Posteado por: M | 11 agosto 2017

La arriesgada improvisación de Trump topa con Corea

Con motivo de las vacaciones veraniegas, con el presidente lejos del hervidero de Washington, la guerra con los medios de comunicación pierde intensidad, pero la animosidad persiste y no hay día sin escaramuza, sin sobresalto en Twitter, ni rumores más o menos insidiosos o vaticinios interesados sobre un futuro presidencial que se augura borrascoso. La tormenta estalló sobre el endémico problema de Corea del Norte y sus ambiciones balísticas y nucleares, que evidenció tanto las carencias de Trump en cuestiones de política exterior cuanto los riesgos de su constante y azarosa improvisación. El combate dialéctico entre el presidente de EE UU y el joven sátrapa coreano de la dinastía de los Kim resultó tan asombroso como inquietante.

El 8 de agosto, la apocalíptica improvisación de Trump en un asunto tan vidrioso como el de Corea del Norte, incluido el intercambio de baladronadas con el líder norcoreano Kim Jong-un, no sólo disparó la tensión internacional, sobre todo, entre los aliados asiáticos de EE UU, sino que golpeó al dólar y dio nuevos motivos para que sus numerosos adversarios proclamaran que el presidente no puede comportarse como un locuaz aprendiz de gendarme nuclear ni medirse retóricamente con el teórico mandamás de la dictadura comunista más hermética y siniestra.

La réplica de Trump a las provocaciones del paranoico jefe norcoreano fue censurada por muchos comentaristas que no figuran en la nómina de los críticos permanentes de la Casa Blanca. Al proferir la amenaza de desencadenar contra Corea del Norte “el fuego y la furia como el mundo nunca ha visto antes”, coincidiendo con los aniversarios luctuosos de las bombas atómicas contra Hiroshima y Nagasaki (agosto de 1945), el presidente no hizo otra cosa que diseminar los más sombríos pronósticos sobre su falta de tacto, su ignorancia y osadía en los problemas internacionales, su aparente desprecio por la diplomacia, su mala gestión de un asunto enrevesado y la lúgubre perspectiva de una escalada militar con cabezas nucleares.

El régimen norcoreano es probablemente el más represivo del mundo, cultiva la paranoia, el fanatismo hasta el ridículo, la militarización y los enigmas, como armas de su problemática supervivencia, pero dispone de buenas informaciones, como lo demuestra al dirigir sus amenazas de misiles contra la isla norteamericana de Guam, en el pacífico norte, a sólo 3.400 kilómetros de distancia, en la que se supone que los estadounidenses tienen almacenado y dispuesto para el ataque el mayor arsenal de armas nucleares fuera del territorio continental.

La escalada retórica sugiere que el régimen norcoreano confía en que su capacidad nuclear será suficiente para proteger su supervivencia y garantizarla, en su caso, en el tablero diplomático. La diplomacia norteamericana, hasta ahora, creyó que las sanciones económicas a través de la ONU, con la aquiescencia de China, serían suficientes para resucitar las negociaciones. Por eso el secretario de Estado, Rex Tillerson, insistió en que EE UU no busca un cambio de régimen en Pyongyang. Pero Trump destruyó con una frase la paciente gestión diplomática.

“Se trata de un presidente sin experiencia militar o de gobierno que ha mostrado escasa clarividencia en los asuntos estratégicos complejos”, sentenció en un editorial el New York Times, un periódico que está en primera línea de la campaña contra Trump, pero que en este caso aboga por una genuina estrategia, un comportamiento menos errático, en un asunto de capital importancia que ha quitado el sueño a todas las administraciones norteamericanas desde el armisticio de Panmunjom (21 de julio de 1953). La guerra de Corea terminó tras la muerte de Stalin y después de que el presidente Eisenhower advirtiera muy discretamente a China, sin la fanfarria retórica de Trump, sobre la superioridad nuclear de EE UU y su capacidad para aniquilar entonces a cualquier enemigo.

En Pyongyang, los rayos y centellas de Trump sólo sirvieron para galvanizar y reafirmar en sus posiciones a los dirigentes de la dictadura para dotarse de un arsenal de disuasión nuclear. “Un diálogo sensato no es posible con un tipo que ha perdido la razón”, afirmó el general Rak-Gyom, comandante de las fuerzas que manejan los misiles, citado por la agencia oficial norcoreana de noticias. El hecho de que Trump alterne en sus bravatas con los teóricos subordinados del actual representante de la dinastía comunista de los Kim –no se sabe con certeza si es un figurante o un líder– resulta muy perturbador para el sector más prudente del establishment norteamericano.

Algunos reputados especialistas en los asuntos coreanos formularon críticas desabridas y hasta demoledoras sobre la actitud de Trump. El analista Robert E. Kelly, profesor en una universidad de Corea del Sur y corresponsal de la BBC, señaló que la réplica del presidente norteamericano a las provocaciones de Pyongyang era “inútil, angustiosa e irresponsable”. La razón más evidente es que la amenaza nuclear como medida disuasoria sólo puede ser utilizada una vez y en último extremo para que su autor no sea considerado como “un tigre de papel” que no cumple con sus fanfarronas advertencias.

La diplomacia en entredicho

La diplomacia, una vez más, quedó en entredicho. Antes de que se produjera el intercambio de dicterios entre Washington y Pyongyang, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó el 5 de agosto por unanimidad la imposición de nuevas sanciones contra el régimen norcoreano por sus pruebas de misiles y su empeño en aumentar su arsenal nuclear. Hasta China votó en favor de las sanciones, en un gesto de disgusto, pero de ineficacia contrastada, como muy bien sabe la diplomacia norteamericana. Beijing no oculta su irritación por la desobediencia del régimen clientelar de Pyongyang, al que, no obstante, protege para evitar su colapso caótico que conduciría a la reunificación de la península coreana y, por ende, a un éxodo norcoreano de proporciones bíblicas y a la mejora de las posiciones estratégicas de EE UU en Asia.

El fantasma de un ataque preventivo, esta vez con armas nucleares, planea sobre las cancillerías, agita los mercados, tiene alarmados a los aliados de EE UU en Asia, principalmente Japón y Corea del Sur, y torpedea los planes del presidente chino, Xi Jinping, de vestir la púrpura pacifista y presentarse como el campeón del librecambio o de la lucha contra el cambio climático, aprovechando el aislamiento y el proteccionismo que preconiza Trump, aunque sólo sea a través de Twitter.

El revuelo fue tan considerable en Washington y dentro del equipo presidencial que el secretario de Estado, Rex Tillerson, tuvo que salir a la palestra con unas declaraciones supuestamente balsámicas, asegurando al mundo que la guerra no era inminente, pero sin responder a la pregunta más inquietante con que se enfrentan los estrategas norteamericanos: ¿Cómo detener el programa de misiles de Corea del Norte sin correr el riesgo de una conflagración que se extendería de nuevo por toda la península? Hasta ahora se suponía que, en caso de un ataque convencional contra las instalaciones de misiles norcoreanas, Kim Jong-un replicaría atacando Corea del Sur, pero ahora estamos en plena escalada territorial: el riesgo se centra en la isla de Guam, territorio estadounidense.

Seúl, la capital surcoreana, con diez millones de habitantes, se encuentra al alcance de los misiles y de las armas químicas y biológicas de que dispone Pyongyang. Unos 30.000 soldados norteamericanos están desplegados al sur del paralelo 38 que señala la frontera del armisticio de 1953. En total, unos 250.000 norteamericanos viven en Corea del Sur. También Japón está a tiro de los misiles norcoreanos. Teniendo en cuenta la verborrea belicista del “amado líder” y los enigmas que rodean al poder político en Pyongyang, cualquier error de cálculo o incidente podría provocar consecuencias catastróficas.

Un general de Marines en la Casa Blanca

La entrada en funciones del general retirado John Kelly, del cuerpo de Marines, de 67 años, como jefe de gabinete de Trump, parece que ha restablecido el orden, la disciplina y la discreción en el ala oeste de la Casa Blanca, pero los recalcitrantes adversarios del presidente aseguran que “el nudo se estrecha”, que no hay salvación posible para una presidencia tumultuosa, improvisada, caótica. La revista Time dedica su famosa portada al general Kelly, al que considera “la última y mejor esperanza de Trump”.

La legión de críticos cree, por el contrario, que ni siquiera el prestigioso y coriáceo general Kelly podrá evitar que el navío presidencial encalle en medio de la borrasca. Las declaraciones sobre Corea del Norte parecen indicar que Trump es incorregible y que no atiende los consejos de sus generales sobre el terrible papel de las armas de destrucción masiva en la estrategia de seguridad nacional, la buena salud del dólar y la estabilidad de la economía mundial.

El reiterado fracaso en el proyecto de derogar la ley sanitaria de Obama (Obamacare), que mostró en ambas cámaras del Congreso las fuertes divergencias que existen dentro del partido republicano; los cambios bruscos en el personal del círculo de confianza del presidente; la confrontación con el fiscal general o ministro de justicia, Jeff Sessions; la investigación oficial sobre la campaña de las elecciones presidenciales y la supuesta injerencia de los agentes rusos, que dirige el fiscal especial Robert Mueller: y el tormentoso panorama internacional, con las amenazas de Corea del Norte en primera línea, presagian unos días muy agitados en torno a un presidente de humores cambiantes, denostado por el establishment y proclive a la improvisación y la polémica.

Los críticos del presidente, como la combativa Elizabeth Drew, de la New York Review of Books, reconocen que la llegada del general Kelly a la Casa Blanca “ha reducido parte del caos interno e inducido un poco más de disciplina en el comportamiento de Trump”, pero añaden que el presidente sigue siendo impredecible y que la situación puede cambiar cualquier día en cualquier momento. Nunca se sabe. Los grandes medios de comunicación estadounidenses prosiguen su particular guerrilla contra el jefe del Ejecutivo y contagian a medio mundo. Algunos bustos parlantes de los telediarios españoles se muestran especialmente beligerantes con el presidente, el malo de la película por antonomasia; desprecian tanto como ignoran y superan en acrimonia a los corresponsales que están sobre el terreno, en Washington o Nueva York, y que ofrecen una visión menos sesgada.

Trump no es el primer presidente con prensa hostil, confuso, arbitrista y con escasa experiencia, pero sin complejos, para sortear la carrera de obstáculos que los más curtidos imponen a los novatos en el complejo sistema político de checks and balances (controles y equilibrios), de rígida separación de poderes, que rige las sutiles relaciones entre la Casa Blanca y el Congreso. En tiempos recientes, también el simpático, demócrata y liberal Bill Clinton tuvo que recorrer su especial vía crucis cuando llegó al poder, en enero de 1993, sin otra experiencia que la de gobernador de Arkansas y un partido republicano en pie de guerra. Los escándalos se multiplicaron durante su segundo mandato y Clinton fue sometido a un humillante proceso de destitución (impeachment), acusado de obstrucción de la justicia, del que resultó absuelto en febrero de 1999. Acusado de perjurio por el comité judicial de la Cámara de Representantes, Richard Nixon dimitió antes de que se incoara el proceso de impeachment (9 de agosto de 1974).

No todos los periódicos ni mucho menos todos los comentaristas disparan contra Trump, pero el ambiente político de Washington está asaz enrarecido por las disputas públicas en las redes sociales, las indiscreciones, las filtraciones y las controversias por salvar al presidente, o vengarse de él, como hizo el senador republicano John McCain al votar con los demócratas contra la ley para abolir el Obamacare. Los congresistas defienden con uñas y dientes los intereses creados, a veces con el pretexto de preservar el discutible legado de Obama, y el establishment en general está profundamente irritado por las diatribas incesantes del presidente, un outsider, político marginal o aficionado que está encantado de haberse conocido, tan imprevisible como lenguaraz, de manera que la deseada estrategia bipartidista resulta inalcanzable.

En la oposición contra Trump, no es oro todo lo que reluce, ni la inteligencia prevalece siempre sobre la bastardía, ni los periódicos se atienen rigurosamente a los hechos, como exigen la tradición y la decencia.  La gran prensa está en franco declive y el personal político en ambos partidos parece estar degradándose a marchas forzadas. Ni republicanos ni demócratas cuentan en sus filas con un líder prestigioso e indiscutido. Daniel McCarthy, comentarista en The National Interest, lo ha expresado de manera sarcástica: “Trump no le gusta al pueblo norteamericano, pero éste detesta a las fuerzas de la respetabilidad coligadas contra él. ¿los medios de comunicación? ¿los congresistas demócratas? ¿el establishment republicano? Con enemigos como esos, Trump no tiene necesidad de ningún amigo.”

No obstante, las relaciones del presidente con el partido republicano van de mal en peor, se diría que son detestables. Los congresistas republicanos votaron de manera aplastante en favor de la ley que impone nuevas sanciones a Rusia contra la voluntad del presidente, quien extrema sus críticas y sus insultos, a través de Twitter. Divididos como siempre entre conservadores y moderados, los republicanos siguen sin encontrar una voz conjunta, potente y equilibrada que haga avanzar sus propuestas en ambas cámaras. En el Capitolio reina la parálisis legislativa, como corresponde a una mayoría resquebrajada. La última víctima política fue Reince Priebus, respetado ex líder del partido republicano, que a finales de julio fue destituido sin miramientos como jefe del gabinete de Trump y sustituido por el general Kelly.

Para explicar lo que ocurre en Washington y las sensaciones caóticas que se transmiten desde la Casa Blanca, el prestigioso analista Richard Haass ha echado mano de un neologismo, la palabra adhocracy –el gobierno caso por caso–, que podríamos traducir al español como “improvisación”, para designar la principal característica del gobierno de Trump durante sus primeros seis meses en el poder, una actuación adaptada en exceso a las circunstancias, sin jerarquía clara en los problemas o las normas y sin protocolos nítidos en los procesos de decisión.

A través de Twitter –peligro suplementario, populismo irreflexivo, titulares garantizados–, Trump actúa como comandante en jefe del ejército más poderosos del mundo, pero con un fallo esencial: desorden, insubordinación y contradicciones, Un ejército desordenado, que improvisa en cada momento porque carece de los planes elaborados por el estado mayor, y sigue el camino que conduce hacia el desastre.

 

 

 

 

 

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