Posteado por: M | 22 julio 2017

Turquía entre la dictadura y la explosión

Pocas veces un golpe de Estado fallido habrá producido resultados tan determinantes para la vida de un país. El presidente de Turquía, el islamista Recep Tayyip Erdogan, aupado por el fracaso de la asonada militar del 15 de julio de 2016, está demoliendo metódicamente las estructuras de la Turquía laica, occidentalizada y revolucionaria levantadas por Ataturk en 1923 para sustituirlas por un régimen presidencialista, conservador e islámico que recorre aceleradamente el camino que conduce a la dictadura. Un contragolpe perfecto, que da la razón a cuantos venían avisando de la existencia de un plan secreto para la completa islamización del país y la reinvención del sultanato. 

En el año transcurrido desde la intentona golpista, Erdogan se ha despojado de todas las máscaras, ha renegado de la moderación, ha increpado a los dirigentes europeos y actúa sin tapujos como el anti-Ataturk, como si fuera un nuevo sultán, e impone un sistema educativo islámico, sectario y conservador, radicalmente separado del modelo occidental, que prohíbe incluso la explicación de la teoría de la evolución (Darwin) en las escuelas primaria y secundaria. Una Turquía polarizada y exacerbada, sometida al estado de excepción, gobernada por decretos, que se aleja irremediablemente de Europa y de Occidente en general y cuya acción exterior causa alarma en los cuarteles de la OTAN.

Uno de los libros más esclarecedores sobre la nueva Turquía reislamizada y autocrática, escrito por el analista turco Soner Cagaptay, colaborador de varios medios norteamericanos, se titula precisamente The New Sultan, que más que un retrato satírico de Erdogan contiene un análisis penetrante de la evolución del país desde que aquél tomó el poder, en 2002, al frente del islamista Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP). Con ese telón de fondo actúan los protagonistas del desasosiego y la tragedia: pugna entre islamistas de distintas obediencias, islamistas contra laicos, el ejército contra el terrorismo e irredentismo kurdos, los combatientes de la guerra de Siria, las tensiones con Irán, los millones de refugiados.

Si Ataturk asumió el libre examen y confinó al islam en la esfera privada, siguiendo el ejemplo de las sociedades occidentales y democráticas, Erdogan desmantela ese modelo y otorga de nuevo a la religión musulmana una preeminencia social sin parangón y una presencia abrumadora en las instituciones. Así cava los cimientos de un nuevo país en el que el islam y sus símbolos son no sólo una seña de identidad cultural, sino también un pasaporte imprescindible para el ascenso social y la hegemonía política. Para ello hay que eliminar, preterir e incluso discriminar a amplios sectores de la función pública, los funcionarios civiles o militares meramente sospechosos de estar secularizados o de simpatizar con los adversarios políticos del presidente.

El gran problema, sin embargo, es que el país está profundamente dividido sobre la cuestión capital del islam, prácticamente partido en dos, si damos crédito a la mayoría de las encuestas y, sobre todo, si analizamos los resultados del referéndum constitucional de abril último, que consagró la república presidencialista, en el que Erdogan sólo obtuvo el 51 % de los sufragios, a todas luces insuficiente para imponer cambios tan radicales. La mitad del país, precisamente el que se concentra en las grandes urbes (Estambul, Ankara, Esmirna), se opone con vehemencia a la empresa restauradora y retrógrada, religiosa y autoritaria.

Pugna entre islamistas

No todos los musulmanes piadosos están de acuerdo con el autoritarismo de Erdogan. Aunque aún hay muchos cabos sueltos sobre el origen y las implicaciones de la intentona golpista, todas las sospechas recaen sobre una enigmática organización dirigida por el clérigo Fetulá Gülen, refugiado en Estados Unidos, cuyos seguidores estaban bien infiltrados en la policía, el ejército y la judicatura, y ahora son acusados por el poder de haber orquestado el golpe de Estado. Erdogan y Gülen, ambos islamistas, fueron aliados hasta 2013 contra los militares, pero las causas de su ruptura son un arcano sin otra explicación plausible que la lucha sin tregua por el poder.

La pugna entre Erdogan y Gülen parece confirmar las lucubraciones de algunos estudiosos occidentales sobre la existencia de rasguños o grietas relevantes en la hermenéutica islámica y sus corolarios políticos. Mientras el presidente turco recluta a sus adeptos en los sectores suníes más ortodoxos, con especial incidencia sobre la mayoría campesina, los adeptos de Gülen proceden del mundo urbano y tienen sus orígenes intelectuales en la obra de Said Nursi (1877-1960), un profesor musulmán, comentarista prolijo del Corán, que abogó por reconciliar al islam con el racionalismo, pero sin cuestionar su dominio de la vida pública.

Mientras el movimiento de Gülen se presenta como cultural, modernizador y nacionalista, el AKP y el presidente turco actúan bajo la influencia de la Hermandad Musulmana, de origen egipcio, integrista y antioccidental, que predica la superioridad del islam sobre cualquier particularismo nacionalista y aspira a la unificación de toda la comunidad musulmana, la umma. Estas disquisiciones escolásticas encubren con frecuencia una descarnada competencia por el poder dentro de la rama mayoritaria (suní) del islam y propagan unos discursos cuyo énfasis depende mucho de la situación social de los destinatarios.

El 15 de julio, en el primer aniversario del golpe, fue declarado oficialmente “Día de la Democracia y de la Unidad Nacional”. Erdogan publicó en el diario londinenses The Guardian un artículo en el que aseguraba que “un año después del golpe, Turquía defiende los valores democráticos”. En el mismo periódico, Kemal Kiliçdaroglu, líder del Partido Republicano del Pueblo (CHP), el principal de la oposición, heredero del legado de Ataturk, replicó: “Un año después del fallido golpe, la democracia está cerca de convertirse en una dictadura”. Dos visiones antagónicas de una realidad muy conflictiva.

La desunión se manifestó en medio de la pompa oficial de las conmemoraciones, en una sesión especial parlamentaria. Cuando Erdogan entró en la Asamblea Nacional, los diputados de los partidos de la oposición permanecieron sentados, luego no aplaudieron el discurso presidencial y rechazaron ostensiblemente los folletos oficiales que repartían los ujieres. Según varios cronistas turcos, como Cengiz Çandar, los eventos en Estambul fueron “un show de símbolos islamistas e imágenes de Erdogan”. Algunos pasajes del Corán fueron leídos y retransmitidos desde los minaretes de las 80.000 mezquitas del país.

El puente sobre el Bósforo que une los dos continentes fue rebautizado como “Puente de los Mártires del 15 de julio”. Los usuarios de los teléfonos móviles escuchaban las palabras de Erdogan cada vez que efectuaban una llamada, una experiencia que un periodista de Al Monitor, Amberin Zaman, consideró “beyong Orwellian”, como un remedo o superación de lo que ocurría en la famosa novela de George Orwell (1984) para difundir las consignas imperativas del Gran Hermano. El culto de la personalidad llegó a su culminación en una hagiografía (biopic) de Erdogan titulada El Jefe, que convirtió al presidente en una estrella catódica, un remedo islámico de Berlusconi.

El desafío de la vinculación con Europa

En su discurso, Erdogan volvió a amenazar con restablecer la pena de muerte para algunos delitos, si la Asamblea Nacional, dominada por su partido, aprueba la correspondiente ley. Un tema recurrente en sus peroratas con diversos pretextos. En esta ocasión, el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, respondió rápidamente al desafío: “Si Turquía reintroduce la pena capital, el gobierno turco habrá cerrado definitivamente la puerta de la Unión Europea.”

Erdogan aprovechó la intentona golpista para organizar una purga y una represión apabullantes. Unas 150.000 personas fueron detenidas, de las que aproximadamente 50.000 siguen en detención preventiva. La acusación más frecuente e inconcreta es la de subversión. Entre los represaliados se cuentan 169 generales, 7.000 jefes y oficiales del ejército, 8.800 agentes de policía, 24 gobernadores provinciales y 2.400 miembros de la judicatura. Una oleada de venganza no sólo contra los seguidores de Gülen, sino contra las élites secularizadas, las minorías religiosas, el movimiento sindical, la minoría kurda, los partidos de la oposición, contra todos los que se oponen al islamismo militante.

La represión se ha cebado en los medios de comunicación que resultaban incómodos para el poder islamista. Numerosos diarios y revistas han sido clausurados, discriminados y hostigados sin tregua. Muchos periodistas, hasta 177 según los cálculos de la oposición, algunos de ellos europeos, están purgando en la cárcel la osadía de advertir de la irrefrenable tendencia autocrática de Erdogan. Entre los detenidos figura el delegado de Amnistía Internacional en Turquía, el alemán Peter Steudtner, y otros cinco activistas de la defensa de los derechos humanos, acusados nada menos que de apoyar al terrorismo.

La paciencia del gobierno de Berlín parece que se ha agotado con la actual ola represiva y las constantes, estúpidas e incendiarias comparaciones de la República Federal de Alemania con el régimen de Hitler, uno de los temas predilectos en los discursos de Erdogan y sus secuaces. Al menos ocho periodistas alemanes se encuentran detenidos, de manera que el ministro germano de Asuntos Exteriores, Sigmar Gabriel, anunció el 20 de julio una inminente reorientación de la política hacia la Turquía reaccionaria y dictatorial, además de advertir sobre los peligros de viajar a ese país. Alemania cuenta con una importante minoría turca que se aproxima a los cuatro millones.

La deriva autoritaria ha tenido también el efecto de galvanizar a la oposición y aligerarla de su torpeza histórica y de su retroceso constante desde que se celebraron las primeras elecciones multipartidistas en 1950. El Partido Republicano del Pueblo (CHP), para protestar contra las prácticas represivas del gobierno y la detención de uno de sus diputados, organizó una “Marcha por la justicia” en la que participaron centenares de miles de personas. Partió de Ankara el 15 de junio y llegó a Estambul el 9 de julio, pata terminar con un mitin en el que participaron más de un millón de personas. El líder del CHP, Kiliçdaroglu, muchas veces criticado por su pasividad y su falta de carisma, se adjudicó el éxito de la marcha y se presentó como un rival a la altura del presidente.

Ante la profunda división de la sociedad otomana, el futuro se presenta muy incierto, entre la dictadura islamista que persigue Erdogan y la resistencia a la opresión. Probablemente, el presidente turco proseguirá la reislamización a toda costa, con el pretexto de “restaurar la dignidad de los musulmanes”, pero mantendrá un simulacro de democracia que le garantice la ayuda occidental y deje la puerta abierta a la integración europea. La modernización económica está detenida o frenada como consecuencia de la influencia creciente y a veces paralizante del islamismo radical y las guerras internas que genera. Las provincias que votaron en contra de Erdogan en el referéndum constitucional de abril suman el 80 % del producto interior bruto (PIB).

La Unión Europea, como es notorio, carece de una genuina política exterior, y el caso de Turquía no es una excepción. Muchos de los 28 Estados miembros se oponen al ingreso de Turquía por poderosa razones históricas, culturales y religiosas, pero la corrección política y los intereses económicos y estratégicos impiden una decisión final sobre el reto de abrir las puertas de Europa a casi 100 millones de musulmanes. Europa ni siquiera tiene fuerza moral y política para defender su acervo cultural comunitario y denunciar consecuentemente las numerosas decisiones arbitrarias y autocráticas del nuevo sultán. Turquía sigue amenazada por la explosión interna.

 

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