Posteado por: M | 11 marzo 2018

Trump se asoma al abismo de Corea del Norte

La gran prensa norteamericana considera que cualquier ocasión es buena para proseguir su guerrilla contra Trump, al que siempre había aconsejado que se dejara de bravatas belicistas y utilizara la vía diplomática para tratar el espinoso asunto de la desnuclearización de Corea del Norte. Después de que el consejero nacional de seguridad de Corea del Sur, Chun Eui-yong, llegado a Washington tras su reciente visita a Pyongyang, anunciara en la Casa Blanca el 8 de marzo la sorpresiva invitación del líder máximo norcoreano, Kim Jong-un, y la aceptación de Trump para celebrar una reunión en mayo próximo, en un lugar por determinar, la mayoría de los comentaristas insistieron en que esa cumbre sin precedentes constituía una maniobra muy arriesgada.

Ahora que el presidente norteamericano se olvida de los intercambios de insultos o amenazas, del fuego y la cólera, de las injurias y las imprecaciones; que aprieta el botón de la diplomacia, en vez del nuclear, y acepta la mano tendida por el dirigente norcoreano, “el pequeño hombre-cohete”, abriendo nuevas perspectivas diplomáticas y geopolíticas en Asia nororiental, los mismos periódicos se agarran a una supuesta improvisación o falta de coordinación, pese a que el asunto de la negociación secreta era el secreto de Polichinela  desde los recientes Juegos Olímpicos en Pyeongchang (Corea del Sur), para tratar de infravalorar e incluso censurar la decisión de celebrar una cumbre con la figura catódica de una dictadura cruel, militarista, hermética e imprevisible. Trump se echa a sus anchas espaldas las invectivas y la insolencia de su próximo interlocutor, que dudó de su “salud mental” y llegó a llamarle “dotard” (viejo chocho). También Nixon tuvo que recorrer un abrupto camino de Damasco para llegar a su encuentro de Beijing con Mao Zedong en 1972.

Los grandes periódicos y emisoras estadounidenses ponderaron los riesgos de tan osada iniciativa y presentaron al sátrapa norcoreano como “el peor violador mundial de los derechos humanos”. The Washington Post aseguró que la decisión de la Casa Blanca había “descolocado a los diplomáticos norteamericanos”, que aparentemente no se habían enterado del deshielo que se estaba fraguando entre Seúl, Washington y Pyongyang. El analista Max Boot, historiador militar, en el mismo periódico, denunció “el despliegue de incoherencia de Trump”. Scott A. Snyder, del influyente Council of Foreign Relations (CFR), lamentó “el prestigio y el peso estratégico que se otorgan a la familia Kim” con una cumbre histórica que sin duda servirá para la propaganda de un régimen aborrecible y armado hasta los dientes.

Los mismos analistas que unos días antes habían vituperado la excesiva belicosidad del presidente tuvieron que realizar extraños ejercicios de funambulismo para asimilar la noticia desvelada por el enviado surcoreano en la Casa Blanca. El New York Times resumió todas sus prevenciones ante la cumbre ante “el impulso y la improvisación” del presidente: “A corto plazo, se reduce el riesgo de una guerra, pero Corea del Norte ha conseguido ya una victoria simbólica mientras Estados Unidos quizá se dirige hacia el fracaso.” Alguna que otra voz desentonó en el coro general. Jacob Heilbrunn, editor de la revista The National Interest, criticó a los críticos y señaló atinadamente que “la reunión con Kim no tiene que convertirse en un nuevo Múnich”, en alusión al deshonroso y nefasto acuerdo de las potencias democráticas con Hitler en 1938. Parece poco probable, a pesar de todas sus excentricidades, que Trump otorgue la mayor concesión y acepte retirar las tropas norteamericanas de la península a cambio de la desnuclearización.

El secretario de Estado, Rex Tillerson, como curándose en salud, dio a entender que la aceptación de la invitación norcoreana para una cumbre era una decisión personal del presidente, después de haber declarado el día anterior, durante su periplo por África, que el diálogo con Corea del Norte era una posibilidad remota. El secretario de Defensa, el ex general de Marines Jim Mattis, se mostró muy cauto o prudente porque, según parece, ningún periodista logró arrancarle una declaración.

Tanto Trump como Kim son proclive a presentar el inicio del diálogo como un triunfo personal. El enviado surcoreano, al hacer el anuncio inesperado en la Casa Blanca hizo el elogio del presidente y dio a entender que su política de “presión máxima” había resultado decisiva para el viraje de Pyongyang. Para Kim, su programa nuclear y balístico no sólo protege a su régimen de un ataque norteamericano, sino que obliga a EE UU a tratarlo en pie de igualdad. El pavoneo recíproco puede ser el comienzo de un diálogo fructífero o la antesala de una gran decepción.

La frontera más peligrosa del mundo

Estados Unidos, Corea del Sur y Corea del Norte siguen en situación de beligerantes desde el armisticio de Panmunjom que terminó con la guerra en la península (1950-1953) y estableció una zona desmilitarizada, pero que no desembocó en un tratado de paz. Callaron las armas, pero persistió la división territorial y el abismo ideológico, la pobreza inaudita y las hambrunas en el norte, el milagro económico y el progreso ininterrumpido en el sur. Unos 30.000 soldados norteamericanos siguen estacionados al sur del paralelo 38, la frontera más peligrosa del mundo en dura competencia con la indo-pakistaní de Cachemira. Seúl, la capital surcoreana, está a tiro de los misiles con cabeza nuclear de que dispone el ejército norcoreano.

El rompecabezas geopolítico y el enigma del régimen de Pyongyang, considerado como el último avatar del estalinismo, implican tanto a EE UU como a China y Japón, las tres primeras economías del mundo, y con el presidente Putin en expectativa de destino, tratando de sacar partido de una situación tan compleja. No cabe ninguna duda de que los verdaderos desafíos geopolíticos se sitúan en la cuenca del Pacífico, destino inexorable de la superpotencia estadounidense.

Un cronista de Seúl, Chong Uk-shik, que escribe en la web Pressian se inquieta por la suerte de las dos Coreas en esa enrevesada situación: “Una vez más, el reloj de las dos Coreas marca una hora distinta que el de las grandes potencias mundiales. Mientras que la península coreana, último islote de la guerra fría, entra en un período de distensión, las grandes potencias intensifican su rivalidad en el dominio armamentístico y refuerzan la configuración de una nueva guerra fría.” Como un eco de los adversarios de Trump que en Washington acumulan argumentos para asegurar que nos adentramos en un nuevo período de glaciación, aunque no está claro si el provocador de la alarma es Rusia o China o las dos coligadas en el mismo escenario y al mismo tiempo. El periódico surcoreano Hankyoreh, en la órbita gubernamental, asegura que la distensión y la paz no son buenas noticias parea “el complejo militar-industrial norteamericano”.

El presidente surcoreano, Moon Jae-in, demócrata, católico ferviente y pacifista, aunque sin abandonar la protección del paraguas nuclear norteamericano, está embarcado desde que fue elegido (mayo de 2017) en una delicada operación para preservar la paz y lograr, en su caso, “la reunificación pacífica” del país, aunque para ello sea preciso retornar a una política de apaciguamiento, de entendimiento a cualquier precio, de débil fibra moral. El deshielo se concretó durante los Juegos Olímpicos, cuando la hermana de Kim Jong-un, Kim Yo-jong, entregó una carta de su hermano al presidente surcoreano solicitando una reunión en la zona desmilitarizada, en Panmunjom. El anuncio hecho en Washington por el consejero de seguridad surcoreano  es el primer éxito del presidente Moon en ese empeño apaciguador discutible y discutido por la oposición conservadora.

Para la prensa surcoreana, se trata de un deshielo histórico entre las dos Coreas, “un golpe divino” del presidente Moon, cuya popularidad escala hasta el 71 % de los encuestados. Antes de que se celebre la cumbre Trump-Kim, los más altos representantes de las dos Coreas se reunirán en Panmunjom, en la Casa de la Paz, a finales de abril, para abordar todos los problemas pendientes, especialmente los de carácter humanitario y la desnuclearización y quizá la neutralización de toda la península. Desde el Norte, por supuesto, pedirán la retirada de las tropas norteamericanas.

La agencia surcoreana de noticias (Yonhap), en un despacho fechado en Beijing el 9 de marzo, se apresuró a comunicar que China consideraba “positivo”, un paso en la dirección correcta, el diálogo por persona interpuesta abierto entre Washington y Pyongyang. No hace falta forzar mucho la imaginación para adivinar detrás del deshielo la silueta del presidente chino, Xi Jinping, consolidado en su poder, que eleva su cotización en la esfera mundial y mata dos pájaros de un tiro: fuerza la mano de su vasallo del norte, al que mantiene con respiración asistida pero que no abandona, y ofrece un respiro diplomático a su homólogo norteamericano, tan acosado en el frente interior en un año electoral, en medio del caos en la Casa Blanca y las amenazas judiciales que pesan sobre el más próximo séquito presidencial.

El acuerdo efímero con Clinton

Clinton llegó a un acuerdo con Kim Jong-il, padre del actual líder máximo, firmado en Ginebra en 1994, para la desnuclearización de Corea del Norte a cambio de una importante ayuda económica y tecnológica por EE UU, Corea del Sur y Japón. El entendimiento fue efímero y decepcionante. En 2002, Pyongyang reanudó su programa nuclear y expulsó a los inspectores de la ONU, a lo que el presidente George Bush replicó colocando a Corea del Norte en el llamado “eje del mal” con Irán, Irak y Cuba. En 2006, el régimen norcoreano hizo estallar su primera bomba atómica y el Consejo de Seguridad de la ONU le impuso las primeras sanciones económicas.

Las últimas negociaciones diplomáticas para la desnuclearización con participación de las dos Coreas, China, EE UU y Rusia, concluyeron con un fracaso en 2008, en Beijing. Desde que llegó al poder en 2011, a la muerte de su padre, Kim Jong-un cerró la puerta al diálogo y prosiguió una agresiva política de ensayos atómicos y lanzamiento de misiles, de disputas verbales y propaganda belicista, desafiando las sanciones impuestas por el Consejo de Seguridad de la ONU por violación flagrante del tratado de no proliferación nuclear (TNP).

Ningún presidente norteamericano en ejercicio se reunió con un miembro de la dinastía comunista que detenta el poder en Corea del Norte desde el nacimiento del régimen comunista en 1948. Tras la cruel colonización y la capitulación del Japón (1945), y en aplicación del acuerdo de Yalta, los norteamericanos y los soviéticos se repartieron la península y fijaron la frontera en el paralelo 38. Jimmy Carter y Bill Clinton, ya jubilados, visitaron la capital norcoreana, con misiones humanitarias. Kim Jong-il, padre y antecesor de Kim Jong-un, invitó oficialmente a Clinton, pero éste, enfrascado en el ocaso de su presidencia con la negociación entre Israel y los palestinos, no llegó a viajar a Pyongyang, adonde si envió a su secretaria de Estado, Madeleine Albright en 2000.

Desde 2006, cuando Pyongyang realizó el primer ensayo nuclear, el Consejo de Seguridad ha adoptado nueve resoluciones sancionadoras que no tuvieron ningún efecto sobre el empecinamiento del régimen hermético y paranoico de proseguir con sus programas nuclear y balístico.  En una vuelta de tuerca diplomática, el Consejo de Seguridad de la ONU, reunido el 11 de septiembre, por iniciativa de Washington, aprobó por unanimidad una nueva resolución punitiva contra Pyongyang por su sexto ensayo nuclear, anunciado triunfalmente el 3 de septiembre. La resolución bloqueó el comercio de textiles y gas natural e impuso un embargo parcial y progresivo del petróleo (30 %) y sus productos derivados (55 %). También estableció restricciones sobre las remesas de los 800.000 trabajadores expatriados que son una fuente insustituible de divisas.

Según las declaraciones del emisario surcoreano en la Casa Blanca, el 8 de marzo, Kim Jong-un se ha comprometido a detener los ensayos nucleares y el lanzamiento de misiles hasta que se celebre la reunión con Trump. Según la Casa Blanca, EE UU y Corea del Sur podrán seguir realizando sus maniobras militares conjuntas. Estas condiciones no han sido confirmadas por Pyongyang, pero su silencio se interpreta como una aceptación implícita que no se airea por comprensibles razones internas. El programa norcoreano incluye más de 20 cabezas nucleares, un arsenal de misiles (alguno de ellos, intercontinentales) e instalaciones para producir combustible nuclear con uranio enriquecido y plutonio.

Nadie se atreve a predecir un resultado esperanzador de la cumbre Trump-Kim, sin duda un acontecimiento de alcance planetario por afectar a las tres primeras economías del mundo en una región de insuperable valor geoestratégico. El anuncio de la reunión de los viejos enemigos es una bomba diplomática de alcance imprevisible. Pero el mayor riesgo es el de un fiasco que exacerbaría las tensiones, aceleraría el programa nuclear de Corea del Norte, colocaría a las tropas norteamericanas en pie de guerra, afloraría en Washington la tentación de las represalias y amenazaría la paz y la estabilidad en la región con alternativas o profecías apocalípticas.

 

 

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