Posteado por: M | 1 agosto 2017

En Venezuela, la dictadura sin máscara

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y la camarilla que le acompaña en el poder, celebraron un plebiscito de dudosa legalidad, el 30 de julio, para elegir una asamblea constituyente que será encargada de redactar una nueva constitución y otorgará un poder prácticamente ilimitado al chavismo, pero que en ningún caso acabará con los pavorosos problemas del país, el antiguo paraíso petrolero convertido en un infierno dominado por la escasez crónica de los bienes más elementales, el exilio galopante y la violencia inusitada de bandas armadas por un poder sin escrúpulos. El gobierno aseguró que había votado el 41,5 % del censo (8 millones de electores), más del doble de lo estimado por la oposición y los observadores independientes (12 %-15%). Unos 20 millones de ciudadanos estaban llamados a las urnas.

Las cifras de votación ofrecidas por el gobierno, que la oposición calificó de “inventadas”, se explican, ante todo, por la voluntad oficial de superar los 7,5 millones de votantes que el 16 de julio último, en un referéndum convocado por la Mesa de Unidad Democrática (MUD), se pronunciaron contra la elección de una asamblea constituyente y, por ende, contra Maduro. Varios líderes opositores manifestaron su propósito de proseguir con las marchas de protesta. “No reconocemos este proceso fraudulento, para nosotros es nulo”, declaró Henrique Capriles, uno de los líderes de la oposición, que fue candidato a la presidencia.

Venezuela es un Estado petrolero y fallido, uno de los más violentos y corruptos del mundo, financieramente en quiebra, sumido en una larga crisis humanitaria, desabastecido de medicinas y alimentos, con una economía en brutal regresión anual (-12 %), una inflación galopante que resulta imposible de calcular (superior al 1.500 %), teóricamente gobernado por un reducido grupo cívico-militar y un imponente aparato represivo, muchos de cuyos miembros están dedicados abiertamente al narcotráfico de cocaína procedente de Colombia con destino a EE UU. Un Narcoestado repudiado por la comunidad internacional y sostenido por la gerontocracia comunista de La Habana a través de una despiadada policía política.

Aunque se trata de cifras aproximadas y de imposible comprobación, diversos medios internacionales suponen que el 80 % de los venezolanos vive por debajo del umbral de la pobreza, el mismo porcentaje de los que se oponen a la gestión del gobierno de Maduro, según los datos ofrecidos por la empresa demoscópica Datanalisis. El control de cambios y los vaivenes continuos en la cotización del dólar alimentan el mercado negro y crean condiciones propicias para el enriquecimiento ilícito, la escasez crónica, las colas interminables, el paso de la frontera colombiana y el exilio forzoso.

Desde que el coronel Hugo Chávez Frías fue elegido presidente en 1998, el sistema democrático venezolano ha sufrido muy diversos y continuados asaltos, enconados y sangrientos desde la muerte del caudillo en 2013 y la llegada de Nicolás Maduro al palacio de Miraflores. La libertad y los derechos humanos fueron reducidos a cenizas. Con las elecciones trucadas del 30 de julio, la dictadura venezolana se ha despojado de cualquier máscara y ha desatado una nueva ola represiva, como confirma la detención de madrugada de los líderes opositores Leopoldo López y Antonio Ledezma, que se encontraban bajo arresto domiciliario.

Leopoldo López y Antonio Ledezma

Antonio Ledezma y Leopoldo López

Ya han caído todas las piezas del ajedrez democrático y el tablero está desierto, encarcelados, perseguidos o maniatados todos los opositores políticos, de manera que la sedicente democracia bolivariana sólo puede manifestarse en forma de farsa, de elecciones fraudulentas e ilegales, de maniobras dialogantes dilatorias, de simulacros que acaban en la ignominia, los disturbios, la persecución y el crimen. La organización Transparencia Internacional, que mide el grado de corrupción, sitúa a Venezuela en el puesto 166 de los 176 países clasificados.

Ante la práctica liquidación de la democracia y la clausura de todos los cauces para la expresión libre, la oposición se encuentra desarmada y desalentada ante la perspectiva ominosa de aceptar la nueva situación, cada día más parecida a la de Cuba, o proseguir con las protestas callejeras frente a un poder violento que no vacila en apretar el gatillo o patrocinar a los grupos paramilitares o escuadrones de la muerte, semejantes a los siniestros tontons macoutes, los odiados matones del dictador François Duvalier en Haití.

Ante las sombrías perspectivas, El Nacional, el más importante periódico de Caracas, recurrió al sarcasmo para describir la realidad, presentando a Maduro como una bailarina de striptease que se va despojando de toda su vestimenta hasta quedar completamente en cueros. Cuando el presidente escamotea todos los accesorios decorativos de la democracia y el Estado de derecho, uno comprende inmediatamente que “se ha convertido en un vulgar dictador, uno más de los muchos que ha habido en la triste historia de América Latina”. Pero son muy pocos los que se osan proclamar que el rey está desnudo, que ha nacido el dictador.

El eje Caracas–La Habana

Una vez más, el sector liberal-democrático de la comunidad internacional no parece que vaya a defender los últimos baluartes de una oposición venezolana que se siente perseguida, vilipendiada y abandonada. Desde que el presidente Barack Obama arrió la bandera de los derechos humanos y absolvió de todas sus fechorías a los hermanos Castro, con diversas excusas propagandísticas, la dictadura cubana no ha experimentado la menor apertura y ahora libra en Venezuela, también llamada Cubazuela, su última batalla, con el petróleo en el fondo del escenario sangriento. Cuando las democracias reaccionen contra la dictadura de Maduro será demasiado tarde, como ocurre casi siempre que los liberticidas, en nombre de la revolución, se apoderan de un país, lo arruinan y lo aherrojan.

La fraternal y revolucionaria alianza entre La Habana y Caracas se concreta, por parte cubana, en la actuación del temido G-2, un grupo de inteligencia, de policía política, que entrena y aconseja a los paramilitares en las labores de represión, agitación y propaganda. El G-2 está en contacto permanente con el llamado Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin), la policía secreta de Maduro, que se ensaña con los opositores más destacados. Venezuela, por su parte, envía a Cuba 150.000 barriles diarios de petróleo, refinados en la isla y reexportados para la obtención de divisas. Los retrasos en los envíos durante los últimos meses crearon algunas fricciones entre los funcionarios de ambos países.

Como la historia confirma abrumadoramente, con las dictaduras no caben ni el apaciguamiento ni los paños calientes. Por eso resulta falso el dilema planteado ahora por muchos analistas apaciguadores: la recuperación negociada de la libertad, mediante la convocatoria de elecciones libres y justas, o la definitiva instauración de la dictadura. Una dictadura que ya está establecida desde hace tiempo, al menos desde diciembre de 2016, cuando fracasaron las mediaciones del Papa y de la Unión de Repúblicas Suramericanas (UNASUR), y el gobierno confiscó los poderes legítimos de la Asamblea Nacional, ésta dominada por la oposición.

Maduro, sus afines y sus esbirros pisaron el acelerador del despotismo, bajos los consejos y las consignas de sus amigos cubanos. Decidieron aplazar todas las elecciones regionales y locales e instalar un régimen dictatorial que deberá ser sancionado ahora por el artilugio ilegal e ilegítimo de la asamblea nacional constituyente como emanación del poder llamado bolivariano, con los votos de los chavistas menguados y los ciudadanos amedrentados.

El populismo de boina roja escenificado por Chávez, de gran tradición suramericana, desapareció del escenario y en él se han instalado con violencia una cleptocracia y un seudopartido marxista-leninista, de inspiración cubana, engrasado por el narcotráfico, cuya cabeza visible es Maduro, pero cuya dirección recae en algunos militares enriquecidos, varios políticos corruptos de la línea dura, como el ex presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, y el actual vicepresidente de la República, Tareck El Aissami, acusados ambos de narcotráfico por la Casa Blanca y por diversos órganos judiciales de EE UU. Entre los imputados por un tribunal federal de Nueva York se encuentran dos sobrinos de Cilia Flores, la esposa de Maduro, y el ministro del Interior, el general Néstor Luis Reverol, que ha resultado ser un cruel carnicero (unos 150 muertos desde abril).

Venezuela es actualmente el primer corredor para la entrada en EE UU de la cocaína procedente de Colombia, un floreciente narcotráfico que hinca sus raíces en las estrechas relaciones que Hugo Chávez mantuvo desde su llegada al poder con la narco-guerrilla colombiana de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FARC), según se desveló con toda clase de detalles cuando el ejército colombiano, en marzo de 2008, se apoderó de los archivos que los guerrilleros colombianos guardaban en un campo de entrenamiento situado clandestinamente en Ecuador.

En 1999, Chávez dirigió la elección de otra asamblea constituyente que redactó la Constitución actualmente en vigor, pero las circunstancias eran completamente distintas. El aumento de los precios del petróleo permitió que el presidente iniciar una política de distribución de rentas, plasmada en varios programas sociales, económicamente muy discutible, pero que sentó las bases de su poder e incluso le permitió rodearse de un grupo de países amigos en América Latina, con Cuba a la cabeza, comprando voluntades a golpe de barril de crudo.

La situación ahora es radicalmente distinta, y no sólo ni principalmente porque Maduro sea un torpe remedo del caudillo, un subalterno con chándal rojo en manos de sus asesores cubanos entre bastidores. Los precios del petróleo han caído de manera estrepitosa –111 dólares por barril en 2014 y hasta 27 dólares por barril en 2016– y han puesto en tela de juicio la política distribuidora, los dispendios y regalos del chavismo. La oposición, entonces dividida y en desbandada, ahora está unida por primera vez en la Mesa de la Unidad Democrática (MUD).

El narcotráfico y la crisis social

La aguda crisis social está golpeando a los que fueron los principales beneficiarios de la largueza proverbial del caudillo, el gran escapista de la expropiación forzosa, muerto en 2013. El mismo Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), un conglomerado de oportunistas aglutinado en torno a Chávez y ahora cohesionado meramente por el narcotráfico y el lógico temor de perder el poder tan pronto como el pueblo venezolano pueda expresarse con libertad, ofrece síntomas inequívocos de que las trifulcas y los reproches están llegando a sus filas.

La nueva asamblea constituyente, “nacida en un baño de sangre”, como clama la oposición (más de 120 muertos en cuatro meses de manifestaciones antigubernamentales), estará compuesta por 545 miembros, todos ellos chavistas reconocidos y obsecuentes, dirigirá el país por un tiempo indeterminado, podrá disolver la Asamblea Nacional y hasta revocar al presidente, aunque en un principio se presenta como una prolongación del poder presidencial. La asamblea dispondrá de unos poderes omnímodos, sin ningún contrapeso, pero sólo representará a una parte minoritaria de los ciudadanos.

La Constitución vigente desde 1999 fue redactada también por una asamblea constituyente convocada después de que Chávez resultara elegido presidente, pero éste tomó la precaución de celebrar un referéndum para saber si contaba con el apoyo popular necesario para unos cambios tan radicales. Maduro, por el contrario, convocó por decreto las elecciones para una asamblea constituyente, una decisión claramente autoritaria que sólo sirvió para inflamar las pasiones y arrojar gasolina sobre el incendio provocado por la decisión del Tribunal Supremo de despojar a la Asamblea Nacional de su poder legislativo.

También es muy distinta la situación internacional. Los principales países de América Latina (México, Brasil, Argentina, Perú, Colombia) dejaron bien sentado que no aceptarán los resultados del referéndum constitucional. Idéntica posición adoptaron EE UU, Gran Bretaña y España. Sólo los gobiernos de Cuba, Nicaragua y Bolivia felicitaron al presidente venezolano por los resultados del referéndum, según el comunicado oficial. Y no existe ningún indicio de que La Habana esté dispuesta a sacrificar a Maduro en aras de una situación que podría ser gravemente perjudicial para sus intereses inmediatos.

El enfrentamiento de Maduro con el presidente norteamericano, Donald Trump, parece cada día más cerca. Washington dictó severas sanciones contra varios dirigentes venezolanos, incluidos el vicepresidente Tareck El Aissami y el ministro del Interior, Néstor Reverol, y podría llegar incluso a un embargo petrolífero de consecuencias imprevisibles. Tras conocerse el resultado del referéndum, el departamento norteamericano del Tesoro anunció sanciones contra el mismo Maduro: congelación de todos sus bienes en EE UU y prohibición total de negociar con él a las empresas norteamericanas.

EE UU compra la mitad del petróleo que exporta la compañía estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA), pero tanto China como Rusia están a la espera de aprovecharse de la caótica situación para poner un pie en los ingentes yacimientos de hidrocarburos venezolanos, cuyas reservas son las mayores del mundo conocidas. Los nuevos acuerdos comerciales con Beijing y Moscú, de los que Caracas depende para la supervivencia económica, no pudieron ejecutarse porque fueron rechazados por la Asamblea Nacional controlada por la oposición.

La mediación internacional para encontrar una salida se presenta muy problemática. Ni la ONU ni la Organización de Estados Americanos (OEA) tienen fuerza ni convicción para fraguar una solución democrática e imponerla a las partes radicalizadas. La OEA sigue paralizada por los viejos recelos contra el intervencionismo. La actitud del presidente Trump resulta igualmente imprevisible. Rusia y China, que hasta ahora respaldaron al régimen de chavista, al que concedieron importantes créditos, están a la expectativa y temen que un cambio de situación podría dar al traste con sus pretensiones.

Maduro tiene ahora todo el poder, pero también todos los problemas, todos los conflictos, todas las miserias. No será fácil trasladar la desastrosa experiencia cubana a un país de 30 millones de habitantes, de estructura federal, y con grandes recursos de hidrocarburos. Tampoco parece factible por el momento una negociación entre el gobierno y la oposición. El futuro dependerá en gran medida del camino que sigan la crisis económico-social, los choques políticos en la calle y las tensiones que se originen dentro del chavismo dividido en dos tendencias. Tampoco es descartable, como sugiere un analista norteamericano, que Venezuela se convierta en la Libia del Caribe y desestabilice a toda la región con el petróleo y el narcotráfico. No existen motivos para el optimismo.

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Responses

  1. “Tampoco es descartable, como sugiere un analista norteamericano, que Venezuela se convierta en la Libia del Caribe y desestabilice a toda la región con el petróleo y el narcotráfico”

    Podría dar link a esa referencia?
    Por lo demás buen artículo,


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