Posteado por: M | 16 julio 2017

El sacrificio de Liu Xiaobo bajo el despotismo chino

Rompo el silencio de varios meses, obligado por una grave afección ocular, para mostrar mi consternación por la muerte prematura del disidente e intelectual chino Liu Xiaobo, premio Nobel de la Paz de 2010; rendir homenaje a su coraje y manifestar al mismo tiempo mi indignación por el comportamiento crudelísimo de las autoridades de Beijing que lo mantuvieron encarcelado desde 2009, cuando fue condenado en un simulacro de juicio a 11 años de prisión por “incitación a la subversión del poder del Estado”, sentencia ritual que amenaza no sólo a los activistas de la democracia, sino incluso a todos los que de alguna manera y en muy variadas y arduas circunstancias abogan por el respeto de los derechos humanos.

Liu Xiaobo, escritor y profesor de literatura, símbolo del combate por la libertad y los derechos humanos desde 1989, murió a los 61 años en el hospital universitario de la ciudad de Shenyang, en el noreste de China, bajo vigilancia policial. Había sido excarcelado en régimen de arresto domiciliario y trasladado al hospital a finales de junio, cuando el cáncer de hígado en que había degenerado la hepatitis crónica alcanzó su fase terminal. Durante los ocho años que permaneció entre rejas, las autoridades rechazaron reiteradamente los llamamientos internacionales para que permitieran su expatriación y tratamiento en el extranjero. Una vez más, bajo el imperio del despotismo, la intransigencia se impuso a la compasión.

Según el parte del hospital de Shenyang donde se produjo el óbito, Liu Xiaobo murió “tranquilamente” como consecuencia de un fallo multiorgánico el 13 de julio por la tarde, rodeado por su esposa, la poeta Liu Xia, y otros familiares. Los médicos que le atendían declararon que sus últimas palabras, dirigidas a su esposa, fueron “Live on well”, según la traducción inglesa utilizada por las agencias de prensa y que en español podría traducirse por “persistid”, “pervivid” o simplemente “resistid”, ya que Liu Xia se halla igualmente bajo arresto domiciliario y no puede salir de China.

El calvario de Liu, el sufrimiento de su familia y sus amigos confirman el recrudecimiento de la represión durante el mandato del presidente Xi Jinping, la persistencia implacable de la dictadura ideológica y la práctica inhumana de los jefes políticos y sus carceleros en nombre de la seguridad del Estado, es decir, de la hegemonía y los privilegios de la nomenklatura del partido comunista (PCCh). También es una denuncia implícita pero inequívoca y clamorosa de la hipocresía de las potencias occidentales en sus tratos con los dirigentes de Beijing.

El fariseísmo global escaló su cima simbólica con el secretario general de la ONU, el portugués António Guterres, que manifestó su “profunda tristeza” por la muerte de Liu y trasladó “sus condolencias a su familia y sus amigos”, pero no pronunció ni una sola palabra para condenar o al menos censurar o amonestar a las autoridades de China, segunda potencia económica del mundo y miembro permanente del Consejo de Seguridad con derecho de veto, cuya diplomacia rechaza airadamente cualquier “injerencia en los asuntos internos chinos”.

Similares palabras circunstanciales de tristeza y pésame se oyeron en Washington y las principales capitales europeas, pero sin que los gobiernos apuntaran directamente contra los líderes de la dictadura que son los principales responsables tanto de la pasión y muerte de Liu Xiaobo cuanto de la represión a que están sometidos sin pausa y sin piedad todos los disidentes.

Sólo el Comité del parlamento noruego que otorga anualmente el premio Nobel de la Paz se atrevió a denunciar “la pesada responsabilidad” de Beijing en la muerte del activista laureado en 2010. Los presidentes Trump y Macron desaprovecharon una ocasión muy propicia para denunciar conjuntamente el despotismo inhumano de Beijing. Los gobiernos occidentales siguen dando prioridad a la hipótesis de que un retroceso en el crecimiento de China socavaría los cimientos de la recuperación global.

Hay coincidencias turbadoras y aleccionadoras en la historia de las infamias. Liu es el segundo premio Nobel de la Paz que muere bajo arresto. El primero fue el pacifista alemán Carl von Ossietzky, galardonado en 1935, que falleció en un hospital en Alemania, en 1938, perseguido y vigilado por la policía nazi.

La sangrienta represión de 1989

El compromiso político de Liu Xiaobo se remonta a la revuelta estudiantil pro democracia de la primavera de 1989, un vasto movimiento político que desencadenó fuertes tensiones dentro de los órganos dirigentes del PCCh, incluyendo la eliminación del secretario general del partido, Zhao Ziyang, vituperado como “el Gorbachov chino”, y acabó de manera cruenta cuando los blindados del Ejército Popular dispersaron brutalmente a los manifestantes concentrados en la plaza de Tiananmen, en el centro de Beijing, en la madrugada del 4 de junio de 1989, causando centenares de víctimas.

El entonces máximo líder, Deng Xiaoping, ya anciano y declinante en su poder, de acuerdo con el comité permanente del politburó y los jefes militares, ordenó la represión por considerar que el éxito de la liberalización económica emprendida tras la muerte de Mao y la cohesión del inmenso país sólo podían preservarse si permanecían cerradas las compuertas de una impetuosa e incontrolable transformación política. El desorden y las incertidumbres creadas en la URSS por el reformismo de Gorbachov colocaron a los dirigentes chinos ante el abismo del pánico, hasta que el Ejército Popular disparó contra el pueblo para salvar al partido.

Liu fue detenido y pasó 21 meses en prisión, sin juicio: perdió su condición de profesor universitario, sus libros fueron prohibidos y la máquina de agitación y propaganda del PCCh lo condenó al ostracismo al considerarlo sin pruebas “la mano negra” que había fomentado la revuelta estudiantil. Fue acusado de “un delito de actividad contrarrevolucionaria”, pese a sus proclamas apaciguadoras y sus intentos de mediación entre los estudiantes y los jefes militares para crear un corredor seguro de escapatoria de la plaza de Tiananmen y evitar el enfrentamiento directo. En 1996, Liu fue enviado durante tres años a un campo de trabajos forzados por haber pedido clemencia para los profesores y estudiantes que aún estaban encarcelados por la revuelta de 1989.

Liu Xiaobo fue detenido de nuevo en diciembre de 2008 y acusado de ser uno de los redactores de la llamada Carta 08, un manifiesto de amplia repercusión internacional en el que más de 300 personalidades, académicos, intelectuales y profesores chinos quebraron las cadenas de la censura y exigieron, ante todo, el respeto de los derechos humanos, la independencia del poder judicial, pero también la celebración de elecciones libres y el fin de la hegemonía del PCCh. Las autoridades reprimieron con violencia un aparente intento de propagar por los recintos universitarios la buena nueva de “demandar lo imposible”. Liu fue juzgado y condenado a 11 años de prisión por un supuesto delito contra la seguridad del Estado. La sentencia fue pronunciada el día de Navidad de 2009.

Mientras esperaba el juicio en la cárcel, el profesor de literatura sacó fuerzas de flaqueza para escribir a su esposa unas bellas palabras: “Incluso si soy reducido a polvo, te abrazaré con mis cenizas”, frase que a un lector español pueden recordarle los versos inmortales de don Francisco de Quevedo sobre “el amor constante más allá de la muerte”: “Serán ceniza, mas tendrá sentido/polvo serán, mas polvo enamorado.” Las culturas, por muy alejadas que se encuentren, convergen en sus manifestaciones más sublimes. Las cenizas de Liu fueron arrojadas al mar, pero en el momento en que escribo se conocen pocos detalles de la ceremonia fúnebre, bajo vigilancia oficial.

“No tengo enemigos, no conozco el odio”

En 2010, Liu no pudo acudir a Oslo para recoger el premio Nobel porque se lo prohibieron expresamente las autoridades. Beijing congeló sus relaciones con Noruega para expresar su disgusto por la atribución del premio a “un convicto”. Durante la ceremonia de entrega del galardón en la capital noruega, el escritor chino fue representado por una silla vacía sobre la que se había colocado uno de sus textos más famosos, fechado en 2009, titulado “No tengo enemigos, no conozco el odio. Mi declaración final”, que fue el alegato pronunciado ante sus jueces. Copio algunos de sus párrafos más significativos:

“No tengo enemigos, no conozco el odio (…) El odio puede erosionar la inteligencia de una persona y su conciencia. La mentalidad de enemigo va a envenenar el espíritu de la nación, incitar a crueles luchas, destruir la tolerancia de la sociedad y la humanidad, y obstaculizar el progreso de una nación hacia la libertad y la democracia (…) Espero que pueda hacer frente a la hostilidad del régimen con la mejor buena voluntad, y espero disipar el odio con el amor (…) Por mis convicciones y mi experiencia personal creo firmemente que el progreso político de China no se detendrá, y yo, lleno de optimismo, espero la llegada de una futura China libre. Porque no hay fuerza que pueda acabar con la búsqueda humana de la libertad, y China, al final, se convertirá en una nación regida por la ley, donde reinarán los derechos humanos y nadie será perseguido por sus palabras.”

Resulta evidente, por las circunstancias de sus años en prisión y su muerte bajo vigilancia policial, por el recrudecimiento de la represión, que el optimismo y las esperanzas de Liu no se han cumplido. No es menos cierto, sin embargo, que prosigue el combate por la libertad en medio de obstáculos en apariencia insalvables. Nada parece indicar que Liu vaya a ser la última víctima notoria de “la interminable inquisición literaria china”, para decirlo con sus palabras, como demuestra la censura implacable que afectó a los que trataron de expresar su pesar por su muerte y su inquietud a través de Twitter.

En el panorama abigarrado y frágil de la disidencia china, Liu Xiaobo era una figura emblemática, probablemente la más conocida. Tenía reputación de moderado, de firme partidario de la reforma moral y política por etapas del país, arguyendo que “la modernización entraña una completa occidentalización, porque la elección de una vida humana equivale a la elección de un modo de vida occidental. La diferencia entre los sistemas de gobierno occidental y chino –añadía—radica en la humanidad del primero frente a la inhumanidad del segundo, y no es posible una convergencia entre ambos.”

Unas opiniones que en ningún caso menoscaban su patriotismo: “Mi tendencia a idealizar la civilización occidental –escribió— nace de la voluntad nacionalista de utilizar a Occidente [los valores universales] para impulsar la reforma.” Como tantos otros intelectuales chinos establecía una estrecha relación entre el liberalismo político, los avances científicos y la modernización del país. No hay otra forma de encontrar una alternativa para el confucianismo paralizante, la justificación política por el orden militar y el señuelo del progreso económico.

A pesar del sacrificio de Liu Xiaobo y de tantos otros luchadores por la libertad, el futuro político de China se nos antoja en estrecha relación con la pugna entre las diversas tendencias que conviven en el PCCh. El congreso del partido comunista que se celebrará este año se presenta como el de la consolidación del poder del presidente Xi Jinping y su primer ministro, Li Keqiang, a los que se presenta con frecuencia como aliados de los restos nostálgicos del maoísmo. Los propagandistas del régimen aseguran que el segundo y último quinquenio del actual equipo dirigente señalará el comienzo de un nuevo período de reformas, pero que éstas tendrán poco que ver con el legado espiritual de Liu, la protección de los derechos humanos y la libertad de conciencia. Los últimos acontecimientos confirman que el despotismo está tan fuerte y cruel como siempre.

Después de Deng, los máximos dirigentes sólo permanecieron 10 años en el poder, dos quinquenios sin prórroga, dos mandatos consecutivos que se han convertido en una tradición. Como Xi Jinping llegó al poder a finales de 2012, tendrá que renovar el mandato este año en el congreso del PCCh que se espera para octubre o noviembre, ratificado también como jefe del Estado por la Asamblea Nacional Popular.

“Ninguna reforma podrá progresar sin unas condiciones estables de mercado”, según se desprende de las consignas que el comité central transmite a la gigantesca organización del PCCh, engrasada por la corrupción. El gradualismo que predican los líderes del partido pretende, una vez más, hacer más aceptable la dictadura política, dentro y fuera de China, mediante el éxito económico. ¿Hasta cuándo?

Extinguido el marxismo no sólo como filosofía determinista de la historia, capaz de predecir un radiante porvenir, sino también como metodología de la iniciativa, el sistema político se sostiene sobre un crudo despotismo. con exaltada escolta nacionalista. que hace prácticamente imposible cualquier vaticinio razonable. Por eso no puedo sino lamentar profundamente el sacrificio de Liu Xiaobo sin muchas esperanzas de que sus ideales agrieten los mecanismos de la represión y fructifiquen en las conciencias de sus compatriotas.

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Responses

  1. Muchas gracias por su artículo y el deseo ferviente de que supere pronto y bien sus actuales problemas de salud.

  2. Realmente preocupante, si lo que dice Zizek es cierto, y el verdadero desafío hoy en día es aforntar el capitalizamo centralizado estatal, el modelo asiático de eficiencia económica antes que libertad, da para analizar con más profunidad en que medida China está exportando su modelo (dentro de su esfera geográfica más próxima sin duda, pero también como está expandiendo se materializa a la influencia política sus inversiones en África).

    Una vuelta que había esperado mucho, espero esté bien nuevamente como para ponerse al día con todo lo que ha acontecido estos meses…


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