Posteado por: M | 8 octubre 2017

Vargas Llosa en Barcelona y el recuerdo de “La peste” de Camus

A pesar de la edad y los alifafes, esta mañana he decidido asomarme al centro de Barcelona para participar con más melancolía que entusiasmo en la gran manifestación contra el nacionalismo obligatorio. Nunca había visto tanta gente en las calles céntricas de Barcelona defendiendo la unidad de España, vindicando una Cataluña española. Algún amigo ha expresado su entusiasmo y su emoción por haber contribuido a quebrar la nefasta espiral del silencio impuesta por el nacionalismo desde hace más de 30 años. Una Barcelona harta de nacionalismo, tantas veces humillada y ninguneada, se ha echado a la calle para gritar su indignación y demostrar su coraje, el 8 de octubre, domingo, al mediodía radiante.
Pero no nos engañemos. El veneno, que dijera Stefan Zweig, mantiene su hegemonía política y cultural, infecta el ambiente, desgarra a la sociedad, alarma a los ciudadanos tranquilos que no están organizados en los clanes o comités sufragados por el poder y alentados por los medios de comunicación públicos o concertados. Unos ciudadanos que tantas y tantas veces ante las urnas y en la calle se han sentido abandonados e inermes, moral y políticamente preteridos, socialmente subordinados.
El escritor Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura, pronunció unas bellas palabras cuando la cabecera de la manifestación llegó a su destino, mientras la muchedumbre se desparramaba aún por el centro de la urbe y abarrotaba los dos kilómetros del recorrido. Una turbadora y certera metáfora retuvo mi atención y me sigue inquietando: “No queremos que las empresas se vayan de Cataluña como si fuera una ciudad medieval acosada por la peste”, sostuvo el escritor.
Al referirse a la peste como enfermedad letal, inmediatamente me estremecí con el recuerdo de una de las grandes obras de Albert Camus, también premio Nobel de Literatura, la novela La peste (1947), en la que se narra le terrible experiencia de la epidemia que se abatió sobre Orán en 194…, convertida la ciudad argelina en el escenario desgraciado de la distopía frenética y dolorosa de un poder totalitario contra el que resulta muy difícil luchar. En la Barcelona actual, ese virus es el nacionalismo, la ideología que, como subrayó Vargas Llosa, causó innumerables desgracias y estragos en Europa, enardeció a las multitudes, pero multiplicó los camposantos.
La peste está llena de advertencias sobre la más que probable repetición de la epidemia, a pesar de los admirables esfuerzos del médico protagonista, el doctor Bernard Rieux, héroe de la resistencia, sanador del espíritu. En el capítulo 5 podemos leer: “A pesar de lo inesperado de este brusco retroceso de la enfermedad nuestros conciudadanos no se apresuraron a regocijarse. Los meses que acababan de pasar, mientras por un lado aumentaban su deseo de liberación, por otro les habían enseñado la prudencia y habituado a contar cada vez menos con un próximo fin de la epidemia.”
Al concluir el relato, otra admonición solemne en forma de reflexión del narrador y protagonista; “Pero, sin embargo, sabía que esta crónica no podía ser la de la victoria definitiva. No podía ser sino el testimonio de lo que había sido preciso cumplir y, sin duda, de cuanto aún habrían de cumplir contra el terror y sus armas incansables.”
Los manifestantes de Barcelona han vencido al miedo, han roto el silencio y se han adentrado por el camino escarpado de la dignidad cívica y el reclamo de un protagonismo político que hasta ahora les fue negado, escamoteado o falsificado. Una manifestación sin precedentes en su amplitud y su significado.
Como a los habitantes de la ciudadela del novelista francés, a los catalanes libres de nacionalismo les espera una introspección azarosa y les queda un largo y arriesgado camino por recorrer. Cierro este breve comentario recordando, no obstante, que la novela de Camus es la imperecedera expresión de su confianza en el hombre. Vargas Llosa le ha seguido en la esperanza con estas palabras: “La democracia española está aquí para quedarse y ninguna conjura independentista la destruirá”.

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Responses

  1. Pero…….¿Desde cuando en España, se puede ser REPUBLICANO? Yo soy REPUBLICANO desde que tenía 8 años ;SÍ, SÍ, SI y en las primeras elecciones llamadas “DEMOCRÁTICAS”,EN TVE junto con tres compañeros defendimos la ALTERNATIVA A LA REPÚBLICA, aunque tuvimos delante 6 Guardias Civiles apuntándonos con el mosquetón ,metiéndonos miedo, y sonó el himno de la REPÚBLICA, y su bandera delante de nosotros, don Mateo Madrdejos : LA HISTORIA ES LA HISTORIA.-


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