Posteado por: M | 2 septiembre 2013

Ni rojo, ni teléfono. La leyenda de la guerra fría

Con el mundo a punto de estallar en una guerra nuclear entre las dos potencias, tanto Washington como Moscú decidieron poner en marcha, ahora hace medio siglo, una vía de comunicación directa. Se le llamó teléfono rojo, pero era una línea de teletipo para intercambiar mensajes. El autor de este artículo, que en 1963 ya era un periodista volcado en la actualidad internacional, relata unos hechos que tuvieron al planeta en vilo durante largos y tensos años.

Artículo publicado en El Periódico de Catalunya del 1 de septiembre de 2013.

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Cartel de la película Teléfono rojo. ¿Volamos hacia Moscú?

El teléfono rojo –que no fue teléfono ni rojo— es uno de los mitos de la guerra fría, la situación geopolítica y, sobre todo, el equilibrio de armas nucleares que dominó la vida internacional durante la mayor parte de la segunda mitad del siglo XX, desde el puente aéreo de Berlín, en 1947, organizado por los occidentales para proteger la libertad de los berlineses, hasta la desintegración de la Unión  Soviética, el 25 de diciembre de 1991, pasando por la guerra de Corea (1950), las crisis de Berlín (1961) y Cuba (1962) y numerosos conflictos regionales. Ésa es la cronología que prevalece en los estudios más exhaustivos sobre la materia.

La crisis de los misiles soviéticos en Cuba, que colocó a las dos grandes potencias al borde del holocausto nuclear, en octubre de 1962, generó la necesidad apremiante de una comunicación directa que solventara los problemas que habían obstaculizado o demorado el diálogo entre el presidente John Kennedy y el líder soviético, Nikita Jruschov. Hoy sabemos que los norteamericanos tardaron nada menos que 12 horas en descodificar el mensaje inicial del líder del Kremlin, que había sido entregado en la embajada de Moscú, cifrado y transmitido por ésta. Una pérdida de tiempo altamente peligrosa en unos momentos de alarma nuclear.

El mal llamado teléfono rojo, concebido como una necesidad urgente, fue en sus inicios un doble circuito telegráfico, una línea directa de teletipo que unió Washington con Moscú –de hecho el Pentágono (no la Casa Blanca) con el Kremlin—, pasando por Londres, Copenhague, Estocolmo y Helsinki. El acuerdo para esa hotline (línea caliente), fue firmado por ambos gobiernos en Ginebra, el 20 de junio de 1963, pero la primera prueba se efectuó el 30 de agosto del mismo año, hace ahora medio siglo, cuando Washington transmitió a Moscú el siguiente mensaje:”Un zorro rápido y pardo saltó sobre el lomo de un perro holgazán 1234567890”, que incluía todas las letras y números del alfabeto latino.

La leyenda del teléfono rojo alcanzó una gran popularidad al prodigarse en series de TV, novelas de espionaje y películas, entre las que descolló la amarga sátira antimilitarista de Stanley Kubrick que se estrenó en España con el título de ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, que poco tiene ver con el original inglés, cuya traducción literal es Dr. Insólito (Strangelove) o cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba, protagonizada por Peter Sellers, que relata las peripecias de un grupo de militares norteamericanos paranoicos que tratan de provocar una catástrofe nuclear. .

Para comprender la situación parece oportuno recordar que la guerra fría entrañó un deterioro de las relaciones internacionales y unas conductas con frecuencia histéricas en ambos bloques antagónicos, así como una tendencia acusada a exagerar la maldad y los métodos diabólicos del adversario. Una época presidida por el equilibrio del terror, el pánico de una guerra nuclear por un error de cálculo, un accidente o simplemente por la aplicación de la doctrina del tecnócrata Robert McNamara, secretario de Defensa con John Kennedy, empecinado en racionalizar el conflicto, es decir, en “combatir en la guerra nuclear de un modo muy similar a como en el pasado se desarrollaban las operaciones militares convencionales”. Una pretensión que resultó ilusoria.

Kennedy y Jruschov, un diálogo difícil

La confrontación al borde del abismo nuclear se vislumbró al menos en tres momentos paroxísticos que pusieron a prueba las doctrinas de los estrategas, los nervios de los líderes y la conveniencia de una comunicación directa más fluida: la guerra de Corea (1950-1953), la erección del muro de Berlín (13 de agosto de 1961) y la crisis de los misiles soviéticos instalados en Cuba (octubre de 1962). Los dos últimos episodios señalaron, además, el carácter tumultuoso de las relaciones entre Kennedy y el líder soviético Jruschov, dos hombres de convicciones que hubieron de retroceder al asomarse al abismo.

La doctrina de la racionalización del conflicto nuclear de McNamara fracasó estrepitosamente porque tanto Kennedy como Jruschov, al llegar la hora decisiva, al verle las orejas al lobo, actuaron movidos por el pánico irracional, el terror del aniquilamiento recíproco y total, la llamada mutua destrucción asegurada (MAD –loco– en su sigla inglesa), durante las horas angustiosas que siguieron al descubrimiento por los aviones-espía norteamericanos (U-2) de que los soviéticos habían instalados en Cuba misiles de alcance medio, capaces de transportar cabezas nucleares y de impactar en el territorio estadounidense.

Kennedy y Jruschov no se entendieron nunca. Celebraron una primera reunión en Viena, en terreno neutral, el 3 y 4 de junio de 1961, que resultó un fiasco, entre recriminaciones recíprocas e intentos de confundir a la prensa. El líder soviético insistió en que firmaría un tratado de paz con la República Democrática Alemana (RDA), lo que hubiera significado dejar las vías de acceso a Berlín occidental en manos de los comunistas alemanes y las tropas soviéticas. El presidente norteamericano replicó: “Si eso es verdad, será un invierno muy frío.”  Y luego teorizó ante sus compatriotas: “Existe el peligro de que los gobiernos totalitarios que no están sometidos a vigoroso debate popular subestimen la voluntad y unidad de las sociedades democráticas en lo que concierne a sus intereses vitales.”

La ruptura fue inevitable y la crisis de Berlín llegó a su desenlace de la peor manera para Occidente: la erección del muro, iniciada el 13 de agosto de 1961, la fortificación de la horrenda cicatriz que consagró la división de Europa, de manera que la fractura de Alemania, las alambradas, los bloques de cemento y la brutalidad de los guardias fronterizos (vopos) al disparar contra los fugitivos se convirtieron en el símbolo ominoso de dos mundos hostiles e irreconciliables. El siniestro monumento de la guerra fría. Las protestas occidentales, empezando por las del mismo Kennedy, no pasaron de la retórica, cuando era evidente que la libertad se inclinaba ante la opresión, y a pesar de que la superioridad nuclear de EE UU era incontestable.

Con estos antecedentes, Kennedy desconfiaba profundamente, y cuando supo que los soviéticos habían instalado en Cuba algunas rampas de lanzamiento de misiles, apuntando a Florida, concluyó que el líder soviético no le había comprendido o no había tomado en serio sus advertencias. En un dramático mensaje a la nación (22 de octubre), el presidente proclamó que la conversión de Cuba en una base nuclear soviética era intolerable, ordenó el bloqueo naval de la isla, para impedir la llegada de nuevos misiles, y conminó al Kremlin para que retirara los ya instalados.

Después de una semana de forcejeo al borde del abismo, con varios mensajes cruzados entre la Casa Blanca y el Kremlin, Jruschov aceptó la retirada de los misiles a cambio de que Kennedy hiciera lo mismo con los de Turquía y reiterara su promesa de no invadir la isla. A principios de noviembre, los soviéticos desmantelaron y repatriaron los misiles. Fidel Castro, muy molesto por la batalla que se había librado a sus espaldas, aseguró siempre que la idea de instalar los misiles se le había ocurrido a Jruschov, aparentemente encandilado por la emoción de que la revolución cubana pudiera extenderse por América Latina. Jruschov pasó a la historia como un optimista compulsivo.

El desenlace de la crisis aceleró los contactos diplomáticos para mejorar las comunicaciones entre Washington y Moscú. La primera utilización intensiva de la línea roja se produjo durante la Guerra de los Seis Días (1967). En 1985, la comunicación empezó a hacerse por fax, y en 1991 se estableció el teléfono directo, vía satélite, que utilizaron por primera vez los presidentes Gorbachov y Bush padre, los hombres que sellaron precisamente el fin de la guerra fría.

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