión de la política de una sola China asumida por Washington tras las maniobras diplomáticas del entonces secretario de Estado, Henry Kissinger, y la visita del presidente Nixon a Mao Zedong, en 1972.

Teniendo en cuenta la excentricidad del personaje, su retórica exuberante y su nula experiencia diplomática, resulta muy difícil por no decir imposible el encuadrar las decisiones de Trump en el marco que delimitan las teorías y las prácticas conocidas de la política exterior de la primera potencia mundial. El presidente y comandante en jefe en ejercicio no es un neoconservador ni está aconsejado por neoconservadores, como fue el caso de George Bush (hijo), persuadidos de que EE UU debía imponer sus valores incluso por la fuerza, mediante una cruzada supuestamente democrática, y poco inclinados a recurrir al multilateralismo (el acuerdo de los aliados) o el aval de la ONU.

Trump tampoco es un internacionalista liberal (izquierdista), como Obama, defensor acérrimo del multilateralismo y la interdependencia, de la creación de un sistema internacional de cooperación y alianzas, un pensamiento más próximo al de los socialdemócratas europeos, ya se trate de echar leña al fuego de las primaveras árabes, firmar un acuerdo nuclear con Irán, desentenderse de las dictaduras de América Latina o implicarse a medio gas, sin convicción y sin la fuerza suficiente, en los conflictos del Oriente Próximo.

A Trump hay que situarlo, al menos provisionalmente, en las filas de los defensores de la Realpolitik, el realismo o pragmatismo codificado por Henry Kissinger, en sus libros y en su práctica diplomática, según el cual las relaciones internacionales son definidas e impulsadas por grandes Estados que promueven sus intereses sagrados, pero teniendo en cuenta  en la negociación los que sean vitales o así lo parezcan para sus aliados, competidores o adversarios, hasta crear una situación de equilibrio y coexistencia pacífica. Las relaciones de Trump con Europa y Rusia serán cruciales para cualquier pronóstico sobre el futuro del orden o el desorden mundiales.

 

 

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