Posteado por: M | 18 febrero 2017

Trump, Israel y los palestinos

Si juzgamos por los comentarios y los análisis de los grandes periódicos norteamericanos, se diría que Donald Trump parece dispuesto a dinamitar la política exterior tradicional de Estados Unidos en todos los continentes, hasta el punto de que el orden mundial al que estábamos habituados corre el riesgo de saltar por los aires. La retirada del tratado Transpacífico de libre comercio, con el poder de China como telón de fondo; las reiteradas advertencias a los aliados asiáticos y europeos, para que alivien la carga militar que pesa sobre el Pentágono en las cuestiones de la defensa común, y finalmente el supuesto entierro de la solución de los dos Estados, como piedra angular de cualquier resolución del conflicto entre Israel y los palestinos, sugieren o aventuran que el jefe de la Casa Blanca no sólo innova en cuanto a los usos diplomáticos poco ortodoxos, sino que está rectificando en profundidad, sin prisa ni programa pero sin pausa, algunos principios fundamentales de la posición de EE UU en el tablero geopolítico mundial.

Tras una reunión muy amistosa, casi familiar, celebrada en la Casa Blanca con el primer ministro israelí, Benyamin Netanyahu, el 15 de febrero, en una conferencia de prensa conjunta, Trump declaró con su habitual desparpajo, una oratoria vulgar y campechana: “Considero tanto los dos Estados como un único Estado, y me gusta el que guste a las dos partes. Estoy muy feliz con la [fórmula] que le guste a las dos parres y puedo vivir con una u otra”, sin más precisiones ni precauciones o circunloquios  diplomáticos. El presidente se mostró incluso optimista: “Creo que vamos a lograr un acuerdo (deal), que podría ser mucho mejor de lo que pudieran esperar las personas que están en esta sala”, siguiendo su guerrilla locuaz con muchos periodistas acreditados en la Casa Blanca, a los que zahirió al retratarlos como arrogantes.

No obstante, las afirmaciones del presidente fueron interpretadas inmediatamente y por muy diversos medios como el abandono de la supuesta solución-milagro de los dos Estados, el existente y poderoso de Israel y el muy problemático de los palestinos que debería levantarse con base territorial en Cisjordania y Gaza. Por lo tanto, aparentemente, un duro golpe para las falsas esperanzas de paz que se vienen predicando y cultivando desde hace más de 30 años, ratificadas solemnemente por todos los presidentes norteamericanos desde Clinton y los líderes europeos, con unos resultados obviamente decepcionantes.

La pretensión de presentar a Trump como el sepulturero de un plan de paz fundado en la idea de los dos Estados, tan emotiva como inconsistente, me parece el fruto incomestible de un idealismo fingido, una maniobra insostenible y encubridora de la hipocresía rampante y la verborrea pacifista de los líderes mundiales que llevan más de 30 años hablando de paz pero sin adoptar ninguna medida susceptible de llevarla a la práctica  Trump y sus modales poco convencionales, por ridículos que nos parezcan, no pueden ser la pantalla, la simulación o el subterfugio para ocultar una de las falacias diplomáticas más repetidas y dolosas.

Me parece que los pronósticos deberían ser más prudentes sobre el futuro de esa fórmula cuasi milagrosa de los dos Estados israelí y palestino, sobre todo, si sopesamos las excentricidades presidenciales y tenemos en cuenta, como retumba en la trinchera de la revista Time, que en la Casa Blanca reina “un ambiente caótico”. También en las llamadas redes sociales. Muchos periódicos y cadenas de televisión norteamericanos, tradicionalmente neutrales y moderados, están en guerra abierta contra Trump, y algunos de ellos abogan por su impeachment o destitución, vilipendiado por su dizque incompetencia para el cargo, pese a que su Partido Republicano cuenta con mayoría absoluta en ambas cámaras del Congreso. Las encuestas señalan que la opinión pública está tan dividida como se mostró en las urnas el pasado 7 de noviembre.

Como empieza a ser habitual, las declaraciones presidenciales sobre el Oriente Próximo fueron ambiguas y hasta contradictorias, pues abogó por un “arreglo” (deal) amigable del contencioso e incluso aconsejó al primer ministro israelí que frene sus designios anexionistas, que suspenda al menos provisionalmente la construcción de nuevas colonias en Cisjordania y reflexione sobre las ventajas de una solución regional que incluiría a los países árabes vecinos. “En cualquier negociación exitosa, ambas partes tendrán que hace concesiones”, subrayó Trump. Netanyahu volvió a negar la evidencia, asegurando que la colonización de Cisjordauia y Jerusalén oriental  no constituye el corazón del problema, pese a las críticas acerbas que el expansionismo territorial recibe dentro y fuera de Israel.

La posición de Netanyahu, jefe del partido Likud (derecha sionista), es un compendio de ambigüedad y pragmatismo. Con una mayoría exigua en la Knesset (parlamento), de sólo seis escaños, está sometido a las presiones contradictorias de sus aliados en la coalición gubernamental, los partidos nacionalistas y mesiánicos, defensores acérrimos de las colonias y de la anexión de los territorios palestinos ocupados, con todas sus consecuencias, y de la comunidad internacional que reputa ilegales todas las colonias y exige, aunque sólo sea retóricamente, la retirada israelí hasta a las fronteras de 1967, según lo establecido por varias resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU y las convenciones internacionales que regulan la ocupación y prohíben la adquisición de territorios por la conquista militar.

Por el momento, Netanyahu resiste las presiones de sus aliados extremistas, cuyo portavoz más vociferante es el ministro de Educación, Naftali Bennet, que urge la anexión de la zona C de Cisjordania, es decir, el 60 % del territorio del territorio palestino que sigue bajo control administrativo y militar de Israel. Luego de la entrevista con Trump, el primer ministro israelí declaró a la radio militar de su país: “No quiero anexionarme a dos millones de palestinos, pero tampoco deseo que el centro de Israel viva bajo la amenaza de un Estado terrorista.” Una de cal y otra de arenas, como vienen sosteniendo desde hace más de 30 años todos los dirigentes israelíes, que retroceden alarmados ante el dilema existencial, la perspectiva de un único Estado con los palestinos dentro, pero que tampoco están dispuestos a terminar con la colonización por sus implicaciones estratégicas y electorales, con los colonos, muchos de ellos estadounidenses, convertidos en un poderoso grupo de presión armado hasta los dientes.

Parece obvio que la anexión de al menos parte de Cisjordania sólo serviría para fortalecer a Hamas, que tiene establecido en Gaza un dictadura islamista, y a todos los radicales palestinos que rechazan cualquier solución negociada.

Actualmente, unos 700.000 israelíes viven en Cisjordania, asentados en 131 colonias, muchas de ellas ilegales según la legislación israelí, y no conozco a ningún líder occidental partidario de la fórmula de los dos Estados que tenga un plan para desalojar a los colonos. Los gobiernos occidentales prefieren vivir instalados en la ficción diplomática, lamentando periódicamente la violencia endémica, pero sin mover un dedo para erradicarla. La última ley aprobada por el Parlamento hebreo, el 6 de febrero último, prevé la legalización de esas colonias llamadas “salvajes”. Un nuevo obstáculo que en ningún caso puede atribuirse a las vacilaciones de Trump.

La fórmula de los dos Estados, aceptada teóricamente por la comunidad internacional, a sabiendas de que no puede hacer nada para imponerla, entraña indudables riesgos para Israel en cuanto a la seguridad y la profundidad estratégica de un territorio tan exiguo, inconcebible sin el control del valle del Jordán; pero la anexión de toda Cisjordania, donde viven tres millones de palestinos, alumbraría un Estado único del Jordán al Mediterráneo que muy pronto se enfrentaría con una disyuntiva existencial: un Estado sionista, con los palestinos dentro y en situación de apartheid, o un Estado democrático, binacional, con igualdad de derechos de todos los ciudadanos, sin determinación religiosa, que rápidamente perdería su esencia judía debido a la llamada bomba demográfica, el rápido y desbordante crecimiento de la población árabe-musulmana.

La exigencia de la retirada israelí de los territorios ocupados en la guerra de junio de 1967 estaba ya prevista en la primera resolución importante del Consejo de Seguridad de la ONU, la número 242, aprobada por unanimidad el 29 de noviembre de 1967, reiterada en términos similares el 22 de octubre de 1973, durante la guerra del Yom Kippur, por la 338, que además ordenó el cese inmediato de las hostilidades. No obstante, todos los gobiernos israelíes, así laboristas como conservadores, alentaron, toleraron o dirigieron estratégicamente el establecimiento de colonias en los territorios ocupados, en medio de la indiferencia o la complicidad de las grandes potencias, muy especialmente de Estados Unidos con todas las administraciones, desde la de Lyndon Johnson a la de Barack Obama.

Después de los acuerdos de Oslo (1993), negociados por Israel con la Organización para la liberación de Palestina (OLP), a la que se otorgó una limitada autonomía de gestión en parte de los territorios ocupados, apareció en el horizonte diplomático, impulsada por el presidente Bill Clinton, la idea-milagro de los dos Estados, israelí y palestinos, para resolver pacíficamente un conflicto tan enrevesado como sangriento. Una idea diplomáticamente balsámica, ingeniosa, pero ficticia, completamente desconectada de la realidad de la ocupación militar, los atentados terroristas, las represalias, el odio, la violencia y la frustración. Una ficción aireada en todos los foros internacionales, escoltada por planes de paz y hojas de ruta sistemáticamente incumplidos, motivos tanto de polémica como de irrisión.

Tras una negociación en Camp David, la última en que participó Yaser Arafat, en agosto de 2000, bajo la égida norteamericana, el presidente Clinton propuso los “parámetros” o premisas que llevan su nombre, fundados en el principio de “paz por territorios”, un ambicioso plan de paz para una solución global del problema. Desde entones, la población israelí y las colonias en Cisjordania casi se han duplicado, pero Washington y sus aliados occidentales, teóricos aliados y armeros de Israel, no han hecho nada para detener la marcha hacia el abismo. Trump recibió una herencia muy onerosa, pero sus innumerables adversarios en el establishment lo presentan ahora, insidiosamente, metiendo la mano en el avispero.

Lo único que ha hecho es calmar las aguas turbias, acabar con las tormentosas relaciones de EE UU con Israel durante los ocho años de presidencia de Obama y conseguir que Netanyahu se avenga a negociar “un mecanismo” para coordinar y en caso aplazar la actividad colonizadora en Cisjordania. Trump se olvidó deliberadamente de plantear el vidrioso asunto del traslado de la embajada norteamericana desde Tel Aviv a Jerusalén occidental. Nada que ver con la dramática revisión diplomática con la que se alarman los medios norteamericanos.

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