Posteado por: M | 1 febrero 2017

El arcaísmo y las querellas del socialismo en Francia

 

No sé a ciencia cierta si la socialdemocracia europea padece una crisis de identidad, programa, líderes  y credibilidad,  o si los europeos tenemos un problema peliagudo porque en varios países la izquierda es incapaz de organizar un partido que aglutine en vez de dividir, que encare el futuro sin complejos, que entierre sus prejuicios y arcaísmos, que garantice la alternancia en el poder. Con una facilidad pasmosa, la izquierda quema líderes, promueve querellas y resucita ensueños del socialismo utópico, el primero que agitó Europa hace casi dos siglos. La elección de Benoît Hamon como candidato del Partido Socialista (PSF) a la presidencia de Francia, en las elecciones de abril y mayo próximos, confirma que muchos socialistas siguen empecinados en mantener viva la utopía marxista, aunque aplazada hasta las calendas griegas, a sabiendas o bajo la sospecha de que no hacen otra cosa que estrechar el callejón sin salida en que se encuentran.

El socialismo francés sale profundamente desgarrado de ese experimento arbitrista, supuestamente de moda, dizque democrático, que consiste en someter la promoción de los líderes no a la decisión del grupo parlamentario o del congreso del partido, según la tradición, sino al arbitrismo arriesgado de la votación de los militantes y simpatizantes que dominan o manipulan las redes sociales en unas elecciones primarias supuestamente calcadas de la experiencia norteamericana, sin reparar en los efectos adversos que tal procedimiento puede causar entre los eventuales electores que deciden el gobierno. Así es como los socialistas han caído en la trampa del populismo, ese subterfugio o señuelo que cifra su fuerza en el ofrecimiento del paraíso, aquí y ahora, sin echar cuentas de lo que cuesta, como si pudiera alcanzarse gratuitamente mediante un discurso demagógico y apremiante.

Aunque envuelto en la bandera tricolor, el socialismo francés que salió triunfante en la segunda vuelta de las primarias, el 29 de enero, se parece en estos momentos, sobre todo, en cuanto “enfermedad infantil”, al laborismo británico, ahora dirigido por el izquierdista Jeremy Corbyn, también apoyado en la militancia radical de los jóvenes contra la experiencia centrista, reformista y gubernamental de Tony Blair y George Brown. En ambos países, las sedicentes bases de los partidos y las redes sociales –-el hombre masa tecnológico– se han apropiado de la dirección partidista con unos candidatos de escasa experiencia y preparación, pero que encarnan los sueños más o menos utópicos que nunca se concretaron en la realidad de Europa occidental porque la única realización histórica acabó en la miseria (economía dirigida) y el despotismo (dictadura del partido) soportados por el homo sovieticus y sus remedos.

La mayor diferencia entre Corbyn y Hamon, desde el punto de vista programático, radica en que el segundo, mediante una retórica soñadora, promete a todos los franceses mayores de 18 años una “renta universal”, sin condiciones ni contrapartida, a razón de 750 euros mensuales, una cantidad aparentemente irresistible para los jóvenes que ya no están seguros de que vivirán mejor que sus padres, los llamados bobos, acrónimo popular peyorativo de “burgueses bohemios”. Son esos jóvenes, muchos de ellos con techo y comida garantizados en casa de los padres, los que le han dado a Hamon un abultado triunfo sobre Manuel Valls, ex primer ministro, denigrado por los jabalíes que dirige en la sombra Martine Aubry, ex ministra y alcaldesa de Lille, campeona de las 35 horas, radical y vengativa, derrotada por Hollande en las primarias de 2011 y jamás recuperada del infortunio. En un debate televisivo, Hamon fue incapaz de decir de dónde sacaría los más de 100.000 millones de euros que costaría tan oneroso regalo. Puesto que atravesamos por una grande tribulación, ¡pidamos lo imposible!

Frente a la cruda realidad económica asumida por el tándem Hollande-Valls como una responsabilidad, los izquierdistas denunciaron el “austericidio” ( y por extensión, a Alemania) y atacaron la derechización de la política gubernamental por vincular la recuperación del crecimiento con la rebaja de las cargas sociales de las empresas y del coste de los salarios, líneas rojas de los socialistas más retrógrados, rancios o irresponsables. Hamon enarbola el estandarte de todas las propuestas para potenciar el ocio de los más jóvenes, desde el rigor ecológico y la legalización del hachís a una política penitenciaria más compasiva y con fuerte reducción de las penas para todos los delitos, secuela última de la peligrosa y arcaica doctrina que incrimina a la pérfida sociedad por los crímenes que cometen los individuos.

Ninguna idea verdaderamente nueva puede encontrarse entre los candidatos que se sitúan en la esfera socialista. La renta universal no es una novedad, pues tiene un origen liberal y tres siglos de antigüedad, compañera de todos los entusiasmos revolucionarios, aunque pueda sonar a broma en los momentos de grande confusión e incertidumbre. Ahora se reaviva en el debate público alegando la hipótesis de la progresiva disminución de los puestos de trabajo como secuela de la revolución tecnológica, anticipo de la utopía del fin de la profecía: ganarás el pan con el sudor de tu frente. Una de sus más brillantes formulaciones, en sustitución del sistema de la seguridad social norteamericano  se debe a Milton Friedman, el premio Nobel de Economía que aconsejó a Ronald Reagan, vituperado por la izquierda como supuesto inspirador del neoliberalismo, otro fantasma ideológico.

Entre los principios y la responsabilidad

Sometido al veredicto de las bases radicalizadas, el dilema  entre el rigor o responsabilidad gubernamental y la defensa gloriosa de los principios del socialismo siempre se resuelve en favor de éstos. Unos principios doctrinarios e  inamovibles se esgrimen constantemente contra el pragmatismo del gobierno. Los tibios o los que ponen en tela de juicio la viabilidad del catecismo suelen ser vilipendiados como traidores o apestados por los defensores de las esencias incontaminadas. Aireada por Hamon y sus seguidores como un arma para luchar contra la pobreza, la renta universal podría liberar al hombre del castigo del trabajo o desembocar en una administración general de la penuria, como ocurrió en el sistema del socialismo real y sigue aconteciendo en Cuba o Corea del Norte. Parece prudente el aplazar cualquier experimento.

La realidad inesquivable, la gran característica del modelo es que siendo Francia el país que más gasto social acumula en el mundo, todo un récord, no consigue sacar de la pobreza a por lo menos ocho millones de ciudadanos. El gasto social en Francia alcanza el 31 % del producto interior bruto (PIB), mientras que la media de los países de la OCDE se sitúa en el 21 %. Un gasto exorbitante financiado a crédito desde hace años, recurriendo a la deuda, y cargado, por ende, en la pesada herencia de las generaciones futuras. ¡Ya pagarán nuestros bisnietos! La hipertrofia del sector público, la plétora funcionarial y el poder exorbitante de unos sindicatos cada día menos representativos, pero más empeñados en boicotear cualquier reforma razonable, vienen atando las manos de todos los gobiernos desde hace por lo menos 30 años, sean socialistas o conservadores, condenados a la parálisis.

La última ocurrencia o arbitrio, o frase fetiche, se ha convertido en la bandera del idealista Hamon: el sortilegio de la renta universal, cuyo lema electoral es una declaración de amor para “hacer latir el corazón de Francia”. Una estrategia propia del “sentimentalismo tóxico” que resume el alegato de Theodore Dalrymple contra la corrección política que está infantilizando a nuestras sociedades con una constante ampliación de las demandas, aunque sean simbólicas e irrealizables. Pierre-Antoine Delhommais, cronista de orientación liberal en el semanario Le Point, escribió un comentario vitriólico sobre la situación del socialismo, de sus querellas y su indigencia ideológica: “Francia tuvo durante mucho tiempo la derecha más bestia del mundo, y hoy tiene probablemente los socialistas más bestias del mundo, los más bloqueados y los más arcaicos en materia económica.” Pero los votantes de Hamon piden lo imposible.

El vencido, Manuel Valls, cuenta con una gran experiencia gubernamental en tiempos difíciles, un hombre de ley y orden que, antes de ser primer ministro, desempeñó la cartera de Interior en el fragor de los atentados y la oleada inmigratoria. La militancia no le ha perdonado su deportación de inmigrantes y su muy estrecha colaboración con Hollande, el presidente más impopular de la V República, que en diciembre último se vio forzado a arrojar la toalla para anunciar que no optaría a la reelección, destapando la caja de Pandora de las primarias y los cabildeos habituales sobre la traición política. Por el contrario, Hamon presentó abruptamente la dimisión como ministro de Educación Nacional, en agosto de 2014, tras sólo cuatro meses en el cargo, para expresar su radical oposición a la política de austeridad y la reforma laboral de Hollande-Valls.

Sin un Bad Godesberg a la francesa

Hamon es la nueva e inesperada estrella del PS cuya primera y más urgente tarea consistirá precisamente en restañar las heridas abiertas en el partido por unas primarias a cara de perro. Tras conocerse el resultado, Valls declaró que no podría defender el programa electoral de su contrincante después de haberlo atacado con ahínco. Un grupo de diputados socialistas en la Asamblea Nacional aboga igualmente por “una retirada de la campaña” de Hamon, a la que tachan de ultraizquierdista, mientras que otros ponderan la conveniencia de pasarse con armas y bagajes a la candidatura de Emmanuel Macron, que fue ministro de Economía de Hollande y que ahora se presenta como candidato independiente con un programa centrista y reformador, que se propone nada más y nada menos que una revolución tecnocrática contra el Estado hipertrofiado e ineficaz en un sistema capitalista que tiende a la globalización.

La prensa francesa especula con la posibilidad de un cisma dentro del PS. Dos diputados socialistas publicaron el 31 de enero un resonante artículo en el diario Le Monde, en el que reivindicaron, en nombre del llamado Polo de los Reformadores, “un derecho de retirada” de la campaña de las elecciones presidenciales para no apoyar la campaña “radicalizada” de Hamon, que califican de “aventura aleatoria”. Los dos diputados formaban parte de la escudería de Valls en las primarias.

El socialismo francés sigue a la espera de su Bad Godesberg, el barrio de Bonn donde se celebró el congreso del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD), en noviembre de 1959, en el que se aprobó el que abandonó el marxismo, renunciando a “proclamar las últimas verdades”, y se aceptó tanto la propiedad privada como la economía de mercado. El programa reformista también revisó la estricta vinculación del partido con la clase obrera para abrirse y recabar el voto de todos los alemanes, paso previo para llegar al poder. Idéntico revisionismo fue adoptado por el PSOE bajo la dirección de Felipe González, también antes de ganar las elecciones por mayoría absoluta (1982). Los franceses, en teoría, nunca llegaron a esa renuncia expresa del marxismo, pero su práctica gubernamental durante los dos septenios de François Mitterrand (1981-1995) y ahora con Hollande, desde 2012, estuvo siempre sometida a las exigencias de la coyuntura y conoció algunas rectificaciones desgarradoras.

En estos momentos, el socialismo francés, tan reacio a la reforma, está agitado por los vientos cainitas, atacado por el mal endémico de la crítica interna y la revuelta (fronde), que algunos de sus cronistas denuncian como una tentación suicida o un baile trágico. Si el apaciguamiento dentro del PS se presenta problemático, más difícil aún se reputa el diálogo que Hamon se propone entablar con el resto de la izquierda, desde los ecologistas al conglomerado de la Francia Insumisa que capitanea Jean-Luc Mélenchon, éste respaldado por el Partido Comunista de Pierre Laurent, cuyas antiguas posiciones electorales han sido parcialmente engullidas por el Frente Nacional (FN) de Marine Le Pen.

Por lo menos, hay cuatro izquierdas en Francia: la radical, que se asemeja a la española de Podemos, también designada como utópica o populista, especializada en injuriar al presidente de la República; la izquierda que ha encumbrado a Hamon, seducida también por la utopía, o “podemizada”, que diríamos en España; la izquierda en el poder, de Hollande-Valls y sus compañeros de viaje, apellidada “de gobierno”; y la izquierda tecnocrática y presuntamente transformadora, que se alinea con Macron, calificada de centrista o socio-liberal, con buenos pronósticos electorales. Ante esta variedad, las encuestas se muestran poco complacientes con Hamon, situado en cuarto o quinto lugar entre los aspirantes, con sólo el 10 % de los votos, un resultado con el que quedaría eliminado y humillado en la primera vuelta.

A la cabeza de las encuestas sigue Marine Le Pen, del Frente Nacional, con el 26 %–27 %, seguida por el conservador François Fillon (24 %), el independiente o social-liberal Emmanuel Macron (17 %) y el izquierdista Jean-Luc Mélenchon (12 %). Cuando Fillon pierde fuelle, como consecuencia de un escándalo sobre un supuesto empleo ficticio de su esposa, la entrometida demoscopia empieza a sugerir un duelo final entre Marine Le Pen y Macron. Tiempo habrá para seguir la carrera.

 

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